¿Y qué es el viaje del Dante a los tres mundos ulteriores de

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EL PAYADOR

LEPOLDO LUGONES

EL PAYADOR

TOMO PRIMERO

HIJO DE LA PAMPA

BUENOS AIRES

OTERO & CO.--IMPRESORES

Calle Perú. 856/58

1916

=Obras del autor=

VERSO

_Las Montañas del Oro_ (agotado)

_Los Crepúsculos del Jardín_ "

_Lunario Sentimental_ "

_Odas Seculares_ "

_El Libro Fiel_

PROSA

_La Reforma Educacional_ (agotado)

_El Imperio Jesuítico_ (2.ª edición)

_La Guerra Gaucha_ (agotado)

_Las Fuerzas Extrañas_ "

_Piedras Liminares_

_Prometeo_ "

_Didáctica_ "

_Historia de Sarmiento_ "

_Elogio de Ameghino_

_El Ejército de la Ilíada_

ÍNDICE

Páginas

Prólogo 5

Advertencia etimológica 9

I. La vida épica 11

II. El hijo de la Pampa 37

III. A campo y cielo 57

IV. La poesía gaucha 75

V. La música gaucha 97

VI. El lenguaje del poema 135

VII. Martín Fierro es un poema épico 155

VIII. El telar de sus desdichas 185

IX. La vuelta de Martín Fierro 223

X. El linaje de Hércules 249

PRÓLOGO

Titulo este libro con el nombre de los antiguos cantores errantes que

recorrían nuestras campañas trovando romances y endechas, porque fueron

ellos los personajes más significativos en la formación de nuestra

raza. Tal cual ha pasado en todas las otras del tronco greco-latino,

aquel fenómeno inicióse también aquí con una obra de belleza. Y de

este modo fué su agente primordial la poesía, que al inventar un

nuevo lenguaje para la expresión de la nueva entidad espiritual

constituída por el alma de la raza en formación, echó el fundamento

diferencial de la patria. Pues siendo la patria un ser animado, el

alma o _ánima_ es en ella lo principal. Por otra parte, la diferencia

característica llamada personalidad, consiste para los seres animados,

en la peculiaridad de su animación que es la síntesis activa de su vida

completa: fenómeno que entre los seres humanos (y la patria es una

entidad humana) tiene a la palabra por su más perfecta expresión. Por

esto elegí simbólicamente para mi título, una voz que nos pertenece

completa, y al mismo tiempo define la noble función de aquellos

rústicos cantores.

Conviene, no obstante, advertir que la creación del idioma por ellos

iniciada, consistió esencialmente en el hallazgo de nuevos modos de

expresión; pues voces peculiares inventaron muy pocas, según se verá

por la misma etimología de _payada_ y de _payador_ que establezco más

abajo. Lo que empezó así a formarse fué otro castellano, tal como este

idioma resultó al principio otro latín: y ello por agencia, también, de

los poetas populares.

Aquella obra espontánea culminó por último en un poema épico, cual

sucede con todo fenómeno de esta clase, siempre que él comporta el

éxito de un nuevo ser llamado a la existencia. De suerte que estudiarlo

en dicha obra, es lo mismo que determinar por la flor el género y la

especie de una planta. He aquí por qué nuestro _Martín Fierro_ es

el objeto capital de este libro. Cuando un primordial mito helénico

atribuía al son de la lira del aeda el poder de crear ciudades, era que

con ello simbolizaba esta característica de nuestra civilización.

El objeto de este libro es, pues, definir bajo el mencionado aspecto la

poesía épica, demostrar que nuestro _Martín Fierro_ pertenece a ella,

estudiarlo como tal, determinar simultáneamente, por la naturaleza

de sus elementos, la formación de la raza, y con ello formular, por

último, el secreto de su destino.

Designio tan importante, requería una considerable extensión que he

subdividido en tres partes completas cada cual a su vez. La primera

queda indicada; la segunda será un léxico razonado del lenguaje gaucho

en que está el poema compuesto; la tercera, el poema mismo comentado

con notas ilustrativas de su sentido cuando éste resulte desusado o

dudoso. Así intento coronar--sin que ello importe abandonarla, por

cierto--la obra particularmente argentina que doce años há empecé con

_El Imperio Jesuítico_ y _La Guerra Gaucha_; siéndome particularmente

grato que esto ocurra en conmemorativa simultaneidad con el centenario

de la independencia.

A dicho último fin, trabajé la mayor parte de este libro hallándome

ausente de la patria; lo cual había exaltado, como suele ocurrir, mi

amor hacia ella. Esto explicará ciertas expresiones nostálgicas que no

he querido modificar porque no disuenan con el tono general de la obra.

He decidido lo propio respecto a ciertas comparaciones que la guerra

actual ha tornado insuficientes o anticuadas, para no turbar con su

horrenda mención nuestro glorioso objeto. Y nada más tengo que advertir.

Un recuerdo, sí, es necesario. Algunos se capítulos que siguen son

conocidos en parte por las lecturas que hice tres años ha en el Odeón.

Otros de entre los más importantes, son enteramente inéditos. Aquel

anticipo fragmentario, que según lo dije a tiempo, no comprendía

sino trozos descriptivos, motivó, sin embargo, críticas de conjunto,

adversas generalmente a la obra. He aquí la ocasión de ratificarlas con

entereza o de corregirlas con lealtad. Pues, a buen seguro, aquel afán

era tan alto como mis propósitos.

De estar a los autos, había delinquido yo contra la cultura, trayendo

a la metrópoli descaracterizada como una nueva Salónica, esa enérgica

evocación de la patria que afectaba desdeñar, en voltario regodeo con

políticos de nacionalidad equívoca o renegada. La plebe ultramarina,

que a semejanza de los mendigos ingratos, nos armaba escándalo

en el zaguán, desató contra mí al instante sus cómplices mulatos

y sus sectarios mestizos. Solemnes, tremebundos, inmunes con la

representación parlamentaria, así se vinieron. La ralea mayoritaria

paladeó un instante el quimérico pregusto de manchar un escritor

a quien nunca habían tentado las lujurias del sufragio universal.

¡Interesante momento!

