arena, que desde la falda desarrollábase hacia el mar, devorando la
fertilidad con su árida lengua. En efecto, la Cordillera, arrecife que
fué del prehistórico _Mar Andino_, dió base al levantamiento de las
tierras pampeanas, fondo, a su vez, de aquel mar, resultando, así,
dichas tierras una prolongación de su falda[18]. La parte superior de
aquellos Andes, consiste en asperones de fácil detrimento, que parecen
ruinas fantásticas. Son escombros, por cierto, y la arena en que se
disgregan, extiéndese bajo la doble acción indicada y la de los vientos
cuya dirección oriental es constante, pues el mar se halla demasiado
lejano para enviar hasta allá ráfagas compensadoras. Así, entre la
pampa fértil y la montaña, media el desierto arenoso donde no hay
agua superficial, ni puede marchar, sin fatigarse, el caballo de otra
comarca.
Comprendiendo la ventaja que le ofrecía ese obstáculo natural, el
indio supo aprovecharlo con maña. Su escuela de guerrero, fué, puede
decirse, la gimnasia del desierto. Éste lo disciplinó para la lucha,
completando, así, la contraproducente influencia de la conquista. Con
ello, los toldos temporales transformáronse en tolderías. Las aguadas y
las abras pastosas hacia donde era necesario encaminar los arreos para
que no sucumbieran a las consecuencias de una agitada travesía, fijaron
la barbarie en poblaciones. Éstas necesitaron, a su vez, un rudimento
de gobierno, naturalmente determinado por la jerarquía militar, puesto
que la guerra era para ellas el todo. Y con eso, la barbarie tornóse
también de resistente en agresora, los grupos combatientes en pequeños
ejércitos que la mayor movilidad de la caballería permitió reunir,
presentando de tres a cuatro mil lanzas.
Si el indio fuera capaz de civilizarse, aquello habría podido
adelantar. Pero sucedió como en las Misiones guaraníes. Llegado
a cierto punto de bienestar, que consistía en la seguridad de la
alimentación, quedó paralizado por el ocio constituído en felicidad
suprema, sin ningún estímulo personal de progreso, sin curiosidad
ante la naturaleza ni ante los demás hombres, sin esa tendencia a la
amplificación de la simpatía engendrada por el gozo del vivir. Porque
esas razas sin risa, lo cual es significativo, nunca gozaron de la
vida. Sus satisfacciones asemejábanse a la hartura taimada de la fiera.
Todo en ellas era horrible, física y moralmente hablando. Sus mismas
diversiones consistían, por lo común, en espectáculos sangrientos. Por
eso, ni el toldo dejó de ser la antigua madriguera en las poblaciones
estables, ni el régimen de la familia, ni las creencias religiosas,
se modificaron. Hasta el modo de comer, no obstante la abundancia
producida por los malones, permaneció idéntico. La degollación de
la res, engendraba el antiguo movimiento de precipitarse a beber la
sangre, que, en el nómade carecido, es una forma de economía. El
desaseo espantoso, el arte rudimentario del tejido y de la joyería, no
variaron en tres siglos de abundancia y de victoria.
Fuera de algún traje militar que los caciques revestían por lujo, el
hombre conservó su desnudez untada de grasa y a veces decorada por
tatuajes faciales. La mujer sustituyó con una manta azul y otra roja
las antiguas pieles de guanaco o de ciervo, si bien llevándolas de
idéntico modo: la primera envuelta desde el nacimiento del seno hasta
las rodillas; la segunda de rebozo. Las sartas de chaquiras habían
reemplazado como adorno del pelo, a las antiguos bayas y semillas
del bosque; en cambio, las ajorcas, brazaletes, broches, zarcillos y
sortijas, conservaban el mismo tipo que nos revelan las sepulturas
prehistóricas. No copiaron a los blancos ningún juego, salvo el
carnaval; pero lo corrían apedreándose y boleándose con trozos de carne
cruda, o exprimiendo a guisa de chisguetes, para salpicarse con sangre,
los corazones de las reses.
