CAPITULO XX.

Quien esto vos aconseja

vuestra honra no queria.

_Rom. de don García._

Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal,

paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecia esperar

á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas

intrigas en que le tenia embarcado á la sazon su desmedida avaricia.

—¿Si habré cometido una imprudencia? decia. ¡Oh! á mi edad seria

imperdonable. ¡Los motivos que me espuso fueron tan poderosos y

tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio

de condescendencia hay en el corazon del hombre, el mas duro, el mas

empedernido, el mas viejo, para con una muger, y una muger hermosa

y jóven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí

imprudencia alguna.—Señora, me hallais en la mayor inquietud...

estaba anocheciendo ya...

—Os dí mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicísteis mal

en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os

advertí: bien conoceis cuán dificil es que en mi posicion pueda

continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á

ocultarme me obligaron nada tenian de comun con su alteza; muchas

veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las

posiciones de la vida... En fin ya me habeis comprendido. Espero,

pues, que si no habeis hablado á su alteza, le hableis cuanto antes

os sea posible.

—Esta misma noche, señora, podreis retiraros. Una vez que sepa su

alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber...?

—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!

—Vuestra estancia aqui es ahora indispensable. Su alteza pudiera

querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra

parte no es de estrañar que quiera tomar con la acusadora de su

querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre

todo cuando no presenta acusacion tan atrevida vislumbre alguna de

verosimilitud.

—¿Vos tambien, Abenzarsal, vos que conoceis á don Enrique de

Villena...?

—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...

—De todo, Abrahem, de todo.

—Veo que os hace obrar, señora, algun resentimiento particular...

¡Oh! sabido es que el conde fue siempre aficionado en demasía á las

bellas...

—De nada le hubiera servido esa aficion para conmigo...

—Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien...

—¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecucion;

pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo,

él es y no yo...

—Lo sé, señora...

—Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi

señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones.

Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal.

Hállome bajo la proteccion de las leyes, bajo la salvaguardia de mi

estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo.

—Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á

hablar por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su

cámara todavia su doncel favorito, cuya larga ausencia no podia menos

de dar lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conoceis supongo al doncel

Macías? ¡pero qué distraccion! es vuestro defensor.

—Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico

morisco, nunca le hablé...

—¿No?

—Ya visteis que su presencia en la corte no tenia indicio de cosa

premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo

que ningun caballero de la corte de don Enrique queria arrostrar por

una débil muger el poder del insolente Villena.

—Y su bizarro valor fue en ese caso y su cortesanía lo que le obligó

á...

—¡Oh! eso no es nada. Mas es de admirar la cobardía de los demas

caballeros que su valor. Ese es deber...

—No sereis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que

negareis al único caballero que os ha librado del riesgo en que

estabais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le

concede...

—Ciertamente, no. ¿Sabeis qué hora es?

—Aqui teneis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle...

—¿A quién?

—Al doncel.

—¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no

sentia.

—Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo

tiene edad ya de enamorarse.

—¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos...?

—No; pero sabeis que á su edad es raro el caballero que no puede

llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es

desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote

no pueda llevar...

—¿Qué decís?

—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible sino al aguijon

de la gloria. En ese caso su galantería seria pura caballerosidad...

—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.

—Paréceme, señora, que teneis interes en interrumpir la conversacion

del doncel... ¿Seria yo indiscreto al hablar delante de vos...?

—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera

otro. Solo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que

recientemente me ha merecido.

—Solo una cosa tenia que añadir, en el supuesto de que esta

conversacion no os incomode... ¿Estais inquieta?

—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habria de

estarlo?

—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...

—¡Mi caballero!

—Forzosamente ha de serlo.

—Sí; mi campeon; repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho

á su pesar.

—Como querais. La posicion en que está para con vos, ese misterio que

os empeñais en guardar, la compasion que inspirais, y el entusiasmo

al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que

habeis...

—No me lisonjeeis, y acabad.

—Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginacion ideas que no

habrá tenido nunca tal vez, y en su corazon una aficion...

—Perdonad, Abrahem, si os interrumpo pero admiro vuestra

penetracion. ¿Habeis conocido antes en mi rostro que me sentia

incomodada...?

—¿Será cierto? esta conversacion...

—No, la conversacion no, repuso la dama reclinándose; pero la

agitacion del dia, la precipitacion ademas con que he tenido que

andar no me ha permitido tomar alimento y siento una debilidad...

—¿No os decia yo? la palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. Ved

qué necio, y yo creía que era la conversacion... ¡Qué tontería! Ya

veo que el dia que habeis traido hoy es mas que suficiente motivo...

—Decís bien.

—Ya sabeis que mi primera ciencia es la de curar, si quereis seguir

mis consejos...

—¡Ah! ¿Creeis que esta debilidad...?

—¿Quereis tomar algun alimento?

—Me será imposible...

—Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese fuerzas...

—¿Teneis...?

—Yo mismo os la prepararia... Os daria descanso y fuerzas.

—Como gusteis, Abrahem.

—La tomareis, dijo el físico, preparando unas yerbas, y podreis

descansar un rato aqui mientras que paso á hablar á su alteza.

—Pero en vuestra ausencia...

—No temais: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro en que

vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro reposo.

Ningun sitio del palacio mas seguro que este: su inmediacion á la

cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas

galerías...

—No, no es que tema ningun peligro; pero...

—Perder el miedo; por otra parte teneis vuestro antifaz, que puede

en todo caso guardaros de la indiscrecion, y vuestras dos dueñas

esperan vuestras órdenes en mi antecámara. A la menor voz, ellas y

los ballesteros...

—Decís bien.

—Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en

mi habitacion; mi ausencia será corta.

—Eso deseo.

—Tomad, pues, señora, esa bebida.

—¿Pero me respondeis de su eficacia...?

—Estoy seguro de ella: apuradla.

—Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola

gota he dejado.

—Obrásteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que

disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos

ahora un momento.

—No, no hay necesidad.

—Presto conoceréis sus efectos; es maravillosa la virtud de la

bebida; al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero despues... Y

obra con una rapidez...

—Sí; paréceme que siento como pesadez...

—¿No os dije? acaso os hará dormir...

—¡Dormir, Dios mio! y aqui...¡Abrahem!!

—¡Señora!

—¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habeis dicho?

—¡Oh! será un momento... una hora...

—¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... Me pondré el antifaz...

—¿Qué decís? si quereis mi lecho...

—¡Dios mio! ¡Dios mio...!¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de

plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah... Bien.

Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no

podia ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó

caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella

sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano

traía, y en que lucia su nombre con gruesos caractéres góticos de

oro y seda artificiosamente mezclados. El mas profundo letargo habia

sobrecogido á la enlutada, y el astrólogo conocia efectivamente muy

bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida.

—¡Es mia! dijo, despues de un momento de silencio, el físico: ¡es

mia! añadió levantando el antifaz con que se habia cubierto la dueña

la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus

hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola

segura aqui para mas de dos horas. Una hora tengo para hablar con su

alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal,

sí, pero pagada. Esta es la circunstancia que han de tener las

intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitacion

y las puertas de ella; cerró la comunicacion con la escalera secreta,

y salió con direccion sin duda á la cámara de su alteza.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 17 / 21 题