Los pulcros universitarios que, por la misma época, motejáronme de

inculto, a fuer de literatos y puristas, no supieron apreciar la

diferencia entre el gaucho viril, sin amo en su pampa, y la triste

chusma de la ciudad, cuya libertad consiste en elegir sus propios

amos; de igual modo que tampoco entendieron la poesía épica de _Martín

Fierro_, superior, como se verá, al purismo y a la literatura.

Por lo demás, defiéndame en la ocasión lo que hago y no lo que digo.

Las coplas de mi gaucho, no me han impedido traducir a Homero y

comentarlo ante el público cuya aprobación en ambos casos demuestra una

cultura ciertamente superior. Y esta flexibilidad sí que es cosa bien

argentina.

=Advertencia etimológica=

_Las voces_ PAYADOR _y_ PAYADA _que significan,

respectivamente, trovador y tensión[1] proceden de la lengua provenzal,

como debía esperarse, al ser ella, por excelencia, la "lengua de los

trovadores"; y ambas formáronse, conforme se verá, por concurrencia de

acepciones semejantes_.

_En portugués existe la voz_ PALHADA _que significa charla, paparrucha,

y que forma el verbo_ PALHETEAR, _bromear. En italiano_, BAJA _y_

BAJATA, _dicen broma, burla, chanza, lo propio que_ BAJUCA _y_

BAJUCOLA, _más distintas de nuestra_ PAYADA, _en su conjunto, pero

idénticas por la raíz. Iguales acepciones encierra la voz rumana_

BAJÓCURA; _y_ BALE, _en la misma lengua, es el plural de charlatán.

El verbo francés_ BAILLER _tiene análogo significado en las frases

familiares_ LA BAILLER BONNE, LA BAILLER BELLE. BAGATELA _es un

diminutivo italiano de la misma familia, pasado a nuestro idioma donde

no cuenta, en mi entender, sino con un miembro_: BAYA, _que significa

burla o mofa. En esta voz aparece ya la y que nos da la pronunciación

de la_ LH _portuguesa en_ PALHADA _y de la j italiana en_ BAJA.

_Todas estas voces proceden del griego_ PAIZO, _juego infantil, que

viene a su vez de_ PEZ, PEDOS, _niño en la misma lengua. El bajo griego

suminístranos, al respecto, vínculos preciosos en las voces_

BAGIA _y_ BAIA, _nodriza_; BAGILOS _y_ BAIOILOS, _maestro primario.

Ellas pasaron al bajo latín, revistiendo las formas_ BAIULA _y_ BAJULOS

_respectivamente_. PAIOLA _era también puérpera en la baja latinidad_.

_El provenzal, aplicando a estas formas, por analogía fonética, el

verbo latino_ BAJULARE, _cargar, formó no menos de quince voces

análogas, y significativas todas ellas de los actos de llevar, mecer,

cunear y adormir a los niños. Pero, el vocablo de la misma lengua que

resume todas las acepciones enunciadas para los idiomas pseudo-clásicos

y romanos, es_ BAJAULA, _bromear, burlar: en romance primitivo_,

BAJAULO.

_A este significado, asimilóse luego el de_ BAILE, _bajo sus formas

primitivas_ BAL, BALE, BAIL, BALL; _con tanto mayor razón, cuanto que

en la acepción originaria denunciada por aquellas formas, era juego de

pelota. La idea de diversión pueril, común a ambas voces, fácilmente

las refundió en el sinónimo_ BAL _que significó baile y composición

poética: de donde procedió_ BALADA, _o sea, precisamente, un canto

de trovador cuya semejanza fonética con_ PALHADA, PAYADA, _es muy

estrecha_.

_Los trovadores solían llamarse a sí mismos_ PREYADORES: _literalmente

rogadores o rezadores de sus damas; y esta voz concurrió, sin duda,

con fuerza predominante, a la formación del derivado activo de payada,

payador_. PREYADORES _procedía del verbo provenzal_ PREYAR, _que es el

latino_ PRECARI _cuya fonética transitiva está en el italiano_ PREGARE,

_especialmente bajo el modo poético_ PRIEGO. _Hubo también una forma_

PRAYAR _que supone el derivado_ PRAYADOR, _robustecido todavía por_

BALADA _y_ PALHADA.

_Payador quiere decir, pues, trovador en los mejores sentidos._

NOTAS:

[1] _Quinta acepción del Diccionario de la Academia._

I

=La Vida Épica=

Producir un poema épico es, para todo pueblo, certificado eminente de

aptitud vital; porque dicha creación expresa la vida heroica de su

raza. Esta vida comporta de suyo la suprema excelencia humana, y con

ello, el éxito superior que la raza puede alcanzar: la afirmación de

su entidad como tal, entre las mejores de la tierra. Ello nada tiene

que ver con la magnitud del suelo perteneciente, ni con la cantidad de

población, porque se trata de un estado espiritual al cual llamamos

el alma de la raza. Lo que en ésta interesa a sus hijos, así como al

resto de los hombres, es la calidad heroica que añade al tesoro común

de la humanidad una nueva prenda, puesto que dicho tesoro está formado

por los tres conocidos elementos: verdad, belleza y bien. De aquí que

los héroes, en los respectivos dominios de la filosofía, la estética

y la ética, sean los representantes y más altas expresiones de la

vida superior de sus razas: así Platón, Miguel Ángel y Washington. Si

bien se mira, ninguno de estos tres hombres tuvo por patria un país

que figurara entre las potencias de la tierra; existiendo, por el

contrario, una evidente desproporción entre la importancia territorial

o política de las naciones donde nacieron, y la influencia universal,

la potencia, la vitalidad de su genio. También ellos viven más que sus

patrias; o mejor dicho, lo que de sus patrias sobrevive incorporado

a la humanidad, es obra suya. De tal modo, ellos encarnan la vida

superior de sus patrias, la única verdadera vida, puesto que es

inmortal. Así, las repúblicas de Atenas y de Florencia han dejado de

existir, como pudiera suceder mañana con la República de los Estados

Unidos. En la primera de aquéllas, la misma raza desapareció. Lo que

ya no puede extinguirse, es la verdad que Platón reveló a los hombres;

la belleza que Miguel Ángel les inventó; la libertad que les aseguró

Washington. Y así es como se constituye el bien de la civilización.

