--Ladrones, ¿quién merece el infierno mejor que vosotros, pues habéis

hecho comer a los hombres caspa y os han servido de pañizuelos los de a

real, sonándoos en ellos, donde muchas veces pasó por caña el tuétano

de las narices? ¿Qué de estómagos pudieran ladrar, si resucitaran los

perros que les hicistes comer? ¿Cuántas veces pasó por pasa la mosca

golosa y muchas fué el mayor bocado de carne que comió el dueño del

pastel? ¿Qué de dientes habéis hecho jinetes[194] y qué de estómagos

habéis traído a caballo, dándoles a comer rocines enteros? ¿Y os

quejáis, siendo gente antes condenada que nacida, los que hacéis así

vuestro oficio? Pues ¿qué pudiera decir de vuestros caldos? Mas no soy

amigo de revolver caldos. Padeced[195] y callad enhoramala. Que más

hacemos nosotros en atormentaros que vosotros en sufrirlo. Y vos andad

adelante, me dijo a mí, que tenemos que hacer éstos y yo.

Partíme de allí y subíme por una cuesta donde en la cumbre y alrededor

se estaban abrasando unos hombres en fuego inmortal, el cual encendían

los diablos, en lugar de fuelles, con corchetes, que soplaban mucho

más. Que aun allá tienen este oficio[196] y son abanicos de culpas y

resuello de la provincia y vaharada[197] del verdugo.

Vi un mercader que poco antes había muerto.

--¿Acá estáis?--dije yo--. ¿Qué os parece?

¿No valiera más haber tenido poca hacienda y no estar aquí?

Dijo en esto uno de los atormentadores:

--Pensaron que no había más y quisieron con la vara de medir sacar

agua de las piedras[198]. Éstos son--dijo--los que han ganado como

buenos caballeros el infierno por sus pulgares[199], pues a puras

pulgaradas[200] se nos vienen acá. Mas ¿quién duda que la oscuridad

de sus tiendas[201] les prometía estas tinieblas? Gente es ésta--dijo

al cabo muy enojado--que quiso ser como Dios, pues pretendieron ser

sin medida; mas Él, que todo lo ve, los trajo de sus rasos[202] a

estos nublados, que los atormenten con rayos. Y si quieres acabar de

saber cómo éstos son los que sirven allá a la locura de los hombres,

juntamente con los plateros y buhoneros, has de advertir que, si Dios

hiciera que el mundo amaneciera cuerdo un día, todos éstos quedaran

pobres, pues entonces se conociera que en el diamante, perlas, oro

y sedas diferentes, pagamos más lo inútil y demasiado y raro que lo

necesario y honesto. Y advertid ahora que la cosa que más cara se os

vende en el mundo es lo que menos vale, que es la vanidad que tenéis.

Y estos mercaderes son los que alimentan todos vuestros desórdenes y

apetitos.

Tenía talle[203] de no acabar sus propiedades, si yo no me pasara

adelante, movido de admiración de unas grandes carcajadas que oí. Fuíme

allá por ver risa en el infierno, cosa tan nueva.

--¿Qué es esto?--dije.

Cuando veo dos hombres dando voces en un alto, muy bien vestidos con

calzas atacadas. El uno con capa y gorra, puños como cuellos y cuellos

como calzas. El otro traía valones y un pergamino en las manos. Y a

cada palabra que hablaban, se hundían siete u ocho mil diablos de risa

y ellos se enojaban más. Lleguéme más cerca por oírlos, y oí al del

pergamino, que, a la cuenta, era hidalgo, que decía:

--Pues si mi padre se decía tal cual y soy nieto de Esteban tales y

cuales, y ha habido en mi linaje trece capitanes valerosísimos y de

parte de mi madre doña Rodriga desciendo de cinco catedráticos los más

doctos del mundo, ¿cómo me puedo haber condenado? Y tengo mi ejecutoria

y soy libre de todo y no debo pagar pecho.

--Pues pagad espalda--dijo un diablo.

Y dióle luego cuatro palos en ellas, que le derribó de la cuesta. Y

luego le dijo:

--Acabaos de desengañar, que el que desciende del Cid, de Bernardo y

de Gofredo[204], y no es como ellos, sino vicioso como vos, ése tal

más destruye el linaje que lo hereda. Toda la sangre, hidalguillo,

es colorada. Parecedlo en las costumbres y entonces creeré que

descendéis del docto, cuando lo fuéredes o procuráredes serlo, y si

no, vuestra nobleza será mentira breve en cuanto durare la vida. Que

en la chancillería del infierno arrúgase el pergamino y consúmense las

letras, y, el que en el mundo es virtuoso, ése es el hidalgo, y la

virtud es la ejecutoria que acá respetamos, pues aunque descienda de

hombres viles y bajos, como él con divinas costumbres se haga digno de

imitación, se hace noble a sí y hace linaje para otros. Reímonos acá de

ver lo que ultrajáis a los villanos, moros y judíos, como si en éstos

no cupieran las virtudes, que vosotros despreciáis.

