Narraba con parsimonia las escenas del desierto, más de una vez tintas

en sangre. Todo el barrio enviábale mensajes de bienvenida. En la

correspondencia que iba recorriendo, pasaban respetables membretes

de Londres, citaciones del senado, alguna esquela confidencial

del presidente de la República; pues tales hombres, caudillos de

gauchos en la pampa, eran a la vez los estadistas del gobierno y los

caballeros del estrado. Así, Mitre fué en su juventud domador de

potros; Sarmiento, peón de mina. Maestros en las artes gauchas, éranles

corrientes al mismo tiempo el inglés del _Federalista_ y el francés

de Lamartine. En sus cabeceras solían hallarse bien hojeadas las

Geórgicas. El italiano resultábales habitual con la ópera que costeaban

a peso de oro. Las dificultades casi desesperantes de aquellos rudos

años, no les impidieron codificar con sabiduría el derecho, organizar

la hacienda, escribir la historia al mismo tiempo que la hacían.

Aquese, era bachiller de Córdoba y compadre de cacique; estotro,

canónigo eminente por su elocuencia y su saber, había sido capitán

de granaderos a caballo. Frecuentemente cantaban en la guitarra sus

propios versos. Mi suegro, hombre de duros lances con la montonera,

solía llevar en el bolsillo de su pellón un diccionario de la rima...

Al contacto de la civilización, su urbanidad aparecía por reacción

virtual como el brillo de la plata. Tostados aún de pampa, ya estaban

comentando a la Patti en el Colón, o discutiendo la última dolora de

Campoamor entre dos debates financieros. Quién habría sospechado las

aventuras y las tareas que acababan de acometer, al verlos cortejar con

tanta gallardía, charlar con tanta espiritualidad, sonreir a la vida

con tanta placidez bajo la barba peinada. Encanecidos con frecuencia

por sesenta y más años, sus cabezas no sugerían sino el reposo jovial

de esa blancura que es la juventud del mármol; y en tesoro de mocedad

iba prolongando su existencia la familia unida y numerosa, como la

gradería que conduce del pórtico al jardín.

No había sino una cosa más exquisita que aquellos caballeros, y lo

eran sus señoras: damas de palabra fina y espíritu vivaz, fieles como

la espada, fuertes en la claridad de su decoro como el diamante ante

la luz: vida y amor transubstanciados en la misma abnegación, como la

resina y el fuego en el aroma del incienso encendido. Su maternidad

valerosa tenía por único límite una vejez fresca como la espuma; y

así parecían florecer de otro modo, dijérase que aterciopeladas en la

suavidad de sus ojos benévolos. Y hermosas, vive Dios!... La gracia

americana perfeccionábase en aquel jardín de azucenas rubias y de rosas

morenas. Así compuesta de elegancia y de esplendor, todavía realzábase

con una languidez de luna en la nobleza del jazmín, y con una pulgarada

de sol en la pimienta del clavel.

La solidez de la dicha doméstica y la multiplicidad intensa de

semejante vida, constituyeron un tipo de ciudadano capaz, tal cual era

necesario para transformar en democracia viable aquella paradoja de

república sin pueblo. La oligarquía así formada, abusó a no dudarlo,

en virtud de su propia fatalidad. Las elecciones reducidas a escamoteo

u oficializadas con cinismo, lejos de expresar la voluntad nacional,

autorizaban solamente la ocupación de los puestos públicos. La política

no significaba, en suma, sino una competencia entre los oligarcas.

Esto evitó, sin embargo, los rencores profundos, como era, por otra

parte, natural entre hombres de la misma clase y con frecuencia de la

misma familia. Las ferocidades de la contienda civil que sucedió a la

independencia, explícanse por el hecho de haber sido aquélla una guerra

social: la descomposición de la unidad colonial, en la confederación

semi-bárbara de los caudillos.

No obstante, aquella oligarquía tuvo la inteligencia y el patriotismo

de preparar la democracia contra su propio interés, comprendiendo que

iba en ello la grandeza futura de la nación. Así supo constituir por

esfuerzo enteramente propio, con individuos exclusivamente suyos, los

fundamentos de la sociedad democrática: la instrucción pública, la

inmigración europea, el fomento de la riqueza y la legislación liberal.

Los resultados están a la vista. El asombroso progreso alcanzado

en un siglo, realizóse bajo esa oligarquía. Malos y buenos, todos

los directores de aquel fenómeno salieron de ella. Basta eso para

demostrar que fué, en suma, un gobierno inteligente, por no decir un

buen gobierno, lo cual nada de extraño tendría; pues la historia, en

coincidencia con casi todos los pensadores, desde Aristóteles hasta

Renán, demuestra que los mejores gobiernos suelen ser las oligarquías

inteligentes.

Ello no disculpa, por lo demás, ninguno de sus errores, entre los

cuales figura la extinción del gaucho, elemento precioso de la

nacionalidad. Pero sigamos estudiando nuestra sub-raza.

Un siglo después de iniciada la conquista en el Plata, la naturaleza y

el fisco español colaboraban de un modo ya definitivo en la formación

del tipo gaucho.

He dicho que en la colonia era sumamente escasa la moneda. Tampoco

había agricultura, hallándose prohibido el cultivo de viñas y olivares

para que no compitiesen con los de España. Ya sabemos, por otra parte,

en qué consistía la explotación ganadera. Carecíase enteramente de

artesanos y de industria. Estaba suprimido el comercio de exportación.

Los cambios efectuábanse en especies. Instrucción pública, no existía

ninguna. La religión limitábase a substituir con una grosera idolatría

de imágenes, las supersticiones indígenas. La inmoralidad era general,

multiplicándose, con este motivo los bastardos, o sea, en gran parte,

los elementos de la sub-raza en cuestión.

Así, la libertad y la igualdad fueron productos naturales en la tierra

argentina. La misma esclavitud resultó muy suave, pues al no existir

industria, tampoco apremiaba como en las minas y los yerbales, el

rendimiento del trabajo. Las relaciones con los contrabandistas,

pertenecientes a países protestantes, fueron engendrando una cierta

tolerancia práctica, o mejor dicho, escepticismo, fomentado aún por

los regodeos de la pamposada frailería, que runflas de mulatillos

sacrílegos patentizaban en la ranchería parroquial. La escasez de

nobleza, consecutiva a la falta de minas, única fuente de fácil

opulencia entonces, dignificó al comercio; y es cosa significativa

que nuestro primer jefe de estado, Don Cornelio Saavedra, fuera

comerciante. Al finalizar el siglo XVIII, no había un solo mayorazgo

en Buenos Aires. El comercio estaba mucho más difundido que en Lima,

con ser esta última ciudad la metrópoli sudamericana. En cambio, para

más de mil doscientos coches y calesas con que contaba la capital del

Perú, la nuestra tenía quince o veinte. Mientras los peruanos abundaban

en condes y marqueses, los argentinos habían suprimido la mención del

título nobiliario en su trato social. Las fortunas eran mediocres. Si

el campesino llamaba "ricos" por antonomasia a los individuos de la

clase gobernante, no era reconociendo en ellos su fortuna, sino su

calidad, como acostumbrábase en España y todavía se usa. Rico quería

decir hidalgo.

La misma abundancia de alimentación resultó igualitaria. Y qué

abundancia! No habiendo quien vendiese carne por libras, al salir de

ningún provecho aquel menudeo, era menester comprar una res entera

para un asado. Matábase una yegua, nada más que para sacar botas de

su jarretes. Para las sandalias (_ojotas_) o los _tamangos_, especie

de rústico calzado sin suelas, de corte enterizo como los _calcei_

romanos, hacían túrdigas de los mejores trozos; y así formóse también

una profusa industria de lomillería que surtió con lujo pintoresco los

arneses gauchos. La utilería rural era casi toda de cuero.

Por otra parte, la pampa natal constituía un territorio de caza donde

sobraba a la habilidad del jinete en qué ejercitarse. Manadas de

avestruces y de venados recorríanla con profusión. En las serranías

australes abundaban los guanacos. Hormigueaban de aves acuáticas las

lagunas. En todos los arroyos habían nutrias y carpinchos semejantes

a gigantescos castores. Al crepúsculo, en las cuevas de contorno

escampado como los aproches de una fortificación, charlaban las

vizcachas y agoraban las lechuzas cuyo pichón sabroso era una bola

de grasa blanca. Durante la noche, mientras la pampa nadaba en luna

como un lago infinito, los _quirquinchos_ y _mulitas_ (armadillos) que

eran, por decirlo así, los lechones del desierto, pululaban al alcance

de la mano. Con la primera luz del alba, parecía que los trebolares y

los pantanos soltaban alcahazadas de volátiles: patos multicolores,

perdices de huevos verdes o morados, caranchos y chimangos cazadores;

y sobre todo, los ñandús de cuello viperino, cuyas nidadas prometían

homéricas comilonas. Con esto, formóse una cocina rudimentaria,

pero pródiga hasta el despilfarro; de tal modo, que en los valles

calchaquíes fueron corrientes aquellos pasteles de Camacho, formados

por vacas rellenas con aves y condimentos. La "carne con cuero" es

decir, puesta al fuego sin despojarla de la piel, constituyó el plato

nacional. Nadie corría, pues, riesgo de hambre en la vida aventurera;

mas el desierto estaba lleno de peligros. Sequías de treinta meses

solían agostar la llanura. A modo de un escalio inmenso, amortajábase

ésta de polvo. Entonces las tormentas de tierra arremolinábanse desde

el fondo del cielo que parecía agazaparse en el rollo de la borrasca

como un león en su melena. Tras lejanas cortinas de lluvia obscura que

no llegaba jamás, el pampero desbarataba la inmensidad en un desorden

de cañonazo. Oíase cruzar allá arriba su bufido de bagual entre los

profundos toros de la tronada. Y cuando pasaba aquello, sofocando los

campos, entre ralas gotas que estrellaban el suelo como bastas de

colchón, los animales consumidos, las acoradas hierbas, la tristeza del

paisaje, expresaban desolación de cataclismo.

La orientación venía a ser, entonces, una ciencia difícil que los

entendidos rumiaban con gravedad en sus barbas filosóficas. Precisaba

no descuidar un solo detalle, desde la estrella perdida en la

obscuridad como un alfiler, hasta el cagajón seco o la estampa de

un rastro antiguo; dormir arrumbando la dirección con la cabecera;

desconfiar del bosquecillo donde no cantaban pájaros al amanecer, pues

ello decía que el agua estaba muy lejos; decidirse en los problemáticos

cuadrivios, por las orejas de la cabalgadura...

Debía ser también muy listo el caminante, para discernir por el

"movimiento del campo", consistente en el disimulado pasaje de venados

y avestruces hacia un mismo rumbo, el malón que venía del lado

opuesto; o para distinguir entre las manadas de caballos que a lo

lejos pacían, los dos o tres montados por exploradores salvajes: pues

éstos, asiéndose a la crin y tendiéndose al costillar de la bestia,

disimulábanse con sorprendente destreza; o todavía para advertir entre

las motas de paja y los raigones, la cabeza del indio que enterrado

hasta el cuello espiaba con los ojos semi-entornados a fin de no

reflejar luz...

Hacia el Sur misterioso, los perros cimarrones formaban inmensas

jaurías, ocupando verdaderos pueblos de cuevas. El hambre lanzábalos

por los campos a la caza del ciervo o de la vaca aislada que ojeaban

con precisión, hasta rendirlos en medio de sus madrigueras. Los

pasajeros solitarios eran con frecuencia sus víctimas. El desierto

había reanimado los instintos lobunos de la especie, fijando en tipo

su tostado pelo y su cabeza de gaucho huraño. Sobre la costa marítima,

acudían a pescar durante las borrascas, dilatando el huracán sus

aullidos con desolación feroz en el fondo de las noches patagónicas.

Las manadas de baguales solían atacar también para libertar y llevarse

los caballos mansos: desgracia que el caminante recelaba con singular

terror. Como los _tarpanes_ de Rusia, aquellos animales procedían con

una especie de astucia táctica. Cargaban huracanados de cerda, rasa la

oreja, maligno el ojo, descarnada en la erección del belfo su dentadura

brutal. Contábase de algunos que apuñaleados de muerte, enhestábanse

aún para manotear, resollando su agonía en caños de sangre.

O bien era el toro que, enlazado a solas, revolvíase improviso,

destripando la cabalgadura con su cuerno candente de rabia como una

daga infernal. O todavía el tigre que angustiaba las tinieblas con el

huélfago siniestro de su bramido...

Y los incendios.

Una centelleante siesta, sobre el campo abatido donde no volaba un

pájaro, algún casco de vidrio que concentraba los rayos solares sobre

el pasto reseco, la colilla encendida que alguien tiró al pasar, o

lo combustión expontánea de la hierba acumulada meses antes por ese

arroyo, ahora enjuto, iniciaban la catástrofe. La llama, al principio

incolora en el resplandor del día, reventaba con la violencia de un

volcán. Desequilibrado por su brusca absorción, el aire despertaba en

un soplo que muy luego era brisa. Entonces empezaba a marchar el fuego.

Pronto la humareda, acuchillada de lampos siniestros, rodaba sobre

los llanos su lóbrego vellón. Sobrepujaba ya al mismo solazo la

llamarada escarlata. Dilatado más arriba en nubarrón, el incendio

entristecía la campaña que iba a asolar, con un crepúsculo rojizo como

la herrumbre. Un instante vacilaba aquella masa, parecía retroceder,

abriéndose su entraña tenebrosa desgarrada por lúgubres fogones. No

era sino para revolverse más atizada en un derrumbe colosal sobre

la indefensa planicie, sofocándola con sus llamas, devorándola con

los millones de dientes de sus ascuas y de sus chispas. Esparcía el

viento a la distancia su hálito de horno, oíase de lejos el jadeo

aterrador con que avanzaba rugiendo como el tigre, a ras de tierra.

Parecía que su propio fuego iba dándole alas vertiginosas. Las manadas

sorprendidas no alcanzaban a huir, aunque se disparasen a la carrera.

Hasta los pájaros caían al vuelo alcanzados por un flechazo de llama.

Al desesperado baladro del vacuno en agonía, juntábase el relincho

desgarrador de la tropilla caballar que se acoquinó, desatinada,

acertando tan sólo a cocear el fuego; el silbo delirante de la gama

rodeada, el gañido fatídico del perro cimarrón. Aquellas voces del

desierto llevaban al alma la desolación de los espantos supremos. En

la asfixia del chamusco el rescoldo exhalaba un hedor de pólvora. Muy

adelante del foco, llovían ya aristas incandescentes. Arremolinábanse

los vilanos volando por el aire en copos de yesca encendida. Así la

quemazón saltaba cauces y barrancos, vadeaba los arroyos, despabilando

como candelillas las biznagas de sus márgenes, roía como si fuesen

tabaco los mismos limpiones de tierra seca.

El hombre emprendía, entonces, ante el monstruo colosal la defensa de

su vivienda.

Si era un pobre rancho, valía más dejarlo arder, salvando a la grupa

sus mezquinos enseres. Pues la resistencia salía ruda y costosa.

Mientras unos procuraban detener el fuego, tapándolo con tierra o

golpeándolo con cueros de oveja empapados y con ramas verdes, otros

daban contrafuego a la distancia, quemando una lista de campo donde el

incendio, falto de pábulo, se detuviera. Si la quemazón venía angosta

u orillando algún camino, arrastraban sobre ella una yegua abierta en

canal para ver de extinguirla con el peso de aquella res y la humedad

de sus vísceras.

Pero a veces el fuego vencía y era necesario huir abandonándole todo.

Muchos no alcanzaban a hacerlo. Por bien montados que fuesen, las

llamas saltábanles de todos lados. Entonces había que tirarse a fondo

contra la cortina de fuego, envolviendo en el poncho la cabeza del

caballo y apretándose los ojos con las manos para salvar la vista.

Otros ganaban los pozos, sin escapar no obstante, a la muerte, porque

el fuego solía prender en el brocal de madera. Había incendios que

duraban semanas, abarcando centenares de leguas, hasta dar con el

médano de arena o el río caudaloso donde iban a extinguirse por fin.

Pero ni con esto acababa su daño; pues más de un caminante pereció de

miseria en la pampa así devastada, falto de noticias que nadie habría

podido darle, o sofocado por la ceniza al levantarse el viento en

alguna cañada donde se metió de noche.

Quedaban aún los extremos rigores del clima, con aquellas escarchas que

brillaban bajo la luz de la luna hasta en el lomo del caballo atado

a soga, o con aquellas siestas en que sudaban los perros y morían de

insolación las perdices bajo los pastos.

Mas el desierto ofrecía encantos irresistibles en lo infinito de su

libertad y en el heroísmo de su vida vagabunda. Y también cuando estaba

alfombrado de su hierba, porque le era favorable la temperie, no

había música como su claro silencio al sol de la tardecita cuya suave

iluminación dilataba en fragancias de trebolar una pampa de oro.

Cuando la estación presentábase propicia, las expediciones para recoger

ganado cerril, constituían el gran trabajo del año. Tomábase como

punto de concentración el arroyo o laguna de la estancia, que era el

aguadero más importante de los alrededores; y una madrugada de otoño,

cuando las hembras estaban ya desembarazadas y crecido el multiplicio,

varias docenas de jinetes desparramábanse al galopito por el llano que

afirmaban las primeras escarchas. Perdíanse a lo lejos, alerteados

por los _chajás_, y el silencio del alba sobrevenía desde los campos

obscuros, donde allá muy lejos, en el horizonte, el lucero parecía

iluminar un ojo de llave sobre la puerta de la noche.

Mientras tanto, había movimiento en la estancia. Cerca de los corrales,

muchachos soñolientos encendían perezosos fuegos de boñigas y huesos

para calentar las marcas. Un gallo aplaudía desde la ramada la cercana

aurora. Dos o tres peones ensillaban caballos. Cerca del suyo,

enjaezado ya, el patrón tomaba un mate que acababa de traerle, sumisa,

la hija del capataz con la cual había dormido.

A medida que el oriente iba sonroseándose como un niño entre bucles de

oro, notábase por el confín largas polvaredas. Un rumor semejante al

del pampero crecía en la serenidad. Allá lejos, tropas de avestruces

y de venados disparábanse al sesgo. De todos los puntos del horizonte

empezaban a acudir los gavilanes. Y de pronto, al rayar el sol,

coronando el próximo ribazo, desembocaba el arreo. Centenares de toros

y de caballos interpolados con bestias del desierto, huían cuesta

abajo, como aventados por el poncho del pajonal. Su paso violentaba

los campos en conmoción de artillería, reventaban las lagunas en

volcanes de lodo. Bárbaramente atabaleada, la tierra parecía hervir

a borbotones de polvo. Dijérase que al huir iban destejiéndola en

huracán. Su arrebato los embanderaba, rasgando el aire en larga

llama de sol. Surgían de las castigadas hierbas, ásperas aromas.

Oíase en las apreturas del atropello, el choque de los cuernos como

un entrevero a lanza. Y detrás los desmelenados arrieros, alto el

rebenque, azuzaban con estentórea gritería. Abiertos en abanico, habían

abrazado los campos en desmesurado sector, convergiendo luego hacia el

rodeo previsto, donde los que se quedaron, con el patrón a la cabeza,

cerraban el círculo de conquista y de muerte. Entonces entraban a

operar las boleadoras y los lazos. Magníficos jinetes atropellaban a

fondo revolviendo el zumbante racimo o la certera "armada"; y lo que

caía ileso de fractura, iba recibiendo la marca que labraba el cuadril

con su signo pintoresco o su letra tosca. Nada más semejante a un campo

de batalla. Allá por los badenes y vizcacheras, habían rodado algunos,

hiriéndose y aún matándose a veces. Las cornadas, las coces de los

animales enfurecidos, multiplicaban el riesgo. Una estuosa exhalación

de fiebre, de chamusco y de salvajina, agobiaba con fatiga de pelea.

Sembrado quedaba el campo de bestias heridas: unas, por el enredo del

lazo y de las bolas; otras, por la desjarretadera cuyo ancho tajo

de cimitarra tiraba el jinete sin dejar de correr. Aquí este bagual

de cola aborrascada en borla bravía por los abrojos; allá ese macho

que estrangulado por el lazo, se ahogaba con sibilante sobrealiento,

como un tizón metido al agua; más allá aquel toro agresivo, cegado

por la visera sangrienta que le formaba un colgajo de su propio cuero

sajado al efecto sobre los ojos. Un descanso jubiloso antecedía la

"cuereada" de la tarde. Era el monstruoso banquete de carne, para

hombres, perros y aves de presa. Los chifles entretallados con rústicas

figuras, prodigaban el aguardiente convival. Alguna guitarra gemía su

meditabundo bordoneo, como dilatado por el zumbido de las moscas que

la cediza y el bochorno suscitaban en vasto enjambre. La satisfecha

quietud parecía abanicarse en las lenguas de la perrada. Junto a

los fogones inmensos, hombres sentenciosos, enguantados de sangre,

comentaban las peripecias del día, dibujando marcas en el suelo, o

limpiando los engrasados dedos con lentitud sobre el empeine de la

bota. En los corrales repletos atronaban los balidos; y allá por la

llanura palpitante como el rescoldo, las últimas polvaredas parecían

descargas de un ejército en dispersión.

Peligro y abundancia habían erigido la hospitalidad en el primero de

los deberes. Aquella virtud, como tantos otros rasgos, exaltóse también

con el ya indicado repunte del atavismo arábigo. El pasajero que pedía

posada, era de suyo un personaje considerable. Traía noticias, a veces

con retardo de seis u ocho semanas en el aislamiento campesino y con

ello representaba la sociabilidad. Solía ser también cantor, por lo

cual, con el mate de bienvenida, era usual ofrecerle la guitarra; o

prófugo a quien resguardaba una lealtad inquebrantable, caracterizada

por el término compasivo que calificaba su delito: "tuvo una

desgracia"; "se desgració". La pésima justicia de la colonia y de la

patria, autorizaba aquella simpatía, por otra parte tan noble. También

la moderna penalidad presume en el delincuente la inocencia. No debía

gratitud alguna, antes le agradecían su visita eventual, como prueba de

estimación a la casa elegida; y si se detenía al pasar, pidiendo que le

vendieran un poco de carne, en cualquier parte le respondían:

--No ofenda, amigo. Corte lo que precise...

La guerra de independencia inició las calamidades del gaucho. Éste

iba a pagar hasta extinguirse el inexorable tributo de muerte que la

sumisión comporta, cimentando la nacionalidad con su sangre. He aquí

el motivo de su redención en la historia, la razón de la simpatía

que nos inspira su sacrificio, no menos heroico por ser fatal. La

guerra civil seguirá nutriéndose con sus despojos. En toda la tarea

de constituirnos, su sangre es el elemento experimental. Todavía

cuando cesó la matanza, su voto sirvió durante largos años en las

elecciones oficializadas, a las cuales continuó prestándose con

escéptica docilidad; y como significativo fenómeno, la desaparición de

aquel atraso viene a coincidir con la suya. Es también la hora de su

justificación en el estudio del poema que lo ha inmortalizado. Entonces

hallamos que todo cuanto es origen propiamente nacional, viene de él.

La guerra de la independencia que nos emancipó; la guerra civil que

nos constituyó; la guerra con los indios que suprimió la barbarie en

la totalidad del territorio; la fuente de nuestra literatura; las

prendas y defectos fundamentales de nuestro carácter; las instituciones

más peculiares, como el caudillaje, fundamento de la federación, y la

estancia que ha civilizado el desierto: en todo esto destácase como

tipo. Durante el momento más solemne de nuestra historia, la salvación

de la libertad fué una obra gaucha. La Revolución estaba vencida en

toda la América. Solo una comarca resistía aún, Salta la heroica. Y era

la guerra gaucha lo que mantenía prendido entre sus montañas, aquel

último fuego. Bajo su seguro pasó San Martín los Andes; y el Congreso

de Tucumán, verdadera retaguardia en contacto, pudo lanzar ante el

mundo la declaración de la independencia.

No lamentemos, sin embargo, con exceso su desaparición. Producto de un

medio atrasado, y oponiendo a la evolución civilizadora la renitencia,

o por mejor decir, la incapacidad nativa del indio antecesor, sólo la

conservación de dicho estado habría favorecido su prosperidad. Por

esto, repito, no preponderó, sino bajo los caudillos en cuyos gobiernos

supervivía la colonia.

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 5 / 18 段