A pesar de su transformación en jinete exclusivo, de tal manera que
todo trabajo redújose para él al cuidado de su caballo, y aunque la
utilería de hierro introducida por los blancos, algo modificó también
su armamento, la táctica del indio permaneció estacionaria. Montado,
consistía para él en el mismo semicírculo envolvente que los cazadores
a pié formaba, para ir cerrándolo progresivamente en el ataque.
No se recuerda más rasgo de ingenio bélico, que el de soltar en
dirección de los tiradores aislados a pié por algún percance, parejas
de baguales acollarados con las puntas de un lazo, que conservando,
así, toda su longitud, cimbraba tremendo al ímpetu de la carrera.
Los animales, previamente espantados por un barullo infernal,
atropellaban, ciegos, derribando cuanto caía bajo la cuerda, que en sus
bruscos estirones cercenaba miembros y matorrales como una cimitarra
descomunal. Más de una cabeza voló así decapitada.
Repito, pues que la conquista sólo consiguió armar al indio con más
eficacia contra la civilización.
Semejante superioridad de aquél en su medio, planteaba, pues, la
lucha implacable, y estableció con solidez alarmante aquel feudalismo
patagón, confederado de hecho con la antigua Araucania. Ésta le dió,
en efecto, su mejor núcleo guerrero y hasta sus caciques más famosos,
como el fiero Calfucurá. Era la comarca originaria, el país de la
lengua y de la hechicería maternas. Cuando la industria del malón
quedó definitivamente establecida, constituyó también el intermediario
entre los guerreros de la Pampa y los hacendados de Chile, con quienes
aquellos negociaban el sobrante de sus rapiñas. Los cautivos fueron
también artículo comercial, y vendidos como esclavos, salvo las mujeres
jóvenes que los indios se reservaban, iban a morir trabajando bajo dura
servidumbre en los fundos de la nación transandina.
Aquel problema no tenía otra solución que la guerra a muerte, pues la
civilización no podía ofrecer al indio nada superior a los malones como
medio de vida.
Todos los instintos y pasiones de aquél, hallábanse así satisfechos.
El odio al invasor, la guerra, la aventura, la presa, la haraganería
opulenta y harta, la mujer ajena y el alcohol. Por esto eran falaces
todos los tratados de paz, que los indios aceptaban para obtener
presentes, pero que nunca les convenía respetar. La paz habría sido,
en efecto, su ruina, al comportar la supresión de aquel estado bárbaro
que constituía el progreso ideal del indio. Cuantas ventajas podía
ofrecerle la civilización, resultaban inferiores, al estribar su
adquisición en el trabajo detestado más que la muerte.
Un detalle de la mayor importancia psicológica precisará todavía
aquel antagonismo con la civilización: a pesar de la profusión de
guitarras en los hogares campesinos que los indios saqueaban, éstos no
las adoptaron. Solamente en los últimos años de la guerra pampeana,
empezaron algunos a tocar el acordeón cuyo desapacible chillido
cuadraba más a sus preferencias musicales. Sus orquestas componíanse
habitualmente de broncas cornetas, cajones y tarros percutidos a guisa
de tambores, botellas y frascos en los cuales soplaban: todo ello sin
ninguna idea de armonización. Sus danzas eran más bien rondas mágicas,
en las cuales solían caer muertas de cansancio las mujeres que las
ejecutaban, sin poder franquear el círculo de lanzas formado a su
derredor.
Entretanto, la civilización, por medio de la ganadería, su único
órgano entonces, procuraba extenderse sobre el desierto que el indio
defendía a su vez con la confianza de un éxito secular; y nada hay
tan conmovedor en nuestra historia, como ese penoso avance que fué
durante años y años una especie de ascetismo combatiente. La ocupación
definitiva de la Patagonia, resultó, pues, una verdadera "conquista del
desierto".
Ahora bien, lo único que podía contener con eficacia a la barbarie, era
un elemento que participando como ella de las ventajas locales, llevara
consigo el estímulo de la civilización. Y éste es el gaucho, producto
pintoresco de aquel mismo conflicto.