Tres cosas son las que hacen ridículos a los hombres: la primera,

la nobleza; la segunda, la honra; la tercera, la valentía. Pues es

cierto que os contentáis con que hayan tenido vuestros padres virtud

y nobleza para decir que la tenéis vosotros, siendo inútil parto del

mundo. Acierta a tener muchas letras el hijo del labrador, es arzobispo

el villano que se aplica a honestos estudios, y los caballeros que

descienden de buenos padres, como si hubieran ellos de gobernar el

cargo que les dan, quieren, ¡ved qué ciegos!, que les valga a ellos,

viciosos, la virtud ajena de trescientos mil años, ya casi olvidada, y

no quieren que el pobre se honre con la propia.

Carcomióse el hidalgo de oir estas cosas, y el caballero que estaba a

su lado se afligía, pegando los abanillos[205] del cuello y volviendo

las cuchilladas de las calzas.

--Pues ¿qué diré de la honra mundana? Que más tiranías hace en el

mundo y más daños y la que más gustos estorba. Muere de hambre un

caballero pobre, no tiene con qué vestirse, ándase roto y remendado,

o da en ladrón, y no lo pide, porque dice que tiene honra; ni quiere

servir, porque dice que es deshonra. Todo cuanto se busca y afana dicen

los hombres que es por sustentar honra. ¡Oh, lo que gasta la honra! Y

llegado a ver lo que es la honra mundana, no es nada. Por la honra no

come el que tiene gana donde le sabría bien. Por la honra se muere la

viuda entre dos paredes. Por la honra, sin saber qué es hombre ni qué

es gusto, se pasa la doncella treinta años casada consigo misma. Por la

honra, la casada se quita a su deseo cuanto pide. Por la honra, pasan

los hombres el mar. Por la honra, mata un hombre a otro. Por la honra,

gastan todos más de lo que tienen. Y es la honra mundana, según esto,

una necedad del cuerpo y alma, pues al uno quita los gustos y al otro

el descanso. Y porque veáis cuáles sois los hombres desgraciados y cuán

a peligro tenéis lo que más estimáis, hase de advertir que las cosas

de más valor en vosotros son la honra, la vida y la hacienda. La honra

está en arbitrio de las mujeres; la vida, en manos de los doctores, y

la hacienda en las plumas de los escribanos.

--Desvaneceos, pues, bien, mortales--dije yo entre mí--. ¡Y cómo se

echa de ver que esto es el infierno, donde, por atormentar a los

hombres con amarguras, les dicen las verdades.

Tornó en esto a proseguir, y dijo:

--¡La valentía! ¿Hay cosa tan digna de burla? Pues, no habiendo

ninguna en el mundo sino la caridad, con que se vence la fiereza de

otros y la de sí mismo y la de los mártires, todo el mundo es de

valientes; siendo verdad que todo cuanto hacen los hombres, cuanto han

hecho tantos capitanes valerosos como ha habido en la guerra, no lo han

hecho de valentía, sino de miedo. Pues el que pelea en la tierra por

defendella, pelea de miedo de mayor mal, que es ser cautivo y verse

muerto, y el que sale a conquistar los que están en sus casas, a veces

lo hace de miedo de que el otro no le acometa, y los que no llevan este

intento, van vencidos de la cudicia.

--¡Ved qué valientes! ¡A robar oro y a inquietar los pueblos apartados,

a quien Dios puso como defensa a nuestra ambición mares en medio y

montañas ásperas! Mata uno a otro, primero vencido de la ira, pasión

ciega, y otras veces de miedo de que le mate a él. Así, hombres que

todo lo entendéis al revés, bobo llamáis al que no es sedicioso,

alborotador y maldiciente; sabio llamáis al malacondicionado,

perturbador y escandaloso; valiente, al que perturba el sosiego,

y cobarde, al que con bien-compuestas costumbres escondido de las

ocasiones, no da lugar a que le pierdan el respeto. Éstos tales son en

quien ningún vicio tiene licencia.