Los esfuerzos colectivos manifiestan, no menos, aquella desproporción

heroica, o sea el carácter esencial; pues, en suma, el heroísmo

proviene de la diferencia entre los medios materiales del héroe y

su calidad espiritual expresa en la voluntad de triunfar con ellos.

Por esta causa, no hay batalla más famosa, ejemplo más fecundo de

virtud militar, que la hazaña de los _Trescientos_ en las Termópilas.

Ella valió más para la humanidad, que las matanzas de Waterloo, de

Sedán y de Mukden. Pues lo que constituye _realmente_ la importancia

de un esfuerzo (realmente, en cuanto expresa la verdadera vida, la

inmortalidad, lo que llamamos _existencia_[2] por contraste con la

ilusión de la vida mortal) es la excelencia humana que manifiesta, y la

causa que sostiene. Porque esos trescientos espartanos representaban el

supremo esfuerzo de Esparta, todo cuanto Esparta podía dar en número y

calidad de soldados, ellos equivalen _realmente_ al millón de hombres

que uno de los modernos imperios pone sobre las armas, con análoga

energía; mas, porque también representaban, sin una sola excepción,

la voluntad heroica, la perfecta conciencia patriótica, imposibles de

concebir en un millón de hombres, su eficacia es no menos _realmente_

superior. El millón de hombres correspondía a los persas, que, como es

natural, debieron imponerle la única disciplina compatible con tales

masas: el automatismo de la grey. Mientras en los otros, la libertad

inherente a su condición de ciudadanos, engendraba esa perfecta armonía

de intenciones y de esfuerzos que contiene el secreto de las energías

incalculables. La evolución de la física moderna, por lo que respecta

a la constitución de la materia, problema fundamental cuyo desarrollo

va poniendo en nuestras manos las energías ultrapoderosas del éter

y de la luz, personificadas por las cosmogonías en los artesanos del

universo prototípico,--que así va reintegrándose el hombre con su

linaje primordial de arcángeles y satanes;--los descubrimientos de

las matemáticas; las experiencias del laboratorio en los dominios del

misterio atómico, tienden a la eliminación de la materia para liberar

la fuerza; y efectuándolo así, es como han logrado la comunicación

puramente etérea del telégrafo sin hilos, la supresión de la opacidad

con los rayos catódicos, la luz fría de los gases rarificados: o

sea el triunfo sobre cuanto parecía constituir las oposiciones más

irreducibles de la materia. Para mí, aquel resultado histórico de las

Termópilas y este otro de la ciencia, provienen del mismo concepto

de civilización: el dominio de la materia por la inteligencia[3], la

transformación de la fuerza bruta en energía racional. Así desaparece

todo antagonismo entre los distintos esfuerzos espirituales, que

proviniendo de una misma causa, tienden a un mismo fin; al paso que

ante los espíritus más reacios, adquiere importancia decisiva el poema

épico, o sea la expresión, repito, de la vida heroica de las razas.

Pero hay otro aspecto fundamental de este asunto.

Cuando el poema épico, según pasa algunas veces, ha nacido en un pueblo

que empieza a vivir, su importancia es todavía mayor; pues revela en

aquella entidad condiciones vitales superiores, constituyendo, así,

una profecía de carácter filosófico y científico. Era esto lo que veía

Grecia en los poemas homéricos, y de aquí su veneración hacia ellos.

Homero había sido el revelador de ese maravilloso supremo fruto de

civilización llamado el helenismo; y por lo tanto, un semidiós sobre la

tierra. Los héroes revelan materialmente la aptitud vital de su raza,

al ser ejemplares humanos superiores. El poema, la aptitud espiritual

que es lo más importante, como acabamos de ver, la mente que mueve las

moles. Y ello no es, por fuerza, necesario al éxito de la vida física,

a la existencia de un país rico y fuerte; como no lo son, absolutamente

hablando, el dorado de la pluma al faisán, ni el canto al ruiseñor.

Pero una vez que está dorado el faisán, cuida su plumaje y hállase

contento de tenerlo más hermoso que otras aves; y también así sucede al

ruiseñor que ha nacido con el don del canto, y lo cuida, y se deleita

de tal modo en él, que ha de esperar para prodigarlo el silencio

total de la noche y la magnífica serenidad de las estrellas. De un

modo semejante las naciones cuidan sus bellos poemas y se deleitan

con ellos; sin lo cual serían mentalmente inferiores al ruiseñor y al

faisán.

Esta definición un tanto amplificada del heroísmo, fué necesaria

para establecer como es debido la naturaleza del poema épico y su

importancia nacional, si cada individuo culto ha de tener conciencia

de ese fenómeno: con lo que no alabará servilmente, porque así se

lo enseñó su texto de literatura, ni vituperará cometiendo gratuita

insolencia. Una vez que le enseñemos lo que no sabe, dejará de proceder

así. Con lamentarnos de ello o condenarlo, nada sacaremos de positivo.

Todo hombre medianamente culto, puede comprender y debe saber lo que

es un poema épico, y con esto gozar de sus bellezas; y como la vida es

tan dura que la mayoría de los hombres no anda ni trabaja sino movida

por el afán de gozar, pocos serán los individuos que renuncien a la

adquisición de un placer gratuito. Si no lo experimentan, es porque lo

ignoran. Con ello se realiza al mismo tiempo una obra de civilización;

porque lo es de suyo, todo cuanto acostumbra a vivir en la familiaridad

de las cosas bellas y nobles. A este fin ponemos esculturas en las

plazas públicas y hacemos jardines para el pueblo. Los hombres

vuélvense así más buenos y más libres, con lo cual se alcanza la máxima

dignidad humana que consiste en la posesión de la libertad y de la

justicia. Para asegurarse estos dos bienes, para esto sólo y no para

ningún otro objeto, se han dado patria los hombres. De suerte que en

tales enseñanzas viene a conciliarse el interés de la civilización

con el de la patria. Es, como se vé, la perfección en la materia; por

donde resultaba que los poemas de Homero, constituyeran en Grecia el

fundamento de la educación.