El malón era, en efecto, un contacto casi permanente de los indios
con los cristianos fronterizos, que pertenecientes a la raza blanca,
llevaban la doble ventaja de su carácter progresivo y su mayor
capacidad de adaptación. Esto, y los repelones inherentes a la guerra
de sorpresa que el indio hacía, diéronles también la experiencia del
desierto, la fe en el caballo, la amplificación del instinto nómade.
Españoles recién salidos del cruzamiento arábigo, la analogía de
situación en una vida tan semejante a la de los desiertos ancestrales,
reavivó en su ser las tendencias del antepasado agareno; y su mezcla
con aquellos otros nómades de llanura, acentuó luego la caracterización
del fenómeno.
Faltos de mujeres, los conquistadores habían tomado a los aborígenes
vencidos las suyas; pero como fuera de las tribus que se retiraron al
abrigo de la Cordillera y del desierto circunvecino, aquéllos fueron
exterminados, la sangre española preponderó luego en los mestizos,
apellidados, por lo demás, como sus padres.
Preponderó, sin purificarse del todo, a virtud de dos circunstancias,
la primera de las cuales consiste en la mayor persistencia del elemento
de color, por lo que respecta al pigmento epidérmico y capilar, y a
las pasiones dominantes. La otra dimanó de que habiendo concluído tan
pronto la conquista en el Plata, muy luego vinieron mujeres blancas;
de suerte que la diferencia social no tardó en establecerse con los
mestizos, así obligados a unirse entre ellos. Pero en las poblaciones
fronterizas la carencia persistió, y la mujer siguió constituyendo un
botín de guerra por mucho tiempo todavía. La mestización resultó, pues,
más enérgica en las fronteras[19].
Agregábase a esta circunstancia, otra no menos importante. Los
conquistadores, incapaces de dominar al indio, debieron muchas veces
pactar con él reconociéndole posesiones situadas a muy pocas leguas de
Buenos Aires. Esto duró hasta la primera mitad del siglo XVIII, cuando
aquéllos empezaron a violar dichos tratados de paz para reivindicar,
así, campos que ya iban siendo valiosos. Los indios respondieron, por
venganza, con algunas depredaciones, lo cual sirvió de pretexto para
intentar sin ambajes su expulsión. El mariscal de campo don Juan de
San Martín fué el instrumento de aquel propósito. Las matanzas con que
intentó exterminar a las tribus, hasta entonces amigas y aun aliadas
contra los bárbaros más indómitos de la Araucania, transformaron la
hostilidad latente y los malones, esporádicos hasta entonces, en la
gran guerra de la Pampa, así empezada por su expedición de 1788. Duró,
pues, aquélla, ciento cuarenta y un años, hasta la conquista del
desierto ejecutada por Roca.
Los mestizos, menos aptos para el trabajo de las ciudades donde el
negro los reemplazaba en el servicio doméstico que era casi la única
forma de la actividad plebeya, al no existir industria, trasladábanse,
naturalmente, a la frontera que así vino a constituir su terreno
natural; y de tal modo empezó a formarse la sub-raza de transición
tipificada por el gaucho.
Algunos pocos quedábanse en las ciudades, dedicados a las faenas de
matadero y al manejo de carros; pero sobre ser muy escasos, dadas la
pequeñez y la paralización de aquellos centros, dichas actividades
acercábanlos al fronterizo, constituyendo una mera extensión de
la ganadería rural: beneficio de las reses, manejo del caballo y
transporte de la corambre.
Por otra parte, el orgullo que heredó con la sangre fidalga, y la
independencia del indio antecesor, apartaban al gaucho de las tareas
serviles, sobrellevadas fácilmente por el negro. Despreciaba en éste
la sumisión, como la falsía en el mulato, haciendo valer por buena,
con sencillo pundonor, su descendencia de las razas viriles. Llevábala
acuñada en su rostro de cetrina magrura, generalmente barbado con
dignidad, en su cabello nazareno, en sus ojos de fiera rasgadura, en
la franqueza de su porte; y también, porque ésta es otra condición de
superioridad, en su timidez comedida.
