CAPITULO XIX.

Y despues de haber propuesto

su intento y sus pretensiones

á los de guerra y estado

que atento le escuchan y oyen,

en confuso conferir

se oye un susurro discorde,

que sala y palacio asorda

la diversidad de voces.

_Rom. de Bernardo del Carpio._

Cosa indudable es que don Enrique de Villena, una vez adoptadas

sus ambiciosas ideas de elevacion, no perdonaba medio alguno de

llevarlas á cabo, ni daba un punto reposo á su imaginacion, buscando

trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era sin embargo

bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente en el

camino de sus intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos y

poderosos contendedores. No habrá olvidado el lector tan pronto,

si es que ha llegado á tomar alguna aficion á los sucesos que le

vamos con desaliñada pluma enarrando, aquel don Luis de Guzman,

que paseaba el salon de la corte en la mañana de este mismo dia

hablando con el famoso coronista Pero Lopez de Ayala. Si no ha

olvidado á aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le

presentamos por primera vez, tendrá presente tambien que el coronista

le habia designado como sucesor probable de su tio don Gonzalo de

Guzman, último maestre de Calatrava. Llamábanle efectivamente á

este alto puesto, en primer lugar su parentesco con el difunto, su

vida egemplar é irreprensible conducta, el título de comendador de

la orden, y la confianza que inspiraba á los mas de los caballeros.

Era generalmente querido, y en realidad mas digno del maestrazgo

que don Enrique de Villena, en aquella época, sobre todo, en que el

valor solia suplir todas las demas calidades: teníale don Luis en

alto grado, y habia dado de él repetidísimas y brillantes pruebas

en las guerras de Portugal y de Granada, al paso que de don Enrique

se podia sospechar fundadamente que no era su virtud favorita,

pues nadie recordaba haberlo visto jamas en ningun trance de

armas. Habia probado ademas don Luis que conocia los deberes todos

de buen caballero en las diversas justas y torneos en que habia

sido mantenedor ó aventurero; sabia manejar en todas ocasiones con

singular gracia un caballo, rompia una lanza con bizarría, acometia

con denuedo en la carrera, corria parejas con estrema donosura, cogia

sortijas con destreza, y disparaba cañas con notable inteligencia.

Don Enrique, por el contrario, empleaba todo su fuego en semejantes

circunstancias en hacer una trova muy pulida y altisonante, en que

cantaba las hazañas agenas, á falta de las propias. Pero era el

mal que en la corte de don Enrique no habian obtenido todavia las

trovas aquel grado de estima que en reinados posteriores llegaron á

alcanzar; cosa en verdad que no dejaba de ser justa, si se atiende á

que las trovas servian solo para matar el fastidio momentáneamente

en un banquete de damas y cortesanos, al paso que una lanza bien

manejada derribaba á un enemigo; y en aquellos tiempos belicosos eran

mas de temer los enemigos que el fastidio.

Las intrigas de don Enrique habian impedido que este mancebo generoso

supiese á debido tiempo la infausta nueva de la muerte de su tio. La

primera noticia que de ella tuvo fue la que en pública corte recibió,

y en el primer momento la sorpresa de no haber sido de ella avisado,

circunstancia que no acertaba á esplicarse á sí mismo facilmente, y

el dolor le embargaron toda facultad de pensar y abrazar un partido

prontamente. Sacóle empero de su letargo la eleccion que hizo el rey

de su pariente para succeder en el maestrazgo, é indignóle aun mas

que semejante nombramiento la bajeza con que se adelantaron varios

caballeros de su orden á proclamar casi tumultuosamente al conde. Mal

podia sin embargo en aquella circunstancia manifestar su agravio,

ni menos oponerse á la dicha de su competidor. Aunque lo hubiera

intentado, hubiérale sido muy dificil pronunciar una sola palabra,

porque debemos añadir á lo que de su carácter llevamos manifestado,

que tenia tanto don Luis de cortesano, como don Enrique de valiente.

