He querido que la muerte acabe mis discursos como las demás cosas.

Quiera Dios que tenga buena suerte. Este es el quinto sueño[339]; no me

queda ya que soñar. Y si en la _Visita de los Chistes_ no despierto, no

hay que aguardarme[340]. Si te pareciere que ya es mucho sueño, perdona

algo la modorra que padezco; y si no, guárdame el sueño[341], que yo

seré sietedurmiente[342] de las tales figuras. _Vale._[343]

NOTAS:

[339] “tratado al _Sueño del juicio_, al _Alguacil endemoniado_, al

_Infierno_ y al _Mundo por de dentro_”. (Ms. de la Biblioteca Nacional

y la edición de Pamplona, 1631).

[340] “Y si en la _Visita de la muerte_”. (Ídem).

[341] _Guardarle el sueño_, cuidarle mientras duerme. ZAMORA, _Monarq.

mist._, 2, 5: “Que aquel haber de guardar el sueño a otro a costa del

suyo”.

[342] _Sietedurmiente_, muy dormilón, aludiendo a los sietedurmientes,

que diz no despertaron en muchos años. Fueron siete hermanos que

sufrieron martirio en Éfeso en tiempo de Decio. Habiéndose ocultado

en una caverna, fueron emparedados en ella de orden del Emperador.

Halláronse ciento cincuenta y siete o ciento ochenta y cuatro años

después dormidos en el mismo lugar y vivieron un día. (BALT. ALCÁZ.,

_Biblióf. Andal._, p. 163). Nótese que _siete_ indica muchedumbre,

así _sietepicos_ es la muy parlera, _sieteencarado_ el muy disimulado

(_Autos del siglo_ XVI, 3, 285); _sietedoblar_, doblar muchas veces.

J. PIN., _Agr._, 5, 40: “Un portal que por sietedoblar los ecos;

_sietecueros_, tumor en el dedo; _sietecolores_, cierto pajarito

americano; _siete-cabezas_, el que la tiene grande”.

[343] “postrimerías. _Vale_”. (Edic. de Pamplona).

DISCURSO

Están siempre cautelosos y prevenidos los ruines pensamientos, la

desesperación cobarde y la tristeza, esperando coger a solas a un

desdichado para mostrarse alentados con él. Propia condición de

cobardes, en que juntamente hacen ostentación de su malicia y de su

vileza. Por bien que lo tengo considerado en otros, me sucedió en mi

prisión. Pues habiendo, o por acariciar mi sentimiento o por hacer

lisonja a mi melancolía, leído aquellos versos que Lucrecio escribió

con tan animosas palabras[344], me vencí de la imaginación, y debajo

del peso de tan ponderadas palabras y razones me dejé caer tan postrado

con el dolor del desengaño que leí, que ni sé si me desmayé advertido o

escandalizado. Para que la confesión de mi flaqueza se pueda disculpar,

escribo por introducción a mi discurso la voz del poeta divino, que

suena ansí, rigurosa con amenazas tan elegantes:

_Denique si vocem rerum natura repente

Mittat et hoc alicui nostrum sic increpet ipsa:

Quid tibi tantopere est, mortalis, quod nimis aegris

Luctibus indulges? Quid mortem congemis ac fles?

Nam si grata fuit tibi vita anteacta, priorque,

Et non omnia pertusum congesta quasi in vas

Commoda perfluxere atque ingrata interiere:

Cur non, ut plenus vitae, conviva, recedis?

Aequo animoque capis securam, stulte, quietem?_

Entróseme luego por la memoria de rondón Job dando voces y diciendo:

Al fin, hombre nacido[345]

De mujer flaca, de miserias lleno,

A breve vida como flor traído,

De todo bien y de descanso ajeno,

Que, como sombra vana,

Huye a la tarde y nace a la mañana.

Con este conocimiento propio acompañaba luego el de la vida, que

hicimos, diciendo:

Guerra es la vida del hombre[346]

Mientras vive en este suelo,

Y sus horas y sus días,

Como las del jornalero.

Yo, que arrebatado de la consideración, me vi a los pies de los

desengaños, rendido, con lastimoso sentimiento y con celo enojado,

repetí a éstos en la fantasía:

¡Qué perezosos pies, qué entretenidos[347]

Pasos lleva la muerte por mis daños!

El camino me alargan los engaños

Y en mí se escandalizan los perdidos.

Mis ojos no se dan por entendidos,

Y, por descaminar mis desengaños,

Me disimulan la verdad los años

Y les guardan el sueño a los sentidos.

Del vientre a la prisión vine en naciendo,

De la prisión iré al sepulcro amando,

Y siempre en el sepulcro estaré ardiendo:

Cuantos plazos la muerte me va dando,

Prolijidades son, que va creciendo,

Porque no acabe de morir penando.

Entre estas demandas y respuestas, fatigado y combatido (sospecho

que fué cortesía del sueño piadoso, más que de natural), me quedé

dormido. Luego que desembarazada el alma se vió ociosa sin la tarea

de los sentidos[348] exteriores, me embistió desta manera la comedia

siguiente, y así la recitaron mis potencias a escuras, siendo yo para

mis fantasías auditorio y teatro.

Fueron entrando unos médicos a caballo en unas mulas, que con

gualdrapas negras parecían tumbas con orejas. El paso era divertido,

torpe y desigual, de manera que los dueños iban encima en mareta[349]

y algunos vaivenes de serradores; la vista asquerosa de puro pasear

los ojos por orinales y servicios; las bocas emboscadas en barbas, que

apenas se las hallara un brazo; sayos con resabios de vaqueros[350];

guantes en infusión, doblados como los que curan[351]; sortijón[352] en

el pulgar con piedra tan grande, que cuando toma el pulso pronostica

al enfermo la losa. Eran éstos en gran número, y todos rodeados de

platicantes[353], que cursan en lacayos, y, tratando más con las mulas

que con los doctores, se gradúan de médicos. Yo, viéndolos, dije:

--Si déstos se hacen estos otros, no es mucho que estos otros nos

deshagan a nosotros.

Alrededor venía gran chusma y caterva de boticarios con espátulas

desenvainadas y jeringas en ristre, armados de cala[354] en parche,

como de punta en blanco. Los medicamentos que éstos venden, aunque

estén caducando en las redomas de puro añejos, y los socrocios[355]

tengan telarañas, los dan, y así son medicinas redomadas[356] las

suyas. El clamor del que muere empieza en el almirez del boticario,

va al pasacalles[357] del barbero, paséase por el tableteado[358] de

los guantes del dotor, y acábase en las campanas de la iglesia. No hay

gente más fiera que estos boticarios. Son armeros de los dotores: ellos

les dan armas. No hay cosa suya que no tenga achaques de guerra y que

no aluda a armas ofensivas. Jarabes que antes les sobran letras para

jara[359], que les falten. Botes[360] se dicen los de pica; espátulas

son espadas en su lengua; píldoras son balas; clísteres y melecinas,

cañones; y así se llaman cañón de melecina. Y bien mirado, si así se

toca la tecla de las purgas, sus tiendas son purgatorios, y ellos los

infiernos, los enfermos los condenados[361], y los médicos los diablos.

Y es cierto que son diablos los médicos, pues unos y otros andan tras

los malos y huyen de los buenos, y todo su fin es que los buenos sean

malos y que los malos no sean buenos jamás.

Venían todos vestidos de recetas y coronados de erres[362]

asaeteadas, con que empiezan las recetas. Y consideré que los dotores

hablan a los boticarios diciendo: _Recipe_, que quiere decir _recibe_.

De la misma suerte habla la mala madre a la hija, y la codicia al

mal ministro. ¡Pues decir que en la receta hay otra cosa que erres

asaeteadas por delincuentes, y luego _Ana_, _Ana_,[363] que juntas

hacen un Annás para condenar a un justo! Síguense uncias y más

onzas:[364] ¡qué alivio para desollar un cordero enfermo! Y luego

ensartan nombres de simples, que parecen invocaciones de demonios:

_Buphthálmus_,[365] _opopánax_, _leontopétalon_, _tragoríganum_,

_potamogéton senos pugillos_, _diacathalicon_, _petroselinum_,

_scilla_ y _rapa_. Y sabido qué quiere decir tan espantosa baraúnda

de voces tan rellenas de letrones, son zanahoria, rábanos y perejil

y otras suciedades. Y como han oído decir que quien no te conoce

te compre,[366] disfrazan las legumbres porque no sean conocidas y

las compren los enfermos. _Elingatis_[367] dicen lo que es lamer,

_catapotia_ las píldoras, _clyster_ la melecina, _glans_ o _balanus_ la

cala, y _errhinae_ el moquear. Y son tales los nombres de sus recetas

y tales sus medicinas, que las más veces, de asco de sus porquerías y

hediondeces con que persiguen a los enfermos, se huyen las enfermedades.

¿Qué dolor habrá de tan mal gusto, que no se huya de los tuétanos

por no aguardar el emplasto de Guillén Serven[368] y verse convertir

en baúl una pierna o muslo donde él está? Cuando vi a éstos y a los

dotores, entendí cuan mal se dice para notar diferencia aquel asqueroso

refrán: “Mucho va del c... al pulso”;[369] que antes no va nada, y

sólo van los médicos, pues inmediatamente desde él van al servicio y

al orinal a preguntar a los meados lo que no saben, porque Galeno los

remitió a la cámara y a la orina. Y como si el orinal les hablase al

oído, se le llegan a la oreja, avahándose[370] los barbones con su

niebla. ¿Pues verles hacer que se entienden con la cámara por señas,

y tomar su parecer al bacín, y su dicho a la hedentina[371]? No les

esperara un diablo. ¡Oh malditos pesquisidores contra la vida, pues

ahorcan con el garrotillo, degüellan con sangrías, azotan con ventosas,

destierran las almas, pues las sacan de la tierra de sus cuerpos sin

alma y sin conciencia!

Luego se seguían los cirujanos cargados de pinzas, tientas[372],

cauterios, tijeras, navajas, sierras, limas, tenazas y lancetones.

Entre ellos se oía una voz muy dolorosa a mis oídos, que decía:

--Corta, arranca, abre, asierra, despedaza, pica, punza, ajigota[373],

rebana, descarna y abrasa.

Dióme gran temor, y más verlos el paloteado que hacían con los

cauterios y tientas. Unos huesos se me querían entrar de miedo dentro

de otros. Híceme un ovillo.

En tanto vinieron unos demonios con unas cadenas de muelas y dientes,

haciendo bragueros, y en esto conocí que eran sacamuelas, el oficio

más maldito del mundo, pues no sirven sino de despoblar bocas y

adelantar la vejez. Éstos, con las muelas ajenas y no ver diente, que

no quieran ver antes en su collar que en las quijadas, desconfían[374]

a las gentes de Santa Polonia, levantan testimonios a las encías y

desempiedran las bocas. No he tenido peor rato que tuve en ver sus

gatillos[375] andar tras los dientes ajenos, como si fueran ratones, y

pedir dineros por sacar una muela, como si la pusieran.

--¿Quién vendrá acompañado desta maldita canalla?--decía yo.

Y me parecía que aun el diablo era poca cosa para tan maldita gente,

cuando veo venir gran ruido de guitarras. Alegréme un poco. Tocaban

todos pasacalles y vacas. Que me maten si no son barberos. Ellos[376],

que entran. No fué mucha habilidad el acertar. Que esta gente tiene

pasacalles infusos y guitarra gratis data[377]. Era de ver puntear[378]

a unos y rasgar a otros. Yo decía entre mí:

--¡Dolor de la barba, que, ensayada en saltarenes[379], se ha de ver

raspar y del brazo, que ha de recibir una sangría, pasada por chaconas

y folías!

Consideré que todos demás ministros del martirio, inducidores de la

muerte, estaban en mala moneda y eran oficiales de vellón y hierro

viejo, y que solos los barberos se habían trocado en plata[380]. Y

entretúveme en verlos manosear una cara, sobajar otra[381] y lo que se

huelgan con un testuz en el lavatorio.

Luego comenzó a entrar una gran cantidad de gente. Los primeros eran

habladores. Parecían azudas[382] en conversación, cuya música era peor

que la de órganos destemplados. Unos hablaban de hilván[383], otros

a borbotones, otros a chorretadas, otros habladorísimos hablaban a

cántaros. Gente que parece que lleva pujo de decir necedades, como si

hubiera tomado alguna purga confeccionada de hojas de Calepino[384] de

ocho lenguas. Éstos me dijeron que eran habladores de diluvios, sin

escampar[385] de día ni de noche. Gente que habla entre sueños, y que

madruga a hablar. Había habladores secos[386] y habladores que llaman

del río o del rocío y de la espuma; gente que graniza de perdigones.

Otros que llaman tarabilla[387]; gente que se va de palabras como de

cámaras, que hablan a toda furia. Había otros habladores nadadores, que

hablan nadando con los brazos hacia todas partes y tirando manotadas

y coces. Otros jimios, haciendo gestos y visajes. Venían los unos

consumiendo a los otros.

Síguense los chismosos, muy solícitos de orejas, muy atentos de

ojos, muy encarnizados de malicia. Y andaban hechos uñas de las vidas

ajenas, espulgándolos[388] a todos. Venían tras ellos los mentirosos,

contentos, muy gordos, risueños y bien vestidos y medrados, que, no

teniendo otro oficio, son milagro del mundo, con un gran auditorio de

mentecatos y ruines.

Detrás venían los entremetidos, muy soberbios y satisfechos y

presumidos, que son las tres lepras de la honra del mundo. Venían

injiriéndose en los otros y penetrándose en todo, tejidos y enmarañados

en cualquier negocio. Son lapas de la ambición[389] y pulpos de la

prosperidad. Estos venían los postreros, según pareció, porque no entró

en gran rato nadie. Pregunté que cómo venían tan apartados, y dijéronme

unos habladores, sin preguntarlo yo a ellos:

--Estos entremetidos son la quinta esencia de los enfadosos, y por eso

no hay otra cosa peor que ellos.

En esto estaba yo considerando la diferencia tan grande del

acompañamiento y no sabía imaginar quién pudiese venir.

En esto entró una que parecía mujer, muy galana y llena de coronas,

cetros, hoces, abarcas, chapines, tiaras, caperuzas, mitras, monteras,

brocados, pellejos, seda, oro, garrotes, diamantes, serones, perlas y

guijarros. Un ojo abierto y otro cerrado y vestida y desnuda de todas

colores. Por el un lado era moza y por el otro era vieja. Unas veces

venía despacio y otras apriesa. Parecía que estaba lejos y estaba

cerca. Y cuando pensé que empezaba a entrar, estaba ya a mi cabecera.

Yo me quedé como hombre que le preguntan qué es cosa y cosa[390],

viendo tan extraño ajuar y tan desbaratada compostura. No me

espantó; suspendióme, y no sin risa, porque, bien mirado, era figura

donosa[391]. Pregúntele quién era, y díjome[392]:

--La muerte.

¿La muerte? Quedé pasmado. Y apenas abrigué al corazón algún aliento

para respirar, y, muy torpe de lengua, dando trasijos[393] con las

razones, la dije:

--Pues ¿a qué vienes?

--Por ti--dijo.

--¡Jesús mil veces! Muérome según eso.

--No te mueres--dijo ella--; vivo has de venir conmigo a hacer una

visita a los difuntos. Que pues han venido tantos muertos a los vivos,

razón será que vaya un vivo a los muertos y que los muertos sean oídos.

¿Has oído decir que yo ejecuto sin embargo? Alto, ven conmigo.

Perdido de miedo, le dije:

--¿No me dejarás vestir?

--No es menester--respondió--. Que conmigo nadie va vestido, ni soy

embarazosa. Yo traigo los trastos de todos, porque vayan más ligeros.

Fuí con ella donde me guiaba. Que no sabré decir por dónde, según iba

poseído del espanto. En el camino la dije:

--Yo no veo señas de la muerte[394], porque allá nos la pintan unos

huesos descarnados con su guadaña.

Paróse y respondió:

--Eso no es la muerte, sino los muertos, o lo que queda de los vivos.

Estos huesos son el dibujo sobre que se labra el cuerpo del hombre. La

muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte. Tiene la

cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de vosotros mismos.

La calavera es el muerto, y la cara es la muerte. Y lo que llamáis

morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir,

y lo que llamáis vivir es morir viviendo. Y los huesos es lo que de

vosotros deja la muerte y lo que le sobra a la sepultura. Si esto

entendiérades así, cada uno de vosotros estuviera mirando en sí su

muerte cada día y la ajena en el otro, y viérades que todas vuestras

casas están llenas della y que en vuestro lugar hay tantas muertes

como personas, y no la estuviérades aguardando, sino acompañándola y

disponiéndola. Pensáis que es huesos la muerte y que hasta que veáis

venir la calavera y la guadaña no hay muerte para vosotros, y primero

sois calavera y huesos que creáis que lo podéis ser.

--Dime--dije yo--: ¿qué significan éstos que te acompañan, y por qué

van, siendo tú la muerte, más cerca de tu persona los enfadosos y

habladores que los médicos?

Respondióme:

--Mucha más gente enferma de los enfadosos que de los tabardillos y

calenturas, y mucha más gente matan los habladores y entremetidos

que los médicos. Y has de saber que todos enferman del exceso o

destemplanza de humores; pero, lo que es morir, todos mueren de los

médicos que los curan. Y así, no habéis de decir, cuando preguntan:

“¿De qué murió Fulano?”, de calentura, de dolor de costado, de

tabardillo, de peste, de heridas, sino murió de un dotor Tal que le

dió, de un dotor Cual. Y es de advertir que en todos los oficios, artes

y estados se ha introducido el don en hidalgos, en villanos[395]. Yo

he visto sastres y albañiles[396] con don y ladrones y galeotes en

galeras. Pues si se mira en las ciencias, en todas hay millares. Sólo

de los médicos ninguno ha habido con don, pudiéndolos tener muchos; mas

todos tienen don de matar, y quieren más din[397] al despedirse que don

al llamarlos.

En esto llegamos a una sima grandísima, la muerte predicadora y yo

desengañado. Zambullóse sin llamar, como de casa, y yo tras ella,

animado con el esfuerzo que me daba mi conocimiento tan valiente.

Estaban a la entrada tres bultos armados a un lado y otro monstruo

terrible enfrente, siempre combatiendo entre sí todos, y los tres con

el uno y el uno con los tres. Paróse la Muerte, y díjome:

--¿Conoces a esta gente?

--Ni Dios me la deje conocer--dije yo.

--Pues con ellos andas a las vueltas--dijo ella--desde que naciste.

Mira cómo vives--replicó--. Éstos son los enemigos del hombre: el Mundo

es aquél, éste es el Diablo y aquélla la Carne[398].

Y es cosa notable que eran todos parecidos unos a otros, que no se

diferenciaban. Díjome la Muerte:

--Son tan parecidos, que en el mundo tenéis a los unos por los otros.

Piensa un soberbio que tiene todo el mundo, y tiene al diablo. Piensa

un lujurioso que tiene la carne, y tiene al demonio[399]. Y así anda

todo.

--¿Quién es--dije yo--aquél que está allí apartado, haciéndose pedazos

con estos tres con tantas caras y figuras?

--Ése es--dijo la Muerte--el Dinero, que tiene puesto pleito a los

tres enemigos del alma, diciendo que quiere ahorrar de émulos y que

adonde él está no son menester, porque él solo es todos tres enemigos.

Y fúndase para decir que el dinero es el diablo, en que todos decís:

“Diablo es el dinero” y que “Lo que no hiciere el dinero, no lo hará el

diablo”, “Endiablada cosa es el dinero”.

Para ser el Mundo, dice que vosotros decís que “No hay más mundo que el

dinero”, “Quien no tiene dinero, váyase del mundo”; al que le quitan el

dinero decís que “Le echan del mundo”, y que “Todo se da por el dinero”.

Para decir que es la carne el dinero, dice el Dinero: “Dígalo la

Carne”, y remítese a las putas y mujeres malas, que es lo mismo que

interesadas.

--No tiene mal pleito el Dinero--dije yo--, según se platica por allá.

Con esto, nos fuimos más abajo, y, antes de entrar por una puerta muy

chica y lóbrega, me dijo:

--Estos dos, que saldrán aquí conmigo, son las postrimerías.

Abrióse la puerta, y estaban a un lado el infierno y el que llaman

juicio[400] de Minos[401], así me dijo la Muerte que se llamaban.

Estuve mirando al infierno con atención, y me pareció notable cosa.

Díjome la Muerte:

--¿Qué miras?

--Miro--respondí--al Infierno, y me parece que le he visto otras veces.

--¿Dónde?--preguntó.

--¿Dónde?--dije--. En la codicia de los jueces, en el odio de

los poderosos, en las lenguas de los maldicientes, en las malas

intenciones, en las venganzas en el apetito de los lujuriosos, en la

vanidad de los príncipes. Y donde cabe el infierno todo, sin que se

pierda gota, es en la hipocresía de los mohatreros de las virtudes, que

hacen logro del ayuno y del oir misa. Y lo que más he estimado es haber

visto el juicio de Minos, porque hasta ahora[402] he vivido engañado,

y ahora veo el Juicio como es. Echo de ver que el que hay en el mundo

no es juicio ni hay hombre de juicio, y que hay muy poco juicio en el

mundo. ¡Pesia tal!--decía yo--. Si deste juicio hubiera allá, no digo

parte, sino nuevas creídas, sombra o señas, otra cosa fuera. Si los que

han de ser jueces han de tener deste juicio, buena anda la cosa en el

mundo. Miedo me da de tornar arriba, viendo que, siendo éste el juicio,

se está aquí casi entero, y que poca parte está repartida entre los

vivos. Más quiero muerte con juicio que vida sin él.

Con esto, bajamos a un grandísimo llano, donde parecía estaba

depositada la oscuridad para las noches. Díjome la Muerte:

--Aquí has de parar, que hemos llegado a mi tribunal y audiencia.

Aquí estaban las paredes colgadas de pésames. A un lado estaban las

malas nuevas, ciertas y creídas y no esperadas; el llanto, en las

mujeres engañoso, engañado en los amantes, perdido de los necios y

desacreditado en los pobres. El dolor se había desconsolado y creído, y

solos los cuidados estaban solícitos y vigilantes, hechos carcomas de

reyes y príncipes, alimentándose de los soberbios y ambiciosos. Estaba

la envidia con hábito de viuda, tan parecida a dueña, que la quise

llamar Álvarez o González. En ayunas de todas las cosas, cebada en sí

misma, magra y exprimida. Los dientes, con andar siempre mordiendo de

lo mejor y de lo bueno, los tenía amarillos y gastados. Y es la causa

que lo bueno y santo, para morderlo, no llega a los dientes; mas nada

bueno le puede entrar de los dientes adentro[403]. La discordia estaba

debajo della, como que nacía de su vientre, y creo que es su hija

legítima. Ésta, huyendo de los casados, que siempre andan a voces, se

había ido a las comunidades y colegios, y, viendo que sobraba en ambas

partes, se fué a los palacios y cortes, donde es lugarteniente de los

diablos. La ingratitud estaba en un gran horno, haciendo de una masa de

soberbia y odio demonios nuevos cada momento. Holguéme de verla, porque

siempre había sospechado que los ingratos eran diablos y caí entonces

en que los ángeles, para ser diablos, fueron primero ingratos. Andaba

todo hirviendo de maldiciones.

--¿Quién diablos--dije yo--está lloviendo maldiciones aquí?

Díjome un muerto que estaba a mi lado:

--¿Maldiciones queréis que falten donde hay casamenteros y sastres, que

son la gente más maldita del mundo, pues todos decís: “Mal haya quien

me casó”, “Mal haya quien con vos me juntó”, y los más, “Mal haya quien

me vistió”?

--¿Qué tiene que ver--dije yo--sastres y casamenteros en la audiencia

de la muerte?

--¡Pesia tal!--dijo el muerto, que era impaciente--. ¿Estáis loco?

Que, si no hubiera casamenteros, ¿hubiera la mitad de los muertos y

desesperados? ¡A mí me lo decid, que soy marido! Cinco, como bolo[404],

y se me quedó allá la mujer y piensa acompañarme otros diez[405]. Pues

sastres, ¿a quién no matarán las mentiras y largas de los sastres y

hurtos? Y son tales, que para llamar a la desdicha peor nombre, la

llaman desastre, del sastre, y es el principal miembro de este tribunal

que aquí veis.

Alcé los ojos y vi la Muerte en su trono, y a los lados, muchas

muertes. Estaba la muerte de amores, la muerte de frío, la muerte de

hambre, la muerte de miedo y la muerte de risa, todas con diferentes

insignias. La muerte de amores estaba con muy poquito seso[406]. Tenía,

por estar acompañada, porque no se le corrompiese por la antigüedad, a

Píramo y Tisbe[407], embalsamados, y a Leandro y Hero y a Macías, en

cecina, y algunos portugueses derretidos. Mucha gente vi que estaba

ya para acabar debajo de su guadaña, y, a puros milagros del interés,

resucitaban.

En la muerte de frío vi a todos los ricos, que, como no tienen mujer ni

hijos ni sobrinos[408] que los quieran, sino a sus haciendas, estando

malos, cada uno carga en lo que puede y mueren de frío.

La muerte de miedo estaba la más rica y pomposa y con acompañamiento

más magnífico, porque estaba toda cercada de gran número de tiranos

y poderosos. Éstos mueren a sus mismas manos, y sus sayones con sus

conciencias[409], y ellos son verdugos de sí mismos, y sólo un bien

hacen en el mundo, que, matándose a sí de miedo, recelo y desconfianza,

vengan de sí propios a los inocentes. Estaban con ellos los avarientos,

cerrando cofres, arcones y ventanas, enlodando resquicios, hechos

sepulturas de sus talegos, y pendientes de cualquier ruido del viento,

los ojos hambrientos de sueño, las bocas quejosas de las manos, las

almas trocadas en plata y oro.

Los Sueños, Volume I · 第 11 / 17 段