La afición al caballo, que exalta con vivacidad valerosa el
individualismo, según puede verse en tipos tan diversos como el beduino
y el inglés; el dominio de la pampa cuyo descampado ofrece la severidad
heroica del mar, mientras su magnificencia de horizontes, la inmensidad
del cielo en que aisla al jinete, infunde el hálito libertador de
la cumbre; la lidia con el ganado bravío en verdadero esfuerzo
combatiente; el peligro de la horda salvaje; el desamparo de aquella
soledad donde cada cual debía bastarse, resumiendo las mejores prendas
humanas: serenidad, coraje, ingenio, meditación, sobriedad, vigor--todo
eso hacía del gaucho un tipo de hombre libre, en quien se exaltaba,
naturalmente, a romanticismo, la emoción de la eterna aventura. Y
he aquí su diferencia fundamental con el indio, al cual imitaba los
recursos que dan el dominio del desierto.
Aquel estado sentimental constituía por sí solo una capacidad de raza
superior: la educación de la sensibilidad, que, simultáneamente,
amplifica la inteligencia. Con ello, el gaucho poseía los matices
psicológicos que faltan al salvaje: la compasión, a la cual he llamado
alguna vez suavidad de la fuerza; la cortesía, esa hospitalidad del
alma; la elegancia, esa estética de la sociabilidad; la melancolía,
esa mansedumbre de la pasión. Y luego, las virtudes sociales: el
pundonor, la franqueza, la lealtad, resumidas en el don caballeresco
por excelencia: la prodigalidad sin tasa de sus bienes y de su sangre.
Todo ello, por supuesto, en un estado primitivo, que oponía escasa
resistencia al atavismo salvaje; de tal modo que, con la guerra,
tornábase fácilmente cruel; con la ira, brutal; con la desgracia,
misántropo.
A esta índole contradictoria, en la cual predominaba, no obstante,
el romanticismo, sus dos antecesores habían legado sendos defectos:
el ocio y el pesimismo. Su capacidad de trabajo, enorme en cuanto al
vigor físico, fallaba como fenómeno de voluntad, no bien producía lo
necesario para cubrir las necesidades inmediatas. Su resignación a las
condiciones inferiores en que nacía, resultaba fatalismo. Y entonces
sus reacciones contra la sociedad hostil, no eran más que arrebatos
individuales.
Paladín desplazado, la tendencia peculiar de hacer y hacerse justicia
por sí mismo, no podía ejercitarse sino en rebeliones contra la
autoridad o contra la propiedad del rico; la comezón de hazañas había
de satisfacerse con la provocación de los valientes cuya fama llegaba
hasta él, y con los cuales, después de haberlos buscado, peleaba sin
odio, por puro amor a la gloria; el romanticismo aventurero, daba,
naturalmente, en la poética sugestión de cantar desdichas, con el
tema de amor por gala, más que por inquietud pasional; la jactancia
gallarda, insinuando el despecho de la condición inferior, aparentaba
una maliciosa humildad que era la antífrasis de la vanagloria; por
último, la pobreza específica constituía una prenda de libertad, y
facilitaba al propio tiempo la vagancia, que no es menos una condición
de paladín: el "caballero andante" por definición.
La vida del hogar fué, así, rudimentaria para el gaucho; y de
consiguiente, baladí en su alma el amor de la mujer. Esto constituía
su inferioridad, la herencia más dañina del indio antecesor. Él no
fué amante, sino de la libertad. En la concubina o en la esposa, veía
solamente la hembra deprimida por las tareas, para él indignas, de la
domesticidad. Sobre ella caía el desprecio del nómade hacia los seres
sedentarios.
Ella, por su parte, india también en esto, resignábase sumisa, fincando
el honor de su casa y de su maternidad en el estoicismo de su conducta;
reservadamente orgullosa con la fama varonil de su hombre, que es
decir, enamorada al modo de las hembras primitivas, hijas del rigor.