Y es que la poesía épica tiene como objeto específico el elogio de

empresas inspiradas por la justicia y la libertad. Con esto, al ser

ella la expresión heroica de la raza, defínese por los conceptos de

patria y civilización, coincidentes, como acaba de verse, en ese doble

anhelo de excelencia humana: la justicia y la libertad.

Los dos móviles de la guerra contra Ilión, el remoto y el inmediato,

son sendas reparaciones de justicia. Laomedón, padre de Príano, había

negado a Poseidón y Apolo el estipendio convenido por la construcción

del puerto y muros de Troya. Esto indispuso a los citados númenes, cuya

venganza había empezado a experimentar la ciudad, antes de la guerra

homérica. El motivo de esta operación, fué la iniquidad cometida por

Paris contra Menelao; la mayor y más horrible para los antiguos, puesto

que comportaba la violación de la hospitalidad. El tema mismo de la

_Ilíada_, la cólera de Aquiles y los innumerables daños que causó a

los griegos, celebra la venganza de aquel héroe contra el rey Agamenón

que injustamente habíale quitado la esclava Briseida. Es una venganza,

se dirá; pero la venganza es el origen, y con frecuencia una forma

_todavía_ muy elevada de justicia. Entre los griegos era implacable,

porque constituía la suprema ley: la reivindicación social del honor

que es, sin duda, una virtud privada, pero también y principalmente

un bien colectivo. El perdón sistemático de las injurias pertenece al

cristianismo cuyo objeto supremo es la salvación personal asequible con

el ejercicio de tres virtudes antisociales: 1.º El amor a Dios, más

importante que el amor a los hombres, puesto que la misma caridad debe

hacérsela en nombre de aquél, y no en el de la fraternidad humana[4];

sin contar con que este amor a Dios, es la adquisición del estado

místico al cual se llega por la negación o la anulación del afecto

humano, produciendo esto, como primer consecuencia, la esterilidad

sexual[5]. 2.º La fe, sinónima de fidelidad, no de creencia, porque lo

esencial en ella es el acatamiento al dogma, aunque sea absurdo, y más

todavía, porque es absurdo (_credo, quia absurdum_) a causa de que la

perfecta obediencia consiste en sacrificar la razón ante la autoridad

dogmática: virtud funesta que tiende a eternizar el despotismo, así

transformado en _derecho divino_. Por esto el que no cree es _infiel_,

y el que disiente es _hereje_. 3.º El aislamiento o fuga del mundo, que

constituye la mejor manera de consumar el negocio de la salvación; por

donde nada resulta más ventajoso que el estado monástico, y más aún, el

ascetismo.

Para una religión de esclavos, de desesperados, de deprimidos por

los excesos viciosos, pues tales fueron los primitivos fieles, y

seguramente los fundadores del cristianismo, el honor, considerado como

virtud social, significaba poco o nada; y el perdón de las injurias

a que su condición los habituaba o predisponía, resultaba mucho más

fácil, desde que el supremo negocio de la salvación consistía en un

acuerdo privado y personalísimo del creyente con su dios, en el más

efectivo aislamiento que para dicha operación fuera posible. Cuando la

barbarie sana y viril adoptó aquella religión, el mandamiento quedó

subsistente en la letra; pero la idea de justicia humana cuyo origen

está en la venganza, impúsose de suyo, y el desafío judicial resucitó

a la euménide antigua que era una deidad del destino, una parca al

mismo tiempo, imponiendo a la Iglesia ese derecho de la dignidad laica.

Y digo impuso, pues aunque la Iglesia siguió condenando el desafío

judicial y la venganza, sus mismas órdenes, como la de los Templarios,

y sus propios santos, como Luis IX de Francia, usaron y reglamentaron

aquel derecho; mientras para monjes y pontífices, la inquisición y las

excomuniones políticas, sustituyeron pronto las dulces paradojas de

Jesús, por los rencores más positivos del viejo Jehová, euménide no

menos sanguinaria que las paganas.

Esta disgresión era indispensable, dada la deformación cristiana de

aquellas ideas que los griegos tenían por fundamento de su libertad

y de su justicia; pues solo mediante una explicación así, puede el

moderno concebir como es debido el carácter justiciero de la _Ilíada_.

El honor griego, como virtud social, consistía en la venganza; y aun

actualmente, no es otro el concepto de nuestros desafíos; mientras la

justicia, es decir, el bien privado que la colectividad debía asegurar

a cada uno, estribaba en la compensación de la ofensa por medio del

matrimonio o de la multa; con lo cual quedaba a veces, extinto el deber

de venganza. Pues conviene advertir que si la justicia es el bien

asegurado a cada uno por la sociedad, el honor es el correspondiente

sacrificio que la sociedad exige a cada uno; de manera que sólo ella

puede eximir de su satisfacción en determinados casos, sustituyéndose

con su justicia. Tal, por ejemplo, cuando un matrimonio restablecía

en la familia del ofendido, la armonía que la ofensa había turbado.

Entonces la venganza dejaba de ser una necesidad social (la necesidad

defensiva de la familia, que en toda nación bien organizada debe

constituir el instinto supremo) y la sociedad relevaba del sacrificio

de honor. Estas consideraciones, despegadas en apariencia, tendrán

mucho que ver con el examen de nuestro poema nacional.

La _Odisea_ nos presenta un caso semejante. El resultado de todas las

penurias que pasa el héroe, es el restablecimiento de la justicia en su

reino y en su hogar trastornados por los pretendientes. La narración de

las aventuras famosas, preséntanos permanente la porfía del héroe para

_libertarse_ de los elementos que se le oponen.

Observamos en la _Eneida_ un objeto análogo: el esfuerzo de Eneas y de

los troyanos fugitivos, tiende a constituirles una nueva patria; es

decir, una nueva seguridad para su libertad y su justicia. Si Virgilio

llama _el pío_ a Eneas, lo dice, ante todo, porque es justo.

