dispenseros en venirle a cortejar y a entretener, que muy pocos me
dijeron que le dejaban de imitar. Miré más atentamente, y fuíme
llegando donde estaba Judas, y vi que la pena de los dispenseros era
que, como a Titio[231] le come un buitre las entrañas, a ellos se las
descarnaban dos aves, que llaman sisones[232]. Y un diablo decía a
voces de rato en rato:
--Sisones son dispenseros y los dispenseros, sisones.
A este pregón se estremecían todos, y Judas estaba con sus treinta
dineros atormentándose[233]. Yo le dije:
--Una cosa querría saber de ti: ¿por qué te pintan con botas y dicen
por refrán _las botas de Judas_[234]?
--No porque yo las truje--respondió--; mas quisieron significar,
poniéndome botas, que anduve siempre de camino para el infierno y por
ser dispensero. Y así se han de pintar todos los que lo son. Ésta fué
la causa, y no lo que algunos han colegido de verme con botas, diciendo
que era portugués, que es mentira; que yo fuí...
Y no me acuerdo bien de dónde me dijo que era, si de Calabria[235], si
de otra parte.
--Y has de advertir que yo sólo soy el dispensero, que se ha condenado
por vender; que todos los demás, fuera de algunos, se condenan por
comprar[236]. Y en lo que dices que fuí traidor y maldito en dar a mi
Maestro por tan poco precio, tienes razón, y no podía hacer yo otra
cosa, fiándome de gente como los judíos[237], que era tan ruin, que
pienso que, si pidiera un dinero más por él, no me lo tomaran. Y porque
estás muy espantado y fiado en que yo soy el peor hombre que ha habido,
ve ahí debajo y verás muchísimos tan malos. Vete--dijo--, que ya basta
de conversación, que no los escurezco.
--Dices la verdad--le respondí.
Y acogíme donde me señaló, y topé muchos demonios en el camino, con
palos y lanzas, echando del infierno muchas mujeres hermosas y muchos
malos letrados. Pregunté por qué los querían echar del infierno a
aquéllos solos, y dijo un demonio:
--Porque eran de grandísimo provecho para la población del infierno en
el mundo: las damas, con sus caras y con sus mentirosas hermosuras y
buenos pareceres, y los letrados, con buenas caras y malos pareceres.
Y que así los echaban porque trujesen gente.
Pero el pleito más intrincado y el caso más difícil que yo vi en el
infierno fué el que propuso una mujer condenada con otras muchas por
malas, enfrente de unos ladrones, la cual decía:
--Decidnos, señor, ¿cómo ha de ser esto de dar y recibir, si los
ladrones se condenan por tomar lo ajeno y la mujer por dar lo suyo?
Aquí de Dios, que, si el ser puta es ser justicia, si es justicia dar a
cada uno lo suyo, pues lo hacemos así, ¿de qué nos culpan?
Dejé de escucharla, y pregunté, como nombraron ladrones, dónde estaban
los escribanos.
--¡Es posible que no hay en el infierno ninguno ni le pude topar en
todo el camino!
Respondióme un verdugo:
--Bien creo yo que no toparíades ninguno por él.
--Pues ¿qué hacen? ¿Sálvanse todos?
--No--dijo--; pero dejan de andar y vuelan con plumas. Y el no haber
escribanos por el camino de la perdición no es porque infinitísimos que
son malos no vienen acá por él, sino porque, es tanta la prisa con que
vienen, que volar y llegar y entrar es todo uno, tales plumas se tienen
ellos, y así no se ven en el camino.
--Y acá--dije yo--, ¿cómo no hay ninguno?
--Sí hay--me respondió--; mas no usan ellos de nombre de escribano,
que acá por gatos los conocemos. Y para que echéis de ver qué tantos
hay, no habéis de mirar sino que, con ser el infierno tan gran casa,
tan antigua, tan maltratada y sucia, no hay un ratón en toda ella, que
ellos los cazan.
--Y los alguaciles malos, ¿no están en el infierno?
--Ninguno está en el infierno--dijo el demonio.
--¿Cómo puede ser, si se condenan algunos malos entre muchos buenos que
hay?
--Dígoos que no están en el infierno porque en cada alguacil malo, aun
en vida, está todo el infierno en él.
Santigüéme y dije:
--Brava cosa es lo mal que los queréis los diablos a los alguaciles.
--¿No los habemos de querer mal, pues, según son endiablados los malos
alguaciles, tememos que han de venir a hacer que sobremos nosotros para
lo que es materia de condenar almas y que se nos han de levantar con el
oficio de demonios y que ha de venir Lucifer a ahorrarse de diablos y
despedirnos a nosotros por recibir a ellos?
No quise en esta materia escuchar más, y así, me fuí adelante, y por
una red vi un amenísimo cercado, todo lleno de almas, que, unas con
silencio y otras con llanto, se estaban lamentando. Dijéronme que era
el retiramiento de los enamorados. Gemí tristemente viendo que aun
en la muerte no dejan los suspiros. Unos se respondían en sus amores
y penaban con dudosas desconfianzas. ¡Oh, qué número dellos echaban
la culpa de su perdición a sus deseos, cuya fuerza o cuyo pincel los
mintió las hermosuras! Los más estaban descuidados por _penséque_,
según me dijo un diablo.
--¿Quién es _penséque_--dije yo--, o qué género de delito?
Rióse, y replicó:
--No es sino que se destruyen, fiándose de fabulosos semblantes, y
luego dicen _pensé que_ no me obligara, _pensé que_ no me amartelara,
_pensé que_ ella me diera a mí y no me quitara, _pensé que_ no tuviera
otro con quien yo riñera, _pensé que_ se contentara conmigo solo,
_pensé que_ me adoraba, y así, todos los amantes en el infierno están
por _pensé que_. Éstos son la gente en quien más ejecuciones hace el
arrepentimiento y los que menos sabían de sí. Estaba en medio dellos el
amor, lleno de sarna, con un rótulo que decía:
No hay quien este amor no dome
Sin justicia o con razón,
Porque es sarna y no afición
Amor que se pega y come.
--¿Coplica hay?--dije yo--. No andan lejos de aquí los poetas.
Cuando, volviéndome a un lado, veo una bandada de hasta cien mil dellos
en una jaula, que llaman los Orates en el infierno. Volví a mirarlos, y
díjome uno, señalando a las mujeres:
--¿Qué digo? Esas señoras hermosas todas se han vuelto medio camareras
de los hombres, pues los desnudan y no los visten.
--¿Conceptos gastáis aun estando aquí? Buenos cascos tenéis--dije yo.
Cuando uno entre todos, que estaba aherrojado y con más penas que
todos, dijo:
--¡Plegue a Dios, hermano, que así se vea el que inventó los
consonantes! Pues porque en un soneto
Dije que una señora era absoluta,
Y, siendo más honesta que Lucrecia,
Por dar fin al cuarteto, la hice puta.
Forzóme el consonante a llamar necia
A la de más talento y mayor brío:
¡Oh, ley de consonantes, dura y recia!
Habiendo en un terceto dicho lío,
Un hidalgo afrenté tan solamente,
Porque el verso acabó bien en judío.
A Herodes otra vez llamé inocente,
Mil veces a lo dulce dije amargo
Y llamé al apacible impertinente.
Y por el consonante tengo a cargo
Otros delitos torpes, feos, rudos,
Y llega mi proceso a ser tan largo,
Que, porque en una octava dije escudos,
Hice sin más ni más siete maridos
Con honradas mujeres ser cornudos.
Aquí nos tienen, como ves, metidos
Y por el consonante condenados.
¡Oh, míseros poetas desdichados,
A puros versos, como ves, perdidos!
--¡Hay tan graciosa locura--dije yo--, que, aun aquí, estáis sin
dejarla ni de cansaros della! ¡Oh, qué vi dellos!
Y decía un diablo:
--Ésta es gente que canta sus pecados como otros los lloran, pues en
amancebándose, con hacerla pastora o mora, la sacan a la vergüenza en
un romancico por todo el mundo. Si las quieren a sus damas, lo más que
les dan es un soneto o unas octavas, y si las aborrecen o las dejan,
lo menos que les dejan es una sátira. ¡Pues qué es verlas cargadas de
pradicos de esmeraldas, de cabellos de oro, de perlas de la mañana, de
fuentes de cristal, sin hallar sobre todo esto dinero para una camisa
ni sobre su ingenio! Y es gente que apenas se conoce de qué ley son.
Porque nombre es de cristianos, las almas de herejes, los pensamientos
de alarbes y las palabras de gentiles.
--Si mucho me aguardo--dije entre mí--, yo oiré algo que me pese.
Fuíme adelante y dejélos con deseo de llegar adonde estaban los que no
supieron pedir a Dios. ¡Oh, qué muestras de dolor tan grandes hacían!
¡Oh, qué sollozos tan lastimosos! Todos tenían las lenguas condenadas a
perpetua cárcel y poseídos del silencio. Tal martirio, en voces ásperas
de un demonio, recibían por los oídos:
--¡Oh, corvas almas, inclinadas al suelo, que con oración logrera y
ruego mercader y comprador os atrevistes a Dios y le pedistes cosas
que, de vergüenza de que otro hombre las oyese, aguardábades a coger
solos los retablos! Pues ¿cómo? ¿Más respeto tuvisteis a los mortales
que al Señor de todos? Quien os ve en un rincón, medrosos de ser oídos,
pedir mormurando, sin dar licencia a las palabras que se saliesen de
los dientes, cerrados de ofensas:
--¡Señor, muera mi padre y acabe yo de suceder en su hacienda; llevaos
a vuestro reino a mi mayor hermano y aseguradme a mí el mayorazgo;
halle yo una mina debajo de mis pies, el Rey se incline a favorecerme y
véame yo cargado de sus favores!
--Y ved--dijo--a lo que llegó una desvergüenza que osastes decir.
Y haced esto, que si lo hacéis, yo os prometo de casar dos huérfanas,
de vestir seis pobres y de daros frontales.
--¡Qué ceguedad de hombres: prometer dádivas al que pedís, con ser
la suma riqueza! Pedistes a Dios por merced lo que Él suele dar por
castigo, y, si os lo da, os pesa de haberlo tenido cuando morís, y,
si no os lo da, cuando vivís, y así, de puro necios, siempre tenéis
quejas. Y si llegáis a ser ricos por votos, decidme, ¿cuáles cumplís?
¿Qué tempestad no llena de promesas los santos? Y ¿qué bonanza tras
ellas no los torna a desnudar, con olvido, de toques de campanas? ¿Qué
de preseas ha ofrecido a los altares la espantosa cara del golfo? Y
¿qué dellas ha muerto y quitado de los mismos templos el puerto? Nacen
vuestros ofrecimientos de necesidad; y no de devoción. ¿Pedisteis[238]
alguna vez a Dios paz en el alma, aumento de gracia, favores suyos o
inspiraciones? No, por cierto; ni aun sabéis para qué son menester
estas cosas ni lo que son. Ignoráis que el holocausto, sacrificio y
oblación que Dios recibe de vosotros es de la pura conciencia humilde
espíritu, caridad ardiente. Y esto, acompañado con lágrimas, es moneda,
que aun Dios, si puede, es cudicioso en nosotros. Dios, hombres, por
vuestro bien gusta que os acordéis dél, y, como, si no es en los
trabajos, no os acordáis, por eso os da trabajos, porque tengáis dél
memoria. Considerad vosotros, necios demandadores, cuán brevemente se
os acabaron las cosas, que importunos pedisteis a Dios. ¡Qué presto os
dejaron y cómo, ingratos, no os fueron compañía en el postrer paso!
¿Veis cómo vuestros hijos aún no gastan de vuestras haciendas un real
en obras pías, diciendo que no es posible que vosotros gustéis dellas,
porque si gustárades en vida hiciérades algunas? Y pedís tales cosas
a Dios, que muchas veces, por castigo de la desvergüenza con que las
pedís, os las concede. Y bien, como suma sabiduría, conoció el peligro
que tenéis en saber pedir, pues lo primero que os enseñó en el _Pater
noster_ fué pedirle; pero pocos entendéis aquellas palabras donde Dios
enseñó el lenguaje con que habéis de tratar con Él.
Quisieren responderme; mas no les daban lugar las mordazas.
Yo, que vi que no habían de hablar palabra, pasé adelante, donde
estaban juntos los ensalmadores[239] ardiéndose vivos, y los
saludadores también condenados por embestidores. Dijo un diablo:
--Veislos aquí a estos tratantes en santiguaduras, mercaderes de
cruces, que embelesaron[240] el mundo y quisieron hacer creer que podía
tener cosa buena un hablador. Gente es esta ensalmadora, que jamás
hubo nadie que se quejase dellos. Porque, si les sanan antes, se lo
agradecen, y si los matan, no se pueden quejar. Y siempre les agradecen
lo que hacen y dan contento. Porque, si sanan, el enfermo los regala,
y si matan, el heredero les agradece el trabajo. Si curan con agua y
trapos la herida, que sanara por virtud de naturaleza, dicen que es por
ciertas palabras virtuosas, que les enseñó un judío. ¡Mirad qué buen
origen de palabras virtuosas! Y si se enfistola[241], empeora y muere,
dicen que llegó su hora y el badajo[242] que se la dió y todo. Pues
¿qué es de oir a éstos las mentiras que cuentan de uno, que tenía las
tripas fuera en la mano en tal parte, y otro, que estaba pasado por las
ijadas? Y lo que más me espanta es que siempre he medido la distancia
de sus curas, y siempre las hicieron cuarenta o cincuenta leguas de
allí, estando en servicio de un señor, que ha ya trece años que murió,
porque no se averigüe tan presto la mentira, y por la mayor parte,
estos tales que curan con agua, enferman ellos por vino. Al fin, éstos
son por los que se dijo: “Hurtan que es bendición”[243], porque con la
bendición hurtan, tras ser siempre gente ignorante. Y he notado que
casi todos los ensalmos están llenos de solecismos. Y no sé qué virtud
se tenga el solecismo por lo cual se pueda hacer nada. Al fin, vaya do
fuere, ellos están acá algunos, que otros hay buenos hombres, que, como
amigos de Dios, alcanzan dél la salud para los que curan: que la sombra
de sus amigos suele dar vida.
Pero para ver buena gente, mirad los saludadores[244], que también
dicen que tienen virtud.
Ellos se agraviaron, y dijeron que era verdad que la tienen. Y a esto
respondió un diablo:
--¿Cómo es posible que por ningún camino se halle virtud en gente que
anda siempre soplando?
--Alto--dijo un demonio--, que me he enojado. Vayan al cuartel de los
porquerones[245], que viven de lo mismo.
Fueron, aunque a su pesar. Y yo abajé otra grada por ver los que
Judas me dijo que eran peores que él, y topé en una alcoba muy grande
una gente desatinada, que los diablos confesaban que ni los entendían
ni se podían averiguar con ellos. Eran astrólogos y alquimistas.
Éstos andaban llenos de hornos y crisoles, de lodos, de minerales, de
escorias, de cuernos, de estiércol, de sangre humana, de polvos y de
alambiques. Aquí calcinaban, allí lavaban, allí apartaban y acullá
purificaban. Cual estaba fijando el mercurio al martillo, y, habiendo
resuelto la materia viscosa y ahuyentado la parte sutil, lo corruptivo
del fuego, en llegándose a la copela, se le iba en humo. Otros
disputaban si se había de dar fuego de mecha o si el fuego o no fuego
de Raimundo[246] había de entenderse de la cal o si de luz efectiva
del calor, y no de calor efectivo de fuego. Cuales, con el signo de
Hermete, daban principio a la obra magna, y en otra parte miraban
ya el negro blanco y le aguardaban colorado. Y juntando a esto _la
proporción de naturaleza, con naturaleza se contenta la naturaleza, y
con ella misma se ayuda_, y los demás oráculos ciegos suyos, esperaban
la reducción de la primera materia, y, al cabo, reducían su sangre a
la postrera podre, y, en lugar de hacer del estiércol cabellos, sangre
humana, cuernos y escoria oro, hacían del oro estiércol, gastándolo
neciamente. ¡Oh, qué de voces que oí sobre el padre muerto ha
resucitado y tornarlo a matar! ¡Y qué bravas las daban sobre entender
aquellas palabras tan referidas de todos los autores químicos!:
--¡Oh! Gracias sean dadas a Dios, que de la cosa más vil del mundo
permite hacer una cosa tan rica[247].
Sobre cuál era la cosa más vil se ardían. Uno decía que ya la había
hallado, y, si la piedra filosofal[248] se había de hacer de la cosa
más vil, era fuerza hacerse de corchetes. Y los cocieran y distilaran
si no dijera otro que tenían mucha parte de aire para poder hacer
la piedra, que no había de tener materiales tan vaporosos. Y así se
resolvieron que la cosa más vil del mundo eran los sastres, pues cada
punto se condenaban y que era gente más enjuta.
Cerraran con ellos, si no dijera un diablo:
--¿Queréis saber cuál es la cosa más vil? Los alquimistas. Y así,
porque se haga la piedra, es menester quemaros a todos.
Diéronles fuego y ardían casi de buena gana sólo por ver la piedra
filosofal.
Al otro lado no era menos la trulla de astrólogos y supersticiosos. Un
quiromántico[249] iba tomando las manos a todos los otros que se habían
condenado, diciendo:
--¡Qué claro que se ve que se habían de condenar éstos por el monte de
Saturno![250]
Otro que estaba a gatas con un compás, midiendo alturas y notando
estrellas, cercado de efemérides y tablas, se levantó y dijo en altas
voces:
--Vive Dios[251] que, si me pariera mi madre medio minuto antes, que
me salvo: porque Saturno, en aquel punto, mudaba el aspecto y Marte se
pasaba a la casa de la vida, el escorpión perdía su malicia y yo, como
di en procurador, fuí pobre mendigo[252].
Otro tras él, andaba diciendo a los diablos, que le mortificaban, que
mirasen bien si era verdad que él había muerto: que no podía ser, a
causa que tenía Júpiter por ascendente y a Venus en la casa de la vida,
sin aspecto ninguno malo, y que era fuerza que viviese noventa años.
--Miren--decía--que les notifico que miren bien si soy difunto, porque
por mi cuenta es imposible que pueda ser esto.
En esto, iba y venía, sin poderlo nadie sacar de aquí.
Y para enmendar la locura déstos, salió otro geométrico, poniéndose
en puntos con las ciencias, haciendo sus doce casas gobernadas por el
impulso de la mano y rayas a imitación de los dedos, con supersticiosas
palabras y oración. Y luego, después de sumados sus pares y nones,
sacando juez y testigos, comenzaba a querer probar cuál era el
astrólogo más cierto. Y si dijera _puntual_, acertara, pues es su
ciencia de punto, como calza[253] sin ningún fundamento, aunque pese a
Pedro de Abano[254], que era uno de los que allí estaban, acompañando a
Cornelio Agripa, que, con una alma[255], ardía en cuatro cuerpos de sus
obras malditas y descomulgadas, famoso hechicero.
Tras éste vi, con su poligrafía y esteganografía, a Trithemio[256],
que así llaman al autor de aquellas obras escandalosas, muy enojado con
Cardano,[257] que estaba enfrente, porque dijo mal dél solo y supo ser
mayor mentiroso en sus libros de _Subtilitate_, por hechizos de viejas
que en ellos juntó.
Julio César Scaligero[258] se estaba atormentando por otro lado en
sus _Ejercitaciones_, mientras pensaba las desvergonzadas mentiras que
escribió de Homero y los testimonios que le levantó por levantar a
Virgilio aras, hecho idólatra de Marón.
Estaba riéndose de sí mismo Artefio[259], con su mágica, haciendo
las tablillas para entender el lenguaje de las aves, y Checol de
Áscoli[260], muy triste y pelándose las barbas, porque, tras tanto
experimento disparatado, no podía hallar nuevas necedades que escribir.
Teofrasto Paracelso[261] estaba quejándose del tiempo que había gastado
en la alquimia; pero contento en haber escrito medicina y mágica, que
nadie la entendía, y haber llenado las imprentas de pullas a vuelta de
muy agudas cosas.
Y detrás de todos estaba Hubequer[262] el pordiosero, vestido de los
andrajos de cuantos escribieron mentiras y desvergüenzas, hechizos
y supersticiones, hecho su libro un Ginebra de moros, gentiles y
cristianos.
Allí estaba el secreto autor de la _Clavicula Salomonis_[263] y el que
le imputó los sueños. ¡Oh, cómo se abrasaba burlado de vanas y necias
oraciones el hereje que hizo el libro _Adversus omnia pericula mundi_!
¡Qué bien ardía el Catan[264] y las obras de Races!
Estaba Taysnerio[265] con su libro de fisonomías y manos, penando
por los hombres, que había vuelto locos con sus disparates. Y reíase,
sabiendo el bellaco que las fisonomías no se pueden sacar ciertas de
particulares rostros de hombres que, o por miedo o por no poder, no
muestran sus inclinaciones, y las reprimen, sino sólo de rostros y
caras de príncipes y señores sin superior, en quien las inclinaciones
no respetan nada para mostrarse.
Estaba luego un triste autor[266], con sus rostros y manos, y los
brutos concertando por las caras la similitud de las costumbres.
A Escoto[267] el italiano vi allá, no por hechicero y mágico, sino por
mentiroso y embustero.
Había otra gran copia, y aguardaban sin duda mucha gente, porque había
grandes campos vacíos. Y nadie estaba con justicia entre todos estos
autores, presos por hechiceros, si no fueron unas mujeres hermosas,
porque sus caras lo fueron solas en el mundo. ¡Oh, verdaderos hechizos!
Que las damas sólo son veneno de la vida, que perturbando las potencias
y ofendiendo los órganos a la vista, son causa de que la voluntad
quiera por bueno lo que ofendidas las especies representan. Viendo
esto, dije entre mí:
--Ya me parece que vamos llegándonos al cuartel de esta gente.[268]
Dime priesa a llegar allá, y al fin asoméme a parte donde, sin
favor particular del cielo, no se podía decir lo que había. A la
puerta estaba la Justicia espantosa, y en la segunda entrada, el
Vicio desvergonzado y soberbio, la Malicia ingrata e ignorante, la
Incredulidad resoluta y ciega y la Inobediencia bestial y desbocada.
Estaba la blasfemia insolente y tirana llena de sangre, ladrando por
cien bocas y vertiendo veneno por todas, con los ojos armados de
llamas ardientes. Grande horror me dió el umbral. Entré y vi a la
puerta la gran suma de herejes antes de nacer Cristo[269]. Estaban los
ofiteos[270], que se llaman así en griego de la serpiente que engañó a
Eva, la cual veneraron, a causa de que supiésemos del bien y del mal.
Los cainanos[271], que alabaron a Caín porque, como decían, siendo
hijo del mal, prevaleció su mayor fuerza contra Abel. Los sethianos,
de Seth. Estaba Dositheo[272] ardiendo como un horno, el cual creyó
que se había de vivir sólo según la carne y no creía la resurrección,
privándose a sí mismo (ignorante más que todas las bestias) de un bien
tan grande. Pues, cuando fuera así que fuéramos solos animales como
los otros, para morir consolados habíamos de fingirnos eternidad a
nosotros mismos. Y así llama Lucano, en boca ajena, a los que no creen
la inmortalidad del alma: _Felices errore suo_, dichosos con su error,
si eso fuera así, que murieran las almas con los cuerpos.
--¡Malditos!--dije yo--: siguiérase que el animal del mundo a quien
Dios dió menos discurso es el hombre, pues entiende al revés lo que
más importa, esperando inmortalidad. Y seguirse hía que a la más
noble criatura dió menos conocimiento y crió para mayor miseria la
naturaleza, que Dios no. Pues quien sigue esa opinión no lo fíe.
Estaba luego Saddoc, autor de los Sadduceos[273]. Los fariseos estaban
aguardando al Mesías, no como Dios, sino como hombre[274].
Estaban los heliognósticos[275] devictiacos, adoradores del sol; pero
los más graciosos son los que veneran las ranas, que fueron plaga a
Faraón, por ser azote de Dios.
Estaban los musoritos[276] haciendo ratonera al arca a puro ratón de
oro.
Estaban los que adoraron la Mosca accaronita[277]: Ozías, el que quiso
pedir a una mosca antes salud que a Dios, por lo cual Elías le castigó.
Estaban los troglodytas[278], los de la fortuna del cielo[279], los de
Baal[280], los de Asthar[281], los del ídolo Moloch[282], y Renfan[283]
de la ara de Tofet[284], los puteoritas,[285] herejes veraniscos de
pozos, los de la serpiente de metal.[286]
Y entre todos sonaba la baraúnda y el llanto de las judías,
que, debajo de tierra, en las cuevas, lloraban a Thamur[287] en
su simulacro. Seguían los bahalitas,[288] luego la Pitonisa[289]
arremangada, y detrás los de Asthar y Astharot,[290] y al fin, los que
aguardaban a Herodes, y desto se llaman herodianos.[291]
Y hube a todos éstos por locos y mentecatos.
Mas llegué luego a los herejes que había después de Cristo:[292] allí
vi a muchos, como Menandro[293] y Simón Mago,[294] su maestro.
Estaba Saturnino[295] inventando disparates.
Estaba el maldito Basílides[296] heresiarca.
Estaba Nicolás[297] antioqueno, Carpócrates[298] y Cerintho[299] y el
infame Ebión.[300]
Vino luego Valentino[301], el que dió por principio de todo el mar y
el silencio.
Menandro[302], el mozo de Samaria, decía que él era el Salvador y que
había caído del cielo, y por imitarlo, decía detrás del Montano[303]
frigio que él era el Parácleto. Síguenle las desdichadas Priscilla y
Maximilla heresiarcas. Llamáronse sus secuaces catafriges, y llegaron a
tanta locura, que decían que en ellos, y no en los apóstoles, vino el
Espíritu Santo.
Estaba Nepos[304], obispo, en quien fué coroza la mitra, afirmando
que los santos habían de reinar con Cristo en la tierra mil años en
lascivias y regalos.
Venía luego Sabino[305], prelado hereje arriano, el que en el concilio
Niceno llamó idiotas a los que no seguían a Arrio.