Sus personajes y sus retratos, cuando son perfecta obra de arte,

revelan la ley fundamental de la creación estética, que al ser tal

_creación_, es también obra de vida: no parecen pintados, sino

existentes de suyo. Mas, para alcanzar este grado de perfección, el

artista necesita reproducir la vida que está viendo, ser veraz, al

expresar, así, lo único que sabe positivamente; y entonces, describe

figuras de tipos y trajes anacrónicos, como los convidados a las _Bodas

de Caná_ del Veronés, que son venecianos contemporáneos del pintor,

y hasta amigos suyos retratados así. En cambio, la vida, o sea la

creación misma, lo esencial en la obra de arte, es sorprendente. A esto

hay no sólo derecho, sino _deber_ de sacrificar la realidad, que es la

materia pasajera.

El segundo éxito del poema, o sea el resultado sensible de su bien,

consiste en fomentar las ideas y los sentimientos nobles, cual

movimientos inherentes a la emoción de belleza, aunque no estén

expresos ni sea ése el objeto directo de aquél; de tal modo que

el lector se sienta engrandecido en cualquiera de sus facultades

superiores: como el valor, el entusiasmo, la piedad; o en todas ellas.

Su mérito estético dimanará, principalmente, de la dicha que produzca,

desarrollando en la mente de su lector los prototipos existentes

de las cosas, o sea enriqueciendo la noción que aquél tiene de la

armonía universal en la cual figura como una cuerda en el concierto.

El artista, con su obra de arte, la afina y le saca una música nueva

que tenía la capacidad de producir, pero sólo bajo esa sensibilización

específica; y de tal fusión en la armonía general, proviene su goce

inefable. La obra de arte pone al alma en estado de belleza, cuando por

medio de su armonía peculiar consigue que aquella entidad sienta en sí

misma la unidad de la universal armonía; y esa emoción es un estado

divino, el único normalmente asequible sobre la tierra, porque en su

goce coinciden las nociones arquetípicas de verdad, belleza y bien,

o sea la totalidad de la vida espiritual. La noción del bien está en

la perfección de la armonía; la noción de la verdad, en la realidad

de su existencia; la noción de la belleza, en su encanto. Cuando el

artista nos la torna sensible, poniéndonos en estado de belleza, toda

la vida arquetípica constituída por esos tres principios, preséntase

simultáneamente a nuestro ser. Y en esos momentos de vida superior con

que nos mejora, estriba la inapreciable utilidad del arte.

Las condiciones étnicas, geográficas y climatéricas, producen pueblos

distintos, que son, respectivamente, superiores o inferiores. Del

propio modo el artista, en virtud de leyes desconocidas hasta hoy, nace

con la facultad superior de descubrir en la belleza de las cosas, la

ley de la vida; y así representa para su raza, la superioridad de que

ésta goza sobre las otras. Ahora bien, como aquel descubrimiento es una

ventaja, puesto que de él depende el mejor uso, y con éste, el éxito de

la vida, la posesión de un artista reporta a la raza un bien positivo

de primer orden.

