La cosa que hay en contrario es, que si no se nos paga primero

nuestro trabajo, asi verán las figuras como por el cerro de Úbeda.

¿Vuestras mercedes, señores justicias, tienen conciencia y alma en

esos cuerpos? Bueno seria que entrase esta noche todo el pueblo

en casa del señor Juan Castrado, ó como es su gracia, y viese lo

contenido en el tal retablo; y mañana cuando quisiésemos mostralle al

pueblo, no hubiese ánima que le viese: no señores, no señores, _ante

omnia_ nos han de pagar lo que fuere justo.

BENITO.

Señora autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona, ni ningun

Antoño: el señor regidor Juan Castrado os pagará mas que

honradamente, y si no el concejo: bien conoceis el lugar por cierto:

aquí, hermana, no aguardamos á que ninguna Antona pague por nosotros.

CAPACHO.

Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco: no

dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen

adelantado, y ante todas cosas, que eso quiere decir _ante omnia_.

BENITO.

Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me hablen á derechas,

que yo entenderé á pie llano: vos, que sois leido y escribido, podeis

entender esas algaravías de allende, que yo no.

JUAN.

Ahora bien, ¿contentarse há el señor autor con que yo le dé

adelantados media docena de ducados? y mas que se tendrá cuidado que

no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.

CHANFALLA.

Soy contento; porque yo me fio de la diligencia de vuestra merced y

de su buen término.

JUAN.

Pues véngase conmigo, recibirá el dinero, y verá mi casa, y la

comodidad que hay en ella para mostrar ese retablo.

CHANFALLA.

Vamos; y no se les pase de las mientes las calidades que han de tener

los que se atrevieren á mirar el maravilloso retablo.

BENITO.

Á mi cargo queda eso; y séle decir que por mi parte puedo ir seguro

á juicio, pues tengo el padre alcalde: cuatro dedos de enjundia

de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi

linaje: miren si veré el tal retablo.

CAPACHO.

Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.

JUAN.

No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.

GOBERNADOR.

Todo será menester, segun voy viendo, señores alcalde, regidor y

escribano.

JUAN.

Vamos, autor, y manos á la obra: que Juan Castrado me llamo, hijo de

Anton Castrado, y de Juana Macha; y no digo mas en abono y seguro que

podré ponerme cara á cara y á pie quedo delante del referido retablo.

CHIRINOS.

Dios lo haga.

(_Éntranse Juan Castrado y Chanfalla._)

GOBERNADOR.

Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la córte, de fama y

rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Porque yo tengo mis

puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula[49].

Veintidos comedias tengo, todas nuevas, que se ven las unas á las

otras; y estoy aguardando coyuntura para ir á la córte, y enriquecer

con ellas media docena de autores.

CHIRINOS.

Á lo que vuestra merced, señor gobernador, me pregunta de los poetas,

no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan el sol; y todos

piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y

que siempre se usan, y asi no hay para qué nombrallos. Pero dígame

vuestra merced, por su vida, ¿cómo es su buena gracia? ¿Cómo se llama?

GOBERNADOR.

Á mí, señora autora, me llaman el licenciado Gomecillos.

CHIRINOS.

¡Válame Dios! ¿Y qué, vuestra merced es el señor licenciado

Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de _Lucifer

estaba malo, y tómale mal de fuera_?

GOBERNADOR.

Malas lenguas hubo, que me quisieron ahijar esas coplas; y asi fueron

mias, como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo quiero negar,

fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla: que puesto que

los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada

á nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.

_Vuelve Chanfalla._

CHANFALLA.

Señores, vuestras mercedes vengan, que todo está á punto, y no falta

mas que comenzar.

CHIRINOS.

¿Está ya el dinero _in corbona_?

CHANFALLA.

Y aun entre las telas del corazon.

CHIRINOS.

Pues dóite por aviso, Chanfalla, que el gobernador es poeta.

CHANFALLA.

¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! pues dale por engañado; porque todos

los de humor semejante son hechos á la mazacona, gente descuidada,

crédula, y nada maliciosa.

BENITO.

Vamos, autor, que me saltan los pies por ver esas maravillas.

