¿Cuyo es aquel caballo
que allá bajo relinchó?
. . . . . . . . . .
¿Cuyas son aquellas armas
que estan en el corredor?
. . . . . . . . . .
¿Cuya es aquella lanza
que desde aqui la veo yo?
_Canc. de Rom. Anón._
Mas de una hora habia pasado desde que el intrigante viejo habia
sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no habia
alterado en aquel espacio el mas mínimo ruido la tranquilidad que en
el laboratorio reinaba.
Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco
buriel el otro, armado aquel simplemente con una espada, balanceando
éste en su diestra mano un aguzado venablo, entraron en la pieza
inmediata á la del astrólogo.
—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese
astrólogo?
—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he
visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, estaré
en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.”
—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!
—¿Por qué, Hernando?
—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver
y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de
Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de
los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel.
—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa
suerte.
—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano
derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el
venado contra el cual disparo mi venablo.
—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?
—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si quieres
conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de
aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna
nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la
bestia.
—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas el
ingenio que la fuerza.
—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar
lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para
monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame
Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu
tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un
lobo he cogido al alzapie.
—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides de
montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi
salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.
—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de Dios.
Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado
pudiendo cazar.
—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme nunca una
buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entre tanto
no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí
mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido
se está.
—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso era
enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con
Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta
prediccion del astrólogo que la pasada.
Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso
doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios
presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el
objeto de su supersticiosa visita.
La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo
ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino no
ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo
que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel
por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar sentado
trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba
la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el aburrido
caballero se creyó solo por consiguiente.—No está, dijo para sí;
le esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á
sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un
ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una
persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su
oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle
en su primera sospecha.
—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en esta
habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...?
pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo
vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles
y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que
esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por
esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto
anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de
despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie!
La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á
la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa
dormida: su ropa la cubria enteramente; uno de sus pies adelantado
indolentemente, y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el
torneado y escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no
la hubiera hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la
una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada
á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada
blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que
descansaba, la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que
suelen verse todavia á fines de la primavera, desde larga distancia,
resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña.
La agitacion de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada
forma de su seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y
deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora.
Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz
de seda, y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro,
por la cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del
resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas
el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de
una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago mas prolongado
suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del
ansioso espectador una porcion del cielo que dejan á descubierto los
intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo
plateado.
El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni
acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la dicha de
su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como
si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel tan deseado
rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.
No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su espectacion
aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres imágenes
la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible
pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa y
antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho
oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus
trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad
parecia querer desviar de su dueño la fantástica figura que
atormentaba sin duda su intranquilo sueño.
—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién
puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis
acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un
mismo tiempo me dominan?
Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á
despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la
muerte...
—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, la
vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando
Macías á tu lado?
Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el
antifaz.
—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó
entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada
su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de
no descubrirla.
—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger
cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un
fuego desconocido corrió por sus venas.
—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida
por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero,
cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar,
Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á
una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.
—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No
llameis á nadie: señora, ¿qué temeis?
—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?
—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.
—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que
pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? ¿qué
haceis? Huid, huid ahora que os conozco.
—¡Cruel! ¿por qué?
—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...
—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero
qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino
ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo.
—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo
precipitadamente su mano.
—¡Elvira!
—¡Silencio!
—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no quereis
que muera á vuestros pies.
—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para
poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto
que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué
exigís de mí?
—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su
loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?
—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad.
—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino vos?
¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?
—¿Yo?
—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada?
¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?
—¿Yo?
—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, y
bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á
leer en ellos.
—Santo Dios, ¿qué decís?
—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y
elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente?
¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que
su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la
comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga;
¡con amor!
—¿Pero Macías, delirais?
—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la
felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira!
Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se
pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas
fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame.
—Elegid, caballero, lo que gusteis, esclamó Elvira fuera de sí, y
haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais
de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé?
¿Olvidais que no puedo ser vuestra nunca jamas?
—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado
olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma
os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese
hidalgo.
—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo...
—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante
mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en
conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira,
¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras
almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es
imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me
abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á
todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme _os amo_,
y nada mas.
—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo
usais, y que este encuentro, _casual_ sin duda, en la habitacion
del astrólogo, merece de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven
imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamas le
traspasareis.
—¡Jamas! ¡Dios mio!
—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa,
jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí;
os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo...
—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el
doncel con toda la amargura de la desesperacion.
—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.
—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra
voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me
abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...
—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem!
—Si; pero esa puerta se cerrará...
—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo
desgraciada?
—Señor Hernan Perez, dijo á este tiempo la conocida voz del
astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitacion, y daré
satisfaccion á vuestras preguntas.
—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez la
mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y
penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia.
El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone mas pavor
en el corazon del asustado marinero que el que produjo en el pecho
del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba desconocer.
—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la
habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido
balído de la inocente oveja.
Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del
doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel tutelar
de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla de todo
riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, ¿quién es
esta enlutada?
Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le respondió
por último, permitid que no descubra á nadie este secreto que se me
ha encargado y menos á vos...
—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la
tapada con ánimo al parecer de descubrirla.
—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole al
mismo tiempo el brazo del doncel.
Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado de
rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla de una
mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan Perez con el
doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido precipitadamente,
—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.
—La he de seguir, esclamó el hidalgo.
—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora...
—¿Y con qué derecho...?
—Con el de la fuerza.
—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel...?
—Yo mismo.
—Sacad la espada...
—¿Osado y descortés?
—Sacadla.
—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos.
Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para
envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...
—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo:
¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que
hablaros: salgamos.
—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo
hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon.
—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos!
Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando
entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo
cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe
anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en
seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de
una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera
retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su
mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor.
Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, y su larga ropa crugía
barriendo el pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro
alcázar, que recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas
nuevas que sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor.