con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde
casi para espirar del sentimiento de mi partida.
COMPADRE.
¡Gran mujer! De buena os ha dado el cielo, señor compadre: dadle
gracias por ello.
PANCRACIO.
Yo se las doy como puedo, y no como debo: no hay Lucrecia que se le
llegue, ni Porcia que se le iguale: la honestidad y el recogimiento
han hecho en ella su morada.
COMPADRE.
Si la mia no fuera zelosa, no tenia yo mas que desear: por esta calle
está mas cerca mi casa: tomad, compadre, por esta, y estareis presto
en la vuestra; y veámonos mañana, que no me faltará coche para la
jornada: á Dios.
PANCRACIO.
Á Dios.
(_Éntranse los dos._)
_Vuelven á salir el Sacristan, y el Barbero, con sus guitarras:
Leonarda, Cristina y el Estudiante. Sale el Sacristan con la
sotana alzada, y ceñida al cuerpo, danzando al són de su misma
guitarra, y á cada cabriola vaya diciendo estas palabras_:
SACRISTAN.
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
CRISTINA.
Señor sacristan Reponce, no es este tiempo de danzar: dése órden
en cenar, y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor
coyuntura.
SACRISTAN.
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
LEONARDA.
Déjale, Cristina, que en estremo gusto de ver su agilidad.
_Llama Pancracio á la puerta, y dice_:
PANCRACIO.
Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano teneis atrancada la
puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.
LEONARDA.
¡Ay, desdichada! Á la voz y á los golpes, mi marido Pancracio es
este: algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores,
á recogerse en la carbonera: digo al desvan, donde está el carbon.
Corre, Cristina, y llévalos, que yo entretendré á Pancracio de modo
que tengas lugar para todo.
ESTUDIANTE.
¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!
CRISTINA.
¡Gentil relente, por cierto! Ea, vengan todos.
PANCRACIO.
¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?
ESTUDIANTE.
Es el toque, que yo no quiero correr la suerte de estos señores:
escóndanse ellos donde quisieren; y llévenme á mí al pajar, que si
allí me hallan, antes pareceré pobre, que adúltero.
CRISTINA.
Caminen, que se hunde la casa á golpes.
SACRISTAN.
El alma llevo en los dientes.
BARBERO.
Y yo en los carcañares.
(_Éntranse todos; y asómase Leonarda á la ventana._)
LEONARDA.
¿Quién está ahí? ¿Quién llama?
PANCRACIO.
Tu marido, soy, Leonarda mia: ábreme, que ha media hora que estoy
rompiendo á golpes estas puertas.
LEONARDA.
En la voz bien me parece á mí que oigo á mi cepo[53] Pancracio; pero
la voz de un gallo se parece á la de otro gallo, y no me aseguro.
PANCRACIO.
¡Ó recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mia, tu marido
Pancracio: ábreme con toda seguridad.
LEONARDA.
Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta
tarde?
PANCRACIO.
Suspiraste, lloraste, y al cabo te desmayaste.
LEONARDA.
Verdad; pero con todo esto, dígame ¿qué señales tengo yo en uno de
mis hombros?
PANCRACIO.
En el izquierdo tienes un lunar, del grandor de medio real, con tres
cabellos, como tres mil hebras de oro.
LEONARDA.
Verdad; ¿pero cómo se llama la doncella de casa?
PANCRACIO.
Ea, boba, no seas enfadosa: Cristinica se llama, ¿qué mas quieres?
LEONARDA.
Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña.
CRISTINA.
Ya voy, señora: que él sea muy bien venido. ¿Qué es esto, señor de mi
alma? ¿Qué acelerada vuelta es esta?
LEONARDA.
¡Ay, bien mio! Decídnoslo presto; que el temor de algun mal suceso me
tiene ya sin pulsos.
PANCRACIO.
No ha sido otra cosa, sino que en un barranco se quebró la rueda del
coche; y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no pasar la noche
en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. ¿Pero
qué voces hay?
