verdad. Diréis que de puro verdad es necedad: ¡buen achaquito, hermanos
vivos! La verdad, ansí, decís que amarga; poca verdad decís que es
mentira, muchas verdades, que es necedad. ¿De qué manera ha de ser la
verdad para que os agrade? Y sois tan necios, que no habéis echado de
ver que no es tan profecía de _Pero Grullo_ como decís, pues hay quien
corra echando los codos adelante, que son los médicos, cuando vuelven
la mano atrás a recibir el dinero de la visita al despedirse, que toman
el dinero corriendo y corren como una mona al que se lo da porque le
maten.
El que tuviere tendrá,
Será el casado marido,
Y el perdido más perdido,
Quien menos guarda y más da.
Ya estás diciendo entre ti: “¿Qué perogrullada es ésta?” _El que
tuviere, tendrá_--replicó luego--. Pues así es. Que no tiene el que
gana mucho ni el que hereda mucho ni el que recibe mucho; sólo tiene el
que tiene y no gasta. Y quien tiene poco, tiene, y si tiene dos pocos,
tiene algo, y si tiene dos algos, más es, y si tiene dos mases, tiene
mucho, y si tiene dos muchos, es rico. Que el dinero (y llevaos esta
doctrina de _Pero Grullo_) es como las mujeres, amigo de andar y que le
manoseen y le obedezcan, enemigo de que le guarden, que se anda tras
los que no le merecen y, al cabo, deja a todos con dolor de sus almas,
amigo de andar de casa en casa. Y para ver cuán ruin es el dinero, que
no parece sino que ha sido cotorrera[488], habéis de ver a cuán ruin
gente le da el Señor, y en esto conoceréis lo que son los bienes deste
mundo, en los dueños dellos. Echad los ojos por esos mercaderes, si no
es que estén ya allá, pues roban los ojos. Mirad esos joyeros, que, a
persuasión de la locura, venden enredos resplandecientes y embustes de
colores, donde se anegan los dotes de los recién casados. ¡Pues qué,
si vais a la platería! No volveréis enteros. Allí cuesta la honra,
y hay quien hace creer a un malaventurado se ciña su patrimonio al
dedo[489], y, no sintiendo los artejos el peso, está ahullando en su
casa. No trato de los pasteleros y sastres, ni de los roperos, que son
sastres a Dios y a la ventura[490] y ladrones a diablos y desgracia.
Tras éstos se anda el dinero. Y ¿no tendrá asco cualquier bien aliñado
de costumbres y pulido de conciencia de comunicarle ningún deseo?
Dejemos esto y vamos a la segunda profecía, que dice: _Será_ _el casado
marido_. Vive el cielo de la cama (dijo muy colérico, porque hice no
sé qué gesto oyendo la grullada), que si no os oís con mesura y si os
rezumáis de carcajadas[491], que os pele las barbas. Oíd noramala, que
a oir habéis venido y a aprender. ¿Pensáis que todos los casados son
maridos? Pues mentís, que hay muchos casados solteros y muchos solteros
maridos. Y hay hombre que se casa para morir doncel y doncella que se
casa para morir virgen de su marido. Y habéisme engañado y sois maldito
hombre, y aquí han venido mil muertos diciendo que los habéis muerto a
puras bellaquerías. Y certifícoos que si no mirara..., que os arrancara
las narices y los ojos, bellaconazo, enemigo de todas las cosas. Reíos
también de esta profecía:
Las mujeres parirán
Si se empreñan y parieren,
Y los hijos que nacieren
De cuyos fueren serán.
¿Veis que parece bobada de Pero Grullo? Pues yo os prometo que si se
averiguara esto de los padres, había de haber una confusión de daca mi
mayorazgo y toma tu herencia. Hay en esto de las barrigas mucho que
decir, y, como los hijos es una cosa que se hace a escuras y sin luz,
no hay quien averigüe quién fué concebido a escote ni quién a medias,
y es menester creer el parto, y todos heredamos por el dicho del
nacer[492], sin más acá ni más allá. Esto se entiende de las mujeres,
que meten oficiales; que mi profecía no habla con la gente honrada, si
algún maldito como vos no lo tuerce. ¿Cuántos pensáis que el día del
juicio conocerán por padre a su paje, a su escudero, a su esclavo y
a su vecino? Y ¿cuántos padres se hallarán sin descendencia? Allá lo
veréis.
--Esta profecía y las demás--dije yo--, no las consideramos allá desta
manera, y te prometo que tienen más veras de las que parecen, y que,
oídas en tu boca, son de otra suerte. Y confieso que te hacen agravio.
--Pues oye--dijo--otra:
Volaráse con las plumas,
Andaráse con los pies,
Serán seis dos veces tres.
_Volaráse con las plumas._ Pensáis que lo digo por los pájaros, y os
engañáis, que eso fuera necedad. Dígalo por los escribanos y ginoveses,
que éstos nos vuelan con las plumas el dinero[493] de delante. Y porque
vean en el otro mundo que profeticé de los tiempos de ahora y que hay
_Pero Grullo_ para los que vivís, llévate este mendrugo de profecías,
que a fe que hay que hacer en entenderlo. Fuése y dejóme un papel en
que estaban escritos estos ringlones[494] por esta orden:
Nació viernes de Pasión
Para que zahorí[495] fuera,
Porque en su día muriera
El bueno y el mal ladrón.
Habrá mil revoluciones
Entre linajes honrados,
Restituirá los hurtados,
Castigará los ladrones.
Y si quisiere primero
Las pérdidas remediar,
Lo hará sólo con echar
La soga tras el caldero[496].
Y en estos tiempos que ensarto
Veréis (maravilla extraña)
Que se desempeña España
Solamente con un Cuarto[497].
Mis profecías mayores
Verán cumplida la ley
Cuando fuere Cuarto el rey
Y cuartos[498] los malhechores.
Leí con admiración las cinco profecías de _Pero Grullo_, y estaba
meditando en ellas, cuando por detrás me llamaron. Volvíme y era un
muerto muy lacio y afligido, muy blanco[499] y vestido de blanco, y
dijo:
--Duélete de mí, y, si eres buen cristiano, sácame de poder de los
cuentos de los habladores y de los ignorantes, que no me dejan
descansar, y méteme donde quisieres.
Hincóse de rodillas, y, despedazándose a bofetadas, lloraba como niño.
--¿Quién eres--dije--, que a tanta desventura estás condenado?
--Yo soy--dijo--un hombre muy viejo, a quien levantan mil testimonios
y achacan mil mentiras. Yo soy el _Otro_, y me conocerás, pues no
hay cosa que no la diga el _Otro_. Y luego, en no sabiendo cómo dar
razón de sí, dicen: “Como dijo el _Otro_”.[500] Yo no he dicho nada
ni despego la boca. En latín me llaman _Quidam_, y por esos libros
me hallarás abultando ringlones y llenando cláusulas. Y quiero, por
amor de Dios, que vayas al otro mundo y digas cómo has visto al _Otro_
en blanco y que no tiene nada escrito y que no dice nada ni lo ha de
decir ni lo ha dicho, y que desmiente desde aquí a cuantos le citan y
achacan lo que no saben, pues soy autor de los idiotas y el texto de
los ignorantes. Y has de advertir que en los chismes me llaman _Cierta
persona_; en los enredos, _No sé quién_; en las cátedras, _Cierto
autor_, y todo lo soy el desdichado _Otro_. Haz esto y sácame de tanta
desaventura y miseria.
--Aún aquí estáis, ¿y no queréis dejar hablar a nadie?--dijo un muerto
hablando, armado de punta en blanco, muy colérico; y asiéndome de un
brazo, dijo:
--Oíd acá, y pues habéis venido por estafeta de los muertos a los
vivos, cuando vais[501] allá decidles que me tienen muy enfadado todos
juntos.
--¿Quién eres?--le pregunté.
--Soy--dijo--_Calaínos_.
--¿_Calaínos_ eres?--dije--. No sé cómo no estás desainado, porque
eternamente dicen: “Cabalgaba _Calaínos_[502]”.
--¿Saben ellos mis cuentos? Mis cuentos fueron muy buenos y muy
verdaderos. Y no se metan en cuentos conmigo.
--Mucha razón tiene el señor _Calaínos_--dijo otro que se allegó--. Y
él y yo estamos muy agraviados. Yo soy _Cantimpalos_. Y no hacen sino
decir: “El ánsar de _Cantimpalos_[503], que salía al lobo al camino”.
Y es menester que les digáis que me han hecho de asno ánsar, y que
era asno el que yo tenía, y no ánsar, y los ánsares no tienen que ver
con los lobos, y que me restituyan a mi asno en el refrán y que me le
restituyan luego y tomen su ánsar: justicia con costas, y para ello,
etc.
Con su báculo venía una vieja o espantajo, diciendo:
--¿Quién está allá a las sepulturas?
Con una cara hecha de un orejón[504], los ojos en dos cuévanos de
vendimiar, la frente con tantas rayas y de tal color y hechura que
parecía planta de pie; la nariz, en conversación con la barbilla, que
casi juntándose hacían garra, y una cara de la impresión del grifo;
la boca, a la sombra de la nariz, de hechura de lamprea[505], sin
diente ni muela, con sus pliegues de bolsa a lo jimio, y apuntándole
ya el bozo de las calaveras en un mostacho erizado; la cabeza, con
temblor de sonajas y la habla danzante; unas tocas muy largas sobre el
monjil negro; esmaltada de mortaja la tumba, con un rosario muy grande
colgando, y ella corva, que parecía, con las muertecillas que colgaban
dél, que venía pescando calaverillas chicas. Yo, que vi semejante
abreviación del otro mundo, dije a grandes voces, pensando que sería
sorda:
--¡Ah, señora! ¡Ah, madre! ¡Ah, tía! ¿Quién sois? ¿Queréis algo?
Ella, entonces, levantando el _ab initio et ante saecula_[506] de la
cara, y parándose, dijo:
--No soy sorda, ni madre ni tía; nombre tengo y trabajos, y vuestras
sinrazones me tienen acabada.
¡Quién creyera que en el otro mundo hubiera presunción de mocedad, y en
una cecina[507] como ésta! Llegóse más cerca, y tenía los ojos haciendo
aguas, y en el pico de la nariz columpiándose una moquita, por donde
echaba un tufo de cimenterio. Díjela que perdonase y pregúntele su
nombre. Díjome:
--Yo soy _Dueña Quintañona_.[508]
--Qué, ¿dueñas hay entre los muertos?--dije maravillado--. Bien hacen
de pedir cada día a Dios misericordia más que _requiescant in pace_,
descansen en paz; porque si hay dueñas, meterán en ruido a todos.
Yo creí que las mujeres se morían cuando se volvían dueñas, y que
las dueñas no tenían de morir, y que el mundo está condenado a dueña
perdurable, que nunca se acaba; mas ahora que te veo acá, me desengaño
y me he holgado de verte. Porque por allá luego decimos: “Miren la
_Dueña Quintañona_, daca la _Dueña Quintañona_”.
--Dios os lo pague y el diablo os lleve--dijo--, que tanta memoria
tenéis de mí y sin habello yo de menester. Decid: ¿no hay allá dueñas
de mayor número que yo? Yo soy _Quintañona_; ¿no hay deciochenas y
setentonas? Pues ¿por qué no dais tras dellas y me dejáis a mí, que ha
más de ochocientos años que vine a fundar dueñas al infierno, y hasta
ahora no se han atrevido los diablos a recibirlas, diciendo que andamos
ahorrando penas a los condenados y guardando cabos de tizones como
de velas, y que no habrá cosa cierta en el infierno? Y estoy rogando
con mi persona al purgatorio y todas las almas dicen en viéndome:
“¿Dueña?, no por mi casa”. Con el cielo no quiero nada, que las dueñas,
en no habiendo a quién atormentar y un poco de chisme[509], perecemos.
Los muertos también se quejan de que no los dejo ser muertos como lo
habían de ser, y todos me han dejado en mi albedrío si quiero ser
dueña en el mundo; mas quiero estarme aquí, por servir de fantasma en
mi estado toda la vida y sentada a la orilla de una tarima guardando
doncellas, que son más de trabajo que de guardar. Pues, en viniendo
una visita, ¿aquel _llamen a la dueña?_[510] Y a la pobre dueña todo
el día le están dando su recaudo todos. En faltando un cabo de vela,
_llamen a Álvarez, la dueña le tiene_. Si falta un retacillo de algo,
_la dueña estaba allí_. Que nos tienen por cigüeñas, tortugas y erizos
de las casas, que nos comemos las sabandijas. Si algún chisme hay,
_¡alto!, a la dueña_. Y somos la gente más bien aposentada en el mundo,
porque en el invierno nos ponen en los sótanos y los veranos en los
zaquizamíes[511]. Y lo mejor es que nadie nos puede ver: las criadas,
porque dicen que las guardamos; los señores, porque los gastamos; los
criados, porque nos guardamos; los de fuera, por el _coram vobis_[512]
de responso, y tienen razón, porque ver una de nosotras encaramada
sobre unos chapines, muy alta y muy derecha, parecemos túmulo vivo.
Pues ¡cuando en una visita de señoras hay conjunción de dueñas! Allí se
engendran las angustias y sollozos, de allí proceden las calamidades y
plagas, los enredos y embustes, marañas y parlerías, porque las dueñas
influyen[513] acelgas y lantejas y pronostican candiles y veladores y
tijeras de despabilar. Pues ¡qué cosa es levantarse ocho viejas como
ocho cabos de años[514] o ocho sin cabo, ensabanadas, y despedirse
con unas bocas de tejadillo[515], con unas hablas sin hueso, dando
tabletadas con las encías y poniéndose cada una a las espaldas de su
ama a entristecerlas, las asentaderas bajas, trompicando y dando de
ojos, adonde en una silla, entre andas y ataúd, la llevan los pícaros
arrastrando! Antes quiero estarme entre muertos y vivos pereciendo que
volver a ser dueña. Pues hubo caminante que, preguntando dónde había de
parar una noche de invierno, yendo a Valladolid, y diciéndole que en
un lugar que se llama Dueñas, dijo que si había adónde parar antes o
después. Dijéronle que no, y él a esto, dijo:
--Más quiero parar en la horca que en Dueñas[516].
Y se quedó fuera, en la picota. Sólo os pido, así os libre Dios de
dueñas (y no es pequeña bendición, que para decir que destruirán a uno
dicen que le pondrán cual digan dueñas[517], ¡mirad lo que es decir
dueñas!); ruégote[518] encarecidamente que hagas que metan otra dueña
en el refrán y me dejen descansar a mí, que estoy muy vieja para andar
en refranes y querría andar en zancos, porque no deja de cansar a una
persona andar de boca en boca.
Muy angosto, muy a teja vana, las carnes de venado, en un cendal, con
unas mangas por gregüescos y una esclavina por capa y un soportal por
sombrero, amarrado a una espada, se llegó a mí un rebozado y llamóme en
la seña de los sombrereros.
--Ce, ce--me dijo.
Yo le respondí luego. Llegúeme a él y entendí que era algún muerto
envergonzante[519]. Pregúntele quién era.
--Yo soy el malcosido y peor sustentado _don Diego de Noche_[520].
--Más precio haberte visto--dije yo--que a cuanto tengo. ¡Oh, estómago
aventurero! ¡Oh, gaznate de rapiña! ¡Oh, panza al trote! ¡Oh, susto
de los banquetes! ¡Oh, mosca de los platos! ¡Oh, sacabocados de los
señores! ¡Oh, tarasca de los convites y cáncer de las ollas! ¡Oh,
sabañón de las cenas! ¡Oh, sarna de los almuerzos! ¡Oh, sarpullido del
mediodía! No hay otra cosa en el mundo sino cofrades, discípulos y
hijos tuyos.
--Sea por amor de Dios--dijo _don Diego de Noche_--, que esto me
faltaba por oir; mas, en pago de mi paciencia, os ruego que os
lastiméis de mí, pues en vida siempre andaba cerniendo las carnes
el invierno por las picaduras del verano, sin poder hartar estas
asentaderas de gregüescos; el jubón en pelo sobre las carnes, el más
tiempo en ayunas de camisa, siempre dándome por entendido de las
mesas ajenas; esforzando, con pistos de cerote y ramplones[521],
desmayos de calzado; animando a las medias a puras sustancias de hilo
y aguja. Y llegué a estado en que, viéndome calzado de geomancía[522],
porque todas las calzas eran puntos, cansado de andar restañando el
ventanaje[523], me entinté la pierna y dejé correr. No se vió jamás
socorrido de pañizuelos mi catarro, que, afilando el brazo por las
narices, me pavonaba de romadizo. Y si acaso alcanzaba algún pañizuelo,
porque no le viesen al sonarme, me rebozaba, y, haciendo el coco[524]
con la capa, tapando el rostro, me sonaba a escuras. En el vestir he
parecido árbol, que en el verano me he abrigado y vestido y en el
invierno he andado desnudo.
No me han prestado cosa que haya vuelto: hasta espadas, que dicen que
no hay ninguna sin vuelta[525], si todos me las prestasen, todas serían
sin vuelta. Y con no haber dicho verdad en toda mi vida y aborrecídola,
decían todos que mi persona era buena para verdad desnuda y amarga. En
abriendo yo la boca, lo mejor que se podía esperar era un bostezo o
un parasismo, porque todos esperaban el: _déme vuesa merced, présteme
hágame merced_, y así estaban armados de respuestas. Y en despegando
los labios, de tropel se oía: _No hay qué dar, Dios le provea, cierto
que no tengo, yo me holgara, no hay un cuarto._
Y fuí tan desdichado, que a tres cosas siempre llegué tarde. A pedir
prestado llegué siempre dos horas después, y siempre me pagaban con
decir:
--Si llegara vuesamerced dos horas antes, se le prestara ese dinero.
A ver los lugares llegué dos años después, y en alabando cualquier
lugar, me decían:
--Ahora no vale nada; ¡si vuesamerced lo viera dos años ha!
A conocer y alabar las mujeres hermosas llegué siempre tres años
después, y me decían:
--Tres años atrás me había vuesamerced de ver, que vertía sangre por
las mejillas.
Según esto, fuera harto mejor que me llamaran _don Diego Después_, que
no _don Diego de Noche_. Decir que después de muerto descanso, aquí
estoy y no me harto de muerte: los gusanos se mueren de hambre conmigo
y yo me como a los gusanos de hambre, y los muertos andan siempre
huyendo de mí, porque no les pegue el _don_ o les hurte los huesos o
les pida prestado. Y los diablos se recatan de mí, porque no me meta de
gorra a calentarme y ando por estos rincones introducido en telaraña.
Hartos don Diegos hay allá, de quien pueden echar mano.
Déjenme con mi trabajo, que no viene muerto que luego no pregunte por
_don Diego de Noche_. Y diles a todos los _dones_[526] a teja vana,
caballeros chirles, hacia-hidalgos y casi-dones, que hagan bien por mí.
Que estoy penando en una bigotera de fuego, porque, siendo gentilhombre
mendicante, caminaba con horma y bigotera[527] a un lado y molde para
el cuello y la bula en el otro. Y esto y sacar mi sombra[528] llamaba
yo mudar mi casa.
Desapareció aquel caballero visión, y dió gana de comer a los muertos,
cuando llegó a mí, con la mayor prisa que se ha visto, un hombre alto
y flaco, menudo de facciones, de hechura de cerbatana, y, sin dejarme
descansar, me dijo:
--Hermano, dejadlo todo presto, luego, que os aguardan los muertos, que
no pueden venir acá, y habéis de ir al instante a oírlos y hacer lo que
os mandaren sin replicar y sin dilación luego.
Enfadóme la prisa del diablo del muerto, que no vi hombre más
súpito[529], y dije:
--Señor mío, esto no es cochite hervite[530].
--Sí es--dijo muy demudado--. Dígoos que yo soy _Cochitehervite_, y el
que viene a mi lado (aunque yo no le había visto) es _Trochimochi_, que
somos más parecidos que el freír y el llover.
Yo, que me vi entre _Cochitehervite_ y _Trochimochi_, fuí como un rayo
donde me llamaban.
Estaban sentadas unas muertas a un lado, y dijo _Cochitehervite_:
--Aquí está _doña Fáfula_[531], _Mari-Zápalos_ y _Mari-Rabadilla_.
Dijo _Trochimochi_:
--Despachen, señoras, que está detenida mucha gente.
_Doña Fáfula_ dijo:
--Yo soy una mujer muy principal.
--Nosotras somos--dijeron las otras--las desdichadas que vosotros los
vivos traéis en las conversaciones disfamadas.
--Por mí no se me da nada--dijo _doña Fáfula_--; pero quiero que sepan
que soy mujer de un mal poeta de comedias, que escribió infinitas y que
me dijo un día el papel:
--Señora[532], tanto mejor me hallara en andrajos en los muladares, que
en coplas en las comedias cuanto no lo sabré encarecer.
Fuí mujer de mucho valor y tuve con mi marido el poeta mil pesadumbres
sobre las comedias, autos y entremeses. Decíale yo que por qué cuando
en las comedias un vasallo, arrodillado, dice al rey: _Dame esos
pies_, responde siempre: _Los brazos será mejor._ Que la razón era en
diciendo. _Dame esos pies_, responder: _¿Con qué andaré yo después?_
Sobre la hambre de los lacayos y el miedo, tuve grandes peloteras[533]
con él. Y tuve buenos respetos: que le hice mirar al fin de las
comedias por la honra de las infantas, porque las llevaba de voleo[534]
y era compasión. No me pagarán esto sus padres dellas en su vida.
Fuíle a la mano en los dotes de los casamientos para acabar la maraña
en la tercera jornada, porque no hubiera rentas en el mundo. Y en una
comedia, porque no se casasen todos, le pedí que el lacayo, queriéndole
casar su señor con la criada, no quisiese casarse ni hubiese remedio,
siquiera porque saliera un lacayo soltero. Donde mayores voces tuvimos,
que casi me quise descasar, fué sobre los autos del Corpus. Decíale yo:
--Hombre del diablo, ¿es posible que siempre en los autos del Corpus
ha de entrar el diablo? con grande brío, hablando a voces, gritos
y patadas, y con un brío que parece que todo el teatro es suyo y
poco para hacer su papel, como quien dice: “¡Huela[535] la casa al
diablo[536]!” Por vida vuestra que hagáis un auto donde el diablo no
diga esta boca es mía, y, pues tiene por qué callar, no hable y que
hable quien puede[537] y tiene razón, y enójese en un auto. Que, aunque
es la misma paciencia, tal vez se indignó y tomó el azote y trastornó
mesas y tiendas y cátedras y hizo ruido.
Hícele que, pues podía decir Padre eterno, no dijese Padre eternal; ni
Satán, sino Satanás: que aquellas palabras eran buenas cuando el diablo
entra diciendo bú, bú, bú[538] y se sale como cohete. Desagravié los
entremeses, que a todos les daban de palos[539], y con todos sus palos
hacían los entremeses. Cuando se dolían dellos:
--Duélanse--decía yo--de las comedias, que acaban en casamientos y son
peores, porque son palos y mujer.
Las comedias, que oyeron esto, por vengarse, pegaron los casamientos
a los entremeses, y ellos, por escaparse y ser solteros, algunos se
acaban en barbería, guitarricas y cántico.
--¿Tan malas son las mujeres--dijo _Mari-Zápalos_[540]--, señora _doña
Fáfula_[541]?
_Doña Fáfula_, enfadada y con mucho toldo, dijo:
--¡Miren con qué nos viene ahora _Mari-Zápalos_!
Si vengo, no vengo, se quisieron arañar, y así se asieron, porque
_Mari-Rabadilla_[542], que estaba allí, no pudo llegar a meterlas en
paz, que sus hijos por comer cada uno en su escudilla, se estaban dando
de puñadas.
--Mirad--decía _doña Fáfula_--que digáis en el mundo quién soy.
Decía _Mari-Zápalos_:
--Mirá que digáis cómo la he puesto.
_Mari-Rabadilla_ dijo:
--Decidles a los vivos que si mis hijos comen cada uno en su escudilla,
qué mal les hacen a ellos. ¡Cuánto peores son ellos, que comen en la
escudilla de los otros, como _don Diego de Noche_ y otros cofrades de
su talle!
Apartéme de allí, que me hendía la cabeza, y vi venir un ruido de
piullidos[543] y chillidos grandísimos y una mujer corriendo como una
loca, diciendo:
--Pío, pío.
Yo entendí que era la reina Dido, que andaba tras el pío Eneas[544] por
el perro muerto a la zacapela, cuando oigo decir:
--Allá va _Marta_ con sus pollos[545].
--Válate el diablo, ¿y acá estás? ¿Para quién crías esos pollos?--dije
yo.
--Yo me lo sé--dijo ella--: criólos para comérmelos, pues siempre
decís: “Muera _Marta_ y muera harta[546]”. Y decildes a los del mundo
que quién canta bien después de hambriento y que no digan necedades,
que es cosa sabida que no hay tono como el del ahíto[547]. Decildes que
me dejen con mis pollos a mí y que repartan esos refranes entre otras
_Martas_, que cantan después de hartas[548]. Que harto embarazada estoy
yo acá con mis pollos, sin que ande inquieta en vuestro refrán[549].
¡Oh, qué voces y gritos se oían por toda aquella sima! Unos corrían a
una parte y otros a otra, y todo se turbó en un instante. Yo no sabía
dónde me esconder. Oíanse grandísimas voces que decían:
--Yo no te quiero, nadie te quiere.
Y todos decían esto. Cuando yo oí aquellos gritos, dije:
--Sin duda, es éste algún pobre, pues no le quiere nadie: las señas de
pobre son, por lo menos.
Todos me decían:
--Hacia ti, mira que va a ti.
Y yo no sabía qué me hacer, y andaba como un loco mirando dónde huir,
cuando me asió una cosa, que apenas divisaba lo que era, como sombra.
Atemoricéme, púsoseme en pie el cabello, sacudióme el temor los huesos.
--¿Quién eres, o qué eres o qué quieres--le dije--, que no te veo y te
siento?