(_Éntranse todos._)

_Salen Juana Castrada y Teresa Repolla, labradoras: la una como

desposada, que es la Castrada._

CASTRADA.

Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el

retablo en frente; y pues sabes las condiciones que han de tener los

miradores del retablo, no te descuides, que seria una gran desgracia.

TERESA.

Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo mas. Tan cierto

tuviera yo el cielo, como tengo cierto ver todo aquello que el

retablo mostráre: por el siglo de mi madre, que me sacase los mismos

ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese: ¡bonita soy yo

para eso!

CASTRADA.

Sosiégate, prima, que toda la gente viene.

_Entran el Gobernador, Benito Repollo, Juan Castrado, Pedro

Capacho, el autor y la autora, y el músico, y otra gente del

pueblo, y un sobrino de Benito, que ha de ser aquel gentil hombre

que baila._

CHANFALLA.

Siéntense todos: el retablo ha de estar detrás de este repostero: y

la autora tambien, y aquí el músico.

BENITO.

¿Músico es éste? Métanle tambien detrás del repostero; que á trueco

de no velle, daré por bien empleado el no oille.

CHANFALLA.

No tiene vuestra merced razon, señor alcalde Repollo, de

descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano, é

hidalgo de solar conocido.

GOBERNADOR.

Calidades son bien necesarias para ser buen músico.

BENITO.

De solar bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio.

RABELIN.

Eso se merece el bellaco que se viene á sonar delante de...

BENITO.

Pues por Dios, que hemos visto aquí sonar á otros músicos tan...

GOBERNADOR.

Quédese esta razon en el de del señor Rabel, y en el tan del alcalde,

que será proceder en infinito; y el señor Montiel comience su obra.

BENITO.

Poca balumba trae este autor para tan gran retablo.

JUAN.

Todo debe de ser de maravillas.

CHANFALLA.

Atencion, señores, que comienzo. ¡Ó tú, quien quiera que fuiste, que

fabricaste este retablo con tan maravilloso artificio, que alcanzó

el renombre de las maravillas: por la virtud que en él se encierra,

te conjuro, apremio y mando que luego incontinente muestres á estos

señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se

regocijen y tomen placer, sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que

has otorgado mi peticion, pues por aquella parte asoma la figura

del valentísimo Sanson, abrazado con las colunas del templo, para

derriballe por el suelo, y tomar venganza de sus enemigos. ¡Ténte,

valeroso caballero: ténte por la gracia de Dios Padre, no hagas tal

desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan

noble gente como aquí se ha juntado!

BENITO.

¡Téngase! cuerpo de tal conmigo: Bueno seria, que en lugar de

habernos venido á holgar, quedásemos aquí hechos plasta: ¡téngase,

señor Sanson, pesia á mis males! que se lo ruegan buenos.

CAPACHO.

¿Véisle vos, Castrado?

JUAN.

¿Pues no le habia de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?

CAPACHO.

Milagroso caso es éste: asi veo yo á Sanson ahora, como el Gran

Turco; pues en verdad, que me tengo por legítimo y cristiano viejo.

CHIRINOS.

¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapan en

Salamanca! ¡échate, hombre: échate, hombre: Dios te libre: Dios te

libre!

CHANFALLA.

¡Échense todos, échense todos! ¡ucho ho, ucho ho, ucho ho!

(_Échanse todos, y alborótanse._)

BENITO.

El diablo lleva en el cuerpo el torillo: sus partes tiene de hosco y

de bragado: si no me tiendo, me lleva de vuelo.

JUAN.

Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten;

y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado

gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.

CASTRADA.

¿Y cómo, padre? no pienso volver en mí en tres dias: ya me ví en sus

cuernos, que los tiene agudos como una lesna.

JUAN.

No fueras tú mi hija, y no lo vieras.

GOBERNADOR.

Basta que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que

lo veo, por la negra honrilla.

CHIRINOS.

Esa manada de ratones, que allá va, deciende por línea recta de

aquellos que se criaron en el arca de Noé: de ellos son blancos,

de ellos albarazados, de ellos jaspeados, y de ellos azules: y

finalmente, todos son ratones.

CASTRADA.

¡Jesus! ¡ay de mí! ¡ténganme, que me arrojaré por aquella ventana!