(_Dentro, y como de muy lejos, diga el estudiante_):
ESTUDIANTE.
Ábranme aquí, señores, que me ahogo.
PANCRACIO.
¿Es en casa, ó en la calle?
CRISTINA.
Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar,
para que durmiese esta noche.
PANCRACIO.
¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! en verdad,
señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me
causára algun recelo este encerramiento: pero ve, Cristina, y ábrele,
que se le debe haber caido toda la paja acuestas.
CRISTINA.
Ya voy.
(_Váse._)
LEONARDA.
Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le acogiésemos
esta noche por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes
mi condicion, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y
encerrámosle; pero vésle aquí, y mirad cuál sale.
_Sale el Estudiante y Cristina: él lleno de paja las barbas,
cabeza y vestido._
ESTUDIANTE.
Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo hubiera
escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor,
y tenido mas blanda y menos peligrosa cama.
PANCRACIO.
¿Y quién os habia de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?
ESTUDIANTE.
¿Quién? mi habilidad; sino que el temor de la justicia me tiene
atadas las manos.
PANCRACIO.
Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os temeis de la
justicia.
ESTUDIANTE.
La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy
natural, si se dejára usar sin miedo de la santa Inquisicion, yo
sé que cenára y recenára á costa de mis herederos; y aun quizá no
estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad
me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan
secretas como yo lo he sido.
PANCRACIO.
No se cure de ellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les
haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna de estas cosas
que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.
ESTUDIANTE.
¿No se contentará vuestra merced con que le saque aquí dos demonios
en figuras humanas, que traigan acuestas una canasta llena de cosas
fiambres y comederas?
LEONARDA.
¿Demonios en mi casa, y en mi presencia? ¡Jesus! librada sea yo de lo
que librarme no sé.
CRISTINA.
El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega á Dios que
vaya á buen viento esta parva! temblándome está el corazon en el
pecho.
PANCRACIO.
Ahora bien, si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de
ver esos señores demonios y á la canasta de las fiambreras; y torno á
advertir, que las figuras no sean espantosas.
ESTUDIANTE.
Digo que saldrán en figura del sacristan de la parroquia, y en la del
barbero su amigo.
CRISTINA.
¿Mas qué lo dice por el sacristan Reponce, y por maese Roque, el
barbero de casa? ¡Desdichados de ellos, que se han de ver convertidos
en diablos! Y dígame, hermano, ¿y estos han de ser diablos bautizados?
ESTUDIANTE.
¡Gentil novedad! ¿Á dónde diablos hay diablos bautizados? ¿Ó para qué
se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen,
porque no hay regla sin escepcion; y apártense, y verán maravillas.
LEONARDA.
¡Ay, sin ventura! aquí se descosen: aquí salen nuestras maldades á
plaza: aquí soy muerta.
CRISTINA.
Ánimo, señora, que buen corazon quebranta mala ventura.
ESTUDIANTE.
Vosotros, mezquinos, que en la carbonera
Hallastes amparo á vuestra desgracia,
Salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,
Sacad la canasta de la fiambrera.
No me inciteis á que de otra manera
Mas dura os conjure: salid, ¿qué esperáis?
Mirad que si á dicha el salir rehusais,
Tendrá mal suceso mi nueva quimera.
Ora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos:
quiero entrar allá dentro, y á solas hacer un conjuro, tan fuerte,
que los haga salir mas que de paso; aunque la calidad de estos
demonios, mas está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.
(_Éntrase el estudiante._)
PANCRACIO.
Yo digo que si este sale con lo que ha dicho, que será la cosa mas
nueva y mas rara que se haya visto en el mundo.
LEONARDA.
Sí saldrá, ¿quién lo duda? ¿Pues habíanos de engañar?
CRISTINA.
Ruido anda allá dentro: yo apostaré que los saca; pero ve aquí do
vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.
LEONARDA.
¡Jesus, qué parecidos son los de la carga al sacristan Reponce, y el
barbero de la plazuela!
CRISTINA.
Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesus.
SACRISTAN.
Digan lo que quisieren, que nosotros somos como los perros del
herrero, que dormimos al són de las martilladas: ninguna cosa nos
espanta ni turba.
LEONARDA.
Lléguense á que yo coma de lo que viene de la canasta, no tomen menos.
ESTUDIANTE.
Yo haré la salva y empezaré por el vino.
(_Bebe._)
Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?
SACRISTAN.
De Esquivias es, juro á...
ESTUDIANTE.
Téngase por vida suya, y no pase adelante: amiguito soy yo de diablos
juradores: demonico, demonico, aquí no venimos á hacer pecados
mortales, sino á pasar una hora de pasatiempo, y cenar é irnos con
Cristo.
CRISTINA.
¿Y estos han de cenar con nosotros?
PANCRACIO.
Sí, que los diablos no comen.
BARBERO.
Sí comen algunos; pero no todos; y nosotros somos de los que comen.
CRISTINA.
¡Ay, señores! quédense acá los pobres diablos, pues han traido la
cena: pues seria poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y
parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.
LEONARDA.
Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora.
PANCRACIO.
Queden, que quiero ver lo que nunca he visto.
BARBERO.
Nuestro Señor pague á usted la buena obra, señores mios.
CRISTINA.
¡Ay, qué bien criados, qué corteses! nunca medre yo, si todos los
diablos son como estos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante.
SACRISTAN.
Oigan, pues, para que se enamoren de veras.
(_Toca el sacristan, y canta, y ayúdale el barbero con el último
verso no mas._)
SACRISTAN.
Oigan los que poco saben
Lo que con mi lengua franca
Digo del bien que en sí tiene
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN.
Oigan lo que dejó escrito
De ella el bachiller Tudanca,
En el cuero de una yegua,
Que dicen que fue potranca,
En la parte de la piel
Que confina con el anca,
Poniendo sobre las nubes
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN.
En ella estudian los ricos,
Y los que no tienen blanca;
Y sale entera y rolliza
La memoria que está manca.
Siéntanse los que allí enseñan
De alquitrán en una banca;
Porque estas bombas encierra
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN.
En ella se hacen discretos
Los moros de la Palanca;
Y el estudiante mas burdo
Ciencias de su pecho arranca.
Á los que estudian en ella
Ninguna casa les manca;
Viva, pues, siglos eternos
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN.
Y nuestro conjurador,
Si es á dicha de Loranca,
Tenga en ella cien mil vides
De uva tinta y de uva blanca;
Y al diablo que le acusare,
Que le den con una tranca;
Y para el tal jamás sirva
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
CRISTINA.
Basta, que tambien los diablos son poetas.
BARBERO.
Y aun todos los poetas son diablos.
PANCRACIO.
Dígame, señor mio, pues los diablos lo saben todo, ¿dónde se
inventaron todos estos bailes de la zarabanda, zambapalo, y de ello
me pesa con el famoso del nuevo escarramán?
BARBERO.
¿Á dónde? en el infierno: allí tuvieron su orígen y principio.
PANCRACIO.
Yo asi lo creo.
LEONARDA.
Pues en verdad, que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco; sino
que por mi honestidad y por guardar el decoro á quien soy, no me
atrevo á bailarle.
SACRISTAN.
Con cuatro mudanzas que yo le enseñase á usted cada dia, en una
semana saldria única en el baile: que sé que le falta bien poco.
ESTUDIANTE.
Todo se andará: por agora entrémonos á cenar, que es lo que importa.
PANCRACIO.
Entremos: que quiero averiguar si los diablos comen ó no, con otras
cien mil cosas que de ellos cuentan; y por Dios, que no han de salir
de mi casa, hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que
se enseñan en la Cueva de Salamanca.
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES
_DEL HOSPITAL DE LOS PODRIDOS_.[54]
_Salen Leiva, el Rector y el Secretario._
LEIVA.
¡Jesus, Jesus! ¡Qué hospital se ha hecho de forma!
RECTOR.
Era tanta la pudricion que habia en este lugar, que corria gran
peligro de engendrarse una peste, que muriera mas gente que el año
de las landres; y asi, han acordado en la república, por via de buen
gobierno, de fundar un hospital para que se curen los heridos desta
enfermedad ó pestilencia, y á mí me han hecho rector.
SECRETARIO.
Despues que hay galera para las mujeres y hospital para los que se
pudren, anda el lugar mas concertado que un reloj.
RECTOR.
No quiera vuesa merced saber mas, señor Leiva, que habia hombre que
ni comia ni dormia en siete horas, haciendo discursos; y cuando via á
uno con una cadena ó vestido nuevo, decia: «¿Quién te lo dió hombre?
¿dónde lo hubiste? ¿de dónde lo pudiste sacar? Tú no tienes hacienda
mas que yo; con tener mas que tú, apenas puedo dar unas cintas á mi
mujer.» Y desvanecidos en esto, se les hace una ponzoña y polilla.
Mas pongámonos aquí, y veremos salir los enfermos.
_Entra el Doctor tomando el pulso á Cañizares._
DOCTOR.
Señor Cañizares, yo no hallo á vuesa merced enfermedad.
CAÑIZARES.
¿Cómo no, pues que traigo conmigo un recocimiento y una desesperacion
y rabia intrínseca; y es de suerte, que se me hace una postema
recocida en el corazon?
DOCTOR.
Pues ¿de qué le viene á vuesa merced tanta pesadumbre?
CAÑIZARES.
De ver solamente un hombre; y es de manera lo que le aborrezco, que
el dia que le topo en la calle, me vuelvo á mi casa y me estoy sin
salir della todo aquel dia, metido en un rincon, pensando que me ha
de suceder una desgracia.
DOCTOR.
Por cierto que vuesa merced tiene razon, que hay hombres que con su
vista pronostican eso, y de balde se dejan querer mal.
CAÑIZARES.
Pues ¿no quiere vuesa merced que me pudra y me haga una ponzoña y
cruel polilla, si éste es un hombre que trae por los caniculares
chinelas, y la espada á zurdas?
DOCTOR.
Pues ¿qué se le da á vuesa merced que el otro traiga la espada á
zurdas, ni por los caniculares chinelas?
CAÑIZARES.
Pues ¿no se me ha de dar, pesia á mí, si envian á este hombre por
gobernador de uno de los mejores lugares desta tierra?
DOCTOR.
Ya yo entiendo su pudricion de vuesa merced, y es que pretende vuesa
merced el mismo oficio.
CAÑIZARES.
¿Cómo pretender? Ni por pensamiento me ha pasado en toda mi vida,
sino sólo me pudro de ver aquellos que han de ser gobernados por mano
deste hombre, que en tal tiempo trae chinelas, que mal podrá depachar
los negocios con brevedad; y si es zurdo, no podrá hacer cosa á
derechas.
RECTOR.
Ea, doctor, haced meter allá ese podrido, y salgan los demás.
DOCTOR.
Venid, hermano, y curaros han.
LEIVA.
¡Hay tal cosa, y de lo que se pudre!
_Entren los ministros, que son unos pícaros, y salen Pero Diaz y
Marisantos._
PERO DIAZ.
Ea, dejadme, Marisantos, que no tengo de beber, ni comer, ni dormir,
ni sosegar un punto viendo estas cosas.
MARISANTOS.
Pues Pero Diaz, un hombre como vos y de vuestro entendimiento ¿se ha
de pudrir de manera que pierda el comer, ni tomar tanta pena?
PERO DIAZ.
Pues ¿no me la ha de dar, si hubo poeta que tuviese atrevimiento de
escribir esta copla?
Jugando estaban, jugando,
y aun al ajedrez, un dia
el famoso Emperador
y el rey moro de Almería.
MARISANTOS.
Pues ¿qué os va á vos en que el otro escribiese eso?
PERO DIAZ.
Mucho: porque es muy gran testimonio, que levantaron al Emperador:
porque un príncipe de tanta majestad y tan colérico no se habia de
sentar á jugar á las tablas, juego de tanta flema, y mas con un rey
moro de Almería. Yo tengo, si este poeta es vivo, de hacerle que
se desdiga; y si fuere muerto, ver en su testamento si dejó alguna
cláusula que declare esto.
MARISANTOS.
¡Por cierto, lindo disparate! ¿De eso no podeis comer ni dormir?
¡Gracioso cuidado habeis tomado!
RECTOR.
Venid acá, hermano, ¿de qué es vuestra pudricion?
PERO DIAZ.
Con los poetas.
RECTOR.
¿Podrido estais de poetas? Harto trabajo teneis. ¿Y con qué poetas os
pudris?
PERO DIAZ.
Con estos que hacen villancicos la noche de Navidad, que dicen mil
disparates, con mezcla de herejía. Y mire vuesa merced que dándole á
uno aquella octava de Garcilaso que dice:
Cerca del Tajo, en soledad amena,
De verdes sauces hay una espesura;
volvió esto:
Cerca de Dios, en soledad amena,
De verdes santos hay una espesura.
Y preguntando quién eran estos santos, dijo que san Felipe y
Santiago, y otros santos que caen por la primavera[55].
RECTOR.
¡Por cierto, gracioso disparate!
PERO DIAZ.
Pues una noche de Navidad entré en una iglesia deste lugar, y hallé
cantando este motete:
Cuando sale Jesus á sus corredores,
Bercebú no parece, y Satan se esconde.
Y preguntando cuyo era, respondió: «Mio,» muy satisfecho, como si
hubiera hecho una gran cosa. Y otro estaba tambien cantando esto:
¿Qué haceis en este portal,
Mi Dios, por el hombre ingrato?
¡Zape de un gato, zape de un gato!
RECTOR.
No os maravilleis; porque son esos poetas invernizos, como melones.
PERO DIAZ.
Tambien me pudro con otros poetas, que piensan que saben, y no saben;
y otros que saben y no piensan.
RECTOR.
Decláreme eso: ¿qué quiere decir que saben, y no piensan?
PERO DIAZ.
Que hay poetas que saben lo que hacen, y por no pensarlo bien, se
van despeñando en cas de todos los diablos[56].
RECTOR.
Éste tiene gran necesidad de remedio; y asi, será bien entregárselo á
los malos poetas, para que ellos le curen.
PERO DIAZ.
No, por amor de Dios.
RECTOR.
¡Hola, ministros! meted allá ese podrido.
(_Métenlo._)
LEIVA.
¡Hay tal cosa como la pudricion deste!
RECTOR.
Pues otro viene, que no dará menos en qué entender.
_Entra Valenzuela._
VALENZUELA.
¡Hay tal cosa como esta, que sea un hombre tan dichoso, que en cuanto
mano pone todo le sucede bien! Hecho estoy un veneno de ponzoña, y
por mil partes destilando materia.
RECTOR.
¿De qué es la pudricion deste?
SECRETARIO.
Señor, éste es un pudrido furioso; y dale gran pesadumbre ver á un
vecino suyo, que todas las cosas le suceden bien.
RECTOR.
Ese es mal caso; y es mas envidia que pudricion.
VALENZUELA.
¿Cómo envidia? Los diablos me arrebaten si tal es, señor Rector; sino
que es éste un hombre muy avariento y miserable, que por ser tal,
nada le habia de suceder bien.
RECTOR.
Tiene razon: que á los tales poca ventura les habia de ayudar. Y si
alguno tiene razon de pudrirse, es este hombre; y asi, ¿se le puede
dar tres dias en la semana para que se pudra?
VALENZUELA.
¿Cómo tres dias? Mas me pudriré de no pudrirme.
RECTOR.
Andá con Dios, y podrios todo el tiempo que os diere gusto.
VALENZUELA.
Beso las manos á vuesa merced por la merced.
_Váse Valenzuela y sale Galvez._
GALVEZ.
¡Que haya mujer de tan mal gusto! Por ésta se debió de decir que hay
ojos que de legañas se enamoran.
RECTOR.
¿De qué se pudre este hermano?
SECRETARIO.
Este hermano se pudre de que una dama muy hermosa deste lugar está
enamorada de un hombre calvo y que mira con un antojo.
RECTOR.
Pues ¿deso os pudris, hermano? Pues ¿qué os va á vos en que la otra
tenga mal gusto?
GALVEZ.
Pues ¿no me ha de ir? Que mas quisiera verla enamorada de un
demonio. ¿Por qué una mujer tan hermosa ha de favorecer á un hombre
antojicalvo?
RECTOR.
¡Y con la cólera que lo toma!
GALVEZ.
¿No lo he de tomar con cólera? Dígame vuestra merced ¿qué ha de hacer
una mujer cuando despierte y vea que tiene á su lado un hombre calvo
(ó calavera, ó calabaza, que tal parece un calvo), ni cómo le puede
mirar con buenos ojos, teniéndolos él tan malos?
RECTOR.
Ea vos estais podrido. ¡Hola ministros! meted allá ese podrido.
GALVEZ.
¡Á mí, señor! ¿Por qué?
(_Métenle._)
LEIVA.
¡Los podridos que se van desmoronando! Y si no se pone remedio, en
pocos dias se multiplicarán tantos, que sea menester que haya otro
nuevo mundo, donde habiten.
RECTOR.
Lea vuesa merced esa relacion, señor secretario.
(_Saca el Secretario unos papeles y lee._)
SECRETARIO.
«Asimismo, hay aquí alguno que se pudre con los que tienen las
narices muy grandes.»
RECTOR.
¡Válgale el diablo! Pues ¿qué le va á él en que el otro las tenga
grandes ó pequeñas?
SECRETARIO.
Dice que suele un narigon destos pasar por una calle angosta, y que
ocupa tanto la calle, que es menester ir de medio lado para que pasen
los que van por ella; y fuera deste inconveniente, hay otro mayor,
que es gastar pañizuelos disformes en tanta manera, que pueden servir
de velas de navíos.
RECTOR.
Podrido de humor es éste.
SECRETARIO.
«Otro se pudre de que hay algunos que comen con babadores.»
RECTOR.
Y no va muy fuera de camino; porque los tales parecen guitarras de
ébano con tapas blancas, y se hacen ahembrados. Pero notifíquesele
que dentro de tres dias esté sano de su pudricion; y si no, que
le echarán una melecina de esdrújulos de poeta que le harán echar
el ánima (si fuere necesario), preparada con sesos de los dichos
poetas[57].
SECRETARIO.
Pues ¿hay en todo el mundo sesos de poetas para henchir media cáscara
de avellana, cuanto y mas para preparar una melecina? Por lo menos ha
de llevar cuatro onzas de todos matalotajes que concurren en el arte
melecinal.
RECTOR.
Pasá adelante.
SECRETARIO.
Otro se pudre de los médicos, que cuando les van á dar el récipe de
la cura, van diciendo: «No lo quiero, no lo quiero,» y van puniendo
la mano atrás como cucharon.
RECTOR.
Ese se pudre justamente. ¿De qué sirven los melindres donde hay tan
buenas ganas de mas, si mas les diesen?
SECRETARIO.
Otro se pudre de que para haber tan pocos discretos, hay tantos
sastres y zapateros.
RECTOR.
Pues ¿qué queria que hubiese?
SECRETARIO.
Albéitares y oficiales de jalmas asnátiles.
RECTOR.
Ese podrido se va á satírico. Pónganle en la boca del estómago,
porque detenga, un emplasto de mozos de sastre, y sahúmenle con diez
pelos de las cejas de Celestina[58].
