texto _verdugos_, trae _P_: _diablos_, gentilizando la obra en la
última redacción, y por _ángel_ corrigió _abogado_.
[53] _Metelle dentro_, ya ha dicho que _los defensores estaban de la
parte de adentro_.
[54] _En mula_ andaban los médicos.
[55] “Pidiéronle la cuenta de no sé qué cosas y tretas de su salvación
y él confesó que no sabía ninguna contra los enemigos del alma.
Mandáronle que se fuese por línea recta al infierno. A lo cual replicó
que le debían de tener por diestro de los del libro matemático, que él
no sabía qué era línea recta. Hiciéronselo aprender y descendió entre
todos. Llegaron haciendo cuenta unos despenseros, y conociéndolos en
el ruido con que venían y la trulla, etc”. (Ms.). Son términos de la
_destreza_.
[56] _La trulla_, el tropel ruidoso. _Crotalón_, 4: “Siempre andaba en
compañía de una trulla de clérigos santos”. S. HOROZCO, _Cancionero_,
p. 182: “No parece sino infierno tanta trulla y confusión”.
[57] _Sisón_, juega con el _sí son_ y el _sisón_ o el que sisa, como
suelen _los despenseros_. L. RUEDA, I, 13: “Que Luquillas es uno de los
mayores sisones del mundo”.
[58] _No darse manos a_, no parar de. A. ÁLV., _Silv. Dom. 2 adv._, 6
c., § 1: “Anduviese lista y servicial, no se dando manos a hacer”.
[59] GALINDO, _P_, 237: _¿Partido pide?_ _No tiene buen juego._ Es
darse a partido, entregarse con ciertas condiciones, propio del
vencido. VALDERR., _Ejerc. Sab. ceniz._: “El cual, viendo que no podía
escaparse, se dió a partido”.
[60] _Descubrir_, echar cartas y poner de manifiesto las sisas de
ellos, en el texto, por lo cual sigue la alegoría del juego, añadiendo
que _se echaron en baraja_, en confusión, en el infierno.
[61] Véase _Ordenanza 7 de los pasteleros_, de Valladolid: “no sea
osado (como por la malicia de las gentes alguna vez aya acaecido)
hacer pasteles, que no sean de vaca ó carnero o de venacion... no
vendan pasteles de vaca por de carnero ni en ninguna manera de cabron
ni cabra ni oveja”. Hablando de un ajusticiado, dice el mismo Quevedo
en _Tacaño_, I, 7: “Los pasteleros desta tierra nos consolarán,
acomodándole en los (pasteles) de a cuatro (reales)”.
[62] _Malilla_, del juego del tresillo o del hombre; echar la culpa de
todo a Júpiter. FONS., _Vid. Cristo_, 2, 1: “Son malillas del infierno,
que no solamente no estorban los intentos despeñados..., sino que los
atiza y asegura”. En _C_ y _P_: _querían hacer creer a Dios que era
Júpiter, y que por él decían ellos todas las cosas. Y Virgilio._
[63] _Sicelides musae_, comienzo de la égloga IV, “musas sicilianas”,
esto es, de Teócrito o bucólicas, pastoriles. Créese, con Eusebio,
Lactancio y Sanazaro, que cantó en ella _el nacimiento_ de Cristo: “Iam
redit et Virgo... | iam novo progenies coelo demittitur alto. | Tu modo
nascenti puero”... Literalmente trató del nacimiento del hijo de Asinio
Pollión, el año que triunfó por la toma de _Salonas_ en Dalmacia, y
alude a Octaviano. Vivía Virgilio junto a los huertos de Mecenas, su
grande amigo y favorecedor de todos los poetas. De Octavia, hermana
de Octaviano, Augusto, recibió gran suma de sextercios cuando le oyó
recitar el trozo de la _Eneida_ (6, 882), donde habla de su infortunado
hijo Marcelo, sucesor que iba a ser en el imperio y que murió a los
diez y ocho años. A estos dones de uno y otra alude Quevedo, no menos
que a ciertos cuernecillos de que hablan malas lenguas.
[64] “unos decían: ‘Son bautizados y miembros de la Iglesia’. No
tuvieron muchos dellos que decir otra cosa”. (El expresado Ms.). _Es
hombre._ TERENCIO, _Heautontim._, 1: “Homo sum: humani nihil a me
alienum puto”. “Como soy hombre, no tengo por ajenas las cosas de los
hombres”. Así responde Cremes a Menedemo, que le había dicho: “¿Tan
desocupado estás, Cremes, de tus cosas, que te vaga pensar en las
ajenas, y mayormente en las que no te importan nada?”
[65] “Y viendo ellos que por ser cristianos les daban más pena que a
los gentiles, alegaron que el ser cristianos no era por su culpa, que
los bautizaron cuando eran niños y que los padrinos la tenían. Digo de
verdad que vide a Mahoma, a Judas y a Lutero tan cerca de atreverse
a entrar en juicio, animados con ver salvar a un escribano, que me
espanté de que no lo hiciesen. Y sólo se lo estorbó un médico, porque,
forzado de los demonios y los que le habían traído, etc”. (Ms.).
[66] _Repartía orejas_, como falso testigo de oídas, _y ojos_, como
falso testigo de vista.
[67] En _C_ y _P_: _boticario fué condenado, y el médico y el barbero
(intercediendo S. Cosme y S. Damián) se salvaron._
[68] _Con corcovas_, tuertos o torcidos. En _S_, _corvas_; en _M_,
_encorvados_.
[69] En _C_: _vino para las misas_. En _P_: _vino puro para las misas_;
_pero_. Habiendo gentilizado la obra puso, por _misas_, _sacrificios_.
Igualmente, por _niños_, había en _M_: _niños jesuses_, y en _P_:
_vestido jesuses_, con lo que se entiende el _niños_ que quedó en la
última redacción.
[70] _Asientos_, retruécano de lugar donde asentarse y de tratos de
cambio: sobre todo, los genoveses tenían todo el dinero de España, y
era cosa sabida, por lo que añade que _habían quebrado el banco de
su crédito_. En _C_ y _P_: _ginoveses ricos_ por _extranjeros_, que
después puso.
[71] Así reprodujo este pensamiento el autor de _La Verdad sospechosa_:
“Yo sé quien tuvo ocasión
De gozar su amada bella,
Y no osó acercarse a ella
Por no ajar un canjilón”.
[72] CORR., 345: _Quien mal pleito tiene, a voces lo mete, o a barato
lo mete_.
[73] Por el gentílico _simulacros_ decían _C_ y _P_: _a cuantos santos
hay en el cielo_.
[74] _Sin ella, sin culpa_, que dice _C_.
[75] _Alcorzadas_, muy peripuestas, como la alcorza o pasta azucarada,
blanca y delicada, con que se bañan y adornan los dulces. QUEV., _Mus._
7, _r._ 3: “Los Adonis en azúcar | a quien amor alcorzaba”.
[76] _La leña_ de astrolabios y globos, causa de arder en los
infiernos. Juan Arias de Loyola y Luis de Fonseca Coutiño fueron
matemáticos, que en 1603 creyeron haber hallado el famoso _Punto fijo_.
[77] En _C_: _en una cierra honda_. En _M_ y _P_: _garganta del
infierno_.
[78] CORR., 479: “_Revolver caldos._ (Por meter en cuestión y cizaña;
_revolvedor de caldos_, el que revuelve y enmaraña pleitos y cosas)”.
En _C_: _había querido leer, todos ajuares del infierno. Y las ropas y
tocados de los condenados estaban presos con alguaciles: un avariento
estaba contando duelos más que dineros._
EL ALGUACIL ALGUACILADO
El licenciado, a quien de mano maestra pinta Quevedo, vivió
realmente. Llamábase don Jenaro Andreini, era capellán del conde de
Lemos y asistía a la parroquia de San Pedro el Real, de esta Corte.
Como viniese en peregrinación a España con el propósito de visitar el
sepulcro de Santiago en la capital de Galicia, le vió un deudo del
Conde ahuyentar los demonios. Cobróle afición, trájole a Madrid y en
breve el italiano logró fama de estupendo exorcista. Sus conjuros
frecuentes y exagerados fanatizaron a la plebe, llegando los escándalos
a tal punto, que el Santo Oficio tuvo por último que extrañarle
de estos reinos. (Carta de Quevedo, fecha en 1640, Archivo de la
Inquisición. Castellanos, notas de la edición de Madrid de 1840).
Siendo, como se verá, verdaderos demonios o peores los alguaciles,
el título equivale a _alguacil endemoniado_ o _demonio alguacilado_.