Asimismo, lo que canta el _Romancero_, son las libertades del Cid,

cuando el injusto destierro que su rey le infligiera le alzó el feudo,

reintegrándole al pleno dominio de su voluntad heroica. Y son las

libertades de España, que el caudillo quiere limpiar de moros, pues

para ello campea; y por ello todo lo descuida, incluso su Jimena de la

blonda guedeja, y la Fortuna, rubia de doblones; y solo de ello toma

el consejo que parecen destilar en parlante miel sus luengas barbas

bellidas.

¿Y qué es el viaje del Dante a los tres mundos ulteriores de la

teología, sino un símbolo trinitario de la justicia de su dios? Desde

el presidio satánico, vémosle ascender a la libertad celeste, que

Beatriz, la criatura libre por excelencia en su condición de espíritu

puro, le revela como una sublime transformación del amor, lejos de

la tierra inicua. Porque el motivo de haberse lanzado aquel tenaz

gibelino de Florencia, al viaje por infierno, purgatorio y cielo, que

es decir, dentro de sí mismo a través de su inmensa desventura, de

su amarga esperanza y de su divina quimera, fué el destierro que le

dejó sin patria, infundiéndole así, sed insaciable de libertad y de

justicia. Con lo cual fué y anduvo como ningún otro héroe, superior,

digo, a Orfeo, a Ulises y a Eneas, transeúntes del Hades tan sólo; que

ni la Ciudad de la Desesperación, ni la de la Expiación, ni la de la

Bienaventuranza, valían para él (¡oh como era cierto!) cuanto aquella

florida y orgullosa Villa del Lirio, así éste acabara de tornarse

bermejo con la propia sangre gibelina y parecer más bien llaga que flor

en el corazón de Italia[6].

Si recordamos a Camoëns, el característico épico del Renacimiento[7],

hallaremos todavía engrandecido el tema en lo que canta, pues se trata

de la libertad del mar. _Non plus ultra_ dicen los huracanes y los

monstruos del elemento, a los héroes que van abriendo su inmensidad;

pero ellos no hacen caso y pasan, y detrás de ellos van quedando libres

las grandes aguas, y dilatada con su esfuerzo la patria que el poeta

no había de poder ver caída muy luego bajo la conquista del siniestro

Felipe, sin morirse de tristeza como un verdadero mártir de la

libertad. Por lo demás, su poema, a semejanza de la Comedia dantesca,

es una obra de desterrado. En una cueva de las Indias lo compuso,

llorando el amor perdido y la patria ausente.

Los dos primeros versos con que empieza su _Jerusalem_ el armonioso

Torcuato, ya declaran el propósito de una empresa libertadora.

Canto, dice el poeta, al piadoso ejército y al capitán que _libertó_

el sepulcro de Cristo. Tal fué, en efecto, la razón popular de las

Cruzadas. Para todo cristiano de la Edad Media, era evidente la

iniquidad de que los musulmanes poseyeran el sepulcro de Cristo,

cuando ante ellos ningún valor debía tener como reliquia. De

donde resultaba que sólo el odio a los cristianos podía explicar

su obstinación. Hoy que conocemos los otros móviles, más o menos

involuntarios, de la empresa; su aspecto político, por decirlo así,

aquello nos parece insignificante. Entonces, cuando todo eso que hoy

sabemos estaba oculto, no existía otra _razón_, lo cual explica la

universalidad del entusiasmo suscitado por la empresa. Es seguro que

nosotros habríamos hecho lo mismo, para honra nuestra; pues no existe

movimiento más noble que el de pelear por la libertad y la justicia.

Tal la inspiración de ese poema cuyo mismo título es una declaración

significativa. Por lo demás, todo poema caballeresco estará igualmente

inspirado, siendo la justicia y la verdad los objetos mismos de la

caballería. La virtud dominante del caballero es la generosidad sin

límites, expresa en dos consecuencias típicas: la veracidad y el valor;

o sea la oblación que hace al bien ajeno, del espíritu en su genuina

realidad (veraz es todo aquél que se presenta exactamente como es en el

bien y en el mal) y de la vida prodigada sin una sola duda, es decir,

sin una sombra de miedo. Y dónde se vió empresa más caballeresca, que

esa guerra secular por la libertad de un sepulcro!...

El secreto profundo de nuestra vida--la "milicia" de los teólogos, la

"lucha" de los sabios--consiste en que ella es un eterno combate por la

libertad. Sin esto no existiría la dignidad de la condición humana. Por

ello los hombres no pueden vivir sino peleando de esa manera.

Así salió de la barbarie el helenismo. Así la civilización medioeval

amenazada de muerte por la tristeza cristiana, fué a desangrarse en

Oriente _para no morir_. Dentro de su tristeza sin límites, como que el

objeto mismo de su esfuerzo más poderoso fué una tumba, la lucha por

libertarla constituyó su vida. Triste vida, sin duda, pero vida al fin.

De aquí aquel ímpetu, en apariencia maravilloso, con que todo un mundo

se lanzó a las Cruzadas; aquella como irresistible ley de gravedad que

produjo el movimiento anónimo, ciego, estupendo, de la cruzada de los

niños[8]. Así también las guerras civiles de Italia, que anticiparon

la democracia moderna en la fiera y hasta feroz autonomía municipal.

De este modo es como nunca ha faltado libertad a los hombres. De este

modo es también como la tendrán siempre: áspera y tenaz, a semejanza de

los frutos durables que aseguran en la troje la abundancia doméstica; y

así es cómo la poesía épica viene a expresar, con la vida heroica, el

secreto de toda la vida humana. Hombre y héroe resultan sinónimos en el

concepto que la inspira; puesto que todo hombre es, o debe ser, si tal

dignidad merece, un combatiente de la libertad.

Nadie ignora que el poema puritano de Inglaterra, es un comentario de

aquella revolución a la cual no faltó como trágico cimiento, ni la

cabeza de rey exigida por todas las fundaciones análogas: república

romana, república francesa. Así, el soplo bíblico que lo inspira,

no recuerda el _Libro de los Reyes_, emponzoñado de lujuria y de

iniquidad en el linaje de David; sino aquella viril sencillez que

honra la historia hebrea con la institución democrática de los Jueces.

