NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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indicadas con _guiones bajos_.
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en el dominio público.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando se
imprimió la presente edición. Esto se aplica a las notas producidas
por el editor de la obra, Julio Cejador y Frauca. También se adecuó la
ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por
la RAE.
Sin embargo, en instancias en que el editor o el autor citan textos
de otras obras, el criterio seguido fue el de preservar la forma de
escritura original.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
El Índice de capítulos, incluido al final en la publicación original,
ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
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QUEVEDO
CLÁSICOS CASTELLANOS
QUEVEDO
LOS SUEÑOS
I
EDICIÓN Y NOTAS DE JULIO CEJADOR Y FRAUCA
MADRID
EDICIONES DE “LA LECTURA”
1916
INTRODUCCIÓN
_Los Sueños_ fueron la obra principal que de 1606 a 1613 compuso el
joven satírico don Francisco de Quevedo Villegas (1580-1645); por
lo menos durante aquellos años escribió el de las _Calaveras_, el
_Alguacil alguacilado_ y el _Mundo por de dentro_. Es la obra que más
ha hecho sonar su nombre; fué el fruto ya maduro de hondo pensador, de
atento especulador de la ciencia de gobierno, de pintor maravilloso de
las costumbres, de satírico acerado de las lacras sociales, de espíritu
revoltoso y travieso y de estilista consumado.
La traza de fantasear un sueño para dar rienda suelta a su vena
bulliciosa, mordaz y festiva por el variado e inverosímil campo de la
sátira de costumbres, tomóla de la _Divina comedia_, del Dante; de las
_Danzas de la muerte_ medioevales; del _Fin del mundo y segunda venida
de Cristo_, atribuida al bienaventurado Hipólito; de las pinturas del
Bosco, y sobre todo, del gran satírico griego Luciano de Samosata, a
quien no menos, antes más a las claras, había ya Cristóbal de Villalón
imitado medio siglo había en la magnífica sátira que corría manuscrita
con el título de _Crotalón_. La diferencia es grande, aunque la fuente
de donde corren entrambas aguas la misma, y no menos el común intento
moralizador por medio de la sátira de las costumbres. Es Villalón más
helenista; más español, Quevedo. La ironía es allí enteramente clásica
y lucianesca, recontando un gallo sus anteriores vidas en diversos
estados, con el sosiego de la musa griega y la tranquila objetividad
de un narrador filósofo, que por nada se altera; aquí la ironía es
roja y chillona, sin matices melindrosos, española enteramente, sin
el envoltorio de gallos ni de caballeros andantes, como la envolvió
clásicamente Cervantes en novela de inventiva sin igual. Quevedo es
satírico de golpe y porrazo, de antuvión, diría él; es poeta subjetivo
y lírico, con lirismo empapado en hieles, embrazada la porra en vez de
la lira. Ni liras ni cítaras ni formingues son para los callosos dedos
de este gañán de la sátira. Nada hay aquí de narrativo en el fondo,
como en Luciano y Villalón, porque las pinturas se suceden sin atadero,
y son brochazos, ricos de colorido, mas sin composición que los trabe
y armonice, que no lo es apenas el flojísimo hilo que enlaza los
retazos en el todo del pensamiento del juicio final, o del endemoniado
alguacil, o de la farsa del mundo. Tanto es así, que las pinceladas
podrían pasar del uno a los otros en estos _Sueños_, y siempre estarían
en su propio lugar. Al cabo y a la postre, en el soñar, ni hay hilo
que trabe las escenas ni unidad de composición alguna. El espíritu
volandero y mariposeador de Quevedo no podía más libremente revolotear
que en lo desatado y ligero de un sueño. No había nacido para el
teatro, la novela u otras obras largas; hoy hubiera sido un terrible
periodista satírico.
Y de hecho _Los Sueños_ y demás sátiras de Quevedo son el periódico de
los tiempos de los Felipes III y IV.
No pocos rasgos debían de apuntar a personas y personajes, que hoy
desconocemos; aun así y todo, como el satírico ahonda más en el mundo
y en la vida común que el historiador y el dramaturgo, las obras de
Quevedo son la mejor pintura de aquella sociedad.
Dió Quevedo en la manera que más al justo le cuadraba. Y por eso mismo,
por la liviandad de su brillante fantasía y por el adecuado medio del
soñar, que para satirizar las costumbres y reírse de todo le ocurrió,
fué menos objetivo y sereno, menos clásico, de menor donosura que
Villalón y Luciano, y a la par de menor profundidad y menos filósofo
que ellos y que Lorenzo Gracián, que tras él vino a tomarle la vez.
_Los Sueños_ fueron la obra más propia de Quevedo: fué la primera que
comenzó, y tardó quince años en acabar, sin contar _La Hora de todos y
la fortuna con seso_, obra póstuma, y que no es más que otro de los
sueños, el mejor de ellos. En 1607 tenía acabados el _Sueño del juicio
final o de las Calaveras_, _El Alguacil endemoniado y el licenciado
calabrés_ o _El Alguacil alguacilado_. Adoleció en 1608 y fuése a
convalecer al Fresno de Torote, donde acabó el _Sueño del Infierno_ o
_Las Zahurdas de Plutón_. En 1612, retirado en la Torre de Juan Abad,
acabó probablemente el _Mundo por de dentro_. Vuelto de Sicilia y
muerto Felipe III (1621), desterrado a la misma Torre de Juan Abad,
escribió, además de otras obras, el _Sueño de la muerte_ o _Visita de
los chistes_.
_La hora de todos y la fortuna con seso_, titulada por su autor
_Fantasía moral_, es sátira que de moral y social se convierte, a los
pocos capítulos, en sátira política, colección de valientes cuadros
políticos y de costumbres de la época. Las alusiones punzantes
contra ministros y próceres, que esmaltan a cada paso el discurso,
retrajeron al autor de darlo a la estampa, contentándose con que
corriese manuscrito, escociendo a los zaheridos en él y preparando su
descrédito. Empeñado ya en una guerra abierta con el vanidoso Atlante
de la Monarquía, el Conde-Duque de Olivares y los a él allegados para
traficar descaradamente con la suerte y libertad de los ciudadanos y
monopolizar, fiado en la imbecilidad del Príncipe, los destinos de un
gran pueblo, escribió por los años de 1639 _La Isla de los monopantos_,
esto es, de los que se enseñoreaban del Poder. Desapareció este
desenfado satírico cuando, preso en diciembre de aquel año, fueron
entrados a saco sus papeles; pero alcanzada la libertad en 1644 y caído
el privado, lo incluyó en _La Hora_, capítulo XXXIX, cuando acabó de
limar esta obra en 1644, haciéndola copiar a su amanuense en 1655.