Y de hecho, _El alguacil endemoniado_ es el título en _C_ y _P_. Las
figuras que entran en el _Sueño_, y se ven oportunamente distribuidas
al margen en la edición de Pamplona (1631), son éstas, copiadas también
las anotaciones por el mismo orden que tienen: “Seis géneros de
alguaciles malos son como seis géneros de demonios, hipócrita, poetas,
poetas de comedias, procuradores, artillero, escribanos, sastre,
ciego, enamorados, sepultureros, pasteleros, astrólogos, alquimistas,
médicos, mercaderes, ministros malos, necios, aguador, taberneros,
mohatreros, venteros, enamorados, aduladores, cornudos, enamorados de
viejas, pintura de los demonios, sastres, italiano, reyes, mercaderes,
ginoveses, jueces, la justicia y la verdad, hurtar, alguaciles,
mujeres, mujeres feas se condenan más que hermosas, mujer vieja, lindo
y de zapatos blancos, pobres, diablo que predica y por qué”.
AL CONDE DE LEMOS, PRESIDENTE DE INDIAS
Bien sé que a los ojos de vuecelencia es más endemoniado el autor
que el sujeto. Si lo fuere también el discurso, habré dado lo que
se esperaba de mis pocas letras, que, amparadas como de dueño de
vuecelencia y su grandeza, despreciarán cualquier temor. Ofrézcole
este discurso del _Alguacil alguacilado_: recíbale vuecelencia con la
humanidad que me hace merced, así yo vea en su casa la sucesión que
tanta nobleza y méritos piden.
Esté advertido vuecelencia que los seis géneros de demonios que
cuentan los supersticiosos y los hechiceros, los cuales por esta orden
divide Psello en el capítulo 2.º del _Libro de los demonios_[79],
son los mismos que las órdenes en que se distribuyen los alguaciles
malos. Los primeros llaman leliureones, que quiere decir ígneos; los
segundos, aéreos; los terceros, terrenos; los cuartos, acuátiles; los
quintos, subterráneos; los sextos, lucífugos, que huyen de la luz.
Los ígneos son los criminales, que, a sangre y a fuego, persiguen los
hombres. Los aéreos son los soplones, que dan viento. Ácueos son los
porteros, que prenden por si vació o no vació sin decir _agua va_,
fuera de tiempo, y, son ácueos, con ser casi todos borrachos y vinosos.
Terrenos son los civiles que a puras comisiones y ejecuciones destruyen
la tierra. Lucífugos, los rondadores, que huyen de la luz, debiendo la
luz huir dellos. Los subterráneos, que están debajo de tierra, son los
escudriñadores de vidas y fiscales de honras y levantadores de falsos
testimonios, que debajo de tierra sacan qué acusar y andan siempre
desenterrando los muertos y enterrando los vivos.
NOTAS:
[79] _Ex Michale Psello de Daemonibus, interpres Marsillius Fecinus._
Venetiis, M.D.XVI. El ejemplar que hemos tenido a la vista, de la
biblioteca de San Isidro, se ve apostillado, acaso por Quevedo. La
letra se parece a la de sus juveniles años.
AL PÍO LECTOR
Y si fueres cruel, y no pío, perdona. Que este epíteto natural
del pollo has heredado de Eneas[80], de quien desciendes. Y en
agradecimiento de que te hago cortesía en no llamarte benigno lector,
advierte que hay tres géneros de hombres en el mundo. Los unos que, por
hallarse ignorantes, no escriben, y éstos merecen disculpa por haber
callado y alabanza por haberse conocido. Otros, que no comunican lo que
saben; a éstos se les ha de tener lástima de la condición y envidia
del ingenio, pidiendo a Dios que les perdone lo pasado y les enmiende
lo por venir. Los últimos no escriben de miedo de las malas lenguas;
éstos merecen reprensión, pues, si la obra llega a manos de hombres
sabios, no saben decir mal de nadie; si de ignorantes, ¿cómo pueden
decir mal, sabiendo que si lo dicen de lo malo lo dicen de sí mismos? Y
si del bueno, no importa, que ya saben todos que no lo entienden. Esta
razón me animó a escribir el _Sueño de las calaveras_ y me permitió
osadía para publicar este discurso. Si le quieres leer, léele, y si
no, déjale, que no hay pena para quien no le leyere. Si le empezares a
leer y te enfadare, en tu mano está con que tenga fin donde te fuere
enfadoso. Sólo he querido advertirte en la primera hoja que este papel
es sólo una reprensión de malos ministros de justicia, guardando el
decoro que se debe a muchos, que hay loables por virtud y nobleza,
poniendo todo lo que en él hay debajo la corrección de la Iglesia
romana y ministros de buenas costumbres.