Y por esto, si la rapsodia paradisíaca ofrece esa rigidez inherente

a las abstracciones simbólicas, el episodio prologal de la rebelión

satánica en que el poeta debió ponerlo todo, pues la Biblia lo

menciona apenas[9] siendo aquello que el poeta puso, la fiera libertad

revolucionaria de los puritanos, ese episodio es, precisamente, la

cumbre épica del poema, lo que hace, mejor dicho, que éste sea un poema

épico, así como la montaña se caracteriza por su altura principal. Sin

ese episodio, en el cual es evidente la inclinación del poeta hacia el

ángel rebelde, el poema fuera una bella composición teológica, regocijo

de eruditos, dechado de poesía sabia, sin pasión, que es decir, sin

vida humana, sin esa asimetría dramática de las hondas emociones, que

constituye el fundamento de la simpatía. Es que la pareja del Edén, no

resulta del mismo libro original, sino un agente pasivo en el cual se

reproduce la lucha de los númenes, con un vasto cuadro en un espejo

reducido. Su rebelión no alcanza, siquiera, la grandeza del crimen. No

es más que un pecado. No la inspira el anhelo heroico de ser libre, o

sea digno por sí mismo de la dicha y del dolor, sino la curiosidad y la

pasión amorosa. Hasta el elemento viril, el hombre, viene a resultar

secundario. El personaje interesante es Eva, no Adán. Y no existe

un sólo poema épico sin héroe masculino. La vida heroica es de suyo

viril, porque en todo estado de civilización, la lucha por la libertad

concierne al hombre. La misión de la mujer es conservar por medio del

buen sentido y de la castidad, el bien adquirido.

Los poemas homéricos, que constituyen el modelo de la poesía épica,

enseñan esta verdad. En su descripción integral de la vida heroica,

no falta la heroína. Es Andrómaca en la _Ilíada_ y Penélope en la

_Odisea_: las grandes guardianas del hogar. Adviértase que en esto,

en esto principalmente, es decir en sus heroínas, Homero es superior

a todos los épicos. Ellos no han contado sino con la acción viril,

salvo, quizá, el poeta anónimo del Romancero, cuya Jimena conserva, por

cierto, aunque solo como personaje ocasional, la tradición de la vida

épica. Y es que nada se halla tan próximo al dechado heleno como el

poema español.

Pero la heroína de Milton es un símbolo, y de aquí su frialdad, su

contrahechura humana, que afectan a toda la obra. La calidad viril,

la vida épica, pertenecen al ángel rebelde que es, precisamente, un

avatar del Prometeo griego; y por esto, en ese episodio inicial, está

la justificación cualitativa del poema.

Esta rápida ojeada, no podía, naturalmente, comprender sino las

composiciones más importantes del género, o una típica entre varias,

como el Romancero entre la _Canción de Rolando_, y _Los Nibelungos_;

si bien ninguna de ellas carece del mencionado móvil. Otras como el

_Ramayana_ y la _Teogonía_ de Hesiodo, son ya monumentos religiosos,

y no les corresponde, a mi entender, la clasificación épica, si se

acepta que ésta tiene como prototipos los poemas homéricos. Por

último, la _Farsalia_, no es sino un episodio épico, y literariamente

hablando, una creación retórica, aunque tampoco le falte el consabido

móvil: una lucha por la libertad, tal como lo entendían, al menos, los

republicanos de Pompeyo.

Otro elemento épico de la mayor importancia, es la risa, fenómeno más

peculiarmente humano todavía que el llanto. Y es que la espansión

vital, por ella caracterizada, pone de suyo a la sensibilidad en

estado de impresionarse con las emociones generosas, es decir, de

índole correlativa. De aquí que para el poeta, sea el grande agente

modificador de las costumbres: _ridendo corrigo mores_. La risa es un

don de los dioses homéricos, y por esto la antigüedad no había vacilado

en atribuir al primero de los poetas, el poema burlesco de la guerra

entre las ranas y los ratones: la _Batracomiomaquia_ cuyo título la

define. Más cercano a nosotros, el _Orlando Furioso_ es otra creación

completa en el género, como lo sería el _Quijote_, si no estuviera

escrito en prosa. Caricaturas de la vida heroica, esas creaciones

están, pues, dentro de dicho género; y esto, no sólo por razón de

estructura, sino porque con la alegría, exaltan la función vital.

Pero la vida heroica resúltales indispensable. Lo que no existía,

era la combinación de ambas creaciones en un solo poema; y con ella,

precisamente, adquiere el nuestro una excelencia singular.

La creación épica, no contribuye con ese resultado moral, solamente,

a la obra de la civilización. Su influencia estética es de suyo, más

directa. Los hombres se han civilizado espiritualmente, conservando

y desarrollando aquellos sentimientos que tornan agradable la vida,

pero también suprimiendo y modificando aquéllos otros que la vuelven

ingrata. La civilización es, ante todo, una lucha contra el dolor,

enemigo de la vida; pues el dolor existe, allá donde está la vida

contrariada o desviada de su función normal. Cada vez que el hombre

experimenta una sensación o una emoción agradables, tiende a prolongar

dicho estado y a conservar en su medio circunstante, así como en su

propio ser, las condiciones que lo han producido. La contemplación de

las bellezas naturales, figura, a este respecto, en primera línea.

El espectáculo de las propias acciones, cuando éstas comportan una

amplificación favorable de la vida por el dominio de las fuerzas

naturales, viene después. El panorama interno de las emociones y de

las ideas, constituye su satisfacción superior de ser inteligente.

Así nace también la obra de arte, o sea la reproducción de aquellos

espectáculos, con la cual se apropia el hombre todo cuanto le ha

interesado en ellos. Por esto reproduce primero en sus toscos tallados

de primitivo, el animal y la flor; después, la escena de caza o de

pugilato; por último, en los símbolos plásticos o fonéticos que

constituyen las Bellas Artes, propiamente dicho, aquello que escapa

a la descripción directa. Y con eso demuestra, al mismo tiempo, su

voluntad de conservar la cosa o el estado que le resultaron agradables.