Todos sus conocimientos estaban reducidos á los de un caballero de

aquellos tiempos: habíanle enseñado en verdad á leer y escribir,

merced á la clase elevada á que pertenecia; pero cuando no tenia

olvidado él mismo que poseía tan peregrinas habilidades, que era la

mayor parte del tiempo, no comprendia por qué se habrian empeñado

sus padres en hacerle perder algunos años en aquellos profundísimos

estudios, que no le podian ayudar, decia, á rescatar una espuela ni

el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota por débil que

fuera, que almete por mal templado habia cedido nunca á la lectura

de un pergamino por bien dictado que estuviese, ó al rimado de una

trova por armoniosa que sonase? Despreciaba asimismo las galas del

decir, y el elegante artificio de la oratoria, porque solia repetir

que él llevaba la persuasion en la punta de su lanza, y efectivamente

habia convencido con ella á mas moros que los misioneros que iban

continuamente á Granada; éstos no solian sacar otro fruto de su

peregrinacion cristiana que la palma del martirio, la cual podia ser

muy santa y buena para su alma; pero no daba un solo súbdito á la

corona de Castilla, sino antes se lo quitaba. Bien se ve por este

ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo, y que no hubiera

hecho mal papel en el siglo XIX. En esta candorosa ignorancia, y en

la fuerza de su brazo, consistia su popularidad, porque entonces como

ahora se pagaba y paga la multitud de las cualidades que le son mas

análogas, y que le es mas facil tener: en ellas tomaba su orígen el

carácter impetuoso y poco ó nada flexible de don Luis; cuando oyó la

eleccion que habia hecho el rey Doliente, miró á una y otra parte

todo asombrado, como si no pudiese ser cierta una cosa que no le

agradaba, enrojecióse su rostro, cerró los puños con notable cólera é

indignacion, miró en seguida al rey, miró al conde de Cangas, miró á

los caballeros calatravos que le proclamaban, encogióse de hombros, y

sin proferir una sola palabra salióse determinadamente de la corte,

accion que en otras circunstancias menos interesantes hubiera llamado

estraordinariamente la atencion de los circunstantes. Nadie sin

embargo la notó, y el ofendido caballero pudo entregarse libremente

al desahogo de su mal reprimida indignacion. Hubiera él dado su mejor

arnés y su mejor caballo por haber sabido el golpe que le esperaba en

el momento aquel en que la acusadora de su rival habia apostrofado

á los caballeros presentes en favor de su demanda. No hubiera sido

Macías entonces el que se hubiera llevado el honor de salir por la

belleza; porque es de advertir que la acusacion, que, como á todos,

le habia parecido inverosímil en el instante de oirla, comenzó á

tomar en su fantasía todos los visos no solo de verosímil, sino de

probable, y hasta de cierta desde el punto en que se vió suplantado

por el que era objeto de la querella. Es evidente, dijo para sí,

que don Enrique es un fementido: mientras mas lo pienso, mas me

convenzo de su iniquidad. ¡Felonía! ¡matar á una muger!!! Desde que

hizo este raciocinio hasta el dia de su muerte, don Luis de Guzman

no pudo admitir jamas suposicion alguna que no fuese en apoyo de

esta opinion: era evidente para él que don Enrique habia matado á su

esposa, y aunque la hubiera vuelto á ver de nuevo buena y sana, cosa

que no sabremos decir si era facil ya que sucediese, hubiera dudado

primero de sus propios ojos que del delito de don Enrique. Asi juzgan

los hombres, y los hombres exaltados sobre todo.

Llegado don Luis á su casa, llamó á su escudero, y le dió el encargo

de convocar á los caballeros de Calatrava en quien mas confianza

tenia, y que no habian asistido á la corte de aquel dia. Mientras que

el escudero partió á desempeñar su delicada comision, quedó don Luis

paseando á lo largo su habitacion, y maquinando cómo podria asir la

dignidad que acababa de deslizársele entre las manos.

De alli á poco comenzaron á ir llegando los caballeros de Calatrava,

llamados unos, de su propia voluntad otros, al saber la escandalosa

novedad que en la orden ocurria. Varios entre ellos tenian el

mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no podian

alegar mas causa de su enemistad á don Enrique que el haber éste

conseguido lo que ellos para sí deseaban: estos tales se hubieran

reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera sido éste

el afortunado. El amor propio ofendido y el deseo de derribar al

poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que sucede comunmente

en los mas de los conspiradores y descontentos. No sucedió, pues, en

esta ocasion sino lo que suele siempre suceder en casos semejantes;

pero habia una circunstancia favorable para ellos esta vez: á saber;

que Villena prestaba mucho campo á la oposicion, de suerte que en

realidad no eran sus enemigos los que tenian ventaja, sino él el

desventajado.

No tardaron mucho tiempo en hallarse reunidos en la casa posada de

don Luis Guzman mas de veinte entre caballeros y comendadores de

Calatrava. Seguia paseándose en silencio el desairado candidato,

y solamente una seca inclinacion de cabeza, y un ademan mas seco

todavia, con que hacia seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando

en cuando la entrada de un nuevo concurrente. Al ver tan distraido y

preocupado al dueño de la casa, sentábase cada cual, y esperaba con

humilde resignacion á que tuviese por conveniente romper tan incómodo

silencio: lo mas á que se estendia el atrevimiento en tan solemne

reunion, era á preguntar en voz imperceptible alguno á su compañero

y adlátere el objeto de aquella misteriosa asamblea. Luego que le

pareció á don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la

rienda á su desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que

está muy lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que

usa, ó vituperársele los vocablos que para espresar sus ideas adopta.

—¡Por Santiago, caballeros de Calatrava! esclamó: que hoy luce un dia

bien triste para nuestra orden. Dia de oprobio, dia que no saldrá

facilmente de vuestra memoria. Un rey débil, un rey enfermo, un rey

en cuya mano estaria mejor la rueca de una dueña que la lanza de

un caballero, osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto

va! que no luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto á sufrir

humillaciones. ¿Sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava? se

interrumpió bruscamente á sí mismo el comendador, parándose de pronto

en su paseo, como hombre que ha perdido el hilo de un largo discurso

que trae mal estudiado, y que se decide por fin á reasumir en una

sola frase enérgica y terminante todos sus cargos y argumentaciones:

¿sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava?

A la primera enunciacion de este inesperado apóstrofe, dejóse

percibir sordo murmullo de desaprobacion en el auditorio, y

poniéndose en pie uno de sus principales oyentes,

—Duda es esa, señor don Luis de Guzman, que cada uno de los que

mirais aqui reunidos á vuestro llamamiento sabria desvanecer bien

presto, á no ser vos el que la anunciais. Ignoro los motivos que

podeis tener para haber llegado á darle entrada en vuestro corazon,

pero yo en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que

os sirvais esponernos brevemente la causa que á esta convocacion os

mueve, y á declarar qué habeis visto en los caballeros de la orden

que provoque tan alta indignacion. Espada tenemos todos, y en cuanto

al valor, no será esta la primera ocasion en que probemos que no

estamos acostumbrados á sufrir ultrajes impunemente.

—Nunca dudé, contestó don Luis con la satisfaccion de un hombre que

ve abundar á sus oyentes en sus mismas opiniones, nunca dudé de

vuestro valor. Como comendador mas antiguo, como pariente de nuestro

buen maestre, que acaba de fallecer en Calatrava, he creido tener

derecho á convocaros cuando se trata de los altos intereses de la

orden, y de evitar acaso su ruina.

—¿Su ruina? esclamaron á una todos los caballeros.

—Su ruina, sí, repitió Guzman, su ruina. Hoy ha llevado un golpe

que tarde ó nunca se reparará. Varios de vosotros lo habeis oido.

Escuchadlo los demas con espanto y con indignacion. No se espera ya

á que los caballeros de la orden, reunidos en su capítulo, pongan á

su cabeza, movidos de justas razones, al caballero mas perfecto, mas

esperimentado en las lides, mas prudente en los consejos. No: un rey

por sí y ante sí, atropellando nuestros mas sagrados derechos, eleva

á la dignidad que mil hechos heróicos, que una larga vida de virtudes

bastan apenas á merecer, ¿á quién? á un hombre cuyo penacho no sirvió

nunca de guia á los valientes en una batalla, á un hombre que nunca

dió el primero ni oyó resonar en torno suyo el grito de ¡Santiago

cierra España! Á un hombre que ha trocado la lanza por la pluma cuyo

campo de batalla es una mesa cubierta de inútiles pergaminos; que

no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo que llama él

rimas. Á un hombre, caballeros, de quien con fundada razon se dice

que tiene inteligencia con los espíritus, y que...

—¡Qué horror!

—Oidlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ese es el hombre que

nos destinan por maestre: un afeminado cortesano, un intrigante

ambicioso, un rimador, un nigromante en fin...

—¡Fuera, fuera! gritaron á una los caballeros, cuyos ánimos iba

templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la

pasion que dominaba en el comendador.

—¿Lo sufriremos? continuó don Luis, como una piedra que caida de una

altura desmesurada sigue rodando largo espacio despues de llegada al

llano, ¿lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro á Santiago

de no dormir desnudo y de no comer pan á la mesa mientras que vea la

orden á su cabeza al... al... ¿para qué callarlo en fin? al asesino

de su esposa.

No necesitaban ni tanto ya los caballeros reunidos en casa del

comendador para acabar de perder la poca sangre fria que les quedaba.

La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada

en medio de un monton de estopa seca. Veíase lucir en todos los

semblantes la misma animacion que en el de Guzman; todos provocaban

y escitaban mútuamente su cólera con la relacion de las ofensas que

en aquel momento se figuraba cada cual haber recibido ó del rey

Doliente ó del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon

largamente las calidades del conde de Cangas. Habia quien lo habia

visto horas enteras evocando los manes de los difuntos en un

cementerio en compañía del judío Abenzarsal; habia quien le habia

visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer á los ojos de los

circunstantes; y hasta se llegaba á probar que habia estado en mas

de una ocasion en dos partes opuestas á un mismo tiempo: lo cual,

como convinieron todos, no podia obrarse sino por arte del demonio,

si se atiende á que cada uno no suele tener en el mundo mas que un

cuerpo; ahora bien, era cosa sabida que el demonio no hace nada de

valde, circunstancia que podria hacerle pasar perfectamente por

escribano ó agente de negocios; de lo cual era forzoso inferir que

don Enrique le habria vendido su alma, si bien no habia entre tanto

ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas que al demonio

le podian resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto

mas cuanto que á todo tirar no era realmente de las mejores.

Quedó sin embargo establecido por punto general; primero, que don

Enrique habia sido, era y seria eternamente nigromante por pacto con

el demonio: segundo, que habia sido asimismo, era y seria eternamente

el asesino de su esposa, lo cual habia de ser irremisiblemente

cierto, mas que no hubiese tal demonio, ni tal esposa muerta, cosas

para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas.

Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa

el resolver la deposicion del maestre: esto en verdad ofrecia mas

dificultades, pero la imaginacion las superó; convínose primeramente

en que don Luis de Guzman quedaria en la corte para esponer

reverentemente á su alteza que los estatutos de la orden de Calatrava

determinaban que solo pudiese ser nombrado el maestre por eleccion

de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para

ganar tiempo mientras se recababa de su alteza la revocacion del

nombramiento ilegal, saldrian varios de los caballeros presentes en

calidad de emisarios á los diversos puntos donde habia fortalezas

y castillos de la orden para evitar que se reconociese y prestase

juramento de pleito homenage al conde de Cangas. Uno sobre todo

debia ir y declarar al clavero de la orden residente en Calatrava

que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese

desempeñando las funciones de maestre, lo cual ademas le suplicaban

rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedia á la

eleccion del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado.

No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer

los caballeros habian hecho voto solemne de llevar adelante su

empresa, mientras que estuviese pegado el puño de la espada á la

hoja, y mientras que corriese una gota de sangre por las venas:

todos habian ofrecido al santo de su devocion el don que les parecia

mas grato á sus ojos, y se habian separado, despues de conferidos

poderes á cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que

llamaron _capítulo estraordinario_, y al cual supusieron igual poder

que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las

circunstancias en que se habia celebrado.

Verdad es que tampoco se habia dormido don Enrique de Villena, á

quien no se le ocultaba que podria encontrar una enérgica oposicion

en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habian

pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual

providencia enviando á Calatrava á Alhama, y á otros puntos emisarios

que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas

de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas

de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en

ningun caso ser contraria á la eleccion de su alteza la eleccion del

capítulo, que bien sabia él que se necesitaba para la tranquila é

indisputable posesion del apetecido maestrazgo.

Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos de

Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, y

volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro la

parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de sus

mas allegados servidores.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 16 / 21 题