Melisendra está en Sunsueña,
vos en París descuidado,
vos ausente, ella muger.
Harto os he dicho; miraldo.
_Rom. de Gaiferos._
En cuanto habia llegado á su habitacion don Enrique de Villena, se
habia despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente
si era su esposa la que por obsequio á la memoria de la condesa se
habia presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla.
Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la imaginacion de su
consorte tan heróica determinacion, pero lo que con mas cuidado le
traía, era la circunstancia de haber llegado tan á punto el doncel
para tomar sobre sí su demanda, y la esclamacion de la tapada al
oir la voz de su defensor, circunstancias entrambas que ligaba mal
que bien con el músico de la noche anterior á la desaparicion de la
condesa. Podia ser casual esta coincidencia; podian muy bien, su
consorte por amistad á doña María de Albornoz, y Macías por amor á
esa misma, ó por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse en el
mismo camino. Esta reflexion sin embargo, no bastaba á declarar sus
dudas, y pensó en el partido que deberia tomar si no encontraba á
Elvira en su cuarto.
Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su
habitacion, y la primera persona con quien dió fue con el listo page,
el cual con aire sumamente alegre,
—Buenos dias, le dijo, señor Hernan Perez; bien haceis en venir,
porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de
alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos
son inútiles.
—¡Vuestra prima, señor page! dijo con asombro y gravedad el escudero.
¿Supongo que no os quereis burlar de mí?
—¿Yo burlarme, señor escudero: pésia mi alma? Para burlas estamos por
cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitacion. Entrad vos
mismo y lo vereis.
Abrió Hernan Perez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra
cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al presentarse él
á Elvira, que con afectuosas palabras
—Esposo, le dijo, cuán mal lo haceis conmigo; vos teneis secretos
para mí, vos pasais los dias enteros lejos de mí: hoy, sobre todo,
me habeis dejado sola, y sabeis que no tenia ya la compañía de la
condesa...
—Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabeis que... Pero nunca pudo decir
mas el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí,
pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra
parte la dama enlutada habia quedado en palacio.
—¿Qué teneis? ¿Traeis alguna mala nueva?
—Sí por cierto, contestó mas repuesto Hernan Perez: os traigo la de
que me he vuelto loco.
—Muy cuerdo lo decís.
—Jurára que os habia visto en otra parte...
—Puede...
—¿Cómo? ¿puede...?
—Tantas veces me habeis dicho que no me separo un punto de vuestra
imaginacion, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no
es cierto?
—Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero esta
mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estais
aqui...
—¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazon en la mano... ¿Quereis
que salga efectivamente...?
—No, no es eso; es, es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.
—Lindo humor traeis, esposo. Si hubiérais perdido una amiga, si os
persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho:
_un crímen se ha cometido, y el criminal está impune_...
—¿Qué decís? ¿oís vos esa voz?
—Os digo que no puedo desechar de mi imaginacion que esa pobre
condesa ha sido malamente muerta, y que una persona...
—¡Silencio! gritó con terror Vadillo.
—¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado.
—¿Qué habeis soñado?
—Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea...
no sé qué efecto...
—Contad.
—Nada: soñé que habia estado en la corte no sé por qué accidente, y
que una dueña enlutada se habia aparecido á pedir justicia...
—Proseguid, dijo temblando Vadillo.
—Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á
abrazarla y...
—¿Vos?
—Yo, y me rechazó: “Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no
la ves correr aun?” Un chorro entonces pareció salpicarme toda y
temblé... Pero ¡Dios mio! vos temblais tambien.
—No.
—Sí.
—Bien; sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si
habrá muerto efectivamente la condesa: ¿seria capaz conde...? ¡Que
horror! Por otra parte conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo
hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Yo he sido
cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podia ser sino la
sombra misma de la condesa. ¡Jesus! ¡Jesus! ¡Vírgen Santísima! gritó
Vadillo fuera de sí.
—Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabeis que empiezo á temer que sea cierta la
pérdida de vuestra razon...? Contadme por Dios...
—Nada; imposible: en dos palabras: ¿vos no habeis salido?
—¡Qué pregunta!
—¿No saldreis?
—¡Qué aire!
—A Dios, Elvira, á Dios. No me espereis hasta la noche. Asuntos de
importancia me llaman al lado de don Enrique...
—¿Os vais? ¿Para eso habeis venido? Mirad...
—Bien sé que me quereis, que me sois fiel; soy un loco... pero...
la condesa... ya sabeis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra
presencia me hace mal.
Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la
cual quedó sollozando en un sillon con el page al lado.
—Esto es mejor, dijo el page. ¿Llorais de veras?
—Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las
consideraciones del mundo...
—¿Cómo? ¿Lo decís porque teneis que agasajar y poner buen semblante á
vuestro esposo?
—¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te ha
dicho eso? es mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar
sino á él; ¡es tan bueno!
—Pues entonces, dijo el page, no os entiendo: yo por mí, si no os
viera llorar, ahora me reiria, soltaria la carcajada.
—¿Por qué? ¿Por que una circunstancia desgraciada le ha puesto en el
caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Por
que una muger tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo,
se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño
ten lástima siempre al engañador, que en realidad ese es el mas
risible, y ese es acaso realmente el engañado.
Despues de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pagecillo.
—Mira, Jaime, si va lejos ya Hernan Perez.
—Tan lejos que no le alcanzaria el mismo Hernando, que no hay corza
que no alcance.
—Vamos, pues, page; no hay tiempo que perder: ya tienes tus
instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás?
—Como la muerte, respondió el page. Dichas estas palabras, Elvira y
el page pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con
ellos.
Hernan Perez entre tanto recorria con mas terror que zelos las
inmensas galerías del alcázar: cada pisada suya le parecia las de la
condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de
enemigos armados en un dia de batalla, y que perecen de terror ante
la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparian los
primeros á la brecha, y no subirian nunca solos una escalera oscura.
En aquel momento Hernan Perez era de estos: el menor ruido que
hubiera oido realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante
de sus ojos, le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía
él la imaginacion llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras
y emplazamientos. Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla
de golpe, y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos
casi fuera del cráneo.
—¿Qué traeis, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el
desorden de su escudero.
—Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atras
todavia, y procurando componer su semblante.
—¿Qué sombra? replicó don Enrique. Será la que hace vuestro cuerpo
al pasar por delante de la lámpara de la galería.
—No es eso, señor, no es eso.
—¿Qué es, pues? esplicaos.
—Mi esposa...
—¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís?
Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la esplicacion del escudero,
y no sabia don Enrique qué creer de semejante asombro.
—Digo, señor, concluyó Vadillo reponiéndose, que la dueña enlutada no
es mi esposa, porque mi esposa está en su habitacion, y mi esposa no
ha salido ni saldrá...
—¿Estais seguro?
—Como estoy vivo.
—¿Quién puede entonces...?
—No puede ser, dijo Ferrus, sino...
—La sombra de la condesa, concluyó Vadillo.
—¿La sombra de la condesa? ¡Esa es buena! esclamó soltando una
estrepitosa carcajada don Enrique de Villena.
—¿Te ries, señor?
—¿No he de reirme si habeis perdido entrambos la cabeza?
—Ah, señor, repuso Vadillo, veo que si yo contara un sueño... En fin,
quiero que me hayais referido de la condesa la pura verdad. ¿Estais
seguro de que el encargado de...?
—Delirais, Vadillo, delirais. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo
de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estais seguro
de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos
modos es necesario que vayais á buscar al astrólogo: os aguarda para
darme una razon que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais,
Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolucion...?
—Manda, señor, á tu escudero.
—Bien, pues yo confio á vuestro talento esa intriga: si el
nigromántico lo sabe, os lo dirá; sino ved de tocar siquiera
esa sombra, que como la toqueis, y como ella ofrezca cuerpo y
resistencia, añadió riéndose don Enrique, podeis estar seguro, no
quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí de que
es persona; y á ser hombre como parece muger...
—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la
esperiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he
tenido tan rara, tan estraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos,
señor...
—Vadillo, os he visto pelear; sé que teneis valor. Conozco por
otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una
preocupacion es mas fuerte que cien ballesteros.
Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo; donde
le esperaban acontecimientos mas estraordinarios cien veces que
los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á
las intrigas que debia preparar el nigromante, y lo otro porque
entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que
debia tratarle con mas amistad y consideracion que nunca. No debia
faltarles tampoco que hablar desde que don Enrique era maestre, desde
que iba á ser Hernan Perez caballero, y desde que el singular duelo
de la mañana habia venido á complicar tan estraordinariamente los
negocios y los intereses de los principales personages de nuestra
verídica historia.
[Ilustración]