Semejante acumulación de ideas y de sentimientos reproducidos por

muchas generaciones, constituye los prototipos de belleza, de bien

y de verdad que llevamos en nuestro ser como una preciosa milenaria

herencia; de suerte que cuando el artista los evoca en nosotros por

medio de su obra, nuestro espíritu vive la vida de la raza entera

bajo su aspecto superior. Y de tal suerte, es obra de civilización la

del artista. Así, por ejemplo, cuando éste reproduce con su tela de

cuatro pulgadas, la impresión del mar y de los campos inmensos. Ella

está en nuestro espíritu, no en el cuadro, que ni por su extensión,

ni por su situación de plano vertical, ni por su inmovilidad, ni por

sus indicaciones puramente convencionales como son los diversos planos

de la perspectiva, ni por su falta absoluta de luz, puesto que todos

los colores acumulados en él son sombras, aglomeraciones de materia

opaca, por nada de eso, reproduce, ciertamente, el mar ni los campos;

aun cuando _nuestra_ impresión equivale a la realidad de todo aquello

que en el cuadro _no está_. Lo que está en el cuadro, es el don de

reproducir aquellos estados de nuestro espíritu, la cosa superior

que nosotros no poseemos. Y por la influencia de esta cosa sobre

el conjunto de materia inerte que el cuadro es, éste se transforma

en materia espiritualizada. Ahora bien, la espiritualización de la

materia constituye el objeto mismo del arte. Por este procedimiento,

llegamos a la comunicación directa con la naturaleza y con nuestros

semejantes; es decir, a la máxima expansión de nuestro ser, que es la

tendencia primordial de todo cuanto vive. Cuando el artista inmortaliza

dicho "valor vital", fijándolo de una manera irrevocable en sus obras

definitivas, ha efectuado para la raza esta cosa divina y enorme: la

negación de la muerte.

Ha hecho más el artista. Ha encontrado, exactamente como el sabio,

cuando éste descubre una ley de la naturaleza, la razón que determina

los fenómenos en la evolución de la vida. El sólo hecho de descubrir

leyes naturales y comunicaciones directas con la naturaleza, cuyo

plan estético resulta ser, como el nuestro, la espiritualización de

la materia, demuestra que los fenómenos primordiales de la vida, o

sean la adaptación al medio y la selección natural y sexual, siguen

las mismas direcciones de nuestra lógica; pues de lo contrario, nos

resultarían ininteligibles. El pensamiento humano conviértese, así,

en un aspecto de la ideación universal que determina la evolución de

la vida en nuestro planeta; porque basta considerar la fisiología de

este organismo enorme, con su potente corazón de fuego, sus movimientos

complicadísimos en el espacio y dentro de sí mismo, la circulación de

sus aguas y de sus vientos, para comprender que la inteligencia, así

sea ella un producto de las combinaciones de la vida organizada, como

lo quiere el materialismo, o el motor causal de la vida, como sostienen

los espiritualistas, no puede ser una facultad exclusivamente humana.

Ella existe evidente, por otra parte, en los organismos inferiores

al nuestro, según está ya irrefragablemente comprobado; y por otra

parte, cuando la aplicación de nuestras leyes matemáticas produce el

descubrimiento de un astro en determinada zona de la inmensidad, esto

demuestra que el astro en cuestión obedece a la misma lógica de nuestro

razonamiento, o sea que entendemos la evolución de ese astro en el

Cosmos, porque ella sigue la misma dirección de dicha lógica.

Establecido, así, lo más importante en el carácter de la poesía épica,

o sea el espíritu que la anima y le da su significado trascendental,

demostrando su _utilidad_ docente sobre el espíritu de los pueblos[10],

analicemos los rasgos exteriores que de ese estado espiritual provienen

por rigurosa consecuencia.

Cuenta primero la caracterización nacional, expresada por la

descripción del modo como siente y practica la vida heroica, la raza

del poeta; o dicho en términos complementarios, la manera como dicha

raza combate por la justicia y por la libertad. Es que al representar

estas dos expresiones sendos valores positivos en lo moral y en lo

material, excluyen de suyo las abstracciones temáticas. El carácter

nacional, no es necesario sino a este género de poesía; y de tal modo,

que toda poesía empieza a ser épica, apenas resulta _inevitablemente_

nacional. Así las _Geórgicas_ de Virgilio, que no habrían existido

fuera de la agricultura romana[11]. Y es que en todos los otros

géneros, el poeta canta o describe emociones generales, de tal manera,

que su poesía expresa la vida del hombre considerado como espíritu

humano; mientras que, según he dicho, la poesía épica es la expresión

de la vida heroica de una raza: de _esa_ raza y no de otra alguna.

No celebra ni canta la libertad y la justicia en abstracto, porque

entonces resultaría lírica, como aquélla que las canta y las celebra a

título de principios humanos inherentes a todo espíritu; sino la manera

como cada raza combate por dichos principios. Además, como el objeto de

la patria es asegurar a cierta agrupación de hombres la libertad y la

justicia en determinadas condiciones, de donde resulta que cada patria

es una entidad distinta, el objeto primordial de la épica, encuéntrase,

así, imperiosamente vinculado a la idea de patria. Más que vinculado,

refundido con ella hasta formar una misma cosa. Así lo entendían los

griegos, que es decir, los hombres más inteligentes, la raza que hasta

hoy representa el mayor éxito humano; y por esto los poemas homéricos

representábanles el vínculo moral de la nacionalidad.

El segundo y último rasgo, es la inspiración religiosa, o sea el

reconocimiento que hace el héroe de entidades superiores a las cuales

atribuye la dirección trascendental del mundo. Porque la justicia y la

libertad, son incompatibles con el materialismo.

La más inmediata consecuencia de esta filosofía, es el egoísmo que

limita toda la razón de nuestras actividades, a la defensa de la

vida personal; pues si todo acaba con la muerte, aquello es, sin

duda, el objeto más importante. Cualquiera percibe en esto una mera

inversión del egoísmo cristiano. Así como éste, por miedo al infierno

y consiguiente anhelo de gozar la bienaventuranza, sacrificaba toda

la vida material, aquél sacrifica el espíritu a los goces materiales

que son la consecuencia del miedo al dolor. Se dirá que el móvil y las

aspiraciones cristianas eran más nobles. No lo creo. Para los esclavos

y los míseros que fundaron el cristianismo, así como para el triste

pueblo de la Edad media (puesto que los señores no se ahorraban goces,

sabiendo que la gloria eterna habían de franqueársela con sus doblas)

la eternidad feliz después de la muerte, resultaba ventajosa, comparada

con los dolores de una vida ya tan cruel.

Por otra parte, si la determinación de todos los fenómenos, entre

ellos esa misma vida, reside en la fatalidad de fuerzas ciegas, las

nociones del bien y del mal, resultan meros accidentes de nuestro

egoísmo; y la moral del interés, o sea, en términos cabales, la suprema

avaricia, viene a constituir la explicación de aquellas nociones cuyo

carácter de _pre-ciencia_ causaba la estupefacción de Kant. Solamente

la infinitud estrellada, producíale, a su propio decir, tanta maravilla

como ese sentido humano del bien y del mal. Todo despotismo es egoísta,

en cuanto refiere al bien personal la vida entera; así consista aquel

bien en el despotismo terrestre del super-hombre de Nietzche, o en

el cielo de los cristianos. La justicia y la libertad constituyen

principios religiosos, porque son consecuencias espiritualistas:

_esperanzas supremas_ procedentes de la creencia en nuestra propia

inmortalidad. En el reino de la materia, magnitud, peso y potencia

son los supremos atributos que subordinan inexorablemente el débil al

fuerte por la fatalidad de la ley de fuerza; y éste es el principio

de obediencia. Mientras en el reino del espíritu, los tres móviles

supremos son verdad, belleza y bien, o sean los elementos constitutivos

de la ley de razón que todo lo dispone en proporción armónica; y éste

es el principio del orden. La vida heroica, o sea el combate por la

libertad y por la justicia, es la actividad humana de esa armonía; y

con ello, cosa espiritual de suyo: de suerte que la poesía épica viene

a ser un fenómeno religioso.

El lector habrá comprendido ya que no quiero decir dogmático. Es

indiferente, en efecto, que el héroe manifieste su sentimiento

religioso por medio de un culto, aunque así ha sucedido hasta hoy,

y aunque sea indudable que ciertos cultos predisponen a la vida

heroica. Tal, por ejemplo, el politeísmo de los tiempos homéricos. La

vida heroica era tan completa en él, que el héroe luchaba contra los

mismos dioses, a causa de que en el concepto primordial del destino,

fundamento de aquellas creencias, la vida futura no dependía de los

dioses, sino de la conducta de cada hombre sobre la tierra. Los dioses

no eran sino agentes del destino, o sea de la ley de causalidad.

Pero ese carácter religioso dimana de otra causa profunda. Platón

creía que obra perfecta de belleza es una creación inconsciente,

porque asignando al artista el atributo representativo de su raza,

aquél venía a ser como expresión sintética de toda vida superior en

la raza misma, un agente del destino, a semejanza de las deidades

cuyo linaje patentizábase en su condición de semidiós. Pues bajo el

concepto transcendental del Antiguo, tratábase, efectivamente, de un

numen; por donde, como es fácil comprender, venía a intervenir en su

obra un elemento misterioso que necesariamente debía imprimirle cierta

religiosidad.

Lo evidente es que en dicha obra, como en todo resultado de una

evolución superior, son muy diversos, y sin relación alguna en

apariencia, los elementos que han concurrido a formarla; de tal modo

que en su propia condición magnífica de revelador, el poeta es, en gran

parte, un agente involuntario de la vida heroica por él mismo revelada.

Así, en su esencia y en su forma, la obra tiene mucho de impersonal; y

por esto, lo que se significa con el mito de la musa inspiradora, es

el espíritu de la raza al cual el poeta sirve de agente. Sólo que para

esto,--y aquí queda reconocida la excelencia de aquél--necesítase una

profunda identidad de condición divina entre el agente y la deidad.

Se ha discutido mucho la paternidad múltiple o única de los poemas

homéricos. El trabajo erudito resultante de uno y otro postulado,

permítenos afirmar ahora que todos tienen razón. Para mí es ya evidente

que una serie de precursores, de prehoméricas, formó el ambiente épico

(literariamente hablando, se entiende) y muchos miembros truncos de

la composición. Homero hizo la obra, y le dió justamente su nombre,

porque la verdadera creación, consiste en ordenar los elementos que

componen un organismo viviente. La _Divina Comedia_ es, como argumento,

un episodio habitual a las leyendas religiosas de la época precedente,

hijas a su vez, pues tampoco hay nada nuevo bajo el sol del espíritu,

de los sueños filosóficos de la antigüedad[12]. Inútil mencionar las

imitaciones directas y confesadas como la _Eneida_, las _Lusíadas_ y la

_Jerusalem_. Sólo la presuntuosa originalidad moderna, no ha producido

nada. Prefiere la esterilidad, antes que parecerse a Homero, como

Virgilio y como el Tasso. Entretanto, las escuelas han hecho la gloria

del arte. Porque ni los mismos dioses crean de la nada: lo hacen en el

espacio preexistente...

Tales son las causas del poema como fenómeno intelectual y social:

platónicamente hablando, su verdad y su bien.

Como realización artística, como obra de belleza, el poema debe dar

este primer resultado _sensible_ de su verdad: que sus personajes

adquieran vida real, como si existieran nacidos de mujer y de hombre,

y no de la creación poética; en tal forma, que ésta no parezca sino

la celebración de sus obras de vivientes. Así la verdad suprema que

consiste en existir, inmortaliza los prototipos de la raza, y con ellos

el concepto de libertad y de justicia cuyas personificaciones heroicas

son.

En esto consiste la verdad artística, que no difiriendo esencialmente

de la común verdad humana, es un fenómeno interno, independiente del

sujeto físico; mientras para la retórica, éste constituye precisamente

lo esencial, porque la retórica no crea belleza: la _hace_ conforme a

cánones determinados, y de aquí su intrínseca frialdad.

La pintura de los maestros antiguos, hasta el Renacimiento inclusive,

demuestra esta doble afirmación con la ventajosa eficacia de la

plástica.

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 1 / 18 段