--¡Oh, pesia tal!--dije yo--. Más estimo haber oído este diablo que

cuanto tengo.

Dijo en esto el de las calzas atacadas muy mohíno:

--Todo eso se entiende con ese escudero; pero no conmigo, a fe de

caballero--y tornó a decir caballero tres cuartos de hora--. Que es

ruin término y descortesía. ¡Deben de pensar que todos somos unos!

Esto les dió a los diablos grandísima risa. Y luego, llegándose uno a

él, le dijo que se desenojase y mirase qué había menester y qué era la

cosa que más pena le daba, porque le querían tratar como quien era. Y

al punto dijo:

--¡Bésoos las manos! Un molde para repasar el cuello.

Tornaron a reír y él a atormentarse de nuevo.

Yo, que tenía gana de ver todo lo que hubiese, pareciendo que me había

detenido mucho, me partí. Y a poco que anduve, topé una laguna muy

grande como el mar, y más sucia, adonde era tanto el ruido, que se me

desvaneció la cabeza. Pregunté lo que era aquello, y dijéronme que

allí penaban las mujeres que en el mundo se volvieron dueñas. Así supe

cómo las dueñas de acá son ranas del infierno, que eternamente como

ranas están hablando, sin tono y sin son[206], húmedas y en cieno, y

son propiamente ranas infernales. Porque las dueñas ni son carne ni

pescado[207], como ellas. Dióme grande risa el verlas convertidas en

sabandijas tan pierniabiertas y que no se comen sino de medio abajo,

como la dueña, cuya cara siempre es trabajosa y arrugada.

Salí, dejando el charco a mano izquierda, a una dehesa donde estaban

muchos hombres arañándose y dando voces, y eran infinitísimos y tenía

seis porteros. Pregunté a uno qué gente era aquélla tan vieja y tan en

cantidad.

--Éste es--dijo--el cuarto de los padres que se condenan por dejar

ricos a sus hijos, que, por otro nombre, se llama el cuarto de los

necios.

--¡Ay de mí!--dijo en esto uno--. Que no tuve día sosegado en la otra

vida ni comí ni vestí por hacer un mayorazgo, y después de hecho, por

aumentarle. Y en haciéndole, me morí sin médico, por no gastar dineros

amontonados. Y apenas espiré, cuando mi hijo se enjugó las lágrimas con

ellos. Y cierto de que estaba en el infierno por lo que vió que había

ahorrado, viendo que no había menester misas, no me las dijo ni cumplió

manda mía. Y permite Dios que aquí para más pena le vea desperdiciar lo

que yo afané, y le oigo decir:

--Ya se condenó mi padre. ¿Por qué no tomó más sobre su ánima y se

condenó por cosas de más importancia?

--¿Queréis saber--dijo un demonio--qué tanta[208] verdad es ésa?

Que tienen ya por refrán en el mundo contra estos miserables decir:

“Dichoso el hijo que tiene a su padre en el infierno”.[209]

Apenas oyeron esto, cuando se pusieron todos a aullar y darse de

bofetones. Hiciéronme lástima, no lo pude sufrir, y pasé adelante.

Y llegando a una cárcel oscurísima, oí grande ruido de cadenas y

grillos, fuego, azotes y gritos. Pregunté a uno de los que allí estaban

qué estancia era aquélla, y dijéronme que era el cuarto de los de:

_¡Oh, quién hubiera!_[210]

--No lo entiendo--dije--. ¿Quién son los de _¡oh, quién hubiera!?_

Dijo al punto:

--Son gente necia que en el mundo vivía mal y se condenó sin

entenderlo, y ahora acá se les va todo en decir: ¡Oh, quién hubiera

oído misa! ¡Oh, quién hubiera callado! ¡Oh, quién hubiera favorecido al

pobre! ¡Oh, quién no hubiera hurtado!

Huí medroso de tan mala gente y tan ciega y di en unos corrales con

otra peor. Pero admiróme más el título con que estaban aquí, porque

preguntándoselo a un demonio, me dijo:

--Estos son los de: ¡Dios es piadoso!

--¡Dios sea conmigo!--dije al punto--. Pues ¿cómo puede ser que la

misericordia condene siendo eso de la justicia? Vos habláis como diablo.

--Y vos--dijo el maldito--, como ignorante, pues no sabéis que la mitad

de los que están aquí se condenan por la misericordia de Dios. Y si

no, mirad cuántos son los que, cuando hacen algo malhecho y se lo

reprenden, pasan adelante y dicen: “Dios es piadoso y no mira en

niñerías; para eso es la misericordia de Dios tanta”. Y con esto,

mientras ellos haciendo mal esperan en Dios, nosotros los esperamos acá.