¿Ratones? ¡desdichada! amiga, apriétate las faldas, y mira no te

muerdan; y monta que son pocos: por el siglo de mi abuela, que pasan

de milenta.

REPOLLO.

Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo ninguno: un

raton morenico me tiene asida de una rodilla: ¡socorro venga del

cielo, pues en la tierra me falta!

BENITO.

Aun bien que tengo gregüescos, que no hay raton que se me entre, por

pequeño que sea.

CHANFALLA.

Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de

la fuente que da orígen y principio al rio Jordan: toda mujer á quien

tocáre en el rostro, se le volverá como de plata bruñida, y á los

hombres se les volverán las barbas como de oro.

CASTRADA.

Oyes, amiga, descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Ó qué

licor tan sabroso! cúbrase padre, no se moje.

JUAN.

Todos nos cubrimos, hija.

BENITO.

Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.

CAPACHO.

Yo estoy mas seco que un esparto.

GOBERNADOR.

¿Qué diablos puede ser esto, que aun no me ha tocado una gota, donde

todos se ahogan? Mas ¿si viniera yo á ser bastardo entre tantos

legítimos?

BENITO.

Quítenme de allí aquel músico, sino, voto á Dios, que me vaya sin ver

mas figura: ¡válgate el diablo por músico aduendado, y que hace de

menudear sin cítola y sin són!

RABELIN.

Señor alcalde, no tome conmigo la hincha; que yo toco como Dios ha

sido servido de enseñarme.

BENITO.

¿Dios te habia de enseñar, sabandija? métete tras la manta, si no por

Dios que te arroje este banco.

RABELIN.

El diablo creo que me ha traido á este pueblo.

CAPACHO.

Fresca es el agua del santo rio Jordan; y aunque me cubrí lo que

pude, todavía me alcanzó un poco en los vigotes; y apostaré que los

tengo rubios como un oro.

BENITO.

Y aun peor cincuenta veces.

CHIRINOS.

Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos colmeneros:

todo viviente se guarde, que aunque fantásticos, no dejarán de dar

alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hércules, con

espadas desenvainadas.

JUAN.

Ea, señor autor, cuerpo de nosla, ¿y agora nos quiere llenar la casa

de osos y de leones?

BENITO.

Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envia Tontonelo, sino leones

y dragones. Señor autor, ó salgan figuras mas apacibles, ó aquí nos

contentamos con las vistas; y Dios le guie, y no pare mas en el

pueblo un momento.

CASTRADA.

Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y esos leones, siquiera por

nosotras, y recibiremos mucho contento.

JUAN.

Pues, hija, de antes te espantabas de los ratones, ¿y agora pides

osos y leones?

CASTRADA.

Todo lo nuevo aplace, señor padre.

CHIRINOS.

Esa doncella, que agora se muestra tan galana y tan compuesta,

es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza

del precursor de la vida: si hay quien la ayude á bailar, verán

maravillas.

BENITO.

¡Ésta sí, cuerpo del mundo, que es figura hermosa, apacible y

reluciente! ¡Hi de puta, y como que se vuelve la mochacha! Sobrino

Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la

fiesta de cuatro capas.

SOBRINO.

Que me place, tio Benito Repollo.

(_Tocan la zarabanda._)

CAPACHO.

Toma á mi abuelo, si es antiguo el baile de la zarabanda, y de la

chacona.

BENITO.

Ea, sobrino, ténselas tiesas á esa bellaca jodía; pero si ésta es

jodía, ¿cómo ve estas maravillas?

CHANFALLA.

Todas las reglas tienen escepcion, señor alcalde.

_Suena una trompeta ó corneta dentro del teatro, y entra un

Furrier de compañías._

FURRIER.

¿Quién es aquí el señor gobernador?

GOBERNADOR.

Yo soy, ¿qué manda usted?

FURRIER.

Que luego al punto mande hacer alojamiento para treinta hombres de

armas, que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya

suena la trompeta; y á Dios.

(_Váse._)

BENITO.

Yo apostaré que los envia el sabio Tontonelo.

CHANFALLA.

No hay tal, que esta es una compañía de caballos, que estaba alojada

dos leguas de aquí.

BENITO.