NOTAS:
[80] _Eneas_, a quien Virgilio apoda siempre _pío_, _pius_, por haber
cumplido con la religión y deberes que debía a sus antepasados,
trayendo a tanta costa suya, hasta Italia, sus venerandas cenizas. Que
tal fué el valor de _pius_. _De quien desciendes_, por el mocosuena del
_pío_, calificativo que suele darse al lector en los prólogos.
DISCURSO
Fué el caso que entré en San Pedro a buscar al licenciado Calabrés,
hombre de bonete de tres altos[81], hecho a modo de medio celemín, ojos
de espulgo[82], vivos y bulliciosos, puños de Corinto, asomo de camisa
por cuello, mangas en escaramuza y calados de rasgones, los brazos en
jarra y las manos en garfio[83]. Habla entre penitente y diciplinante,
los ojos bajos y los pensamientos tiples; la color, a partes hendida y
a partes quebrada, muy tardón[84] en las respuestas y abreviador en la
mesa; gran lanzador de espíritus, tanto, que sustentaba el cuerpo con
ellos[85]. Entendíasele de ensalmar, haciendo al bendecir unas cruces
mayores que las de los malcasados. Hacía del desaliño humildad[86],
contaba visiones, y, si se descuidaban a creerle, hacía milagros que me
cansó.
Éste, señor, era uno de los sepulcros hermosos, por de fuera
blanqueados y llenos de molduras, y por de dentro pudrición y gusanos;
fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma
disoluto y de muy ancha y rasgada conciencia. Era, en buen romance,
hipócrita, embeleco vivo, mentira con alma y fábula con voz. Halléle
solo[87] con un hombre, que, atadas las manos y suelta la lengua,
descompuestamente daba voces con frenéticos movimientos.
--¿Qué es esto?--le pregunté espantado.
Respondióme:
--Un hombre endemoniado.
Y, al punto, el espíritu respondió:
--No es hombre, sino alguacil. Mirad cómo habláis, que en la pregunta
del uno y en la respuesta del otro se ve que sabéis poco. Y se ha de
advertir que los diablos en los alguaciles estamos por fuerza y de mala
gana, por lo cual, si queréis acertarme, debéis llamarme a mí demonio
enaguacilado, y no a éste alguacil endemoniado, y avenisos mejor los
hombres con nosotros que con ellos, si bien nuestra cárcel es peor,
nuestro agarro, perdurable[88]. Verdugos y alguaciles malos parece
que tenemos un mismo oficio, pues, bien mirado, nosotros procuramos
condenar y los alguaciles también; nosotros, que haya vicios y pecados
en el mundo, y los alguaciles lo desean y procuran, al parecer, con
más ahinco, porque ellos lo han menester para su sustento y nosotros
para nuestra compañía. Y es mucho más de culpar este oficio en los
alguaciles que en nosotros, pues ellos hacen mal a hombres como ellos
y a los de su género, y nosotros no[89]. Fuera desto, los demonios lo
fuimos por querer ser como Dios, y los alguaciles son alguaciles por
querer ser menos que todos[90]. Persuádete que alguaciles y nosotros
somos de una profesión, sino que ellos son diablos con varilla, como
cohetes, y nosotros alguaciles sin vara, que hacemos áspera vida en el
infierno[91].
Admiráronme las sutilezas del diablo. Enojóse Calabrés, revolvió sus
conjuros, quísole enmudecer, y no pudo, y al echarle agua bendita
comenzó a huir y a dar voces, diciendo:
--Clérigo, cata que no hace estos sentimientos el alguacil por la
parte de bendita, sino por ser agua. No hay cosa que tanto aborrezca,
pues si en su nombre se llama _alguacil_, es encajada una _l_ en
medio[92]. Yo no traigo corchetes[93] ni soplones ni escribanito.
Quítenme la tara[94] como al carbón y hágase la cuenta entre mí y el
agarrador. Y porque acabéis de conocer quién son y cuán poco tienen de
cristianos, advertid que de pocos nombres que del tiempo de los moros
quedaron en España, llamándose ellos merinos[95], le han dejado por
llamarse alguaciles. Que alguacil es palabra morisca. Y hacen bien, que
conviene el nombre con la vida y ella con sus hechos.
--Eso es muy insolente cosa oírlo--dijo furioso mi licenciado--, y, si
le damos licencia a este enredador, dirá otras mil bellaquerías y mucho
mal de la justicia, porque corrige el mundo y le quita con su temor y
diligencia las almas que tiene negociadas.
--No lo hago por eso--replicó el diablo--, sino porque ése es tu
enemigo, que es de tu oficio[96]. Y ten lástima de mí y sácame del
cuerpo déste, que soy demonio de prendas y calidad y perderé después
mucho en el infierno por haber estado acá con malas compañías.
--Yo te echaré hoy fuera--dijo Calabrés--, de lástima de ese hombre,
que aporreas por momentos y maltratas: que tus culpas no merecen piedad
ni tu obstinación es capaz della.
--Pídeme albricias--respondió el diablo--si me sacas hoy. Y advierte
que estos golpes que le doy y lo que le aporreo, no es sino que yo y
él reñimos acá sobre quién ha de estar en mejor lugar y andamos a _más
diablo es él_.
Acabó esto con una gran risada: corrióse mi buen licenciado y
determinóse a enmudecerle. Yo, que había comenzado a gustar de las
sutilezas del diablo, le pedí que, pues estábamos solos, y él, como mi
confidente, sabía[97] mis cosas secretas, y yo como amigo, las suyas,
que le dejase hablar, apremiándole sólo a que no maltratase el cuerpo
del alguacil. Hízose así, y al punto dijo:
--Donde hay poetas, parientes tenemos en corte los diablos, y todos
nos lo debéis por lo que en el infierno os sufrimos: que habéis hallado
tan fácil modo de condenaros, que hierve todo él en poetas. Y hemos
hecho una ensancha[98] a su cuartel, y son tantos, que compiten en los
votos y elecciones con los escribanos. Y no hay cosa tan graciosa como
el primer año de noviciado de un poeta en penas, porque hay quien le
lleva de acá cartas de favor para ministros, y créese que ha de topar
con Radamanto y pregunta por el Cerbero y Aqueronte, y no puede creer
sino que se los esconden.
--¿Qué géneros de penas les dan a los poetas?--repliqué yo.
--Muchas--dijo--y propias. Unos se atormentan oyendo alabar las obras
de otros, y a los más es la pena el limpiarlos. Hay poeta que tiene mil
años de infierno y aun no acaba de leer unas endechillas a los celos.
Otros verás en otra parte aporrearse y darse de tizonazos sobre si
dirá faz o cara. Cuál, para hallar un consonante no hay cerco[99] en
el infierno que no haya rodado mordiéndose las uñas. Mas los que peor
lo pasan y más mal lugar tienen son algunos poetas de comedias, por
las muchas reinas que han hecho, las infantas[100] de Bretaña que han
deshonrado, los casamientos desiguales que han efetuado en los fines
de las comedias y los palos que han dado a muchos hombres honrados por
acabar los entremeses. Mas es de advertir que los poetas de comedias
no están entre los demás, sino que, por cuanto tratan de hacer enredos
y marañas, se ponen entre los procuradores y solicitadores, gente que
sólo trata deso.
Y en el infierno están todos aposentados así. Que un artillero que
bajó allá el otro día, queriendo que le pusiesen entre la gente de
guerra, como al preguntarle del oficio que había tenido dijese que
hacer tiros en el mundo, fué remitido al cuartel de los escribanos,
pues son los que hacen tiros[101] en el mundo. Un sastre, porque dijo
que había vivido de cortar de vestir[102], fué aposentado con los
maldicientes. Un ciego, que quiso encajarse con los poetas, fué llevado
a los enamorados, por serlo todos. Los que venían por el camino de los
locos[103], ponemos con los astrólogos, y a los por mentecatos, con los
alquimistas.
Uno vino por unas muertes, y está con los médicos. Los mercaderes
que se condenan por vender, están con Judas. Los malos ministros, por
lo que han tomado, alojan con el mal ladrón. Los necios están con los
verdugos. Y un aguador, que dijo había vendido agua fría, fué llevado
con los taberneros. Llegó un mohatrero tres días ha, y dijo que él se
condenaba por haber vendido gato por liebre, y pusímoslo de pies con
los venteros, que dan lo mismo. Al fin, el infierno está repartido en
estas partes.
