Véanse las figuras y asuntos que le componen, según se notan

al margen en la edición de 1631: “Camino del cielo, camino del

infierno, taberneros, hipócritas, ricos, pobres, discretos, necios,

negociantes, reyes, eclesiásticos, soldados, seguir la virtud,

mujeres interesadas, sastres, libreros, cocheros, bufones, truhanes y

juglares, chocarreros, aduladores, marido que vende su mujer, mujer

pública, faranduleros, zapateros, pasteleros, corchetes y alguaciles,

mercader, plateros y buhoneros, caballero hidalgo y noble, honra

mundana, valentía, capitanes, caballero, dueñas, padres que dejan ricos

a sus hijos, necios que dicen: _¡Oh quién hubiera!_, los que abusan

de la misericordia de Dios, tintureros, cornudos, sodomitas, viejas,

muertos de repente, nadie muere de repente, que todo es avisos de la

muerte, boticarios, barberos, zurdos, mujeres feas y que se pintan,

memoria del bien perdido, gusano de la conciencia, sabios y doctos,

escandalosos, taberneros, Judas, diablos, dispenseros, Judas, mujeres

hermosas y malos letrados, malas mujeres, escribanos, alguaciles,

enamorados, penséque, amor, poetas, los que no saben pedir a Dios,

los que no cumplen los votos y promesas, hijos que no se acuerdan

de sus padres muertos, ensalmadores y saludadores, saludadores,

astrólogos y alquimistas, corchetes, sastres, alquimistas, astrólogos,

supersticiosos, quirománticos, geométrico, mujeres hermosas, los

vicios, herejes antes de Cristo, inmortalidad del alma, herejes después

de Cristo, Mahoma, herejes, Lutero e impugnación de sus errores y

defensa de las imágenes, defensa de las buenas obras y pasión de

Cristo, Lucifer y su galería, emperadores, reyes, aposento de Lucifer

y quién hay en él, alguaciles, coronistas, pesquisidores, doncellas,

demandadores, madres postizas”.

CARTA A UN AMIGO SUYO

Envío a vuesamerced este discurso tercero al _Sueño_ y al _Alguacil_,

donde puedo decir que he rematado las pocas fuerzas de mi ingenio,

no sé si con alguna dicha. Quiera Dios halle algún agradecimiento mi

deseo, cuando no merezca alabanza mi trabajo, que con esto tendré

algún premio de los que da el vulgo con mano escasa. Que no soy tan

soberbio que me precie de tener envidiosos, pues de tenerlos, tuviera

por gloriosa recompensa el merecerlos tener. Vuesamerced, en Zaragoza,

comunique este papel, haciéndole la acogida que a todas mis cosas,

mientras yo acá esfuerzo la paciencia a maliciosas calumnias, que al

parto de mis obras, sea aborto, suelen anticipar mis enemigos. Dé Dios

a vuesamerced paz y salud. Del Fresno y mayo 3 de 1608.

DON FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS.

PRÓLOGO AL INGRATO Y DESCONOCIDO LECTOR

Eres tan perverso, que ni te obligué llamándote pío, benévolo

ni benigno en los más discursos porque no me persiguieses, y, ya

desengañado, quiero hablar contigo claramente. Este discurso es del

infierno. No me arguyas de maldiciente, porque digo mal de los que

hay en él, pues no es posible que haya dentro nadie que bueno sea. Si

te parece largo, en tu mano está: toma el infierno que te bastare y

calla. Y si algo no te parece bien, o lo disimula piadoso o lo enmienda

docto. Que errar es de hombres y ser herrado de bestias o esclavos. Si

fuere oscuro, nunca el infierno fué claro; si triste y melancólico,

yo no he prometido risa. Sólo te pido, lector, y aun te conjuro por

todos los prólogos, que no tuerzas las razones ni ofendas con malicia

mi buen celo. Pues, lo primero, guardo el decoro a las personas, y

sólo reprendo los vicios, murmuro los descuidos y demasías de algunos

oficiales, sin tocar en la pureza de los oficios, y, al fin, si te

agradare el discurso, tú te holgarás, y si no, poco importa: que a mí

de ti ni de él se me da nada.--_Vale._

DISCURSO

Yo, que en el _Sueño_ vi tantas cosas y en el _Alguacil alguacilado_ oí

parte de las que no había visto, como sé que los sueños, las más veces,

son burla de la fantasía y ocio del alma, y que el malo nunca dijo

verdad[147], por no tener cierta noticia de las cosas que justamente

se nos esconden[148], vi, guiado de mi ingenio, lo que se sigue, por

particular providencia, que fué para traerme en el miedo la verdadera

paz.