La historia del libro de los _Sueños_ puede resumirse, según don
Aureliano Fernández Guerra, cuya magnífica edición de las _Obras_ de
Quevedo, Madrid, 1880, es fuente indispensable tratándose del satírico,
de la manera siguiente. No puede asegurarse que en los quince años
que median entre 1612 y 1627 llegase a correr de molde ninguno de
ellos; pero debieron de imprimirse varias veces. Vieron por primera
vez en colección la luz pública fuera de los reinos de Castilla, en
Barcelona y en 1627, con el título de _Sueños y discursos de verdades
descubridoras de abusos, vicios y engaños de todos los oficios y
estados del mundo_. (_Tribunal de esta justa venganza_, pág. 37).
Esta edición sirvió de original a la de Valencia del mismo año y a la
de Pamplona de 1631. (Licencias de esta edición y singularmente la del
fol. 198). Con el rótulo _Desvelos soñolientos y verdades soñadas_
y la advertencia de que el libro salía _corregido y enmendado agora
de nuevo por el mismo autor y añadido un tratado de la Casa de locos
de amor_, los reimprimieron las prensas de Zaragoza en la primavera
del dicho año de 1627, ejemplar rarísimo, como todos los de estas
publicaciones primeras, y que se guarda en el Museo Británico. Allí se
conserva también la de Barcelona de 1629, que, adelantándola un año,
cita D. Nicolás Antonio. Tiene esta inscripción: _Desvelos soñolientos
y discursos de verdades soñadas, descubridoras de abusos, vicios y
engaños de todos los oficios y estados del mundo. En doce discursos.
Primera y segunda parte_. Después, en Lisboa, 1629.
Las prensas no daban abasto para saciar la curiosidad general
entretenida con aquellos sabrosos desenfados, mientras ponía lengua
la murmuración en que el libro se imprimiese constantemente fuera de
estos reinos, y se mostraba ofendida de algunas libertades e impurezas
desapacibles, disgustada de la extraña mezcla de lugares de la
Escritura con chistes y bufonerías, y horrorizada de los escandalosos
nombres, que el autor hubo de poner a sus discursos.
Los enemigos de Quevedo eran muchos y poderosos por la mano que había
tenido en los negocios de Sicilia, Nápoles y Venecia y por el favor que
gozó en la Corte de Felipe III. Cuando los enconados resentimientos
y la envidia le arrojaron entre cadenas y al destierro, entonces
se desarrebozaron sus émulos, satirizando torpemente su vida y sus
escritos. Con la dedicatoria del _Sueño de la muerte_ a doña María
Enríquez el año de 1622, coincide la licencia que se le concedió
para irse a curar a Villanueva de los Infantes de unas tercianas
malignas, y la libertad que se le dió, aunque con la prohibición de
entrar en la Corte ni acercarse a ella a diez leguas a la redonda,
cortapisa que desapareció por marzo del año siguiente. En febrero de
1624 ya formaba parte de la regia comitiva que acompañó a Felipe IV a
Andalucía, aposentándole en su propia casa de la Torre de Juan Abad; y
no menos el año 1626 fué con el Rey a las Corte de Barbastro, Monzón
y Barcelona. Aprovechando la holgura y libertad del reino de Aragón,
trató con el mercader Roberto Dupont y con el impresor Pedro Verges y
así pudo imprimir la _Política de Dios_, _El Buscón_ y _Los Sueños_.
Pero la fama creciente de Quevedo, acrecentada con el _Memorial por el
Patronato de Santiago_, publicado en febrero de 1628, recrudeció de
nuevo la malevolencia de los envidiosos, los cuales le pusieron mal con
el valido, el Conde-Duque de Olivares, hasta lograr que éste le metiese
en la cárcel por junio del mismo año de 1628 y le desterrase a la Torre
de Juan Abad, teniéndole allí preso desde abril hasta que se le mandó
tornar a la Corte en 29 de diciembre del mismo año.
El encierro no quebrantaba su entereza, y con el arrojo y libertad que
le inflamaron siempre, dirigió a Felipe IV un largo y valiente memorial
insistiendo en la defensa de Santiago y haciendo la suya propia contra
todos sus adversarios. Pedía licencia para la impresión; pero por no
echar más leña al fuego no le fué concedida.
Quevedo debió de conocer que sus adversarios no habían de cejar un
punto. Ello es que por entonces comenzó el Conde-Duque a tratar de
ganarse su voluntad y él se rindió, no ciertamente a las dádivas,
amenazas y persecuciones, pero sí a las muestras de amistad que le
dió el favorito, hasta llegar a imprimir el año de 1630 en Zaragoza
_El Chitón de las tarabillas_, en defensa del descabellado arbitrio de
Olivares sobre las minas y la baja de la moneda y en defensa del mismo
Conde-Duque. Por aquí acaso se explicará el inexplicable hecho de la
corrección y nueva redacción que hizo de _Los Sueños_, quitándoles
muchos pasajes de los que escandalizaban a los envidiosos y cuanto
aludía a la Escritura, a la Religión y a los clérigos y religiosos,
convirtiendo los _Sueños_ de cristianos en gentílicos.
A principios del año 1629 pidió al Tribunal de la Inquisición recogiese
todas las impresiones hechas en Aragón y otras partes fuera de los
reinos de Castilla, y con la censura de fray Diego del Campo y la del
padre Juan Vélez Zabala, calificadores ambos del Santo Oficio, dió en
Madrid a la estampa sus obras satírico-morales en aquel otoño (_Índice
expurgatorio_ publicado en 1640 por el inquisidor general don Antonio
de Sotomayor). Intitulóse el libro _Juguetes de la niñez y travesuras
del ingenio_, Madrid, 1629. Cambiáronse los nombres de cada uno de los
sueños resultando:
_El Sueño de las calaveras_, por _El Sueño del Juicio final_; _El
Alguacil alguacilado_, por _El Alguacil endemoniado_; _Las Zahurdas de
Plutón_, por _Sueño del Infierno_; _Visita de los chistes_, por _El
Sueño de la Muerte_.
Añadiéronse nuevos tratados: _El Libro de todas las cosas y otras
muchas más_; _Aguja de navegar cultos_; _La Culta latiniparla_, y _La
caldera de Pero Gotero_, refundida luego, en _El Entremetido y la
Dueña y el Soplón_. Desaparecieron los romances _El Nacimiento del
autor_, _El Cabildo de los gatos_, _Las dos aves y los dos animales
fabulosos_, _La Premática del tiempo_ y la _Casa de locos de amor_.
En fin, para imprimir por diez años los _Juguetes de la niñez_,
concedió licencia Su Majestad a Quevedo, a 20 de enero de 1631; y
Madrid (1788, 1794) Sevilla (1634, 1641) y Barcelona, (1635, dos
ediciones, 1695) los reprodujeron varias veces, ejemplares que la
rapacidad de libreros vergonzantes y la afición de los extranjeros
por las antiguas ediciones españolas han hecho rarísimos en nuestras
bibliotecas. Respetando la voluntad última del autor, se ha preferido
siempre imprimir esta edición de los _Juguetes de la niñez_. Pero
de esta redacción y corrección, si hoy se levantara Quevedo, cierto
estoy de que clamara amargamente: _Compulsus feci_. Huele demasiado a
teólogos escrupulosos no sólo todo lo variado y corregido, pero aun el
mismo título de _Juguetes de la niñez_. No lo eran ciertamente para
Quevedo, aunque así lo intituló por quitarse de enredos. Es la obra de
más valer que escribió, la de más maduro juicio, aunque escrita por
su mayor parte siendo todavía joven. Así lo pensaba su autor cuando
prosiguió por la misma vereda escribiendo, ya entrado en años, no
sólo la _Visita de los chistes_, sino _El Entremetido y la Dueña y el
Soplón_, y finalmente la obra póstuma y verdadero póstumo sueño, _La
Hora de todos y la fortuna con seso_. No son juguetes de niños,
sino filosofías de hombre muy maduro y asesado _Los Sueños de Quevedo_.
No es menester gran talento para comprenderlo; ¿y habrá quien crea que
para comprenderlo no lo tuvo el mismo Quevedo? ¿No se pasó toda la
vida satirizando las necedades de los hombres, poniéndolos al desnudo,
riéndose de sus ridiculeces? ¿Cómo le vamos a creer que escribió
“con ingenio _facinoroso_” sus _Sueños_ y que les puso “nombres más
_escandalosos_ que propios?” Los que se escandalizaron fueron sin duda
algunos teólogos a lo padre Niseno y los hipocritones de sus émulos. No
conocemos bien las apreturas en que se vió, aunque algo se traslucen
por lo poco que hemos historiado. Ello basta para saber que, si no
podemos juzgar en esta parte a Quevedo, afirmando que prevaricó y quedó
vencido y se desdijo feamente, lo cual dificultoso es de admitir en
varón de tanta entereza en tantas y tan graves persecuciones, sobre
todo la del Conde-Duque, cuando en la última vejez le empozó en la
mazmorra aquella del convento de San Marcos de León, donde por milagro
no acabó, tullido y lleno de enfermedades sus tristes días; por lo
menos basta para asegurarnos de que, si oficialmente y en lo de fuera,
fué su última voluntad la edición que llamó _Juguetes de la niñez_, en
lo de dentro de su pecho y en lo íntimo de su conciencia no fué así.
¿Por qué han de ser “más escandalosos que propios” los títulos
cristianos, que no los gentílicos? Un cristiano no sueña en el
despertar de _calaveras_, sino en el _juicio final_; no en las
_zahurdas de Plutón_, sino en el _infierno_; un cristiano ve
_ángeles_, _diablos_; ve a _Dios_ y a _su Madre_, y no a _Júpiter_ y a
_defensores_ y _verdugos_ abstractos; un cristiano gran satírico, ve
y pinta las necedades de monjas, frailes, curas y obispos, lo mismo y
con mayor dolor que las de sastres y escribanos. Nada de escandaloso
ni impropio vió y pintó el Dante, cuando esto vió y pintó, y no es por
ello la _Divina Comedia_ obra de “ingenio facinoroso”. “Con desprecio”
dice Quevedo que dejó los _Sueños_, tal como primero los había
escrito. Permítame que le diga, no que se engañó y quiso engañarnos,
sino que quiso engañar y engañó con ese prefacio a sus adversarios
teologizantes. Con este borrar de trozos y cambiar de palabras, para
quitar a los _Sueños_ todo color cristiano, como si no fuera una
sátira de cristianos y por un cristiano escrita, las alegorías hechas
a la fuerza mitológicas, quedaron frías, falsas y sin fuerza alguna;
los asuntos inverisímiles; el texto, a veces oscuro e indescifrable;
la obra entera, descolorida, falseada, indigna de un satírico como
Quevedo. La edición verdaderamente crítica de _Los Sueños_ acaso
exigiera que se imprimiesen juntamente con la redacción corregida dos
o más de las anteriores o lo que primitivamente escribió Quevedo,
sacándola de todas ellas, si ello fuera hacedero. En la mía he añadido
como notas todas las variantes, por manera que pueda restituirse la
redacción primitiva. _La fortuna con seso i la hora de todos, fantasía
moral. Autor Nifroscrancot Viveque Vasgel Duacense. Traducido de Latín
en Español, por Don Estevan Pluvianes del Padron, Natural de la villa
del Cuervo Pilona_, Zaragoza, 1650, 1651. Fué escrita en 1635 y acabada
en 1636. La copia del amanuense de Quevedo, hecha en 1645, paró en la
biblioteca de los Duques de Frías. En la Nacional (T. 153, pág. 236)
hay tres pliegos con este epígrafe: _Fortuna con seso y hora de todos.
Adiciones del original a lo impreso, erratas, y índice de los asuntos
que contiene._ La primera colección en que se incluyó debió de ser la
de Madrid, 1658. El _Nifroscrancot_ es el anagrama de _Don Francisco
de Quevedo Villegas_, que según el ms. de la Nacional (pág. 240), debe
leerse: _Nifroscancod Diveque Vasgello_.
JULIO CEJADOR.
NOTA. Por razones editoriales dejamos para el tomo siguiente _El
Mundo por de dentro_, que debiera ir antes de la _Visita de los
Chistes_.
ÍNDICE
PÁG.
INTRODUCCIÓN VII
Dedicatoria: A ninguna persona de todas cuantas
Dios crió en el mundo 3
A los que han leído y leyeren 7
Advertencia de las causas de esta impresión. Don
Alonso Messía de Leyva 11
EL SUEÑO DE LAS CALAVERAS 21
Al Conde de Lemos, Presidente de Indias 25
Discurso 27
EL ALGUACIL ALGUACILADO 53
Al Conde de Lemos, Presidente de Indias 57
Al pío lector 59
Discurso 61
LAS ZAHURDAS DE PLUTÓN 87
Carta a un amigo suyo 91
Prólogo al ingrato y desconocido lector 93
Discurso 95
VISITA DE LOS CHISTES 189
A doña Mirena Riqueza 193
A quien leyere 195
Discurso 197
LOS SUEÑOS
DEDICATORIA
A NINGUNA PERSONA DE TODAS
CUANTAS DIOS CRIÓ EN EL MUNDO
Habiendo considerado que todos dedican sus libros con dos fines, que
pocas veces se apartan: el uno, de que la tal persona ayude para la
impresión con su bendita limosna; el otro, de que ampare la obra de los
murmuradores, y considerando, por haber sido yo murmurador muchos años,
que esto no sirve sino de tener dos de quien murmurar: del necio, que
se persuade que hay autoridad de que los maldicientes hagan caso, y
del presumido, que paga con su dinero esta lisonja, me he determinado
a escribille a trochimoche[1] y a dedicarle a tontas y a locas[2], y
suceda lo que sucediere[3]. Quien le compra y murmura, primero hace
burla de sí, que gastó mal el dinero, que del autor[4], que se le hizo
gastar mal. Y digan y hagan lo que quisieren las Mecenas[5], que, como
nunca los he visto andar a cachetes con los murmuradores sobre si dijo
o no dijo, y los veo muy pacíficos de amparo[6], desmentidos de todas
las calumnias que hacen a sus encomendados, sin acordarse del libro
del duelo, más he querido atreverme que engañarme. Hagan todos lo que
quisieren de mi libro, pues yo he dicho lo que he querido de todos.
Adiós, Mecenas, que me despido de dedicatoria[7].
YO
NOTAS:
[1] _A trochimoche._ CORREAS, 517: “_Á trochimochi; hacer á
trochimochi._ (Por hacer la cosa mal y sin atención)”. Ídem, 507.
La frase, en su sentido propio, la oí a unos chalanes caminando por
una vereda entre dos cortijos de Córdoba. Preguntámosles que cómo
habían llegado tan presto de donde decían que venían: “Hemos venido á
‘trochimochi’. Esto es, _por trochas_ y atajos. El _mochi_ se añadió al
_trochi_ poniendo _mo-_ por _tro_-, como en _tus ni mus, cháncharras
máncharras, oste ni moste_”. (CEJADOR, _Leng. Cerv._, I, 77).
[2] _Á tontas y á locas._ CORR., 517: “_Á tontas y á locas; á tontas
y á bobas._ (Por necia y simplemente hacer algo)”. Ídem, 507: Súplese
_maneras_.
[3] _Suceda lo que sucediere_, modismo de proposición concesiva.
(_Leng. Cerv._, I, 265, 20). _Quij._, 1, 50. “Dude quien dudare”. Ídem,
1, 59: “Sea quien se quisiere”. Ídem, 2, 60: “Lleguen por do llegaren”.
Ídem, 2, 3: “Salga lo que saliere”.
[4] _Que del autor, primero... que del autor_, antes, más bien.
[5] _Mecenas_, el gran favorecedor de Virgilio y otros poetas.
[6] _Pacíficos de amparo_, que no se toman trabajo ni guerra por
ampararlos. _Desmentidos_ que desmienten. A. PÉREZ, _Viern. dom._ I
_cuar._, fol. 247: “En hábito desmentido que nadie los conozca”. TORR.,
_Fil. mor._, 13, 4: “Las barbas desmentidas, las muletas disimuladas”.
Quiere decir que no salen a las calumnias que se dicen de los libros
que se les dedican, que no salen por sus autores. _Desmentir_ era el
verbo propio para decirle a uno que miente, en el _libro_ o código _del
duelo_, y así juega aquí de él. ZABALETA, _Error_, 25: “El hombre noble
sabe que es grande mengua el mentir, por esto es tan grande su dolor
cuando le desmienten”. F. AGUADO, _Crist._, 20, 3: “Si dice que sí le
conoce le debemos desmentir y dalle en la cara con que no dice verdad”.
[7] _Me despido de dedicatoria_, dejarse de. GRAN., _Guía_, 1,
28, 1: “Tienen por dificultosísima esta empresa y así se despiden
della”. Siendo un libro de crítica, comienza Quevedo criticando las
dedicatorias de los libros.
A LOS QUE HAN LEÍDO Y LEYEREN
Yo escribí con ingenio facinoroso[8] en los hervores de la niñez,
más ha de veinte y cuatro años, los que llamaron _Sueños_ míos, y
precipitado, les puse nombres más escandalosos que propios. Admítaseme
por disculpa que la sazón de mi vida era por entonces más propia
del ímpetu que de la consideración. Tuve facilidad en dar traslados
a los amigos; mas no me faltó cordura para conocer que en la forma
que estaban no eran sufribles a la imprenta y así los dejé con
desprecio[9]. Cuando, por la ganancia que se prometieron de lo sabroso
de aquellas agudezas, sin enmienda ni mejora, algunos mercaderes
extranjeros[10] las pusieron en la publicidad de la imprenta, sacándome
en las canas lo que atropellé antes del primero bozo, y no sólo
publicaron aquellos escritos sin lima ni censura, de que necesitaban,
antes añadieron a mi nombre tratados ajenos, añadiendo en unos y
dejando en otros muchas cosas considerables, yo, que me vi padecer, no
sólo mis descuidos, sino las malicias ajenas, doctrinado del escándalo
que se recibía de ver mezcladas veras y burlas, he desagraviado mi
opinión y sacado estas manchas[11] a mis escritos, para darlos bien
corregidos, no con menos gracia, sino con gracia más decente, pues
quitar lo que ofende no es disminuir, sino desembarazar lo que agrada.
Y porque no padezcan las demasías[12] del hurto que han padecido los
demás papeles, saco de nuevo el de la _Culta latiniparla_ y el _Cuento
de cuentos_, en que se agotan las imaginaciones que han embarazado
mi tiempo. Tanto ha podido el miedo[13] de los impresores, que me ha
quitado el gusto que yo tenía de divulgar estas cosas, que me dejan
ocupado en su disculpa y con obligación a la penitencia de haberlas
escrito. Si vuesamerced, señor lector, que me compró facinoroso, no me
compra[14] modesto, confesará que solamente le agradan los delitos y
que sólo le son gustosos discursos malhechores.
NOTAS:
[8] _Facinoroso_, hoy facineroso, _facinor-is_, _facin-us_. _Quij._, 2,
49: “No soy ladrón ni persona facinorosa”. Se excusa Quevedo cobarde y
puerilmente, a mi parecer, de la soltura con que escribió primero _Los
Sueños_, que ahora da enmendados, acosado por tanta diatriba y saña de
sus émulos y temiendo no lograsen la suya con la Inquisición, aunque no
se había metido con él. Probablemente no los imprimió antes por tener
así más guardadas las espaldas, corriendo sólo las copias.
[9] _Des-precio_, menosprecio, poco aprecio.
[10] _Extranjeros_, de fuera de los reinos de Castilla, esto es, de
Aragón, Cataluña y Valencia, donde se imprimieron.
[11] _Sacar manchas_, quitarlas, común.
[12] _Las demasías_, los agravios que pudieran padecer estas dos obras,
si me las hurtaren, poniendo y quitando en ellas.
[13] El miedo que tengo de los impresores, genitivo objetivo.
[14] _Me compró_ cuando escribí mal; _no me compra_ cuando escribo
comedido.
ADVERTENCIA DE LAS CAUSAS DESTA IMPRESIÓN
DON ALONSO MESSÍA DE LEYVA
Habiendo visto impresos en Aragón y en otras partes fuera del reino,
con nombre de DON FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS, estos discursos,
con tanto descuido y malicia, que entre lo añadido y olvidado, y
errores de traslados e imprenta, se desconocían de su autor, y más
teniéndolos yo trasladados de su original, determiné, dándole cuenta,
de restituirlos, limpiándolos del contagio de tantos descuidos, porque
se vea cuán de otra suerte en su primera edad juzgaba con la pluma,
sin apartarse de la enseñanza. Y es cierto no consintiera hoy esta
impresión, a no hallarse obligado por las muchas que destos propios
tratados se han hecho en toda la Europa, tan adulteradas, que le
obligaron a pedir al tribunal supremo de la Inquisición las recogiese,
imitando en esta modestia, aunque tan diferente, a Eneas Silvio, que
después de pontífice, mandó recoger algunas obras de este estilo que
había divulgado en la mocedad. Salen enteras, como se verá en ellas,
con cosas que no habían salido, y en todas se ha excusado la mezcla de
lugares de la Sagrada Escritura y alguna licencia que no era apacible.
Que, aunque hoy se lee uno y otro en el Dante, DON FRANCISCO me ha
permitido esta lima. Y aseguro en su nombre que procurará agradar
a todos, sin ofender a alguno, cosa que en la generalidad con que
trata de sólo los malos, forzosamente será bienquisto, sujetándose a
la censura de los ministros de la santa Iglesia romana en todo, con
intento cristiano y obediencia rendida.
* * * * *
_Estos discursos, en la forma que salen corregidos y en parte
aumentados, conozco por míos, sin entremetimiento de obras ajenas que
me achacaron, y todo lo pongo debajo de la corrección de la santa
Iglesia romana y de los ministros que tiene señalados para limpiar
errores y escándalos de las impresiones. Y desde luego, con anticipado
rendimiento, me retrato de lo que no fuere ajustado a la verdad
católica o ofendiere a las buenas costumbres._
* * * * *
NOTA: Precédenles en la impresión de Pamplona, de 1631, las poesías y
advertencias siguientes, parte de las cuales se hallan en la edición
de Barcelona de 1629, y todo creo que debe hallarse en las de la misma
ciudad y la de Valencia de 1627:
DEL DOCTOR DON MIGUEL RAMÍREZ
_Aprobación._
Por comisión general
De un buen Consejo miré
Este libro, y no habla mal;
Gracia y sal tiene, y a fe
Que cura llagas su sal.
Contra la fe en nada va,
Consejos a tiempo da,
Castiga a quien lo merece;
Parecerá, si parece,
Y así, imprimir se podrá.
DEL BACHILLER PEDRO DE MELÉNDEZ
_Aprobación._
Por comisión general
Del Consejo, sin pedillo,
Vi este libro con cuidado,
Y está bien, y bien mirado,
¿Quién puede contradecillo?
Con discreción sin mentir
Murmura por corregir
Algunas malas costumbres;
Quita de vicios vislumbres,
Y así, se podrá imprimir.
DE DOÑA RAIMUNDA MATILDE
_Décima._
Murmurando decir bien,
Diciendo bien murmurar,
De todos satirizar,
Y hablar de todos tan bien,
Sólo se hallará en quien
Al mismo infierno ha bajado;
Y aunque el bien ha deseado
Y el mal desterrar procura,
Es ya tal su desventura,
Que el Que-vedó, ha quedado mal[15].
DEL CAPITÁN DON JOSÉ DE BRACAMONTE
_Dialogístico soneto entre Tomumbeyo Traquitantos, alguacil de la reina
Pantasilea, y Dragalvino, corchete._
ALGUACIL
Por el alcázar juro de Toledo,
Y voto al sacro Paladión troyano,
Que tengo de vengarme por mi mano
Y hacer manco del otro pie a Quevedo.
CORCHETE
Y yo a la santa Inquisición, si puedo,
Le tengo de acusar de mal cristiano,
Probándole que cree en sueño vano
Y que habló con demonios a pie quedo.
ALGUACIL
Aquesto, Dragalvino, poco importa:
Las verdades que dice tengo a mengua;
Saberlas todos, esto me deshace
El alma y corazón.
CORCHETE
Su lengua corta,
Y publicarlas no podrá sin lengua;
Que esto del murmurar la lengua lo hace.
Mas temo, si lo hacemos,
Según su pico y lengua me promete,
Que, fuera una, no le nazcan siete.
DE DOÑA VIOLANTE MISEVEA
_Soneto a todo lector destos_ Sueños, _en defensa y alabanza del autor._
Ola, lector, cualquiera que tú seas,
Si aquestos _Sueños_ a leer llegares,
Y de la vez primera te enfadares,
Segunda, por tu vida, no los leas.
Si te tocan, y acaso los afeas,
Con que sueños son sueños, no repares,
Que si como éstos son los que soñares,
No pecarás, a fe, aunque en sueños creas.
Pero si no te tocan, ve volando
Y di a todas las gentes que los gusten,
Que el premio es flor que esconde un basilisco;
Que no murmuren más de don Francisco
Ignorantes; ni es bien que a él se ajusten.
Durmiendo sabe él más que otros velando.
EL AUTOR AL VULGO
Si dices mal de mi Sueño,
Vulgo, como tal harás;
Más di, que con decir más,
Dices bien dél y del dueño.
Diga él mal, y tú también;
Tú dél, y él de quien pretende,
Que todo, para el que entiende,
Le está a su gusto muy bien.
Pues si es tu fin ser Marcial
Y decir que es malicioso,
Lo alabas por ingenioso
Diciendo que dice mal.
Mas, vulgo, pues sé quién eres,
A la larga o a la corta
Diga yo lo que me importa,
Y di tú lo que quisieres.
AL ILUSTRE Y DESEOSO LECTOR
PRÓLOGO
“Refiérese, no sé si por modo de cuento gracioso y ficticio,
que estando una vez muy enfermo un soldado muy preciado de cortés y
ladino, entre muchas de sus oraciones, pregarias y protestaciones
que hacía, finalmente vino a rematarlas, diciendo: ‘Y Dios me libre
de las manos del señor diablo’ (tratándole siempre con esta cortesía
todas las veces que le nombraba). Reparó en esto último uno de los
circunstantes, preguntándole juntamente luego por qué llamaba señor
al diablo, siendo la más vil criatura del mundo; a que respondió tan
presto el enfermo, diciendo: ‘¿Qué pierde el hombre en ser biencriado?
¿Qué sé yo a quién habré de menester, ni en qué manos he de dar?’ Digo
esto, señor lector, porque, supuesto que nuestra lengua vulgar, a
diferencia de la latina, tiene un vuesamerced y otros varios títulos,
mayormente cuando no se conoce la calidad y estado de la persona con
quien se habla, por no parecer nadie descortés, y, por el consiguiente,
malquisto y aborrecido de todos, me ha parecido tratar a vuesamerced
con este lenguaje y término, bien diferente de cuantos yo he podido ver
en todos los prólogos de los libros al lector, escritos en romance,
donde tratan a vuesamerced con un tú redondo, que si no arguye mucha
amistad y familiaridad, por fuerza ha de ser argumento de que quien
habla es superior y mandón, y a quien se habla inferior y criado. Y
hanme movido a esto las mismas razones del susodicho soldado enfermo,
atendiendo y considerando a que es la cortesía la llave maestra para
abrir la voluntad y afición, y la que, costando poco, vale mucho, y
que, en resolución, no puedo perder nada en ser cortés; que antes
entiendo perdería mucho si no lo fuese; que quien ha menester es muy
necio si regatea cortesías, y más yo, que tanto necesito de todos
para que me compren este libro que saco a luz a mi costa, y para que,
comprado y leído, me le alaben, con que de camino inciten y muevan
unos a otros a que hagan lo mismo, y tenga con esto este libro lo que
merece su bondad, y mayor expedición y corrida, y yo mayor ganancia,
para que con esto queden todos aprovechados, yo vendiendo y los
otros comprando y leyéndole. Verdad sea que para esto último de que
alaben estas obras de ingeniosas y agudas, confío dará poco trabajo
y ningún cuidado a los aficionados a ellas y a su autor, pues ellas
propias se traen consigo la recomendación y alabanza y el _Quevedo
me fecit_; porque son tales, que sólo tal autor podía hacer obras de
tanta erudición y agudeza; y ellas, por tener tanto de entrambas,
sólo podían ser hijas de tal y tan raro ingenio. Que si el autor es y
debe ser conocido y celebrado por estas obras más que por cuantas ha
hecho y se le han impreso hasta hoy en su nombre, ellas también quedan
estimadas y calificadas por lo que son, con sólo saber (como ya todos
saben) que las hizo DON FRANCISCO QUEVEDO. Y con él y con ellas no me
da tanto cuidado como podía darme una de las razones que me movió a
tratar a vuesamerced con esta cortesía, considerando que no sé en qué
manos ni en qué lenguas ha de dar este libro, que sale agora al teatro
del mundo donde nunca faltan censurantes y malcontentos, que con toda
propiedad, se llaman Zoilos y críticos, días peligrosos a la salud de
los buenos entendimientos, de quienes se puede entender lo que dijo
el doctísimo jurisconsulto don Mateo López Bravo[16]: _Ridendi vero,
romanuli, et graeculi nostri, qui grammaticorum infantia superbi, et
omnium rerum quantum garruli, ignari, triplici lingua stulti, a doctis
noscuntur._ Porque si vuesamerced las lee, no de prisa ni a pedazos,
sino deespacio y con atención todo él, pues no es muy grande (si no
quiere que se le pasen algunas de sus muchas sutilezas y agudezas por
alto y por entre ringlones), soy más que cierto que no se quejará de
que ellas y quien las hizo esparciar y aceptador de personas[17],
sino que a todos habla y a todos dice la verdad clara y lisa y lo que
siente, sin rastro de lisonja; y si acaso escuece y pica, considere que
no es sino sólo porque cuanto se dice es verdad y desengaño, que todos
le quieren, y nadie por su casa; y así, no hay sino paciencia, y calle
y callemos, que sendas nos tenemos. Y harto mejor fuera quejarse de las
faltas tan grandes del mundo, que movieron al autor a hablar tan claro
contra ellas, diciendo la verdad; que por eso dijo bien cierto alcalde
que vió preso a un estudiante porque hizo una sátira en que decía las
faltas del lugar, que harto mejor fuera haber preso a los que las
tienen. Y cuando nada desto baste a que deje de haber quien se queje y
murmure destas obras y de su autor, quiero hacer acordar a vuesamerced,
señor lector, sea quien fuere, aquel cuentecillo de cierto clérigo
viejo, que tenía una higuera con sus higos ya sazonados y maduros, a
la cual, subiendo unos estudiantes a hacerles declinar jurisdicción
bucólica, pensando él, por ser corto de vista, que eran aves o algunas
crueles sabandijas, puso en ella espantajos hasta conjurarlos; pero,
viendo que nada desto aprovechaba, considerando cuán buenas son las
oraciones mezcladas en piedras (armas primeras del mundo), se resolvió
de tirarlas a estos tordos racionales, diciendo que también Dios había
dado virtud a las piedras como a las plantas y yerbas, y hízolo con tal
denuedo, que dió con ellos ramas abajo y muy bien descalabrados. Sin
propósito parecerá a vuesamerced este cuento, y será, o por no saberme
yo bien explicar, o por no quererme vuesamerced entender (que no hay
más mal sordo que el que no quiere oir); pero yo sé lo entenderá si
ahonda un poco en sus sentidos varios que le puede dar (como en todo
lo deste libro). Y por si acaso quiere que yo lo explique, con ser así
que _frustra exprimitur, quod tacite subintelligitur, l. jam dubitari_,
dígole que si acaso no le obliga la cortesía y humildad con que le
trato, mire lo que dice, y cómo y de qué murmura y dice mal, si del
autor del libro o de sus obras; y guárdese de alguna lluvia de piedras
de las muchas verdades duras y secas que este libro tiene y su autor
puede enviarle, que le descalabren y hagan caer de arriba abajo, quiero
decir, de su estado y buena opinión que tiene de sabio, y no haga le
tengan por ignorante, murmurador y soberbio maldiciente, y del número
de unos necios que quieren parecer sabios en no haber libro que bien
les parezca ni cosa de que no hagan burla y menosprecio. Y guárdense
no les suceda a los tales lo que al asno de Sileno, que puso Júpiter
entre las estrellas; que por ser ellas tan resplandecientes y claras, y
él _auribus magnis_, como advirtió Luciano, descubrió más su disforme
fealdad con grande infamia. Y adviertan que el epíteto del autor es
el satírico, y créanme, y no errarán, que es más que temeridad echar
piedras del tejado del vecino quien tiene el suyo de vidrio.
“Y nadie se maraville de que llame a vuesamerced con este título,
al parecer nuevo, de ilustre y deseoso lector, porque cuando no le
mereciera por la doctrina común y sabida del filósofo, que todo hombre
naturalmente desea saber, cosa que se alcanza con el estudio y atenta
lición y meditación de los libros buenos, doctos, agudos, ingeniosos
y claros; por sólo este libro (que lo es tanto como el que más) le
merecía muy en particular, pues es el que ha sido tan deseado, así
de cuantos han leído algo destos _Sueños_ y _Discursos_, como de los
que han oído referir y celebrar algunas o alguna de las innumerables
agudezas que contienen, lastimándose de verlos ir manuscritos, tan
adulterados y falsos, y muchos a pedazos y hechos un disparate, sin
pies ni cabeza, y tan desfigurados como el soldado desdichado que,
habiendo salido de su tierra para la guerra con bizarría, tallazo,
galas y plumas, vuelve a ella después de muchos años más desgarrado
y rompido que soldado, con un ojo menos, hecho un monóculo, medio
brazo, con una pierna de palo y todo él hecho un milagro de cera, bueno
para ofrecido, con el vestido de la munición, sin color determinado,
desconocido y roto, pidiendo limosna: como la cortesana que ha corrido
a Italia, Indias y la casa de Meca y del gran Solimán. Por lo cual,
cuantos han sabido que yo los tenía enteros y leídos por hombres doctos
y entendidos, con particular curiosidad y atención me han solicitado
con grandes instancias los hiciese comunes a todos, dándolos a la
impresión, asigurándome grande gusto, y, lo que más es, grande provecho
espiritual para todos, pues en ellos hallarán desengaños y avisos de lo
que pasa en este mundo y ha de pasar en el otro por todos, para estar
de todo bien prevenidos, que _mala praevisa minas nocent_. Con que me
he resuelto a condescender con el gusto y deseo de tantos, confiado en
que vuesamerced, señor lector, me agradecerá este trabajo y gasto con
comprarle; que con sólo esto me daré por satisfecho, y aun por pagado.
Y por la agudeza y sutil modo de hablar deste libro, porque no caiga en
alguna equivocación, ruego a vuesamerced que corrija las erratas que
hallare con su acostumbrada benignidad y clemencia, que también sería
demasiada presunción y mucha particularidad pretender que saliese este
libro sin ellas. Y porque entienda vuesamerced, señor lector, que le
deseo toda honra y provecho y guardarle de todo peligro, ruego a Dios
nuestro Señor le haga como el rey de las abejas, que contiene y da de
sí por la boca la dulzura de la miel, y no tiene aguijón por no quedar
muerto picando con él, como acontece a todas las demás abejas, que le
tienen, si bien en la cola y no en la boca; y le guarde de correctores
de vidas y obras ajenas, y sopladores de las suyas propias, que no se
venden, porque ellos venden en ellas a cuantos ven y tratan”.
He aquí el índice de los discursos en la edición de Barcelona, 1635, y
de Sevilla, 1641:
DISCURSOS QUE SALEN EN ESTA IMPRESIÓN, AHORA AÑADIDOS,
QUE NUNCA SE HAN IMPRESO
_El Libro de todas las cosas y otras muchas más_, fol. 88.
_Aguja de navegar cultos_, fol. 97.
_La Culta latiniparla_, fol. 99.
YA IMPRESOS
_El Sueño de las Calaveras_, fol. 1.
_El Alguacil alguacilado_, fol. 7.
_Las Zahurdas de Plutón_, fol. 15.
_El Mundo por de dentro_, fol. 41.
_La Visita de los chistes_, fol. 53.
_El Caballero de la Tenaza_, fol. 80.
_El Entremetido y la Dueña y el Soplón_, fol. 105.
_El Cuento de cuentos entero_, fol. 136.
NOTAS:
[15] Alude a la etimología que los heráldicos dan al apellido QUEVEDO,
suponiendo ridículamente que vale tanto como _que vedó_ y que hubo de
nacer de haber impedido uno de esta familia que los moros pasasen de
cierta puente en el valle de Toranzo.
[16] Lib. 2, _De regendi ratione_.
[17] El texto debe de estar viciado. Acaso deba leerse: “y quien las
hizo _esparcir sean aceptadores_ de personas”.
EL SUEÑO DE LAS CALAVERAS
Acabó de escribir QUEVEDO este _Sueño_ a 3 de abril de 1607, a los
veinte y siete años de su edad, según nota de su sobrino don Pedro
Aldrete, que dice Castellanos haber tenido a la vista. (Edición de
Madrid, 1840). Censuráronle a 1.º de julio de 1610 fray Antolín Montojo,
del Orden de Predicadores, y a 30 de julio de 1612, el franciscano
fray Antonio de Santo Domingo: aquél adversa, éste favorablemente.
Publicáronle por vez primera, junto con los otros, las prensas de
Barcelona, en 1627, y el mismo año, con algunas variantes, las de
Zaragoza, y dos después con grandes alteraciones, las de Madrid.
Intitulóse primero _El Sueño del Juicio final_, y ya desde 1629. Hemos
tenido presentes para nuestra impresión la de Pamplona, de 1631; la
de Barcelona (Lorenzo Deu), 1635; la de Madrid (Díaz de la Carrera),
1648; las más importantes colecciones de la última mitad de aquel siglo
y un precioso manuscrito de la Biblioteca Colombina (Aa., 141, 4),
letra de la primera década del siglo XVII. Al margen de las primeras
ediciones se ven distribuidas las personas que entran en _El Sueño_,
y, por su orden, son las siguientes: escribano, avariento, escribanos,
mercaderes, mujeres hermosas, casada, ramera, médico, juez, abogado,
tabernero, sastre, salteadores, capeadores, la locura, poetas,
enamorados y valientes, judíos, filósofos, procuradores, desgracias y
peste y pesadumbre (contra los médicos), Adán, reyes, Herodes, Pilatos,
maestros de esgrima, dispenseros, pasteleros, filósofos, poetas, Orfeo;
avariento, y cómo guarda los diez mandamientos; ladrones, escribanos,
Judas, Mahoma, Lutero, médico, boticario, barbero, abogado, cómico,
taberneros, sastres, ginoveses, caballero, sacristán, adúltera, Judas,
Mahoma, Lutero, alguaciles, corchetes, astrólogo, letrado, escribano,
alguaciles, avariento, médico, boticario.
AL CONDE DE LEMOS, PRESIDENTE DE INDIAS
A manos de vuecelencia van estas desnudas verdades, que buscan, no
quien las vista, sino quien las consienta. Que a tal tiempo hemos
venido, que con ser tan sumo bien, hemos de rogar con él. Prométese
seguridad en ellas solas. Viva vuecelencia para honra de nuestra edad.
DON FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS.
DISCURSO
Los sueños dice Homero que son de Júpiter y que él los envía[18], y
en otro lugar, que se han de creer. Es así, cuando tocan en cosas
importantes y piadosas o las sueñan reyes y grandes señores, como se
colige del doctísimo y admirable Propercio en estos versos[19]:
_Nec tu sperne piis venientia somnia portis:
Quum pia venerunt somnia, pondus habent._
Dígolo a propósito que tengo por caído del cielo uno que yo tuve estas
noches pasadas, habiendo cerrado los ojos con el libro del Dante[20],
lo cual fué causa de soñar que veía un tropel de visiones. Y aunque en
casa de un poeta es cosa dificultosa creer que haya cosa de juicio, aun
por sueños, le hubo en mí por la razón que da Claudiano en la prefación
al libro segundo del _Rapto_, diciendo que todos los animales sueñan
de noche como sombras de lo que trataron de día. Y Petronio Arbitro
dice[21]:
_Et canis in somnis leporis vestigia latrat._
Y hablando de los jueces:
_Et pavido cernit inclusum corde tribunal._
Parecióme, pues, que veía un mancebo que, discurriendo por el aire,
daba voz de su aliento a una trompeta, afeando con su fuerza, en parte,
su hermosura. Halló el son obediencia en los mármoles y oídos en los
muertos, y así, al punto comenzó a moverse toda la tierra y a dar
licencia a los huesos que anduviesen unos en busca de otros. Y pasando
tiempo, aunque fué breve, vi a los que habían sido soldados y capitanes
levantarse de los sepulcros con ira, juzgándola por seña de guerra; a
los avarientos, con ansias y congojas, recelando algún rebato, y los
dados a vanidad y gula, con ser áspero el son, lo tuvieron por cosa de
sarao o caza. Esto conocía yo en las semblantes de cada uno, y no vi
que llegase el ruido de la trompeta a oreja que se persuadiese a lo que
era[22].
Después noté de la manera que[23] algunas almas huían, unas con asco
y otras con miedo, de sus antiguos cuerpos: a cuál faltaba un brazo, a
cuál un ojo. Y dióme risa ver la diversidad de figuras y admiróme la
Providencia en que, estando barajados unos con otros, nadie por yerro
de cuenta se ponía las piernas ni los miembros de los vecinos. Sólo en
un cementerio me pareció que andaban destrocando[24] cabezas y que vi
a un escribano que no le venía bien el alma y quiso decir que no era
suya, por descartarse della.
Después, ya que a noticia de todos llegó que era el día del juicio, fué
de ver cómo los lujuriosos no querían que los hallasen sus ojos[25],
por no llevar al tribunal testigos contra sí; los maldicientes, las
lenguas; los ladrones y matadores gastaban los pies en huir de sus
mismas manos.
Y volviéndome a un lado, vi a un avariento que estaba preguntando a uno
que, por haber sido embalsamado y estar lejos sus tripas, no hablaba
porque no habían llegado, si habían de resucitar aquel día todos los
enterrados, si resucitarían unos bolsones suyos.
Riérame si no me lastimara a otra parte el afán con que una gran
chusma de escribanos andaban huyendo de sus orejas[26], deseando no las
llevar por no oir lo que esperaban; mas solos fueron sin ellas los que
acá las habían perdido por ladrones: que por descuido no fueron los más.
Pero lo que más me espantó fué ver los cuerpos de dos o tres
mercaderes, que se habían vestido las almas del revés[27] y tenían
todos los cinco sentidos en las uñas[28] de la mano derecha.
Yo veía todo esto de una cuesta muy alta, cuando oí dar voces a mis
pies que me apartase. Y no bien lo hice, cuando comenzaron a sacar
las cabezas muchas mujeres hermosas, llamándome descortés y grosero,
porque no había tenido más respeto a las damas. Que aun en el infierno
están las tales y no pierden esta locura. Salieron fuera muy alegres
de verse gallardas y desnudas entre tanta gente que las mirase; aunque
luego, conociendo que era el día de la ira y que la hermosura las
estaba acusando de secreto, comenzaron a caminar al valle con pasos más
entretenidos.
Una, que había sido casada siete veces, iba trazando disculpas para
todos los maridos. Otra dellas, que había sido pública ramera, por
no llegar al valle no hacía sino decir que se le habían olvidado las
muelas y una ceja, y volvía y deteníase; pero, al fin, llegó a vista
del teatro y fué tanta la gente de los que había ayudado a perder y que
señalándola daban gritos contra ella, que se quiso esconder entre una
caterva de corchetes, pareciéndole que aquélla no era gente de cuenta
aun en aquel día.
Divirtióme desto un gran ruido que por la orilla de un río venía de
gente en cantidad tras un médico, que después supe que lo era en la
sentencia. Eran hombres que había despachado sin razón antes de tiempo
y venían por hacerle que pareciese, y, al fin, por fuerza, le pusieron
delante del trono.
A mi lado izquierdo oí como ruido de alguno que nadaba, y vi un juez,
que lo había sido, que estaba en medio de un arroyo lavándose las
manos[29], y esto hacía muchas veces. Lleguéme a preguntarle por qué se
lavaba tanto, y díjome que en vida sobre ciertos negocios se las habían
untado[30] y que estaba porfiando allí por no parecer con ellas de
aquella suerte delante de la universal residencia.
Era de ver una legión[31] de verdugos con azotes, palos y otros
instrumentos, cómo traían a la audiencia una muchedumbre de taberneros,
sastres y zapateros, que de miedo se hacían sordos, y, aunque habían
resucitado, no querían salir de la sepultura.
En el camino por donde pasaban, al ruido sacó un abogado la cabeza y
preguntóles que adónde iban. Y respondiéronle:
--Al tribunal de Radamanto[32].
A lo cual, metiéndose más adentro, dijo:
--Esto me ahorraré de andar después, si he de ir más abajo.
Iba sudando un tabernero de congoja, tanto, que, cansado, se dejaba
caer a cada paso, y a mí me pareció que le dijo un verdugo:
--Harto es que sudéis el agua y no nos la vendáis por vino.
Uno de los sastres, pequeño de cuerpo, redondo de cara, malas barbas y
peores hechos, no hacía sino decir:
--¿Qué pude hurtar yo, si andaba siempre muriéndome de hambre?
Y los otros le decían, viendo que negaba haber sido ladrón, qué cosa
era despreciarse de su oficio[33].