RECTOR.
Pues de aquí veo yo mas de cuatro.
SECRETARIO.
«Aquí hay ciertas viejas que se pudren de que las gallinas de sus
vecinas ponen mas gordos huevos y crian mejores pollos.»
RECTOR.
Esas son pudriciones baladies; y á esas viejas échenles unos polvos
de hijos pajizos.
SECRETARIO.
«Tambien hay dos casados, que el marido se pudre porque su mujer
tiene los ojos azules, y ella se pudre porque el marido tiene la boca
grande.»
RECTOR.
Gente debe ser de buen humor; salgan aquí, que los quiero ver.
_Salen Clara y Villaverde._
CLARA.
Acabad, señor; harto mejor fuera que os pudriérades de ver vuestra
disforme boca, que no parece sino boca de alnafe, y dejarme á mí con
mis ojos, azules ó verdes.
RECTOR.
Pues vení acá, hermano, ¿deso os pudris, porque vuestra mujer tenga
los ojos azules?
VILLAVERDE.
Sí señor; que no se usan agora, sino negros.
RECTOR.
¡Hay tal desatino! Pues si Dios se los ha dado asi, ¿qué los ha de
hacer?
VILLAVERDE.
Para eso es el habilidad: que se los tiña; que de puro reñir esto se
me ha desgajado la boca.
RECTOR.
¡Gracioso disparate, si yo le he visto en mi vida! Y asi, es
menester que se os den unos botones de fuego con yerros de médicos y
boticarios[59].
VILLAVERDE.
Aun esos son peores que los de los letrados; porque los unos paran en
las bolsas, y los otros paran en la salud y en la vida.
LEIVA.
Señor secretario, ¿esta señora es mujer deste hombre?
SECRETARIO.
¿No lo ve vuesa merced?
LEIVA.
¡Jesus! ¡Jesus! ¡Jesus mil veces!
SECRETARIO.
¿De qué se santigua vuesa merced?
LEIVA.
¿No me tengo de santiguar, que una mujer tan hermosa esté casada con
un hombre tan feo como es éste, que no parece sino un escarabajo?
SECRETARIO.
Pues ¿deso se pudre vuesa merced?
LEIVA.
Pues ¿no quiere vuesa merced que me pudra y me haga una ponzoña
viendo cosa semejante, que merezca esta señora un príncipe por
marido, y que fuese un ángel en condicion y en presencia?
SECRETARIO.
¡Rematado está! ¡Hola ministros! ¡Meté allá ese podrido!
LEIVA.
¿Á mí por qué razon?
(_Métenlo._)
RECTOR.
Señor Secretario, ¿ha visto vuesa merced que un hombre de tan buen
entendimiento haya disparatado desta suerte?
SECRETARIO.
Pues ¿eso le ha de dar á vuesa merced pena?
RECTOR.
Pues ¿no me ha de dar, pesia mi, el ver que haya perdido el juicio
un hombre que yo tenia en tan buena reputacion, y por muy cuerdo y
prudente?
SECRETARIO.
Pudrido está vuesa merced. ¡Hola, ministros!
RECTOR.
¿Á mí, señor secretario?
(_Métenlo._)
CLARA.
Señor Secretario, mucho me maravillo de que un hombre como vuesa
merced no haya tenido mejor término con el señor Rector.
SECRETARIO.
Pues ¿deso se pudre vuesa merced?
CLARA.
Pues ¿no me tengo de pudrir, viendo la obligacion que vuesa merced le
tiene, y no guardarle mas respeto al señor Rector, siendo superior en
todo? Y bastaba ser su autoridad para tenérsele, y no tenerle de la
manera que vuesa merced le tiene.
SECRETARIO.
¡Oigan, oigan, y qué perdida está la hermana, y qué perdida!
Ministros, metan allá esta hermana.
CLARA.
¿Á mí, señor? Mire vuesa merced...
(_Métenla._)
SECRETARIO.