Halléme en un lugar favorecido de naturaleza por el sosiego

amable, donde, sin malicia, la hermosura entretenía la vista, muda

recreación y sin respuesta humana, platicaban las fuentes entre las

guijas y los árboles por las hojas, tal vez cantaba el pájaro, ni sé

determinadamente si en competencia suya o agradeciéndoles su armonía.

Ved cuál es de peregrino nuestro deseo, que no hallo paz en nada desto.

Tendí los ojos, codicioso de ver algún camino por buscar compañía,

y veo, cosa digna de admiración, dos sendas[149] que nacían de un

mismo lugar, y una se iba apartando de la otra, como que huyesen de

acompañarse.

Era la de mano derecha tan angosta, que no admite encarecimiento,

y estaba, de la poca gente[150] que por ella iba, llena de abrojos

y asperezas y malos pasos. Con todo, vi algunos que trabajaban en

pasarla; pero, por ir descalzos y desnudos, se iban dejando en el

camino, unos, el pellejo; otros, los brazos; otros, las cabezas; otros,

los pies, y todos iban amarillos y flacos. Pero noté que ninguno de

los que iban por aquí miraba atrás, sino todos adelante. Decir que

puede ir alguno a caballo es cosa de risa. Uno de los que allí estaban,

preguntándole si podría yo caminar aquel desierto a caballo, me

dijo[151]:

--Déjese de caballerías y caiga de su asno.

Y miré con todo eso, y no vi huella de bestia ninguna. Y es cosa de

admirar que no había señal de rueda de coche ni memoria apenas de que

hubiese nadie caminado en él por allí jamás. Pregunté, espantado desto,

a un mendigo, que estaba descansando y tomando aliento, si acaso había

ventas en aquel camino o mesones en los paraderos. Respondióme:

--Venta aquí, señor, ni mesón, ¿cómo queréis que le haya en este

camino, si es el de la virtud? En el camino de la vida--dijo--, el

partir es nacer, el vivir es caminar, la venta es el mundo, y, en

saliendo della, es una jornada sola y breve desde él a la pena o a la

gloria.

Diciendo esto, se levantó y dijo:

--Quedaos con Dios, que en el camino de la virtud es perder tiempo el

pararse uno y peligroso responder a quien pregunta por curiosidad y no

por provecho.

Comenzó a andar dando tropezones y zancadillas y suspirando. Parecía

que los ojos, con lágrimas, osaban ablandar los peñascos a los pies y

hacer tratables los abrojos.

--¡Pesia[152] tal!--dije yo entre mí--; pues tras ser el camino tan

trabajoso, ¿es la gente que en él anda tan seca y poco entretenida?

¡Para mi humor es bueno!

Di un paso atrás y salíme del camino del bien. Que jamás quise

retirarme de la virtud que tuviese mucho que desandar ni que descansar.

Volvíme a la mano izquierda y vi un acompañamiento tan reverendo,

tanto coche, tanta carroza cargada de competencias al sol en humanas

hermosuras y gran cantidad de galas y libreas, lindos caballos, mucha

gente de capa negra y muchos caballeros. Yo, que siempre oí decir:

“Dime con quién andas y diréte quién eres”, por ir con buena compañía

puse el pie en el umbral del camino, y, sin sentirlo, me hallé

resbalado en medio de él, como el que se desliza por el hielo, y topé

con lo que había menester. Porque aquí todos eran bailes y fiestas,

juegos y saraos; y no el otro camino, que, por falta de sastres,

iban en él desnudos y rotos, y aquí nos sobraban mercaderes, joyeros

y todos oficios. Pues ventas, a cada paso, y bodegones, sin número.

No podré encarecer qué contento me hallé en ir en compañía de gente

tan honrada[153], aunque el camino estaba algo embarazado, no tanto

con las mulas de los médicos como con las barbas de los letrados,

que era terrible la escuadra dellos que iba delante de unos jueces.

No digo esto porque fuese menor el batallón de los doctores, a quien

nueva elocuencia llama ponzoñas graduadas, pues se sabe que en las

universidades estudian para tósigos[154]. Animóme para proseguir mi

camino el ver, no sólo que iban muchos por él, sino la alegría que

llevaban y que del otro se pasaban algunos al nuestro y del nuestro al

otro, por sendas secretas.

Otros caían que no se podían tener, y entre ellos fué de ver el cruel

resbalón que una lechigada[155] de taberneros dió en las lágrimas,

que otros habían derramado en el camino, que, por ser agua, se les

fueron los pies y dieron en nuestra senda unos sobre otros. Íbamos

dando vaya a los que veíamos por el camino de la virtud más trabajados.

Hacíamos burla dellos, llamábamosles heces del mundo y desecho de la

tierra. Algunos se tapaban los oídos y pasaban adelante. Otros, que se

paraban a escucharnos, dellos desvanecidos de las muchas voces y dellos

persuadidos de las razones y corridos de las vayas, caían y se bajaban.

Vi una senda por donde iban muchos hombres de la misma suerte que

los buenos, y desde lejos parecía que iban con ellos mismos, y,

llegado que hube, vi que iban entre nosotros. Éstos me dijeron que

eran los hipócritas, gente en quien la penitencia, el ayuno, que en

otros son mercancía del cielo, es noviciado del infierno[156]. Iban

muchas mujeres tras éstos, los cuales, siendo enredo con barba y

maraña con ojos y embeleco, andaban salpicando de mentira a todos,

siendo estanques donde pescan adrollas[157] los embustidores. Otros

se encomiendan a ellos, que es como encomendarse al diablo por

tercera persona. Éstos hacen oficio la humildad y pretenden honra,

yendo de estrado en estrado y de mesa en mesa. Al fin conocí que iban

arrebozados para nosotros; mas para los ojos eternos, que abiertos

sobre todos juzgan el secreto más escuro de los retiramientos del alma,

no tienen máscara. Bien que hay muchos buenos; mas son diferentes

déstos, a quien antes se les ve la disimulación que la cara y alimentan

su ambiciosa felicidad de aplauso de los pueblos, y, diciendo que son

unos indignos y grandísimos pecadores y los más malos de la tierra,

llamándose jumentos, engañan con la verdad, pues siendo hipócritas,

lo son al fin. Iban éstos solos aparte, y reputados por más necios

que los moros, más zafios que los bárbaros y sin ley, pues aquéllos,

ya que no conocieron la vida eterna ni la van a gozar, conocieron la

presente y holgáronse en ella; pero los hipócritas, ni la una ni la

otra conocen, pues en ésta se atormentan y en la otra son atormentados.

Y, en conclusión, déstos se dice con toda verdad que ganan el infierno

con trabajos.

Todos íbamos diciendo mal unos de otros: los ricos tras la riqueza, los

pobres pidiendo a los ricos lo que Dios les quitó. Van por un camino

los discretos, por no dejarse gobernar de otros, y los necios, por no

entender a quien los gobierna, aguijan a todo andar. Las justicias

llevan tras sí los negociantes; la pasión, a las malgobernadas

justicias, y los reyes, desvanecidos y ambiciosos, todas las

repúblicas[158].

Vi algunos soldados, pero pocos, que por la otra senda infinitos iban

en hileras ordenados, honradamente triunfando; pero los pocos que

nos cupieron acá era gente que, si, como habían extendido el nombre

de Dios jurando, lo hubieran hecho peleando, fueran famosos. Dos

corrilleros[159] solos iban muy desnudos, que, por la mayor parte,

los tales, que viven por su culpa, traen los golpes en los vestidos

y sanos los cuerpos. Andaban contando entre sí las ocasiones en que

se habían visto, los malos pasos que habían andado, que nunca éstos

andan en buenos pasos. Nada los oíamos[160]; sólo, cuando por encarecer

sus servicios dijo uno a los otros ¿qué digo, camarada?, ¡qué trances

hemos pasado y qué tragos!, lo de los tragos se les creyó[161]. Miraban

a estos pocos los muchos capitanes, maestres de campo, generales de

ejércitos, que iban por el camino de la mano derecha enternecidos.

Y oí decir a uno dellos que no lo pudo sufrir, mirando las hojas de

lata[162] llenas de papeles inútiles que llevaban estos ciegos:

--¿Qué digo? ¿Soldados por acá? ¿Esto es de valientes, dejar este

camino, de miedo de sus dificultades? Venid, que por aquí de cierto

sabemos que sólo coronan[163] al que vence. ¿Qué vana esperanza os

arrastra con anticipadas promesas de los reyes? No siempre con almas

vendidas es bien que temerosamente suene en vuestros oídos: “Mata o

muere”. Reprended la hambre del premio, que de buen varón es seguir la

virtud sola y de cudiciosos los premios no más, y, quien no sosiega en

la virtud y la sigue por el interés y mercedes que se siguen, más es

mercader que virtuoso, pues la hace a precio de perecederos bienes.

Ella es don de sí misma: quietaos en ella.

Y aquí alzó la voz, y dijo:

--Advertid que la vida del hombre es guerra[164] consigo mismo y

que toda la vida nos tienen en armas los enemigos del alma, que nos

amenazan más dañoso vencimiento. Y advertid que ya los príncipes tienen

por deuda nuestra sangre y vida, pues perdiéndolas por ellos, los más

dicen que los pagamos y no que los servimos. ¡Volved, volved!

Oyéronlo ellos muy atentamente,[165] y, enternecidos y enseñados, se

encaminaron bien con los demás soldados.

Iban las mujeres al infierno tras el dinero de los hombres, y los

hombres tras ellas y su dinero, tropezando unos con otros.

Noté cómo, al fin del camino de los buenos, algunos se engañaban y

pasaban al de la perdición. Porque, como ellos saben que el camino[166]

es angosto y el del infierno ancho, y al acabar veían al suyo ancho y

el nuestro angosto, pensando que habían errado o trocado los caminos,

se pasaban acá, y de acá allá los que se desengañaban del remate del

nuestro.

Vi una mujer que iba a pie, y espantado de que mujer se fuese al

infierno sin silla o coche, busqué un escribano que me diera fe

dello, y en todo el camino del infierno pude hallar ningún escribano

ni alguacil. Y como no los vi en él, luego colegí que era aquél

el camino[167] y este otro al revés. Quedé algo consolado y sólo

me quedaba duda que cómo yo había oído decir que iban con grandes

asperezas y penitencias por el camino dél[168], y veía que todas se

iban holgando, cuando me sacó desta duda una gran parva de casados,

que venían con sus mujeres de las manos, y que la mujer era ayuno del

marido, pues por darle la perdiz y el capón, no comía, y que era su

desnudez, pues por darle galas demasiadas y joyas impertinentes iba

en cueros, y, al fin, conocí que un malcasado tiene en su mujer toda

la herramienta necesaria para la muerte, y ellos y ellas, a veces el

infierno portátil.

Ver esta asperísima penitencia me confirmó de nuevo en que íbamos bien.

Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas:

--Dejen pasar los boticarios.

--¿Boticarios pasan?--dije yo entre mí--: ¡al infierno vamos!

Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por una puerta como de

ratonera, fácil de entrar e imposible de salir por ella.

Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: “Al infierno vamos”, y

todos, estando en él, dijeron muy espantados: “En el infierno estamos”.

--¿En el infierno?--dije yo muy afligido--. No puede ser.

Quíselo poner a pleito. Comencéme a lamentar de las cosas que dejaba

en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas. Y

estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo y vi venir por el

mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto había conocido allá,

poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según se daban priesa a

llegar al infierno, estarían conmigo presto. Comenzóseme a hacer áspera

la morada y desapacibles los zaguanes.

Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que

iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete

demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi

nombre. Díjele, y pasé. Llegaron a mis compañeros y dijeron que eran

remendones, y dijo uno de los diablos:

--Deben entender los remendones en el mundo que no se hizo el infierno

sino para ellos, según se vienen por acá.

Preguntó otro diablo cuántos eran. Respondieron que ciento, y replicó

un verdugo malbarbado, entrecano:

--¿Ciento y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que

habemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos

por no recibirles.

Afligiéronse ellos, mas, al fin, entraron. Ved cuáles son los malos,

que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en el infierno. Entró

el primero un negro, chiquito, rubio, de mal pelo[169]. Dió un salto en

viéndose allá, y dijo:

--Ahora acá estamos todos[170].

Salió de un lugar donde estaba aposentado un diablo de marca mayor,

corcovado y cojo, y, arrojándolos en una hondura muy grande, dijo:

--Allá va leña.

Por curiosidad, me llegué a él y le pregunté de qué estaba corcovado y

cojo, y me dijo, que era diablo de pocas palabras:

--Yo era recuero[171] de remendones, iba por ellos al mundo, y de

traerlos a cuestas, me hice corcovado y cojo. He dado en la cuenta y

hallo que se vienen ellos mucho más apriesa que yo los puedo traer.

En esto hizo otro vómito dellos el mundo y hube de entrarme, porque no

había dónde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a traspalar, y

diz que es la mejor leña que se quema en el infierno remendones de todo

oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de novedades.

Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me

llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y

hablóme un hombre que, por las tinieblas, no pude divisar más de lo que

la llama que le atormentaba me permitía.

--¿No me conoce?--me dijo--. A...

Ya lo iba a decir, y prosiguió tras su nombre: “el librero. Pues yo

soy”.

¡Quién tal pensara! Y es verdad, Dios, que yo siempre lo sospeché,

porque era su tienda el burdel de los libros, pues todos los cuerpos

que tenía eran de la gente de la vida, escandalosos y burlones. Un

rótulo que decía: “Aquí se vende tinta fina, papel batido y dorado”,

pudiera condenar a otro que hubiera menester más apetitos por ello.

--¿Qué quiere?--me dijo viéndome suspenso tratar conmigo estas cosas--.

Pues es tanta mi desgracia, que todos se condenan por las malas obras

que han hecho, y yo y algunos libreros nos condenamos por las obras

malas que hacen los otros y por lo que hicimos barato de los libros en

romance y traducidos de latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que

encarecían en otros tiempos los sabios. Que ya hasta el lacayo latiniza

y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza.

Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó a atormentar con

humazos[172] de hojas de sus libros y otro a leerle algunos dellos. Yo,

que vi que ya no hablaba, fuíme adelante, diciendo entre mí:

--Si hay quien se condena por obras malas ajenas, ¿qué harán los que

las hicieron propias?

En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número de ánimas

gimiendo y muchos diablos con látigos y zurriagas azotándolos. Pregunté

qué gente eran, y dijeron que no eran sino cocheros. Y dijo un diablo

lleno de cazcarrias, romo y calvo, que quisiera más, a manera de decir,

lidiar con lacayos. Porque había cochero de aquéllos que pedía aun

dineros por ser atormentado, y que la tema de todos era que habían de

poner pleito a los diablos por el oficio, pues no sabían chasquear los

azotes[173] tan bien como ellos.

--¿Qué causa hay para que éstos penen aquí?--dije.

Y tan presto se levantó un cochero viejo de aquéllos, barbinegro y

malcarado, y dijo:

--Señor, porque, siendo pícaros, nos venimos al infierno a caballo y

mandando.

Aquí le replicó el diablo:

--¿Y por qué calláis lo que encubristeis en el mundo, los pecados que

facilitasteis y lo que mentisteis en un oficio tan vil?

Dijo un cochero que lo había sido de un caballero, y aun esperaba que

le había de sacar de allí:

--No ha habido tan honrado oficio en el mundo de diez años a esta

parte, pues nos llegaron a poner cotas y sayos vaqueros, hábitos largos

y valona, en forma de cuellos bajos[174]. ¿Cómo supieran condenarse las

mujeres de los pícaros en su rincón, si no fuera por el desvanecimiento

de verse en coche? Que hay mujer destos de honra postiza, que se fué

por su pie al don[175], y por tirar una cortina, ir a una testera,

hartará de ánimas a Perogotero[176].

--Así--dijo un diablo--, soltóse el cocherillo y no callará en diez

años.

--¿Qué he de callar--dijo--, si nos tratáis de esta manera, debiendo

regalarnos? Pues no os traemos al infierno la hacienda maltratada,

arrastrada y a pie, llena de lodos, como los siempre rotos escuderos,

zanqueando y despeados, sino sahumada[177], descansada, limpia y en

coche. Por otros lo hiciéramos, que lo supieran agradecer. Pues ¡decir

que merezco yo eso por barato y bienhablado y aguanoso[178], o porque

llevé tullidos a misa, enfermos a comulgar o monjas a sus conventos! No

se probará que en mi coche entrase nadie con buen pensamiento. Llegó a

tanto, que por casarse y saber si una era doncella se hacía información

si había entrado en él, porque era señal de corrupción. ¿Y tras desto

me das este pago?

--Vía[179]--dijo un demonio mulato y zurdo.

Redobló los palos y callaron. Y forzóme ir adelante el mal olor de los

cocheros, que andaban por allí.

Y lleguéme a unas bóvedas, donde comencé a tiritar de frío y dar diente

con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad de ver frío

en el infierno, qué era aquello, y salió a responder un diablo zambo,

con espolones y grietas, lleno de sabañones, y dijo:

--Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones,

truhanes y juglares chocarreros, hombres por de más y que sobran en el

mundo y que están aquí retirados, porque, si anduvieran por el infierno

sueltos, su frialdad[180] es tanta, que templaría el dolor del fuego.

Pedíle licencia para llegar a verlos. Diómela y calofriado[181]

llegué, y vi la más infame casilla del mundo y una cosa, que no habrá

quien lo crea, que se atormentaban unos a otros con las gracias que

habían dicho acá. Y entre los bufones vi muchos hombres honrados, que

yo había tenido por tales. Pregunté la causa y respondióme un diablo

que eran aduladores y que por esto eran bufones de entre cuero y

carne[182]. Y repliqué yo cómo se condenaban, y me respondieron[183]:

--Gente es que se viene acá sin avisar, a mesa puesta y a cama

hecha[184], como en su casa. Y en parte, los queremos bien, porque

ellos se son diablos para sí y para otros y nos ahorran de trabajos

y se condenan a sí mismos, y por la mayor parte, en vida, los más ya

andan con marca del infierno. Porque, el que no se deja arrancar los

dientes por dinero, se deja matar hachas[185] en las nalgas o pelar las

cejas. Y así, cuando acá los atormentamos, muchos dellos, después de

las penas, sólo echan menos las pagas. ¿Veis aquél?--me dijo--. Pues

mal juez fué, y está entre los bufones, pues por dar gusto no hizo

justicia, y a los derechos, que no hizo tuertos[186], los hizo bizcos.

Aquél fué marido descuidado, y está también entre los bufones, porque

por dar gusto a todos, vendió el que tenía con su esposa, y tomaba a

su mujer en dineros como ración y se iba a sufrir[187]. Aquella mujer,

aunque principal, fué juglar, y está entre los truhanes, porque por dar

gusto, hizo plato[188] de sí misma a todo apetito.

Al fin, de todos estados entran en el número de los bufones, y por

eso hay tantos que, bien mirado, en el mundo todos sois bufones,

pues los unos os andáis riendo de los otros, y en todos, como digo,

es naturaleza y en unos pocos oficio. Fuera déstos, hay bufones

desgranados y bufones en racimos. Los desgranados son los que de uno en

uno y de dos en dos andan a casa de los señores. Los en racimo son los

faranduleros miserables de bululú[189], y déstos os certifico que, si

ellos no se nos viniesen por acá, que nosotros no iríamos por ellos.

Trabóse una pendencia adentro, y el diablo acudió a ver lo que era. Yo,

que me vi suelto, entréme por un corral adelante, y hedía a chinches

que no se podía sufrir.

--A chinches hiede--dije yo--: apostaré que alojan por aquí los

zapateros.

Y fué así, porque luego sentí el ruido de los bojes y vi los

tranchetes. Tapéme las narices y asoméme a la zahurda donde estaban, y

había infinitos. Díjome el guardián:

--Éstos son los que vinieron consigo mismos, digo, en cueros[190].

Y como otros se van al infierno por su pie, éstos se van por los

ajenos[191] y por los suyos y así vienen tan ligeros.

Y doy fe de que en todo el infierno no hay árbol ninguno chico ni

grande y que mintió Virgilio en decir que había mirtos en el lugar de

los amantes, porque yo no vi selva ninguna, sino en el cuartel que dije

de los zapateros, que estaba todo lleno de bojes, que no se gasta otra

madera en los edificios.

Estaban todos los zapateros vomitando de asco de unos pasteleros, que

se les arrimaban a las puertas, que no cabían en un silo[192], donde

estaban tantos, que andaban mil diablos con pisones atestando almas de

pasteleros y aún no bastaban.

--¡Ay de nosotros--dijo uno--, que nos condenamos por el pecado de la

carne[193], sin conocer mujer, tratando más en huesos!

Lamentábase bravamente, cuando dijo un diablo:

Los Sueños, Volume I · 第 5 / 17 段