--Luego ¿no se ha de esperar en Dios y en su misericordia?--dije yo.

--No lo entiendes--me respondieron--. Que de la piedad de Dios se ha

de fiar, porque ayuda a buenos deseos y premia buenas obras; pero no

todas veces con consentimiento de obstinaciones. Que se burlan a sí las

almas, que consideran la misericordia de Dios encubridora de maldades

y la aguardan como ellas la han menester, y no como ella es, purísima

y infinita en los santos y capaces della, pues, los mismos que más en

ella están confiados, son los que menos la dan para su remedio. No

merece la piedad de Dios quien, sabiendo que es tanta, la convierte

en licencia y no en provecho espiritual. Y de muchos tiene Dios

misericordia que no la merecen ellos. Y en los más es así, pues nada de

su mano pueden, sino por favor, y el hombre que más hace es procurar

merecerla. Porque no os desvanezcáis y sepáis que aguardáis siempre al

postrero día lo que quisiérades haber hecho al primero y que las más

veces está pasado por vosotros lo que teméis que ha de venir.

--Esto se ve y se oye en el infierno. ¡Ah, lo que aprovechara allá uno

destos escarmentados!

Diciendo esto, llegué a una caballeriza donde estaban los tintoreros,

que no averiguara un pesquisidor quiénes eran, porque los diablos

parecían tintoreros y los tintoreros diablos. Pregunté a un mulato, que

a puros cuernos tenía hecha espetera la frente, que dónde estaban los

sodomitas, las viejas y los cornudos. Dijo:

--En todo el infierno están. Que ésa es gente que en vida son diablos,

pues es su oficio traer corona de hueso[211]. De los sodomitas y

viejas, no sólo no sabemos dellos, pero ni querríamos saber que

supiesen de nosotros. Que en ellos peligran nuestras asentaderas, y

los diablos por eso traemos colas. Porque, como aquéllos están acá,

habemos menester mosqueador de los rabos. De las viejas, porque aun acá

nos enfadan y atormentan, y, no hartas de vida, hay algunas que nos

enamoran; muchas han venido acá muy arrugadas y canas y sin diente ni

muela, y ninguna ha venido cansada de vivir. Y otra cosa más graciosa,

que si os informáis dellas, ninguna vieja hay en el infierno. Porque

la que está calva y sin muelas, arrugada y lagañosa de pura edad y

de puro vieja, dice que el cabello se le cayó de una enfermedad, que

los dientes y muelas se le cayeron de comer dulce, que está jibada de

un golpe. Y no confesará que son años, si pensara[212] remozar por

confesarlo.

Junto a éstos estaban unos pocos dando voces y quejándose de su

desdicha.

--¿Qué gente es ésta?--pregunté.

Y respondióme uno dellos:

--Los sin ventura, muertos de repente.

--Mentís--dijo un diablo--. Que ningún hombre muere de repente; de

descuidado y divertido, sí. ¿Cómo puede morir de repente quien dende

que nace ve que va corriendo por la vida y lleva consigo la muerte?

¿Qué otra cosa veis en el mundo sino entierros, muertos y sepulturas?

¿Qué otra cosa oís en los púlpitos y leéis en los libros? ¿A qué

volvéis los ojos que no os acuerde de la muerte? Vuestro vestido que

se gasta, la casa que se cae, el muro que se envejece y hasta el sueño

cada día os acuerda de la muerte, retratándola en sí. Pues ¿cómo puede

haber hombre que se muera de repente en el mundo, si siempre lo andan

avisando tantas cosas? No os habéis de llamar, no, gente que murió

de repente, sino gente que murió incrédula de que podía morir así,

sabiendo con cuán secretos pies entra la muerte en la mayor mocedad y

que en una misma hora, en dar bien y mal, suele ser madre y madrastra.

Volví la cabeza a un lado y vi en un seno muy grande apretura de almas

y dióme un mal olor.

--¿Qué es esto?--dije.

Y respondióme un juez amarillo, que estaba castigándolos:

--Éstos son los boticarios, que tienen el infierno lleno de

bote en bote[213]. Gente que, como otros buscan ayudas[214] para

salvarse, éstos las tienen para condenarse. Éstos son los verdaderos

alquimistas, que no Demócrito Abderita en la _Arte sacra_, Avicena,

Géber ni Raimundo Lull. Porque ellos escribieron cómo de los metales

se podía hacer oro y no lo hicieron ellos, y, si lo hicieron, nadie lo

ha sabido hacer después acá; pero estos tales boticarios de la agua

turbia, que no clara, hacen oro y de los palos[215], oro hacen de las

moscas, del estiércol; oro hacen de las arañas, de los alacranes y

sapos, y oro hacen del papel, pues venden hasta el papel en que dan

el ungüento. Así que sólo para éstos puso Dios virtud en las yerbas y

piedras y palabras, pues no hay yerba, por dañosa que sea y mala, que

no les valga dineros, hasta la ortiga y cicuta; ni hay piedra que no

les dé ganancia, hasta el guijarro crudo, sirviendo de moleta[216].

En las palabras también, pues jamás a éstos les falta cosa que les

pidan, aunque no la tengan, como vean dinero, pues dan por aceite de

matiolo[217] aceite de ballena, y no compra sino las palabras el que

compra. Y su nombre no había de ser boticario, sino armeros; ni sus

tiendas no se habían de llamar boticas, sino armerías de los doctores,

donde el médico toma la daga de los lamedores[218], el montante de

los jarabes y el mosquete de la purga maldita, demasiada, recetada

a mala sazón y sin tiempo. Allí se ve todo esmeril de ungüentos, la

asquerosa arcabucería de melecinas con munición de calas. Muchos déstos

se salvan; pero no hay que pensar que, cuando mueren, tienen con qué

enterrarse.

Y si queréis reír ved tras ellos los barberillos cómo penan, que en

subiendo esos dos escalones, están en ese cerro.

Pero pasé allá y vi, ¡qué cosa tan admirable y qué justa pena!, los

barberos atados y las manos sueltas, y sobre la cabeza una guitarra y

entre las piernas un ajedrez con las piezas de juego de damas. Y cuando

iba con aquella ansia natural de pasacalles a tañer, la guitarra le

huía. Y cuando volvía abajo a dar de comer una pieza, se le sepultaba

el ajedrez. Y ésta era su pena. No entendí salir de allí de risa.

Estaban tras de una puerta unos hombres, muchos en cantidad, quejándose

de que no hiciesen caso dellos, aun para atormentarlos. Y estábales

diciendo un diablo, que eran todos tan diablos como ellos, que

atormentasen a otros.

--¿Quién son?--le pregunté.

Y dijo el diablo:

--Hablando con perdón, los zurdos[219], gente que no puede hacer

cosa a derechas, quejándose de que no están con los otros condenados,

y acá dudamos si son hombres o otra cosa. Que en el mundo ellos no

sirven sino de enfados y de mal agüero. Pues, si uno va en negocios y

topa zurdos, se vuelve como si topara un cuervo o oyera una lechuza.

Y habéis de saber que, cuando Scévola[220] se quemó el brazo derecho

porque erró a Porsena, que fué, no por quemarle y quedar manco, sino

queriendo hacer en sí un gran castigo, dijo:

--Así, ¿que erré el golpe? Pues en pena he de quedar zurdo.

Y cuando la justicia manda cortar a uno la mano derecha por una

resistencia, es la pena hacerle zurdo, no el golpe. Y no queráis más,

que, queriendo el otro echar una maldición muy grande, fea y afrentosa,

dijo:

Lanzada de moro izquierdo

te atraviese el corazón[221].

Y en el día del juicio todos los condenados, en señal de serlo,

estarán a la mano izquierda. Al fin es gente hecha al revés y que se

duda si son gente.

En esto me llamó un diablo por señas y me advirtió con las manos que no

hiciese ruido. Lleguéme a él y asoméme a una ventana, y dijo:

--Mira lo que hacen las feas.

Y veo una muchedumbre de mujeres, unas tomándose puntos[222] en

las caras, otras haciéndose de nuevo, porque ni la estatura en los

chapines, ni la ceja con el cohol[223], ni el cabello en la tinta,

ni el cuerpo en la ropa, ni las manos con la muda, ni la cara con el

afeite, ni los labios con la color, eran los con que nacieron ellas. Y

vi algunas poblando sus calvas con cabellos que eran suyos[224] sólo

porque los habían comprado. Otra vi que tenía su media cara en las

manos, en los botes de unto y en la color.

--Y no queráis más de las invenciones de las mujeres--dijo un

diablo--; que hasta resplandor tienen sin ser soles ni estrellas. Las

más duermen con una cara y se levantan con otra al estrado, y duermen

con unos cabellos y amanecen con otros. Muchas veces pensáis que

gozáis las mujeres de otro y no pasáis el adulterio de la carne. Mirad

cómo consultan con el espejo sus caras. Éstas son las que se condenan

solamente por buenas siendo malas.

Espantóme la novedad de la causa con que se habían condenado aquellas

mujeres, y, volviendo, vi un hombre asentado en una silla a solas, sin

fuego ni hielo, ni demonio ni pena alguna, dando las más desesperadas

voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose

pedazos a golpes y a vuelcos.

--¡Válgame Dios!--dije en mi alma--. ¿De qué se queja éste no

atormentándole nadie?

Y él, cada punto doblaba sus alaridos y voces.

--Dime--dije yo--: ¿qué eres y de qué te quejas, si ninguno te

molesta, si el fuego no te arde ni el hielo te cerca?

--¡Ay!--dijo dando voces--, ¡que la mayor pena del infierno es la mía!

¿Verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más crueles

están entregados a mi alma! ¿No los ves?--dijo.

Y empezó a morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir.

--Velos, que sin piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas

penas. ¡Ay, qué terrible demonio eres, memoria del bien que pude

hacer y de los consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué

representación tan continua! Déjasme tú y sale el entendimiento con

imaginaciones de que hay gloria que pude gozar y que otros gozan a

menos costa que yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo,

entendimiento, para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que

mi voluntad no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué

tres llamas invisibles y qué sayones incorpóreos me atormentan en las

tres potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de

la conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme

aquí, miserable y perpetuo alimento de sus dientes.

Y diciendo esto, salió la voz:

--¿Hay en todo este desesperado palacio quien trueque sus almas y sus

verdugos a mis penas? Así, mortal, pagan los que supieron en el mundo,

tuvieron letras y discursos y fueron discretos: ellos se son infierno y

martirio de sí mismos.

Tornó amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de

él medroso, diciendo:

--¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina y buen entendimiento

mal aprovechado! ¡Quien se lo vió llorar solo y tenía dentro de su alma

aposentado el infierno!

Lleguéme, diciendo esto, a una gran compañía, donde penaban en diversos

puestos muchos, y vi unos carros en que traían atenaceando muchas almas

con pregones delante. Lleguéme a oir el pregón, y decía:

--Éstos manda Dios castigar por escandalosos y porque dieron mal

ejemplo.

Y vi a todos los que penaban, que cada uno los metía en sus penas, y

así pasaban las de todos como causadores de su perdición. Pues éstos

son los que enseñan en el mundo malas costumbres, de quien dijo Dios

que valiera más no haber nacido[225].

Pero dióme risa ver unos taberneros que se andaban sueltos por todo el

infierno, penando sobre su palabra, sin prisión ninguna, teniéndola

cuantos estaban en él. Y preguntando por qué a ellos solos los dejan

andar sueltos, dijo un diablo:

--Y les abrimos las puertas. Que no hay para qué temer que se irán del

infierno gente que hace en el mundo tantas diligencias para venir.

Fuera de que los taberneros trasplantados acá, en tres meses son tan

diablos como nosotros. Tenemos sólo cuenta de que no lleguen al fuego

de los otros, porque no lo agüen.

Pero, si queréis saber notables cosas, llegaos a aquel cerco. Veréis en

la parte del infierno más hondo a Judas con su familia descomulgada de

malditos dispenseros.

Hícelo así, y vi a Judas, que me holgué mucho, cercado de sucesores

suyos y sin cara[226]. No sabré decir sino que me sacó de la duda

de ser barbirrojo[227], como le pintan los extranjeros por hacerle

español, porque él me pareció capón. Y no es posible menos ni que tan

mala inclinación y ánimo tan doblado se hallase sino en quien, por

serlo, no fuese ni hombre ni mujer. ¿Y quién sino un capón tuviera tan

poca vergüenza? ¿Y quién sino un capón pudiera condenarse por llevar

las bolsas? ¿Y quién sino un capón tuviera tan poco ánimo que se

ahorcase sin acordarse de la mucha misericordia de Dios? Ello[228] yo

creo por muy cierto lo que fuere verdad; pero capón[229] me pareció que

era Judas. Y lo mismo digo de los diablos, que todos son capones, sin

pelo de barba y arrugados, aunque sospecho que, como todos se queman,

que el estar[230] lampiños es de chamuscado el pelo con el fuego, y

lo arrugado, del calor. Y debe ser así porque no vi ceja ni pestaña y

todos eran calvos.

Los Sueños, Volume I · 第 6 / 17 段