--Oíte decir antes de los enamorados, y por ser cosa que a mí me toca,
gustaría saber si hay muchos.
--Mancha es la de los enamorados--respondió--que lo toma todo, porque
todos lo son de sí mismos: algunos, de sus dineros; otros, de sus
palabras; otros, de sus obras, y algunos, de las mujeres. Y destos
postreros hay menos que de todos en el infierno, porque las mujeres son
tales, que, con ruindades, con malos tratos y peores correspondencias
les dan ocasiones de arrepentimiento cada día a los hombres. Como
digo, hay pocos déstos; pero buenos y de entretenimiento, si allá
cupiera[104]. Algunos hay que en celos y esperanzas amortajados y en
deseos, se van por la posta[105] al infierno, sin saber cómo ni cuándo
ni de qué manera.
Hay amantes alacayados[106], que arden llenos de cintas; otros
crinitos[107], como cometas, llenos de cabellos, y otros que en los
billetes solos que llevan de sus damas ahorran veinte años de leña a la
fábrica de la casa, abrasándose lardeados[108] en ellos.
Son de ver los que han querido doncellas, enamorados de doncellas,
con las bocas abiertas y las manos extendidas. Déstos, unos se
condenaban por tocar sin tocar pieza, hechos bufones[109] de los otros,
siempre en vísperas del contento, sin tener jamás el día y con sólo
el título de pretendientes[110]. Otros se condenan por el beso[111],
brujuleando[112] siempre los gustos sin poderlos descubrir.
Detrás de éstos, en una mazmorra, están los adúlteros[113]: éstos
son los que mejor viven y peor lo pasan, pues otros les sustentan la
cabalgadura y ellos la gozan.
--Gente es ésta--dije yo--cuyos agravios y favores todos son de una
manera.
--Abajo, en un apartado muy sucio[114], lleno de mondaduras de rastro,
quiero decir, cuernos[115], están los que acá llamamos cornudos, gente
que aun en el infierno no pierde la paciencia. Que, como la llevan
hecha a prueba de la mala mujer que han tenido, ninguna cosa los
espanta.
Tras ellos están los que se enamoran de viejas, con cadenas[116].
Que los diablos de hombres de tan mal gusto[117] aún no pensamos que
estamos seguros. Y si no estuviesen con prisiones, Barrabás aún no
tendría bien guardadas las asentaderas dellos. Y tales como somos, les
parecemos blancos y rubios[118].
Lo primero que con éstos se hace es condenarles la lujuria y su
herramienta a perpetua cárcel.
Mas, dejando éstos, os quiero decir que estamos muy sentidos de
los potajes que hacéis de nosotros, pintándonos con garras sin ser
aguiluchos; con colas, habiendo diablos rabones[119]; con cuernos, no
siendo casados, y malbarbados siempre, habiendo diablos de nosotros
que podemos ser ermitaños y corregidores. Remediad esto. Que poco ha
que fué Jerónimo Bosco[120] allá, y, preguntándole por qué había hecho
tantos guisados de nosotros en sus sueños, dijo:
--Porque no había creído nunca que había demonios de veras.
Lo otro, y lo que más sentimos, es que, hablando comúnmente, soléis
decir:
--Miren el diablo del sastre, o diablo es el sastrecillo[121].
A sastres nos comparáis, que damos leña con ellos al infierno y aun
nos hacemos de rogar para recibirlos. Que, si no es la póliza[122] de
quinientos, nunca hacemos recibo, por no malvezarlos y que ellos no
aleguen posesión: _Quoniam consuetudo est altera lex_. Y como tienen
posesión en el hurtar y quebrantar las fiestas, fundan agravio si no
les abrimos las puertas grandes, como si fuesen de casa.
También nos quejamos de que no hay cosa, por mala que sea, que no
la deis al diablo, y, en enfadándoos algo, luego decís: “Pues el
diablo te lleve”. Pues advertid que son más los que se van allá que
los que traemos. Que no de todo hacemos caso. Dais al diablo un
maltrapillo[123] y no le toma el diablo, porque hay algún maltrapillo
que no le tomará el diablo. Dais al diablo un italiano, y no le toma el
diablo, porque hay italiano que tomará al diablo. Y advertid que las
más veces dais al diablo lo que él ya se tiene, digo, nos tenemos.
--¿Hay reyes en el infierno?--le pregunté yo.
Y satisfizo a mi duda, diciendo: