por los gauchos de la región montuosa. Aquel doble delantal de cuero
crudo, que atado al arzón delantero de la montura, abríase a ambos
lados, protegiendo las piernas y el cuerpo hasta el pecho, no fué sino
la adaptación de las adargas moriscas para correr cañas, que tenían los
mismos adornos y casi idéntica hechura: pues eran tiesas en su mitad
superior y flexibles por debajo para que pudieran doblarse sobre el
anca del animal.
En cambio, los gauchos no montaban a la gineta, que es el uso de
estribar corto, sino a la brida, o sea en posición vertical, como
queda dicho, y con las piernas extendidas del todo. Este uso provenía
de los caballeros armados cuyas grebas dificultaban la flexión de las
rodillas, y fué también peculiar a la caballería ligera. Las monturas
gauchas pertenecieron a los dos tipos preconizados por aquellas dos
artes de equitar: altas de arzón, o a la gineta, en el centro y en el
norte; bajas, o a la brida, en la región netamente pampeana. Estas
últimas llamábanse y eran someros bastos sin cabezadas ni borrén.
Las de diario solían no tener estribos, o llevaban uno solo que era
una acción con un nudo en el cual se apoyaba el jinete para montar
cogiéndolo entre los dedos del pié. La manera de arrendar con sólo
dos bridas cuyo peso bastaba para ir conteniendo el caballo, por lo
cual cogíanlas muy largo con la mano izquierda únicamente, fué también
caballeresca. Así puede verse en estatuas ecuestres de los siglos XV y
XVI, tan notables como del _Gattamelata_ y la del _Coleone_. En cambio,
el modo de llevar las riendas pasadas por entre el índice y el pulgar
de la mano ligeramente cerrada, es morisco.
Completaban la decoración de aquel aparejo las "pontezuelas" y las
"copas" o brocos del freno: prendas de plata labrada, como los ya
citados estribos cuya forma era la de un esquilón, las espuelas,
el látigo, las virolas, y hasta las argollas del arnés: todo ello
abundante, macizo y con cierto carácter de armadura que recordaba la
procedencia original. En el romancero del Cid[21] y en el romance
fronterizo del recobro de Jaen[22] hallamos estos rasgos semejantes:
_Espuelas llevan jinetas
Y los frenos plateados._
* * * * *
_Cuánta de la espuela de oro,
Cuánta estribera de plata._
Las correas hallábanse substituídas también por trenzados cilíndricos
de cuero crudo lo cual era más sólido y elegante a la vez. De ahí salió
toda una industria local, como debía suceder dadas la abundancia de la
materia prima y la importancia del caballo.
El gaucho habíase creado, asimismo, un traje en el cual figuraban
elementos de todas las razas que contribuyeron a su formación. La
primera manta que algún conquistador se echó por entre las piernas
para suplir sus desfondados gregüescos, formaría el _chiripá_. La
misma etimología compuesta de este vocablo quichua, así lo prueba;
pues significa literalmente "para el frío"; así como por análoga razón
de suplencia, llamamos "sobretodo" al gabán. Después notaríase que
aquella rudimentaria bombacha abierta, facilita la monta del caballo
bravío. El calzoncillo adquirió una amplitud análoga; y los flecos y
randas que le daban vuelo sobre el pié, fueron la adopción de aquellos
delantales de lino ojalado y encajes, con que los caballeros del siglo
XVII cubrían las cañas de sus botas de campana. Mas, para unos y otros,
el origen debió ser aquella bombacha de hilo o de algodón, que a guisa
de calzoncillos, precisamente, llevaron en todo tiempo los árabes[23].
El ancho cinto, formado de monedas fué todo el adorno posible, a la
vez que el único capital seguro en aquellos desamparos; pues el dinero
era tan escaso, que constituía una verdadera joya. He mencionado ya
la prenda análoga de los campesinos balkánicos. Una canción albanesa,
dice a su vez: "levántate capitán Nicola; ciñe tu talle con placas
de plata." El cuchillo pasado a la cintura, solía tener de dicho
metal su cabo y su vaina. Advertiré que estas prendas eran también de
macicez suntuosa, pues había cintos o "_tiradores_" cuyo valor pasaba
de trescientos pesos (mil quinientos francos). Su broche, llamado
_rastra_, estaba formado por un disco central de plata labrada, a
veces incrustada de oro, y tres yuntas de patacones que componían la
botonadura. Preferían para la hoja del _facón_, gran cuchillo de monte
y de pelea, el acero rígido de las limas de herrero. Aquellas hojas
solían ostentar divisas caballerescas, en tosca letra y peor ortografía:
_Quen a mi dueño ofendiere
De mí la venganza espere._
No necesito agregar que el telar doméstico surtía todas las prendas
de vestir, consistentes en picotes, bayetas y lienzos urdidos con el
rudo vellón de la oveja pampeana; pero la tarea del huso industrioso,
y los vivos colores indígenas, daban a esas telas interesante calidad.
El cuero del jarrete caballar sirvió de flexible bota, igualmente
cómoda para la equitación bravía y los largos galopes que hinchan
el pié[24]. Los dedos sobresalían desnudos como en los _embas_ de
las Dianas clásicas, para coger entre el pulgar y el índice, el nudo
echado a la acción en vez de estribo, o el asa de este último, que iba
colgando suelto. Los primitivos pastores griegos usaban, precisamente,
botas análogas. He mencionado ya las espuelas que recibían el nombre
de _nazarenas_. Habíalas que pesaban hasta tres kilogramos de plata.
La cigarrera o _guayaca_, que solía ser también escarcela, consistía
en una vejiga de vaca o en un buche de avestruz teñidos con azafrán y
enjaretados con cintas de colores como el adminículo semejante a los
gitanos. Era, asimismo, prenda pintoresca el yesquero, formado por una
cola de armadillo o por un cuernito aboquillados con plata.
La camiseta abofellada, la chaqueta andaluza, el sombrero chambergo o
de media copa a manera de capacho, el poncho heredado de los vegueros
de Valencia[25], completaban aquel conjunto de soltura y flexibilidad.
Y como el gaucho conciliaba estas fundamentales condiciones de
elegancia, con la armonía natural a lo que es genuino en un medio
cualquiera, su tipo adquirió de suyo la más aventajada expresión viril.
Era de verlo por la pampa amarillenta, embebida al infinito en la tela
del horizonte donde se hundía, recién volada de su laguna, la garza
matinal, al galope del malacara o del obscuro cuyo ímpetu rebufaba,
tascando generosos fervores en la roedura de la coscoja. A la luz
todavía tangente del sol que iba tendiéndose por la hierba, rubio
y calentito como un poncho de vicuña, el corcel parecía despedir
flámulas de color en arrebato de antorcha. Empinado el sombrero ante
las posibles alarmas del horizonte, y con ello más abierta la cara
al cielo, el jinete iba sorbiendo aquel aire de la pampa, que es--oh
gloria de mi tierra--el aroma de la libertad. Hundíase el barboquejo
de borlas entre su barba negra que escarpaba rudamente los altos
pómulos de bronce. Animábase, hondo en su cuenca, el ojo funesto.
Flotaba tendido en golilla sobre la chaqueta largo pañuelo punzó. Entre
los flecos del calzoncillo rebrillaba la espuela. Otro rayo de sol
astillábase en la cintura sobre la guarda del puñal.
Trotaba al lado suyo, con la acelerada lengua colgándole, el mastín
bayo erizado de rocío. Aquí y allá flauteaba un terutero. Y aquel
aspaviento del ave, aquella lealtad del caballo y del perro, aquella
brisa perfumada en el trebolar como una pastorcilla, aquella laguna
que aún conservaba el nácar de la aurora, llenaban su alma de poesía
y de música. Raro el gaucho que no fuese guitarrero, y abundaban los
cantores. El payador constituyó un tipo nacional. Respetado por do
quier, agasajado con la mejor voluntad, vivía de su guitarra y de sus
versos; y al clavijero de aquélla, el manojo de favores rosas y azules,
recordaba, supremo bien, las muchachas que para obsequiarle habían
desprendido las cintas de sus cabellos.
Sus matrimonios eran uniones libres, si bien estables con frecuencia,
por generosidad del varón y mansedumbre de la mujer. Sus creencias
reducíanse a unas cuantas supersticiones, sin mayor influjo sobre la
vida habitual. Tal cual breve oración, como el _Bendito_, servíale
para encomendarse a Dios en los trances duros; temía vagamente a los
aparecidos; y el diablo, que según la tradición habíase medido como
payador con el legendario Santos Vega, no le resultaba muy temible,
como se vé. El cura de campaña, no tenía cómo imponerle tampoco mayor
religiosidad, al ser con harta frecuencia su compañero de jolgorio.
Así, no respetaba moralmente sino el valor, cultivado con pasión
caballeresca. Cuando los valientes concertaban un desafío por el gusto
de _vistear_ (ejercitar la vista) o de "tantearse el pulso" el vencido
pagaba una copa que su contendor recibía cubriéndole de elogios e
invitándole a servirse primero. Las injurias que habíanse prodigado en
el combate, no eran sino recursos de pelea, como el grito en la esgrima
italiana. Cargado el cuerpo sobre la pierna derecha, bajo el puñal,
arrollado el poncho en el brazo izquierdo, así peleaban con frecuencia
a pié firme. Lo mismo Bernardo del Carpio en el romance:
_Revolviendo el manto al brazo,
La espada fuera a sacar._
Los espectadores formaban círculo, y nadie intervenía sin que hubiese
sangre. Cuando uno de los combatientes quedaba en el terreno, su rival
solía encomendarlo a Dios con una oración, pidiendo, al partir, que lo
enterrasen en sagrado.
Aquel conjunto de prendas, definía, pues, la civilización de la pampa y
el mérito del gaucho. Por otra parte, la misma configuración del país,
aseguraba a este último la superioridad futura sobre el indio. Mientras
éste confinábase a la pampa, propiamente dicho, sin procurarse ensanche
alguno fuera de la eventualidad predatoria, el gaucho ocupó toda la
llanura argentina: lecho del antiguo mar que parecía encresparse aún en
la ondulación de aquel pajonal de ochocientas leguas. Así su carácter
fué idéntico por do quier, reportando esto una ventaja singular para la
unidad de la patria. El gaucho de Güemes, como el de Rosas, ofrecen el
mismo tipo, con sólo ligeras variantes de atavío y de jaez, la llanura
dilatada desde el fondo de la Patagonia hasta los campos del Chaco
boreal, formó la tela de sus aventuras. Con sangre gaucha y con rocío
del cielo fueron pintándola los pinceles del pajonal.
La eficacia del gaucho consistía, pues, en ser, como el indio, un
elemento genuino de la pampa, aunque más opuesto a él por igual razón,
del propio modo que en el mismo suelo brotan la hierba letal y el
simple que suministra su antídoto. Su sensibilidad resultaba simpática
al bien de la música que el alma salvaje desconocía. Su pundonor
era una prenda caballeresca. Su rapacidad, desprecio de paladín a
la riqueza que avasalla; pues lo cierto es que nunca robaba para
guardar. Su apropiación indebida, era para satisfacer una necesidad,
con frecuencia urgente. Y también un acto de justicia por mano propia
contra el rico. De aquí la tácita conjuración con que los campesinos
resistían a la autoridad, agente de aquél.
Si se recapitula los elementos de este estudio, fácil será hallar en
el gaucho el prototipo del argentino actual. Nuestras mejores prendas
familiares, como ser el extremado amor al hijo; el fondo contradictorio
y romántico de nuestro carácter; la sensibilidad musical, tan curiosa
a primera vista en un país donde la estética suele pasar por elemento
despreciable; la fidelidad de nuestras mujeres; la importancia que
damos al valor; la jactancia, la inconstancia, la falta de escrúpulos
para adquirir, la prodigalidad--constituyen rasgos peculiares del tipo
gaucho. No somos gauchos, sin duda; pero ese producto del ambiente
contenía en potencia al argentino de hoy, tan diferente bajo la
apariencia confusa producida por el cruzamiento actual. Cuando esta
confusión acabe, aquellos rasgos resaltarán todavía, adquiriendo,
entonces, una importancia fundamental el poema que los tipifica, al
faltarles toda encarnación viviente.
Y como se trata de un tipo que al constituirse la nacionalidad fué su
agente más genuino; como en él se ha manifestado la poesía nacional
con sus rasgos más característicos, lo aceptaremos sin mengua por
antecesor, creyendo sentir un eco de sus cantares en la brisa de la
pampa, cada vez que ella susurre entre el pajonal, como si estirase las
cuerdas de una vihuela...
NOTAS:
[15] En una caverna de la Patagonia (Seno de la Ultima Esperanza),
hallaron en 1897, según creo, restos de cuero paquidérmico, huesos
revestidos en parte de tegumentos y de pellejo, y estiércoles
pertenecientes al Milodón o Gripoterio. El estado de aquellos despojos,
que, removidos, exhalaban todavía olor de podredumbre, acusaba una data
asaz reciente. La disposición de la caverna, en la cual había cenizas
y otras huellas de establecimiento humano, dió motivo a suponer que se
trataba de un establo prehistórico.
[16] El culto del hacha de piedra y su leyenda, fué común a toda la
Araucania, lo mismo que a la región calchaquí del Norte. En Centro
América y en Méjico, el vulgo llama también a las hachas prehistóricas
de piedra, "piedras de rayo". Exactamente lo mismo pensaban los griegos
y los etruscos.
[17] Circuló mucho entre los conquistadores, y ello hasta finalizar
el siglo XVII, la leyenda de que en la Cordillera austral, existían
grandes y ricas ciudades cuyas torres habían alcanzado a ver algunos
aventureros extraviados. Llamábanlas de los Césares, porque, según
parece, el primero que las vió fué un capitán español de apellido César.
[18] Recuerdo mi primera impresión al llegar a _Covunco_, en el
Neuquén: Ése ha sido un golfo del mar andino seguramente, dije a mi
compañero de viaje el ingeniero D. Juan I. Alsina, no bien alcanzamos
a divisar aquel pintoresco seno de la montaña. Al otro día tuvimos la
confirmación de aquella ocurrencia. En el fondo del supuesto golfo
antiguo, hay un banco formado enteramente de almejas fósiles.
[19] La ley española prohibió muy pronto que entraran a la nueva
colonia hombres casados sin sus mujeres. La precaución era buena; mas
permaneció letra muerta, en la campaña sobre todo.
[20] Tengo una vieja espuela de fierro, procedente de San Luis,
enteramente igual a otra inglesa del siglo XVI que se halla en la
colección del Museo Victoria y Alberto en Londres. No puedo citar su
número, porque la instalación donde la ví cuando visité aquel museo era
provisional. Ambas tienen la típica estrella o rodaja de ocho puntas
que caracterizó la evolución de esta pieza, transformando en espuela,
propiamente dicho, al primitivo acicate.
[21] "Reto de los dos zamoranos".--Versiones de Escobar, Timoneda y
48_a_ de Wolff.
[22] 72 de Wolff.
[23] De ahí procedieron los zaragüelles análogos de Valencia y de
Murcia, por su etimología y por su hechura.
[24] Los niños calzaban a guisa de zapatos, orejas de yegua sacadas en
forma de bolsa. Había también el _tamango_, trozo enterizo de cuero
atado sobre los tobillos. Las botas citadas llamánbanse "botas de
potro", y no es acaso, importuno recordar a su respecto las ócreas o
grebas de los caballeros, que en la primera Edad Media fueron, a veces,
de cuero crudo.
[25] Como procedencia inmediata; pero los monjes benedictinos usaron
durante la Edad Media, para resguardar el hábito en los trabajos
rurales, verdaderos ponchos de lienzo cuyo recuerdo meramente
simbólico persiste en los actuales escapularios y casullas. Las
prendas rudimentarias como el poncho, el chiripá y la bota de potro,
pertenecen, más o menos, a todos los pueblos de escasa civilización.
A veces son regresos, como el chiripá respecto a la bombacha morisca.
Añadiré que el _aba_ clásica de los árabes, no es sino un trozo de
tela rayada abierto por el medio para pasar la cabeza. De ahí saldría
la pieza análoga de los vegueros valencianos, lo propio que los ya
mencionados escapularios.
III
=A campo y cielo...=
He descrito, naturalmente, al gaucho, bajo su aspecto prototípico, o
sea en el estado de mayor prosperidad para esta sub-raza adventicia,
cuando acabó de formarse al finar el siglo XVIII. Producto definido
sin ninguna contrariedad, en un medio que tenía absolutamente por
suyo, pronto había llegado a la posible perfección dentro de aquél.
Subsistiría, mientras las condiciones ambientes permanecieran, y ello
no había de durar; pues al ser la pampa el inmediato elemento de
expansión para la civilización ciudadana, ésta la transformaría, no
bien saliera de la quietud colonial, hasta convertirla, como es hoy,
en la comarca rural más adelantada de la República. Su desaparición
es un bien para el país, porque contenía un elemento inferior en su
parte de sangre indígena; pero su definición como tipo nacional acentuó
en forma irrevocable, que es decir, étnica y socialmente, nuestra
separación de España, constituyéndonos una personalidad propia. De
aquí que el argentino, con el mismo tipo físico y el mismo idioma,
sea, sin embargo, tan distinto del español. Y es que el gaucho influyó
de una manera decisiva en la formación de la nacionalidad. Primero,
al ser como queda dicho el tipo propio, el elemento diferencial y
conciliador a la vez entre el español y el indio, el habitante peculiar
del nuevo país incorporado a la civilización por la conquista: carácter
importantísimo, desde que no pudiendo ella substituir completamente al
aborigen, éste quedaba como elemento inerte en su servilismo, según
aconteció allá donde las tribus se sometieron, o se aislaba con análogo
resultado, en irreducible hostilidad. De ambas maneras, la consecuencia
habría sido esa españolización exclusiva que tanto contrarió en otros
países la consumación de la independencia. Y aquí viene, lógicamente,
el segundo caso de la influencia gaucha en nuestra formación. Gauchos
fueron, efectivamente, los soldados de los ejércitos libertadores;
siendo natural, entonces, que el contacto durante esa guerra de diez
años, determinara aquellas tendencias políticas tan peculiares de
la sucesiva contienda civil, e influyera sobre la clase superior
investida con el mando. Dicha guerra, dada la acción preponderante de
la caballería en las batallas y de la montonera en las resistencias
locales, resultaba, por cierto, una empresa gaucha: el arte peculiar
de aquel jinete formado en la resistencia y para la resistencia
contra el indio, el ganado cerril, las privaciones de la naturaleza
y del destino. Por último, la lucha intestina cuyo desenlace fué la
organización del país, lo cual prueba que dicha inquietud constituyó
el proceso de este fenómeno, fué de suyo la guerra gaucha. El gaucho
se puso a defender contra la civilización transformadora, aquel medio
donde había nacido y prosperaba, comprendiendo instintivamente, o
sea como entienden los incultos, que su existencia dependía de la
estabilidad consuetudinaria. Por eso estuvo con los caudillos cuya
política pretendía mantener las costumbres de la antigua colonia
en la república nominal. Y como los caudillos pertenecían a la
clase superior, la compenetración resultó más evidente, pero a
esto contribuyeron, desde que la sub-raza empezó a formarse, otras
condiciones cuyo estudio nos pondrá de nuevo en aquella época.
La pampa que engendró al gaucho, habíale también enriquecido,
facilitándole la adquisición de aquellas cosas que para él constituían
la fortuna; rancho mudable en esa extensión abierta como un campo de
pastos comunes; ganado a discreción, orejano, es decir, sin dueño
habitualmente; contrabando provechoso para adquirir los trapos de su
mujer y las prendas de su atavío.
Favorecidos por el clima, la abundancia de forraje en la llanura
y la falta de fieras, los caballos y vacas que abandonaron los
conquistadores cuando sus primeros contrastes, habíanse multiplicado
sin tasa.
Constituían dula innumerable a los indios que habitaban la costa de las
sierras, y a los gauchos, naturales de la frontera opuesta, trashumando
al azar por los campos materialmente indivisos, cuyos títulos suplían
con visuras y orientaciones a rumbo el inútil escuadreo. La falta de
cercados difíciles de construir por carencia de elementos locales,
impidió todo deslinde; y como aquel ganado sólo servía para comer y
montar, siempre daba de sobra, habiendo tanto.
Cuando atraídos por su abundancia, empezaron a llegar buques
contrabandistas en busca de los cueros, la corrida a campo abierto,
verdadera montería en la cual no faltaban ni las peripecias dramáticas,
pareció más adecuada que la domesticidad. Entonces los ricos de las
ciudades, dueños de aquellos campos por herencia o por merced, fundaron
en ellos ranchos que les sirvieran de albergue cuando iban a encabezar
tales expediciones, congregando en torno de esos paraderos algunos
gauchos adictos. No se podía ni pensar en comodidades, si la misma
ciudad ofrecíalas tan poco; seguro, por lo demás, que habríalas tornado
inútiles aquel trabajo consistente en las específicas habilidades
gauchas de la equitación, a bien decirlo, bravía, los azarosos galopes
en busca del aguadero o pastizal preferidos por las manadas, y el
consiguiente pernoctar a campo raso. Con ello, el patrón se igualaba
hasta ser uno de tantos, proviniendo su dominio de la superioridad
varonil que le reconocieran. Como la moneda escaseaba mucho, los
peones tenían por salario una parte del botín, poco valiosa, después
de todo, en aquel comunismo de la abundancia; de suerte que su
dependencia respecto al patrón, era, ante todo, un arrimo por simpatía.
Ella estribaba, pues, en que aquél fuese "el más gaucho", y bajo tal
concepto, fomentábala él mismo, sabiendo que sólo así, retendría a su
servicio aquellos hombres. Además, como dichas correrías daban por
mejor producto el contrabando de corambre, operación delictuosa, y como
los arreos solían incluir en su masa gregal los bienes del vecino, ello
tornaba cómplices a sus autores, aboliendo más aún toda distinción
social. El menosprecio a la autoridad, contribuía también, teniendo
por causa ese mismo negocio intérlope, cuyo éxito trisecular constituyó
la única ganancia apreciable, la única circulación de riqueza y el
único órgano de relación para la colonia.
Intervenía, por último, en aquel fenómeno igualitario, otra razón,
contradictoria en apariencia. Los gauchos aceptaron, desde luego, el
patrocinio del blanco puro con quien nunca pensaron igualarse política
o socialmente, reconociéndole una especie de poder dinástico que
residía en su capacidad urbana para el gobierno. Con esto, no hubo
conflictos sociales ni rencores, y el patronazgo resultó un hecho
natural. He aquí otra inferioridad que ocasionaría la extinción de
la sub-raza progenitora; pues quien de suyo se somete, empieza ya a
desaparecer.
Aquellos patrones formaban, por lo demás, una casta digna del mando.
Cierto día, al obscurecer, el traspatio de la casa solariega,
frecuentemente prolongado en quinta, animábase con un tropel de
caballo. El perro guardián ladraba con gozo en la punta de su cadena.
Sonaba luego, marcialmente remachado por la espuela, un paso varonil.
Era el padre que volvía a los dos o tres meses de ausencia en el
desierto, curtido como un pirata bajo su barba montaraz. Sólo en la
frente que el sombrero protegió, parecía sonreir un resto de noble
blancura. Dijérase que el bronce del trabajo abollábase en aquellas
manos cuya rudeza enternecía a la esposa. En el tufo de su cansancio,
flotaba todavía una exhalación de barbarie.