Toparon con unos salteadores y capeadores[34] públicos que andaban

huyendo unos de otros, y luego los verdugos cerraron con ellos,

diciendo que los salteadores bien podían entrar en el número, porque

eran a su modo sastres silvestres y monteses, como gatos del campo.

Hubo pendencia entre ellos sobre afrentarse los unos de ir con los

otros, y al fin, juntos llegaron al valle.

Tras ellos venía la locura en una tropa, con sus cuatro costados,

poetas, músicos[35], enamorados y valientes, gente en todo ajena

deste día. Pusiéronse a un lado[36]. Andaban contándose dos o tres

procuradores las caras que tenían, y espantábanse que les sobrasen

tantas, habiendo vivido descaradamente[37]. Al fin vi hacer silencio a

todos[38].

El trono era obra donde trabajaron la omnipotencia y el milagro.

Júpiter estaba vestido de sí mismo, hermoso para los unos y enojado

para los otros[39]. El sol y las estrellas, colgando de su boca; el

viento, tullido y mudo; el agua, recostada en sus orillas; suspensa la

tierra, temerosa en sus hijos. De los hombres[40], algunos amenazaban

al que les enseñó con su real ejemplo peores costumbres. Todos, en

general, pensativos: los piadosos, en qué gracias le darían[41], cómo

rogarían por sí, y los malos, en dar disculpas.

Andaban los procuradores mostrando en sus pasos y colores[42] las

cuentas que tenían que dar de sus encomendados, y los verdugos

repasando sus copias, tarjas[43] y procesos. Al fin, todos los

defensores estaban de la parte de adentro y los acusadores de la de

afuera. Estaban guardas[44] a una puerta tan angosta, que los que

estaban, a puros ayunos[45], flacos, aún tenían algo que dejar en la

estrechura.

A un lado estaban juntas las desgracias, peste y pesadumbres, dando

voces contra los médicos. Decía la peste que ella los había herido;

pero que ellos los habían despachado. Las pesadumbres, que no habían

muerto ninguno sin ayuda de los doctores. Y las desgracias, que todos

los que habían enterrado habían ido por entrambos.

Con eso los médicos quedaron con cargo de dar cuenta de los difuntos.

Y así, aunque los necios decían que ellos habían muerto más, se

pusieron las médicos con papel y tinta en un alto con su arancel, y, en

nombrando la gente, luego salía uno dellos, y en alta voz decía:

--Ante mí pasó a tantos de tal mes, etc.[46]

Pilatos se andaba lavando las manos muy apriesa, para irse con sus

manos lavadas[47] al brasero[48]. Era de ver cómo se entraban algunos

pobres entre media docena de reyes, que tropezaban con las coronas,

viendo entrar las de los sacerdotes tan sin detenerse[49].

Llegó en esto un hombre desaforado, lleno de ceño, y alargando la

mano, dijo:

--Ésta es la carta de examen[50].

Admiráronse todos. Dijeron los porteros que quién era, y él, en altas

voces, respondió:

--Maestro de esgrima examinado y de los más diestros del mundo[51].

Y sacando unos papeles del pecho, dijo que aquéllos eran los

testimonios de sus hazañas. Cayéronsele en el suelo, por descuido,

los testimonios, y fueron a un tiempo a levantarlos dos furias y un

alguacil, y él los levantó primero que las furias[52].

Llegó un abogado y alargó el brazo para asille y metelle dentro[53], y

él, retirándose, alargó el suyo, y dando un salto, dijo:

--Esta de puño es irreparable, y pues enseño a matar, bien puedo

pretender que me llamen Galeno. Que si mis heridas anduvieran en

mula[54], pasaran por médicos malos. Si me queréis probar, yo daré

buena cuenta.

Riéronse todos, y un oficial algo moreno le preguntó qué nuevas tenía

de su alma. Pidiéronle[55] no sé qué cosas y respondió que no sabía

tretas contra los enemigos della. Mandáronle que se fuese, y diciendo:

--Entre otro--se arrojó.

Y llegaron unos despenseros a cuentas, y no rezándolas, y en el ruido

con que venía la trulla[56], dijo un ministro:

--Despenseros son.

Y otros dijeron:

--No son.

Y otros:

--Sisón[57].

Y dióles tanta pesadumbre la palabra “sisón”, que se turbaron mucho.

Con todo, pidieron que se les buscase su abogado, y dijo un verdugo:

--Ahí está Judas, que es apóstol descartado.

Cuando ellos oyeron esto, volviéndose a otra furia, que no se daba

manos a[58] señalar hojas para leer, dijeron:

--Nadie mire, y vamos a partido y tomamos infinitos siglos de fuego.

El verdugo, como buen jugador, dijo:

--¿Partido pedís? No tenéis buen juego[59].

Comenzó a descubrir[60], y ellos, viendo que miraba, se echaron en

baraja de su bella gracia.

Pero tales voces, como venían tras de un malaventurado pastelero[61],

no se oyeron jamás de hombres hechos cuartos, y pidiéndole que

declarase en qué les había acomodado sus carnes, confesó que en los

pasteles. Y mandaron que les fuesen restituidos sus miembros de

cualquier estómago en que se hallasen. Dijéronle si quería ser juzgado,

y respondió que sí, a Dios y a la ventura. La primera acusación decía

no sé qué de gato por liebre, tanto de huesos y no de la misma carne,

sino advenedizos, tanto de oveja y cabra, caballo y perro. Y cuando

él vió que se les probaba a sus pasteles haberse hallado en ellos más

animales que en el arca de Noé, porque en ella no hubo ratones ni

moscas, y en ellos sí, volvió las espaldas y dejólos con la palabra en

la boca.

Fueron juzgados filósofos, y fué de ver cómo ocupaban sus

entendimientos en hacer silogismos contra su salvación. Mas lo de

los poetas fué de notar que, de puro locos, querían hacer a Júpiter

malilla[62] de todas las cosas. Virgilio andaba con su _Sicelides

musae_[63], diciendo que era el nacimiento; mas saltó un verdugo y dijo

no sé qué de Mecenas y Octavia, y que había mil veces adorado unos

cuernecillos suyos, que los traía por ser día de más fiesta; contó no

sé qué cosas.

Y al fin, llegando Orfeo, como más antiguo, a hablar por todos, le

mandaron que se volviese otra vez a hacer el experimento de entrar en

el infierno para salir, y a los demás, por hacérseles camino, que le

acompañasen.

Llegó tras ellos un avariento a la puerta y fué preguntado qué quería,

diciéndole que los preceptos guardaban aquella puerta de quien no los

había guardado, y él dijo que en cosas de guardar era imposible que

hubiese pecado. Leyó el primero: “Amar a Dios sobre todas las cosas”,

y dijo que él sólo aguardaba a tenerlas todas para amar a Dios sobre

ellas. “No jurar”, dijo que, aun jurando falsamente, siempre había sido

por muy grande interés, y que así no había sido en vano. “Guardar las

fiestas”, éstas y aun los días de trabajo, guardaba y escondía. “Honrar

padre y madre”, siempre les quité el sombrero. “No matar”, por guardar

esto no comía, por ser matar la hambre comer. “De mujeres”, en cosas

que cuestan dineros, ya está dicho. “No levantar falso testimonio”.

--Aquí--dijo un verdugo--es el negocio, avariento. Que, si confiesas

haberle levantado, te condenas, y si no, delante del juez te le

levantarás a ti mismo.

Enfadóse el avariento, y dijo:

--Si no he de entrar, no gastemos tiempo.

Que hasta aquello rehusó de gastar. Convencióse con su vida y fué

llevado adonde merecía.

Entraron en esto muchos ladrones y salváronse dellos algunos ahorcados.

Y fué de manera el ánimo que tomaron los escribanos, que estaban

delante de Mahoma, Lutero y Judas, viendo salvar ladrones, que entraron

de golpe a ser sentenciados, de que les tomó a los verdugos muy gran

risa. Los procuradores comenzaron a esforzarse y a llamar abogados.

Dieron principio a la acusación los verdugos, y no la hacían en los

procesos que tenían hechos de sus culpas, sino con los que ellos habían

hecho en esta vida. Dijeron lo primero:

--Estos, señor, la mayor culpa suya es ser escribanos.

Y ellos respondieron a voces, pensando que disimularían algo, que no

eran sino secretarios. Los abogados comenzaron a dar descargo, que se

acabó en:

--Es hombre y no lo hará otra vez[64], y alcen el dedo.

Al fin se salvaron dos o tres, y a los demás dijeron los verdugos:

--Ya entienden.

Hiciéronles del ojo, diciendo que importaban allí para jurar contra

cierta gente[65]. Uno azuzaba testigos y repartía orejas[66] de lo que

no se había dicho y ojos de lo que no había sucedido, salpicando de

culpas postizas la inocencia.

Estaba engordando la mentira a puros enredos, y vi a Judas y a Mahoma

y a Lutero recatar desta vecindad, el uno, la bolsa, y el otro, el

zancarrón. Lutero decía:

--Lo mismo hago yo escribiendo.

Sólo se lo estorbó aquel médico que dije que, forzado de los que le

habían traído, parecieron él, un boticario y un barbero, a los cuales

dijo un verdugo que tenía las copias:

--Ante este doctor han pasado los más difuntos, con ayuda de este

boticario y barbero, y a ellos se les debe gran parte deste día.

Alegó un procurador por el boticario que daba de balde a los pobres;

pero dijo un verdugo que hallaba por su cuenta que habían sido más

dañosos dos botes de su tienda que diez mil de pica en la guerra,

porque todas sus medicinas eran espurias, y que con esto había hecho

liga con una peste y había destruido dos lugares.

El médico se disculpaba con él, y, al fin, el boticario[67] se

desapareció y el médico y el barbero andaban a daca mis muertes y toma

las tuyas.

Fué condenado un abogado porque tenía todos los derechos con

corcovas,[68] cuando, descubierto un hombre que estaba detrás déste a

gatas porque no le viesen, y preguntando quién era, dijo que cómico;

pero un verdugo, muy enfadado, replicó:

--Farandulero es, señor, y pudiera haber ahorrado aquesta venida

sabiendo lo que hay.

Juró de irse, y fuése sobre su palabra.

En esto dieron con muchos taberneros en el puesto, y fueron acusados de

que habían muerto mucha cantidad de sed a traición, vendiendo agua por

vino. Estos venían confiados en que habían dado a un hospital siempre

vino puro[69] para los sacrificios; pero no les valió, ni a los sastres

decir que habían vestido niños. Y así, todos fueron despachados como

siempre se esperaba.

Llegaron tres o cuatro extranjeros ricos, pidiendo asientos[70], y dijo

un ministro:

--¿Piensan ganar en ellos? Pues esto es lo que les mata. Esta vez han

dado mala cuenta y no hay donde se asienten, porque han quebrado el

banco de su crédito.

Y volviéndose a Júpiter, dijo un ministro:

--Todos los demás hombres, señor, dan cuenta de lo que es suyo; mas

éstos, de lo ajeno y todo.

Pronuncióse la sentencia contra ellos. Yo no la oí bien; pero ellos

desaparecieron.

Vino un caballero tan derecho, que, al parecer, quería competir con

la misma justicia que le aguardaba. Hizo muchas reverencias a todos

y con la mano una ceremonia, usada de los que beben en charco. Traía

un cuello tan grande, que no se le echaba de ver si tenía cabeza.

Preguntóle un portero, de parte de Júpiter, si era hombre. Y él

respondió con grandes cortesías que sí y que por más señas se llamaba

don Fulano, a fe de caballero. Rióse un ministro, y dijo:

--De codicia es el mancebo para el infierno.

Preguntáronle qué pretendía, y respondió:

--Ser salvado.

Y fué remitido a los verdugos para que le moliesen, y él sólo reparó en

que le ajarían el cuello.[71]

Entró tras él un hombre dando voces, diciendo:

--Aunque las doy, no tengo mal pleito[72]: que a cuantos simulacros

hay[73], o a los más, he sacudido el polvo.

Todos esperaban ver un Diocleciano o Nerón, por lo de sacudir el polvo,

y vino a ser un sacristán que azotaba los retablos. Y se había ya con

esto puesto en salvo; sino que dijo un ministro que se bebía el aceite

de las lámparas y echaba la culpa a una lechuza, por lo cual habían

muerto sin ella[74]; que pellizcaba de los ornamentos para vestirse,

que heredaba en vida las vinajeras y que tomaba alforzas a los oficios.

No sé qué descargo se dió, que le enseñaron el camino de la mano

izquierda.

Dando lugar unas damas alcorzadas[75], que comenzaron a hacer melindres

de las malas figuras de los verdugos, dijo un procurador a Vesta que

habían sido devotas de su nombre aquéllas: que las amparase. Y replicó

un ministro que también fueron enemigas de su castidad.

--Sí, por cierto--dijo una que había sido adúltera.

Y el demonio la acusó que había tenido un marido en ocho cuerpos; que

se había casado de por junto en uno para mil. Condenóse esta sola, y

iba diciendo:

--¡Ojalá supiera que me había de condenar, que no hubiera cansádome en

hacer buenas obras!

En esto, que era todo acabado, quedaron descubiertos Judas, Mahoma y

Martín Lutero. Y preguntando un ministro cuál de los tres era Judas,

Lutero y Mahoma, dijeron cada uno que él. Y corrióse Judas tanto, que

dijo en altas voces:

--Señor, yo soy Judas, y bien conocéis vos que soy mucho mejor que

éstos: porque, si os vendí, remedié al mundo, y éstos, vendiéndose a sí

y a vos, lo han destruido todo.

Fueron mandados quitar delante.

Y un abogado que tenía la copia, halló que faltaban por juzgar los

malos alguaciles y corchetes. Llamáronlos, y fué de ver que asomaron al

puesto muy tristes, y dijeron:

--Aquí lo damos por condenado: no es menester nada.

No bien lo dijeron, cuando, cargado de astrolabios y globos, entró

un astrólogo dando voces y diciendo que se habían engañado, que no

había de ser aquel día el del juicio, porque Saturno no había acabado

sus movimientos ni el de trepidación el suyo. Volvióse un verdugo, y,

viéndole tan cargado de madera y papel, le dijo:

--Ya os traéis la leña[76] con vos, como si supiérades que de cuantos

cielos habéis tratado en vida, estáis de manera que, por la falta de

uno solo en muerte, os iréis al infierno.

--Eso, no iré--dijo él.

--Pues llevaros han.

Y así se hizo.

Con esto se acabó la residencia y tribunal. Huyeron las sombras a su

lugar, quedó el aire con nuevo aliento, floreció la tierra, rióse el

cielo, Júpiter subió consigo a descansar en sí los dichosos y yo me

quedé en el valle. Y discurriendo por él, oí mucho ruido y quejas en

la tierra. Lleguéme por ver lo que había, y vi en una cueva honda,

garganta del averno[77], penar muchos, y, entre otros, un letrado,

revolviendo no tanto leyes como caldos[78]; un escribano, comiendo sólo

letras, que no había solo querido leer en esta vida; todos ajuares del

infierno. Las ropas y tocados de los condenados estaban prendidos, en

vez de clavos y alfileres, con alguaciles. Un avariento, contando más

duelos que dineros; un médico, pensando en un orinal, y un boticario,

en una medicina. Dióme tanta risa ver esto, que me despertaron las

carcajadas, y fué mucho quedar de tan triste sueño más alegre que

espantado.

Sueños son éstos que, si se duerme vuecelencia sobre ellos, verá que

por ver las cosas como las veo, las esperará como las digo.

NOTAS:

[18] _Ilíada_, A, 63: καὶ γάρ τ᾽ ὄναρ ἐκ Διός ἐστιν, “etenim somnium ex

Iove est”. _Ilíada_, B, 80: “Si otro cualquiera de los Aqueos hubiera

contado este sueño, lo desecharíamos y desmentiríamos; pero lo ha visto

el mejor de los Aqueos”.

[19] En el libro IV, elegía 7, v. 87. “Ni menosprecies los sueños

cuando vienen de las santas puertas: los sueños, cuando son santos,

son muy de ponderar”. De _estas puertas de los sueños_, en Homero,

_Odisea_, Δ, 809. De las clases de sueños y cuáles son como oráculos

trató Macrobio, _In somnum Scipionis_, c. 3; donde, además, declara

las _puertas del sueño_: de marfil las de los falsos, de cuerno las de

los verdaderos, trayendo lo que dijo Porfirio al explicar a Homero:

“Latet omne verum: hoc tamen anima, cum ab officiis corporis somno

eius paulum, libera est, interdum aspicit: non nunquam tendit aciem,

nec tamen pervenit. Et cum aspicit, tamen non libero et perfecto

lumine videt, sed interiecto velamine, quod nexus naturae caligantis

obducit... Hoc velamen cum in quiete ad _verum_ usque, aciem intro

spicientis admittit, de _cornu_ creditur, cuius ista natura est, ut

tenuatum visui pervium sit. Cum autem _a vero hebetat_ ac repellit

obtutum, _ebur_ putatur, cuius corpus ita natura densatum est, ut

ad quamvis extremitatem tenuitatis crassum, nullo visu ad ulteriora

tendente penetretur”. _Caído del cielo_ es lo que dice Quevedo por

piadoso; _pía_, voz religiosa que se empleaba con los manes o difuntos.

[20] _Con el libro del Dante._ En _C P_: _con el libro del beato

Hipólito (del) de la Fin del mundo y segunda venida de Cristo; lo cual

fué causa de soñar (yo) que veía el Juicio final. Y aunque en casa

de._--Περἰ τῆς συντελείας τοῡ χόσμου χαὶ περὶ τοῡ Ἀντιχριστοῡ χαι εἰς

τἠν δευτέραν παρoυσιαν τοῡ Kυρίoυ ἡμῶν Ἰησoῡ Xριστoῡ.

[21] _Satyricon_, pág. 368, edic. Michaele Hadrianide, Amstelodami,

1669. “Hasta ladra el perro soñando que ventea una liebre”. “Los que

tratan causas, leyes y el foro ven el tribunal metido en su aterrado

corazón”.

[22] _Que se persuadiese que era cosa de juicio. Después (C P)._

[23] _De la manera que_, trasposición idiomática de la preposición con

el relativo. (_Leng. Cerv._, I, 235). _Quij._, 2, 7: “Sé _al_ blanco

_que_ tiras”. Ídem, 1, 29: “Ya se ha dicho _de_ la mala manera _que_

Cardenio estaba vestido”.

[24] _Destrocar_, trocar y deshacer el trueque otra vez. CORR., p.

388: “Pelillos a la mar, que no hay destrocar”. CÉSPED. MENESES,

_Historias_, c. 81: “Cuando los casos de tanta gravedad llegan a

destrocarse sin remedio”. _Oro viejo_, 1, P. 57: “Que te coma y

te destrueque y te | vuelva a comer”. En _P, destrozando_; en _C,

destrocando cabezas y piernas y un escribano_. Los escribanos son para

Quevedo desalmados, sin conciencia, por venderla a sus clientes.

[25] Huye cada cual del miembro con que pecó, según el romance: “Ya me

comen, ya me comen | por do más pecado había”. Los lujuriosos pecan

contra la vergüenza, que es la guarda de la castidad y el instrumento

de la vergüenza son los ojos.

[26] _De sus orejas_, castigo del ladrón era el desorejarle.

[27] En _P: se habían calzado las almas al revés_.

[28] _Gente de uña_ se dicen los ladrones. T. RAMÓN, _Dom.

17 Trin., 2_: “En no haber a qué echar las uñas, adiós, que me mudo”.

QUEV., _Mus._, 7: “Y mira mi Perico, | que cuando te pidieren | las

doncellas de uña | como sortija, gente de la carda, | que te acuerdes

del ángel de la guarda”.

[29] CORR., 195: “_Lavo mis manos._ (Quiere decir sálgome a fuera de

culpa y del daño que pueden achacarme y venirme. Tómase del hecho y

dicho de Pilatos)”.

[30] _Untarle las manos_, con ungüento mejicano u oro. MANRIQUE,

_Laurea_, 1, 8, 3: “Llega el pleiteante, úntale las manos con escudos”.

Díjose del mancharse las manos con el soborno, al par de la conciencia.

[31] En _P: legión de demonios_. Y siempre después por _verdugos_.

[32] _Radamanto_, hijo de Júpiter y de Europa, hermano de Minos, y con

él juez en los infiernos. En _P_: _y respondiéronle_: “_Al justo juicio

de Dios, que era llegado_”. En _C_: _Respondió un diablo que al justo

juicio de Dios, el cual era ya llegado. Respondió: Esto me ahorraré._

[33] _De su oficio_, el más ladrón de todos, según dicen, por los

retazos que sisan: _No pasa un alma, todos son sastres. Cien sastres,

y cien molineros y cien tejedores, son trescientos ladrones._ (CORR.,

270). _El sastre que no hurta no es rico por la aguja._ (Ídem, 83).

[34] _Capeadores_, los que capeaban o hurtaban de noche capas, etc.

[35] _De músicos, poetas y locos, todos tenemos un poco._ A los que han

de añadirse los otros dos costados, el enamorado y el valentón: el que

es estas cuatro cosas es loco _por los cuatro costados, gente ajena

deste día_, esto es, _de juicio_.

[36] “Donde se estaban mirando los sayones judíos y los filósofos”.

Decían juntos, viendo a los Sumos Pontífices con sillas de gloria:

“Diferentemente se aprovecharon de las narices los Papas que nosotros,

pues con diez varas de ellas no olimos lo que teníamos entre manos”.

(Ms. de la Biblioteca Colombina).

[37] _Descaradamente_, sin cara propia, pues ponen una cara a cada

ocasión. Véase _Guzmán de Alfarache_, 2, 3, 7.

[38] “Hacíale también un silenciero de catedral, dando tales golpes

con su bastón, que acudieron a ellos más de mil calóndrigos, no pocos

racioneros y hasta un Obispo, un Arzobispo y un Inquisidor, trinidad

que se arañaba por arrebatarse una buena conciencia, que acaso andaba

por allí distraída, buscando a quién le viniese”. La censura tachó en

1612 este párrafo, que nunca llegó a imprimirse. Castellanos lo publicó

entre sus notas en la edición ilustrada que salió de la imprenta de

Mellado en 1840.

[39] En _C_ y _P_: _Dios estaba vestido de sí mismo, hermoso para los

santos y enojado para los perdidos._

[40] “Los hombres, unos tenían los ojos en Dios y otros en sí mismos.

Cuál miraba a la tierra y cuál amenazaba al que le enseñó con sus malas

costumbres y mal ejemplo”. (Ms. Colomb). “Toda la tierra y temerosa”

(_C_).--“temerosa en sus hijos; y cual amenazaba al que le enseñó con

su mal peores costumbres” (ídem).

[41] En _C_ y _P_: _Los justos en qué gracias darían á Dios cómo_.

Puso _piadosos_, que entre gentiles, hablando de _Júpiter_, era lo que

respondía a _justos_ y a _Dios_.

[42] _Colores_, como _caras_, que daba a entender antes. En _C_ y _P_:

_Andaban los ángeles custodios mostrando_. En _M_: _mostrando en los

pasos_.

[43] _Tarjas_, aquí golpes, azotes.

[44] _Estaban los diez mandamientos por guarda a una puerta_ (_B_) de

la de afuera. _Estaban los diez_ (_M_).

[45] _A puros ayunos_, a fuerza de ayunos. VALDERRAMA, _Ejerc. Sab. 2

cuar._: “Cuando a puros ruegos y porfías le sacó la bendición”.

[46] “Comenzóse la cuenta por Adán y, porque se vea si iba estrecha,

hasta de una manzana le pidieron cuenta tan rigorosa, que le oí decir a

Judas: ‛¿Qué tal la daré yo, que le vendí al mismo dueño un cordero’?

“Pasaron todos los primeros Padres, vino el Testamento nuevo,

pusiéronse en sus sillas al lado de Dios los apóstoles todos con el

santo Pescador. Luego llegó un diablo y dijo: ‘Éste es el que señaló

con toda la mano al que san Juan con un dedo, que fué el que dió la

bofetada a Cristo’. Juzgó el mismo su causa y dieron con él en los

entresuelos del mundo. Era de ver, etc”. (Ms.).

[47] _Con sus manos lavadas._ (Meterse sin ser llamado). (CORR.,

595), y sin haber puesto nada de su parte, tomado del no manchárselas

estándose mano sobre mano. A. ÁLVAREZ, _Silva_, _Fer. 4 dom. 2 cuar._,

14 c.: “Para que con sus manos lavadas se lo gocen”.

[48] _Brasero_ era el lugar donde quemaban al delincuente, y alude al

infierno. CARTUJANO, _Triunf._, 2: “Responda tablada con rostro quemado

| y en su brasero las carnes desnudas”.

[49] “Asomaron sus cabezas Herodes y Pilatos, y cada uno conocía en él,

aunque gloriosas, sus iras. Decía Pilatos: ‛Esto merece quien se dejó

gobernar por judigüelos’; y Herodes: ‛Yo no puedo ir al cielo, pues al

limbo no se querrían más (_fiar de mí_) los inocentes con las nuevas

que tienen de esotros’. Ello es fuerza de ir al infierno, que, en fin,

es posada conocida”. (Ms.).

[50] _Carta de examen_, tenía todo oficial, pues había de pasar por

él, de lo cual están llenas las _Ordenanzas_ de ciudades. Alude

Quevedo a don Luis Pacheco de Narváez, con quien tuvo un lance en

casa del Presidente de Castilla el año 1608. Discurríase con motivo

de las _Cien conclusiones_ de la verdadera destreza, que don Luis

acababa de publicar. Impugnólas Quevedo, sostúvolas el maestro, no

bastaron razones, se recurrió a la prueba, y al primer encuentro pegó

don Francisco a Narváez y derribóle el sombrero de la cabeza. Fueron

enemigos toda su vida. Dicen que Pacheco se juntó con Montalbán y

con el padre Niseno para escribir en 1635 el _Tribunal de la justa

venganza_. El libro de Narváez, que ha impreso Vindel en 1898, dice:

_Modo fácil y nuevo para examinarse los maestros en la Destreza de las

Armas y entender sus cien conclusiones ó fórmulas de saber, por Don

Luis Pacheco de Narváez, maestro del Rey nuestro señor, en la Filosofía

y Destreza de las Armas y Mayor en los Reynos de España_, Madrid, 1625.

La obra publicada en 1600, Madrid, llevaba por título: _Libro de las

grandezas de la espada, en que se declaran muchos secretos del que

compuso el comendador Jerónimo de Carranza._ De este libro se burla

Quevedo, no menos en la _Historia de la vida del Buscón Pablos_ (l. I,

c. 8).

[51] “y de los más ahigadados hombres del mundo y, porque lo crean,

vean aquí el testimonio de mis hazañas. Y fué a sacarlos del seno con

tanta prisa y cólera, que por mostrarlos se le cayeron en el suelo.

Luego al punto arremetieron dos diablos y un alguacil a levantarlos, y

vi que con mayor presteza levantó el alguacil los testimonios que los

diablos. Llegó un ángel y alargó el brazo para asirle y meterle y él

retirándose, etc.”. (Ms.).

Los Sueños, Volume I · 第 2 / 17 段