El aislamiento en que vivía, equivalente a la reclusión de todas las
civilizaciones sensatas, y la aceptación de la supremacía viril,
engendraban la fidelidad, de otro modo tan difícil, y con ella el amor
a los hijos exagerado en extrema ternura. Su vida amorosa era breve y
precoz. Apenas sonroseada por el envero de la nubilidad, el destino
entregábala ingenua, con la pasividad de los seres primitivos, al
llamamiento de la naturaleza. Su coquetería era instintiva a la vez,
como en el pájaro la muda primaveral. Un poco lánguida a la puerta
del rancho, bien almidonada la única enagua de puntillas, alisado en
crencha el pelo bajo el moñito rosa, y las mejillas pintadas con el
zumo de la margarita carmesí; o volviendo lenta por el sendero del
pozo, con el cántaro que la coronaba como un ornamento escultural,
prolongada así desde el tobillo desnudo en la sandalia, una línea de
elegancia antigua, cuyo resalto acentuaban con firmeza juvenil los
senos engreídos de esfuerzo; o diligente en el corral de las eclógicas
ordeñas, o industriosa en el telar, chillón de maderos y de colores:
tal la veía y la requebraba el galán, pronto victorioso, porque era
el esperado del destino nupcial. Y con aquel episodio acababa para
ella todo acicalamiento, a menos que diera en mujer libre por rarísima
excepción. Desde entonces, la falda lisa, el lacio corpiño, el rebozo
y las trenzas a la espalda, constituíanle una especie de uniforme. Su
honorabilidad consistía en anularse ante el varón.
Su belleza era efímera también, lo cual constituye otro defecto
de mestizo. Después del primer hijo que un momento la acentuaba,
como la maca aumenta el sabor frutal, sobrevenía sin transición la
rudeza labriega. Y esto lo mismo en la _chinita_ campesina, en la
zangarilleja aldeana, hasta en la moza regalona, que a fuer de rubia o
de primogénita, sólo ponía sus manos en el banzo del ojalado y en las
albahacas del jardinillo damil.
Era el hombre quien representaba la elegancia, con ese donaire genuino
que da el goce de la vida libre. Jinete por excelencia, resultaba
imposible concebirlo desmontado; y así, los arreos de cabalgar,
eran el fundamento de su atavío. Su manera de enjaezar el caballo,
tenía, indudablemente, procedencia morisca; pero acentuaba más la
armonía lineal del bruto, desembarazando su silueta, aunque con ello
comprometiera la estabilidad de la montura. La belleza le importaba
más que la utilidad. Tomó, por esto, la costumbre de ensillar en
medio del lomo, lo cual carga el peso del jinete sobre los riñones
del animal y no sobre la máxima resistencia de la cruz; pero es, que,
así, destacábanse con más gallardía los escarceos del cuello y la
acción de las manos, resultando, también, más erguido el jinete. Por
análogo motivo, suprimióse de la equitación el gran trote que obliga a
inclinarse sobre el arzón delantero, y se alargó consecutivamente los
estribos, hasta dar al jinete la mayor elegancia en la más decidida
verticalidad. Como el gaucho debía llevar en la montura su cama y
buena parte de los enseres domésticos, procuraba disminuirla en un
bulto integrado cuanto fuera posible con la masa del animal. A este
fin, la pieza que todo lo cubría fué el "sobrepuesto", ancho trozo de
piel curtida, o el "cojinillo" formado de hilos lacios como cerdas.
La cincha hubo de ensancharse hasta abarcar casi todo el vientre; y
esto, con la ya citada costumbre de ensillar a mitad de lomo, daba
al ajuste notable desembarazo. Las riendas y la jáquima o bozal,
muy delgados, aligeraban en lo posible el jaez, cuyo objeto no era
contener ni dominar servilmente al bruto, sino, apenas, vincularlo
con el caballero, dejándole gran iniciativa. Así, el manejo del
caballo gaucho dependía más del discurso que de la habilidad mecánica,
consistiendo en unas cuantas direcciones solamente insinuadas y casi
imperceptibles. No estaba aquél, como en Europa, adiestrado para
ciertas habilidades automáticas, fuera de las cuales consérvase hasta
indómita; sino profundamente educado por el desarrollo de la voluntad,
con la que debía responder a las más inesperadas solicitaciones de
su jinete. Era innecesario, pues, correrlo a poder de espuela, ni
ocupar las dos manos para su violento manejo, ni temer que se quedara
pertérrito ante cualquiera sorpresa. La supresión de la gualdrapa de
la retranca y del pretal, poco útiles, por lo demás, en la llanura,
contribuía al mismo objeto. Sólo se conservó, porque era un adorno,
la testera de rapacejo cuyos colores fueron durante la guerra civil
distintivos partidarios; mas la cabezada, en su conjunto, subrayaba los
perfiles equinos acentuándolos con enérgica vivacidad. La tusa daba una
esbeltez más concisa al cuello. Todo aquel arreglo tendía a resumir
la plástica de la equitación en las líneas largas de la velocidad;
así como el paralelo efecto útil que con ello se buscaba, consistía
en reservar el caballo para los repentes de la aventura. Había de ser
muy blando de boca; dócil a la indicación conjunta de las riendas en
una sola mano; pronto para el galope y la carrera; de mucho aguante en
estos pasos acelerados. Después, sobrio como su dueño, y pundonoroso
hasta la muerte. La sangre arábiga, que él también tenía, contribuyó
poderosamente a su formación.
Fácil es percibir en todo ello la combinación de los elementos
orientales y caballerescos que introdujo la conquista.
El "fiador" o collar del cual se prendía el cabestro cuando era
necesario "atar a soga", es decir, de largo, para que el caballo
pastara, figura en el jaez de una antigua miniatura persa, que lleva el
número 2265 del Museo Británico; y en el Museo de la India, en Londres,
repítenlo profusamente las láminas de la obra mongola _Akbar Namali_
que es del siglo XVI. Persa fué igualmente la montura de pomo delantero
encorvado que conocemos con el nombre de "Mejicana": algunas tuvieron
en Oriente la forma de un pato con el pecho saliente y la cola erguida.
El freno y las espuelas a la jineta, proceden también de Persia;
naturalmente, que por adaptación morisca en nuestro caso, y refundido
cada detalle en un conjunto de pintoresca originalidad. Por lo demás,
es sabido que el arte de cabalgar y de pelear a la jineta, así como
sus arreos, fué introducido en España por los moros, cuyos _zenetes_
o caballeros de la tribu berberisca de Benú Marín, diéronle su nombre
específico. Así, _jinete_, pronunciación castellana de _zanete_, fué
por antonomasia el individuo diestro en cabalgar.
La estrella de la espuela, fué, en cambio, invención caballeresca del
siglo XIV, llevada en el XVI--el siglo de la Conquista--a su máxima
complicación[20]. El nombre de "nazarena" que daban nuestros gauchos
a sus espuelas de rodaja grande, parece indicar procedencia oriental;
a menos que recordara, metafóricamente, la corona de espinas de Jesús
de Nazareth. El pesado látigo con pomo de fierro, proviene, sin duda,
de los antiguos flagelos de pelea. Las monturas enchapadas de plata,
que llamaban "chapadas" por antonomasia, fueron también del siglo XVI.
Los fustes de la silla de armas que usaban los paladines, hallábanse
cubiertos con chapas de acero que recibían el nombre de "aceros de
silla" y de "chapas" por excelencia, pero, ya en tiempo de los romanos,
las gruperas, que equivalían a nuestros arzones, solían estar adornadas
con filetes de plata. La carona de piel de tigre recuerda los ribetes
del mismo material que adornaban las gualdrapas de acero en ciertas
armaduras del siglo XVI. A la misma época pertenecieron los grandes
estribos de plata que nuestros gauchos llamaban "de brasero" o "de
corona" por su forma característica. En las comarcas andinas usábase
mucho el estribo asturiano en forma de cofre, también incrustado
profusamente de plata. Las anchas cinchas taraceadas con tafiletes de
color, son moriscas y húngaras hoy mismo. Parecido origen atribuyo al
"tirador", cinto de cuero bordado o adornado con monedas, que todavía
portan los campesinos húngaros, rumanos y albaneses. La influencia
pintoresca de los gitanos paréceme evidente en estas últimas prendas.