Vamos viendo, pues, que la poesía es una cosa de la mayor importancia

en la cultura de los pueblos. Y no olvidemos que el hombre es el

máximo valor, hasta en materia económica. Las tablas de las compañías

de seguros calculan en cifras constantes el precio de su vida. Él es

el primero de los elementos productores; y además, toda producción

depende de su actividad inteligente, como todo valor está determinado

por sus aspiraciones necesarias o superfluas. Los griegos, cuya vida

perfecta consistió en que todo lo hicieron perfectamente, siendo los

mejores comerciantes, los mejores soldados, los mejores colonizadores,

los mejores ganaderos, agricultores, industriales y navegantes que

podamos concebir, fueron también los mejores filósofos y artistas. Como

educadores, no sólo consiguieron aquel resultado único de vida, sino

que aún nos instruyen. Y bien, toda su educación física, intelectual y

moral, basábase en la estética. Ellos sostenían _prácticamente_, que

leer a Homero era el mejor modo de empezar la educación de una vida

tan eficaz como lo fué la vida griega. De tal suerte alcanzó Atenas

aquel prodigio de civilización irradiante, aquel imperialismo suyo que

representa la máxima desproporción entre la pequeñez material de los

medios y la magnitud, también material, del éxito. Así Venecia repitió

el caso histórico[13]. Así la contemporánea Inglaterra presenta el

fenómeno más parecido a aquéllos, cultivando su elemento más precioso

de energía y de superioridad, el _gentleman_, en la familiaridad de

Shakespeare. Esto lo sabe todo gobernante inglés. Porque la obra de

Shakespeare es la imitación del perfecto caballero que Inglaterra exije

para dejarse _gobernar_; vale decir para confiar su nave mercante y

guerrera. El arte supremo del piloto, es para Inglaterra la poesía

de Shakespeare, como lo era para los griegos, y esto directamente

hablando, la poesía de la Odisea.

Entonces el verso, o sea el lenguaje habitual de la epopeya, nos

merecerá análogo respeto. El género exige, desde luego, un verso

sencillo y armonioso, noble y robusto: un verso cuyo movimiento

recuerde con su resuelto desembarazo, el largo paso del león. Y tal es

el exámetro de los antiguos, el endecasílabo de los modernos. Pero el

verso de arte menor, soporta igualmente la lengua épica, como puede

verse en las versiones modernizadas del _Romancero_. Lo que pierde en

majestad, gánalo en sencillez, y esto es preferible siempre; porque

todo grande arte social, como la epopeya, la ópera, la arquitectura

pública, deben buscar los medios conducentes a la popularidad. El ser

demasiados literarios y con ello exigentes de una cultura especial

en el lector, es el defecto capital de la Eneida y de los poemas del

Renacimiento. Cosa análoga sucede con la arquitectura y con la música,

desde aquel tiempo.

El verso de arte menor, no es, tampoco, desconocido en la épica

tradicional. Todos los romances pertenecientes al ciclo de la Tabla

Redonda, están compuestos en metro parecido. Y luego, éste era

el lenguaje poético del pueblo, en el cual tenía que expresarse,

naturalmente, un paladín popular. El canon retórico, que pretende

limitar la expresión épica al exámetro y al endecasílabo, es una

prescripción de eruditos, empeñados en decretar bajo leyes inamovibles,

la imitación homérica. No tiene otro objeto ni otra razón; pues

allá donde existan ideas y sentimientos épicos, que es decir, vida

heroica expresada con el lenguaje musical que constituye la poesía,

materialmente hablando, hay poesía épica, quiéralo o no la retórica.

Ahora bien, el lenguaje reducido a su esencia original, a su valor

expresivo, a su carácter de instrumento útil, no es más que música y

metáfora: toda palabra es la _imagen_ de una persona, cosa o idea; y

por lo tanto, los representa ante los hombres, tan realmente como si

los trajese a su alcance; pues _hablar_ significa tornar sensibles e

inmediatos los movimientos ocultos de nuestra mente a que llamamos

ideas, y los objetos que, sin la palabra, necesitaríamos traer

materialmente para que nos sirvieran como puntos de referencia o de

comparación. Al mismo tiempo, el fenómeno fonético que constituye

la materialidad de la palabra, es un valor musical, un canto llano,

susceptible de notación armónica, conforme lo demuestra el verso, pues

éste no es un lenguaje distinto, sino en cuanto se sujeta a un ritmo

especial.

Recordemos, ahora, que la poesía está formada de imágenes y de música:

_que no es sino esto_. Con lo cual tenemos reducido el lenguaje a

un fenómeno poético: el lenguaje, es decir, _el valor humano por

excelencia_, el instrumento primordial de toda sociedad y de toda

civilización, porque es el órgano de relacióm directa entre los

espíritus. El canto llano corriente ahora entre nosotros como lenguaje

común, es, seguramente, la poesía de bardos antiquísimos, que dieron

nombre a las cosas por medio de la imagen y de la música, aplicando,

luego, este sistema metafórico a los términos abstractos que denominan

nuestras ideas. La palabra _mente_, por ejemplo, proviene de la raíz

sanscrita _man_, _pensar_. Pero _man_ significa también hombre, como

en el inglés que ha conservado la palabra genuina. Es evidente que

el vocablo primitivo, no significó más que este último, así como

que debió provenir, a su vez, del sonido natural _mama_ con que se

inicia el lenguaje infantil, y que resulta de una reduplicación de

los movimientos labiales de la lactancia. En latín clásico, _mamma_

significa teta. La primera ocurrencia del niño que tiene hambre,

es pedir de _mamar_, repitiendo el movimiento característico. Así

proceden también los animales. El perro que quiere conducirnos a un

lugar determinado, donde ha descubierto un herido, por ejemplo, hace

el ademán de ir y venir entre nosotros y aquel sitio. La palabra

primordial y característica del hombre, es, pues, _mama_. Con ella se

hizo, desde luego, el nombre de la madre; y obsérvese cuánta poesía

contiene este simple hecho natural de ser tal nombre la primera

palabra. Luego, por medio de una sencilla contracción, _mam_, pronto

transformada en el sonido más fácil _man_, designóse al hombre,

_el procedente de la madre_. Luego se dió al atributo humano por

excelencia, el mismo nombre, con un significado más justo aún que en

la famosa palabra cartesiana: _pienso, luego soy hombre_. Y cuando

esto pudo suceder, el lenguaje estuvo formado. La muerte, a su vez,

llamóse _mar_ (de donde _marasmo_) y sirvió de radical a uno de los

calificativos fundamentales del género humano en griego: _méropes_,

que significa literalmente mortales. Luego vinieron _materia_, o sea

la gran madre: _mater-ia_; _maia_, o la tierra, _mar_, o el total de

las aguas cuya ondulación describe la letra _m_ que existe en todos

los alfabetos bajo ese carácter primordial; y por último, el grande

espíritu rector de los hombres, el primer legislador de la humanidad,

llamóse _Manú_. Los nombres primordiales del universo, resultaron de

esta primera palabra: _mama_. El descubrimiento de las relaciones

trascendentales de las cosas, sensibilizado y aproximado por la

metáfora; la imagen materna que esas palabras van repitiendo; el valor

musical que las diferencia, son todas operaciones poéticas. Sólo la

_imaginación_, la facultad de crear _imágenes_, ha podido producir

ese resultado. Y se trata, precisamente, de la facultad poética por

excelencia.

Si hemos de inferir por analogía el pasado prehistórico en el fenómeno

que la historia nos permite comprobar, la poesía no ha dejado de ser el

elemento esencial en la evolución del lenguaje.

Los poemas homéricos habían formado definitivamente el idioma heleno.

Todos aquéllos que no hablaban correctamente el lenguaje de dichos

poemas, eran los bárbaros. El latín se transformó en los actuales

romances que son nuestros idiomas latinos, por medio de la poesía. De

empezar a cantarlo en coplas, con otros ritmos que los clásicos, es

decir, adaptándolo a las tonadas regionales, provino la transformación.

La rima, desconocida por el latín clásico, constituyó, precisamente, el

otro elemento. Las primeras lenguas romanas, fueron habladas en verso.

El verso estuvo siempre a la cabeza del movimiento evolutivo, como

lo demuestran _La Canción de Rolando_ y el _Romancero_. Antes que en

ninguna otra parte, el francés y el castellano de hoy, encontrábanse

ya en aquellos poemas. Ellos popularizaron esos nuevos idiomas,

autorizando con el cuño del arte los elementos populares resultantes

de la deformación del latín por los indoctos, y de su mestización con

los dialectos regionales. Sin esa intervención del elemento superior y

original: la poesía, la barbarie dialectal habría permanecido inmóvil,

como la tierra donde arraiga el árbol; pues éste es el elemento

activo de transformación, al representar una vida superior respecto a

la tierra. Por último, la _Divina Comedia_ formó definitivamente el

italiano, sólo con tomar como vehículo el dialecto de la Toscana. Así

convertido en obra de arte, fué el organismo superior destinado al

triunfo.

De esta suerte, la poesía que transforma un idioma en obra de arte, lo

impone con ello entre los organismos vivos de la misma naturaleza;

y como el idioma es el rasgo superior de la raza, como constituye la

patria en cuanto ésta es fenómeno espiritual, resulta que para todo

país digno de la civilización, no existe negocio más importante que la

poesía.

El hombre _vale_ más, positivamente hablando, cuanto más culto es;

porque así produce más. Y toda la cultura es asunto de lenguaje. Toda

la cultura; porque ciencia, arte, política, guerra, comercio, dependen

de la ejecución de fórmulas y de órdenes que no son sino palabras. La

dignidad de la especie humana proviene de esta misteriosa subordinación

de su espíritu a la poesía, así definida como la emoción original, y

también como la primordial moción del ser humano. Misteriosa, porque

si yo veo un elemento _natural_, en aquel simple sonido _mama_ de la

boca infantil, creo también que ello no es un resultado casual de la

organización de la materia en forma humana; antes me parece que las

inteligencias creadoras del hombre, dieron a su boca la forma necesaria

y a su instinto la inclinación debida, para que al impulso de la

necesidad, produjeran naturalmente aquellas voces, en la cual _Ellos_

preveían todas las trascendencias posteriores.

Con estas palabras que vuelven a recordarnos la predestinación del

poeta como elemento representativo de la vida heroica en su raza,

voy a terminar las pasadas reflexiones sobre la poesía épica. Sólo

me resta una cosa que añadir: la composición del poema épico es,

por aquella misma circunstancia representativa, una tarea heroica,

y en su consecuencia un acto singular, con frecuencia extraño a la

vida normal del poeta. Así son, por otra parte, todos los heroísmos:

episodios aislados en la existencia del héroe. Actos que éste parece

haber ejecutado fuera de sí, al resultar sobrehumanos. Es que quien los

comete en ese momento, es su _deus_ interno, sin más relación con el

individuo físico, que la de la mano con el bastón. Milton ciego[14] y

Beethoven sordo, son dos indicaciones transcendentales. La condición

divina del genio, apareja el goce de la luz sin necesidad de ojos y

de la música sin necesidad de oídos. Porque es en el espíritu donde

_realmente existen_ toda música y toda luz, nadie ha visto como ese

ciego y nadie ha oído como ese sordo. Ellos no dominaron tan sólo, en

su totalidad, el espectáculo del universo perceptible; que sólo por

dominarlo así, lo describieron mejor que nadie. _Vieron_ y _oyeron_

también lo que nosotros no podemos ver ni oir: la maravilla de la

divinidad, presente en aquella sombra y en aquel silencio. Sombra

estrellada como la noche detrás de las nubes interpuestas. Silencio

continente de toda música, porque fué un punto de comunicación con el

infinito.

NOTAS:

[2] Propiamente, la estabilidad máxima considerada como suprema

cualidad: _ex-sistere_. _Sistere_, hallarse estable, ser. Al paso que

_vida_, es el griego _bios_, la actividad de la materia organizada que

consiste, precisamente, en _estar llegando a ser sin cesar_, y _dejando

de ser_, por operación simultánea.

[3] Una sola es la ley de vida en el universo, y por ello todas sus

manifestaciones son análogas, decían aquellos alquimistas que llamaban

al estado atómico de nuestros físicos, la _tierra de Adam_, o sea la

substancia original de donde emana toda vida.

[4] Los tres primeros mandamientos, o sean los más importantes,

refiérense a los deberes para con Dios: amarle sobre todas las cosas,

no jurar su nombre en vano y santificar las fiestas. Es el deber

religioso, o en otros términos, el negocio de la salvación personal,

el bien privado que la observancia de esa triple obligación asegura,

antepuesto al deber social, a la solidaridad desinteresada que

constituye la felicidad común.

[5] La Iglesia declara que el estado de virginidad es superior al de

maternidad para el negocio de la salvación eterna.

[6] Florencia está precisamente en el centro de Italia. Su primitivo

estandarte, de gules con lirio de plata, el lirio toscano del estío,

quedó transformado en plata con lirio de gules (la gladiola purpurina

es también una flor regional) acto continuo de la victoria florentina

contra Pistoia en 1251. Habiéndose negado los gibelinos de Florencia a

tomar parte en la campaña, pues la ciudad enemiga era de su partido,

los güelfos victoriosos procedieron a desterrarlos en masa, previa

ejecución de sus jefes. Después cambióse la blanca flor aristocrática,

por la roja de los artesanos y burgueses triunfantes, pues data de

entonces la oligarquía comercial de la República; y por esto el Dante

dice que el lirio florentino fué "_per division fatto vermiglio_".

La causa fundamental del cambio, estuvo en la revolución democrática

consumada un año antes contra los gibelinos, por los comerciantes y

artesanos; siendo curioso observar cómo ya en la Edad Media, el color

rojo blasonaba la causa de los gremios trabajadores.

[7] Efectivamente, en su poesía, como en las artes plásticas de

aquel tiempo, las alegorías paganas mézclanse, con anacronismo

característico, a la descripción real de la vida y a los conceptos de

la moral cristiana, imponiéndole su belleza canónica: fenómeno peculiar

a la evolución estética del Renacimiento.

[8] En los primeros años del siglo XIII (1212) cincuenta mil niños

franceses y alemanes emprendieron el camino de Jerusalem "para libertar

el Santo Sepulcro", bajo la fe de una revelación en cuya virtud el

mar quedaría seco aquel año, facilitando el camino a pié enjuto hasta

la Siria: movimiento espontáneo e incontenible que sólo produjo una

horrorosa mortandad. El abandono de niños fué una de las grandes

calamidades de la Edad Media, como consecuencia de la vagancia y de la

miseria de los adultos. De aquí la enorme cifra mencionada, que no es

lo más asombroso. Lo que sí resulta estupendo, es el movimiento mismo

y su sinceridad, pues muchos de aquellos jóvenes cruzados llegaron a

Tolemaida...

[9] La famosa "Guerra en los Cielos", parece ser, efectivamente, una

referencia a otros escritos, con el único fin de dar una explicación a

la caída de Satán.

[10] Los griegos cuya vida práctica fué tan completa, atribuían a

los poemas de Homero más eficacia docente que a cualquier tratado de

ciencia o de filosofía; y así, dichos poemas formaban el principio y el

fin de aquella cultura que les dió el dominio del mundo en todos los

órdenes de la actividad humana.

[11] No es difícil hallar en el poema virgiliano el móvil genérico de

la poesía épica. Recuérdese en el libro II el trozo que comienza:

_O fortunatos nimiun, sua si bona norint

Agricolas!_

Y concluye así refiriéndose a los campos cultivados:

_...extrema per illos

Justitia excedens terris vestigia fecit._

Para no recordar el tan conocido apóstrofe del mismo libro a la tierra

cuya fecundidad engendra las mieses y los héroes:

_Salve, magna parens frugum, Saturnia tellus,

Magna virum..._

[12] Los héroes y los iniciados, descendían al Hades en estado de

sueño. El descenso de Jesús al Seno de Abraham, resulta una operación

análoga. Por último, el milagro de San Patricio es antecedente

inmediato del viaje dantesco.

[13] En la época de su mayor esplendor, Atenas tuvo 180.000 habitantes.

Venecia, también en su apogeo, no alcanzó a los 200.000. Florencia tuvo

150.000 de población urbana y 500.000 en todo su territorio, cuando su

banca y su política dominaban a Europa. La Confederación que Atenas

constituyó, como resultado de su imperialismo, llegó a comprender 247

estados.

[14] Elijo a Milton y no a Homero, por su mayor realidad histórica

(sábese que la misma etimología del nombre Homero, puede significar,

además de _ciego_, _rehén_, _poeta_ y _compositor_) y porque el bardo

inglés fué especialmente el cantor de la luz:

_Hail, holy Light! offspring of Heaven firstborn!_

II

=El hijo de la Pampa=

El gaucho fué el héroe y el civilizador de la Pampa. En este mar de

hierba, indivisa comarca de tribus bravías, la conquista española

fracasó. Ella había civilizado las montañas, asentando en sus mesetas,

al frescor adelgazado ya en vértigo, los Potosíes y los Quitos; o

topografiando en audaz catastro los mismos escoriales de volcán, con

las tapias de sus Guatemalas y sus Pueblas. Llevó a aquellos montes

desordenados donde señoreaba Luzbel, agua de bautismo que les quitara

la posesión. Metió cuña al peñasco para destriparlo de su oro y de su

plata, o le insinuó con el azogue activo como una sierpe de hechizar,

la química avidez de las amalgamas. Por sus cubiletes fulleros pasó la

mitad del sol desgranada en topacios, y la mitad de la luna cuajada en

perlas. Que el mar fué primero, en verdad, el fortunoso corcel de su

audacia.

Había también el conquistador domeñado la selva que embrujaban leyendas

y vampiros; pronta la espada contra los endriagos custodios de tesoros

hespéricos; o contra los tártaros de Kubilay-Kan, que allá cerca

andarían; o contra el huracán del ave Roc, que se alza un toro en las

garras; o contra las doncellas amazonas del seno dispar y de la pierna

elástica cuya eventualidad pregustaba en ventura su urgente celibato; o

todavía contra la aparición del ángel candente que vigila el Paraíso.

¿No estaría, acaso, alguno de los cuatro afluentes edénicos, entre

aquellos ríos perfumados como Salomones, del perpetuo abrazo que dan a

las ínsulas floridas?

Solamente con la Pampa no pudo la conquista. Ni sus elementos nobles,

el soldado y el misionero, ni su cizaña vagabunda, el gitano, lograron

establecerse allá. Atravesáronla sable en mano como Hernandarias de

Saavedra, o crucifijo al pecho como el jesuita Falkner; o intentaron

quedarse como la chusma de Egipto, sin conseguirlo más que sobre la

desierta costa atlántica, en las cuevas del Carmen de Patagones. Todo

eso no tuvo más importancia que el surco de los barcos en el mar. La

barbarie pampeana continuó irreducida en su dominio. Allá hubo de

robustecerse, al contrario, con la posesión de un nuevo elemento: el

ganado introducido por los europeos. Allá empezó a abandonar el estado

nómade que la caza aborigen habíale impuesto con su ilimitado vagar,

para constituirse en rudimentaria confederación y hasta en monarquía

pasajera, cuando requeríalo así tal cual empresa combatiente; pues la

instalación de los conquistadores prodújole una industria en el saqueo

sistematizado de las poblaciones cristianas, dando, por otra parte,

permanencia a la guerra. La invasión de aquellos establecimientos, el

malón, constituyó su "trabajo". Así mantúvose en beligerancia contra el

invasor, cuyo dominio no reconoció jamás. A diferencia de lo que pasó

con los indios de Méjico y del Perú, hubo de exterminarse a los de la

Pampa, combatiéndolos cuatro siglos. El fracaso de aquella conquista,

fué, pues, completo. Solo consiguió que la salvajez del indio se

volviera en parte barbarie, lo cual agravaba todavía su oposición.

El obstáculo principal que ofrecía la pampa, era su vaga inmensidad, y

con ello, la falta de objeto para las expediciones lanzadas, así, al

vacío. Los indios retirábanse siempre, hacia el fondo del desierto,

hasta las rampas de la Cordillera donde empezaban aquellas selvas de

ciprés que parecían vejetar el bronce, y aquellos altos lagos que las

reflejaban con una diafanidad de luz en su engaste de ventisqueros.

Sobre los bloques de nieve y de azur, fortificados en fábrica de

torreón, imperaba la leyenda más ardua que todos los obstáculos, con

sus monstruosos bueyes, que eran, quizá, los últimos milodones[15], sus

brujos que provocaban el fuego celeste para labrar en la piedra del

rayo hachas y amuletos[16], y hasta aquellas _Ciudades de los Césares_,

que al centelleo de la siesta, temblaban quiméricas en el aire de la

soledad[17].

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 2 / 18 段