Ahora yo conozco bien á Tontonelo, y sé que vos y él sois unos

grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mira que os mando

que mandeis á Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres

de armas, que le haré dar doscientos azotes en las espaldas, que se

vean unos á otros.

CHANFALLA.

Digo, señor alcalde, que no los envia Tontonelo.

BENITO.

Digo que los envia Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas

que yo he visto.

CAPACHO.

Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.

BENITO.

No digo yo que no, señor Pedro Capacho. No toques mas, músico de

entre sueños, que te romperé la cabeza.

_Vuelve á entrar el Furrier._

FURRIER.

Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? que ya están los caballos en el

pueblo.

BENITO.

¿Qué todavía ha salido con la suya Tontonelo? pues yo os voto á tal

autor de humos y de embelecos, que me lo habeis de pagar.

CHANFALLA.

Séanme testigos, que me amenaza el alcalde.

CHIRINOS.

Séanme testigos, que dice el alcalde que lo que manda S. M., lo manda

el sabio Tontonelo.

BENITO.

Atontonelada te vean mis ojos, plega á Dios todo poderoso.

GOBERNADOR.

Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben

de ser de burlas.

FURRIER.

¿De burlas habian de ser, señor gobernador? ¿está en su seso?

JUAN.

Bien pudieran ser atontonelados; como esas cosas habemos visto aquí.

Por vida del autor, que haga salir otra vez á la doncella Herodías,

porque vea este señor lo que nunca ha visto: quizá con esto le

cohecharemos para que se vaya presto del lugar.

CHANFALLA.

Eso en buen hora; y véisla aquí á do vuelve, y hace de señas á su

bailador que de nuevo le ayude.

SOBRINO

Por mí no quedará, por cierto.

BENITO.

Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala: vueltas y mas vueltas: ¡vive Dios,

que es un azogue la muchacha! ¡al hoyo, al hoyo: á ello, á ello!

FURRIER.

¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es esta, y qué baile,

y qué Tontonelo?

CAPACHO.

¿Luego no ve la doncella herodiana el señor furrier?

FURRIER.

¿Qué diablos de doncella tengo de ver?

CAPACHO.

Basta _de ex illis est_[50].

GOBERNADOR.

_De ex illis est, de ex illis est._

JUAN.

De ellos es, de ellos el señor furrier; de ellos es.

FURRIER.

Soy de la mala puta que los parió; y por Dios vivo, que si echo mano

á la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la

puerta.

CAPACHO.

Basta, _de ex illis est_.

BENITO.

Basta de ellos es, pues no ve nada.

FURRIER.

Canalla barretina[51], si otra vez me dicen que soy de ellos, no les

dejaré hueso sano.

BENITO.

Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no

podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es.

FURRIER.

¡Cuerpo de Dios con los villanos: esperad!

(_Mete mano á la espada, y acuchíllase con todos; y el alcalde

aporrea al Rabelejo; y la Chirinos descuelga la manta y dice_):

CHIRINOS

El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas:

parece que los llamaron con campanilla.

CHANFALLA.

El suceso ha sido estraordinario: la virtud del retablo se queda en

su punto; y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros mismos

podemos cantar el triunfo de esta batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos

y Chanfalla!

FIN DE ESTE ENTREMES.

[Ilustración]

ENTREMES

_DE LA CUEVA DE SALAMANCA_.

_Salen Pancracio, Leonarda y Cristina._

PANCRACIO.

Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa á vuestros suspiros,

considerando que cuatro dias de ausencia, no son siglos: yo volveré,

á lo mas largo, á los cinco, si Dios no me quita la vida: aunque será

mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra, y dejar esta

jornada: que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.

LEONARDA.

No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mio vos

parezcais descortés: id, en hora buena, y cumplid con vuestras

obligaciones, pues las que os llevan son precisas: que yo me apretaré

con mi llaga, y pasaré mi soledad lo menos mal que pudiere. Sólo os

encargo la vuelta, y que no paseis del término que habeis puesto.

Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazon.

(_Desmáyase Leonarda._)

CRISTINA.

¡Ó, qué bien hayan las bodas, y las fiestas! En verdad, señor, que si

yo fuera que vuestra merced que nunca allá fuera.

PANCRACIO.

Entra, hija, por un vidro de agua, para echársela en el rostro: mas

espera, diréle unas palabras que sé al oido, que tienen virtud para

hacer volver de los desmayos.

(_Dícele las palabras, vuelve Leonarda diciendo_:)

LEONARDA.

Basta: ello ha de ser forzoso: no hay sino tener paciencia, bien

mio: cuanto mas os detuviéredes, mas dilatais mi contento. Vuestro

compadre Leoniso os debe de aguardar ya en el coche; andad con Dios,

que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.

PANCRACIO.

Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí mas que una

estátua.

LEONARDA.

No, no, descanso mio: que mi gusto está en el vuestro; y por agora

mas que os vais, que no os quedeis, pues es vuestra honra la mia.

CRISTINA.

¡Ó espejo del matrimonio! Á fe, que si todas las casadas quisiesen

tanto á sus maridos, como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro

gallo les cantase.

LEONARDA.

Entra, Cristinica, y saca mi manto: que quiero acompañar á tu señor

hasta dejarle en el coche.

PANCRACIO.

No, por mi amor: abrazadme, y quedaos, por vida mia. Cristinica, ten

cuenta de regalar á tu señora, que yo te mando un calzado cuando

vuelva, como tú le quisieres.

CRISTINA.

Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora; porque la pienso persuadir

de manera á que nos holguemos, que ni imagine en la falta que vuestra

merced le ha de hacer.

LEONARDA.

¿Holgar yo? ¡qué bien estás en la cuenta, niña! porque

Ausente de mi gusto,

No se hicieron los placeres,

Ni las glorias para mí:

Penas, y dolores sí.

PANCRACIO.

Ya no lo puedo sufrir: quedad en paz, lumbre de estos ojos, los

cuales no verán cosa que les dé placer, hasta volveros á ver.

(_Éntrase Pancracio._)

LEONARDA.

Allá darás, rayo, en casa de Ana Diaz: vayas, y no vuelvas: la

ida del humo: por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras

valentías, ni vuestros recatos.

CRISTINA.

Mil veces temí que con tus estremos habias de estorbar su partida y

nuestros contentos.

LEONARDA.

¿Si vendrán esta noche los que esperamos?

CRISTINA.

¿Pues no? ya los tengo avisados; y ellos están tan en ello, que esta

tarde enviaron con la lavandera nuestra secretaria, como que eran

paños, una canasta de colar, llena de mil regalos, y de cosas de

comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el jueves

santo á sus pobres, sino que la canasta es de pascua; porque hay en

ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones, que aun no

están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora;

y sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de una

oreja[52], que huele que trasciende.

LEONARDA.

Es muy cumplido y lo fue siempre mi Reponce, sacristan de las telas

de mis entrañas.

CRISTINA.

¿Pues qué le falta á mi maese Nicolás? Barbero de mis hígados, y

navaja de mis pesadumbres, que asi me las rapa y quita cuando le veo,

como si nunca las hubiera tenido.

LEONARDA.

¿Pusiste la canasta en cobro?

CRISTINA.

En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.

_Llama á la puerta el estudiante carraolano, y en llamando, sin

esperar que le correspondan, entra._

LEONARDA.

Cristina, mira quién llama.

ESTUDIANTE.

Señoras; yo soy, un pobre estudiante.

CRISTINA.

Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra

vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento. ¡Cosa estraña

es esta, que no hay pobre que espere á que le saquen la limosna á la

puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincon, sin

mirar si despiertan á quien duerme, ó si no!

ESTUDIANTE.

Otra mas blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuestra

merced: cuanto mas que yo no queria, ni buscaba otra limosna, sino

alguna caballeriza, ó pajar donde defenderme esta noche de las

inclemencias del cielo, que segun se me trasluce, parece que con

grandísimo rigor á la tierra amenazan.

LEONARDA.

¿Y de dónde bueno sois amigo?

ESTUDIANTE.

Salamantino soy, señora mia: quiero decir, que soy de Salamanca. Iba

á Roma con un tio mio, el cual murió en el camino, en el corazon de

Francia: vine solo: determiné volverme á mi tierra: robáronme los

lacayos ó compañeros de Roque Guinarde, en Cataluña, porque él estaba

ausente: que á estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio;

porque es muy cortés y comedido, y además limosnero: háme tomado á

estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y busco mi

remedio.

LEONARDA.

En verdad, Cristina, que me ha movido á lástima el estudiante.

CRISTINA.

Ya me tiene á mí rasgadas las entrañas: tengámosle en casa esta

noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real:

quiero decir, que en las reliquias de la canasta habrá en quien adobe

su hambre; y mas que me ayudará á pelar la volatería que viene en la

cesta.

LEONARDA.

¿Pues cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de

nuestras liviandades?

CRISTINA.

Asi tiene el talle de hablar por la boca, como por el colodrillo.

Venga acá, amigo. ¿Sabe pelar?

ESTUDIANTE.

¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, sino es que quiere

vuestra merced motejarme de pelon: que no hay para qué, pues yo me

confieso por el mayor pelon del mundo.

CRISTINA.

No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabia pelar dos

ó tres pares de capones.

ESTUDIANTE.

Lo que sabré responder es, que yo, señoras, por la gracia de Dios,

soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...

LEONARDA.

De esa manera, quién duda, sino que sabrá pelar, no solo capones,

sino gansos y abutardas. Y en esto del guardar secreto, ¿cómo le va?

¿y á dicha es tentado de decir todo lo que ve, imagina, ó siente?

ESTUDIANTE.

Asi pueden matar delante de mí mas hombres que carneros en el rastro,

que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.

CRISTINA.

Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos

cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá

misterios, y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies

que quisiere para su cama.

ESTUDIANTE.

Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso, ni regalado.

_Entran el sacristan Reponce, y el Barbero._

SACRISTAN.

¡Ó, que en hora buena estén los Antomedones y guias de los carros

de nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos

recíprocas voluntades, que sirven de basas y colunas á la amorosa

fábrica de nuestros deseos!

LEONARDA.

Esto sólo me enfada de él, Reponce mio: habla por tu vida á lo

moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te

alcance.

BARBERO.

Eso tengo yo bueno, que hablo mas llano que una suela de zapato, pan

por vino, y vino por pan, ó como suele decirse.

SACRISTAN.

Sí: que diferencia ha de haber de un sacristan gramático á un barbero

romancista.

CRISTINA.

Para lo que yo he menester á mi barbero, tanto latin sabe y aun mas

que supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia, ni de

modos de hablar: que cada uno habla, si no como debe, á lo menos como

sabe; y entrémonos, y manos á la labor, que hay mucho que hacer.

ESTUDIANTE.

Y mucho que pelar.

SACRISTAN.

¿Quién es este buen hombre?

LEONARDA.

Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta noche.

SACRISTAN.

Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios.

ESTUDIANTE.

Señor sacristan Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna;

pero yo soy mudo, y pelon además, como lo ha menester esta señora

doncella, que me tiene convidado; y voto á... de no irme esta noche

de esta casa, si todo el mundo me lo manda. Confiese vuestra merced,

mucho de en hora mala de un hombre de mis prendas, que se contenta de

dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, péleselos el turco,

y cómanselos ellos, nunca del cuero les salgan.

BARBERO.

Éste mas parece rufian que pobre: talle tiene de alzarse con toda la

casa.

CRISTINA.

No medre yo, sino me contenta el brio. Entrémonos todos, y demos

órden en lo que se ha de hacer: que el pobre pelará, y callará como

en misa.

ESTUDIANTE.

Y aun como en vísperas.

SACRISTAN.

Puesto me ha miedo el pobre estudiante: yo apostaré que sabe mas

latin que yo.

LEONARDA.

De ahí le deben de nacer los brios que tiene; pero no te pese, amigo,

de hacer caridad, que vale para todas las cosas.

(_Éntranse todos._)

_Sale Leoniso, compadre de Pancracio, y Pancracio._

COMPADRE.

Luego lo ví yo que nos habia de faltar la rueda: no hay cochero que

no sea temático: si él rodeára un poco, y salvára aquel barranco, ya

estuviéramos dos leguas de aquí.

PANCRACIO.

Los entremeses · 第 6 / 8 段