XXII

¿Qué sucedió después? Mi memoria no ha conservado de ello sino un

recuerdo confuso.

Me acuerdo que de repente lancé un grito que hizo estremecer a la misma

Marta, que me arrojé junto a su cama y que, apoderándome de sus manos

ardientes, grité en un aliento: ¡Sálvame, sálvame, despiértate!

Y después me encontré en mi cuarto, adonde Roberto me había llevado.

¿Cómo describir mi espanto cuando reconocí en el espejo mi cara

descompuesta, cubierta por el sudor de la angustia, la carcajada que

solté, el horror que me causó mi propia risa, mientras que,

desfalleciente, oía resonar en mis oídos el deseo, repetido por todas

partes por mil voces celosas que se reían burlonamente y cuchicheaban:

«¡Oh, si ella muriera!»

¿Cómo describir aquello, sin desencadenar contra mí todos los fantasmas

de esa noche mortal?

Veo todavía claramente al médico que inclinaba sobre mí su rostro amigo,

lo veo darme algo de beber, algo amargo, y después... nada más.

Los primeros resplandores del alba aparecían pálidos por las ventanas

cuando me desperté. Me dolía la cabeza y cuando dirigí en torno mío una

mirada vaga, creí ver enfrente, trazadas en el yeso de la pared, las

palabras:

«¡Oh, si ella muriera!»

Sentí un calofrío y me vino este pensamiento: «Si Marta se muere ahora,

será tu deseo lo que la habrá muerto.»

Me levanté vivamente y me acerqué al espejo.

«He ahí, pues, la cara de una persona que desea la muerte de su

hermana»--dije al ver reflejado mi lívido semblante.

Y, sintiendo bruscamente asco de mí misma, di un golpe al vidrio con el

puño; los dedos me sangraron, pero el espejo no se rompió.

¡Insensata de mí! No sabía que en lo sucesivo el mundo entero no sería

para mí sino el espejo de mi crimen.

¡Pero quizá no muera! Ese pensamiento, que se despertó de pronto en mi

cerebro, esparció en él una oleada de luz tal, que cerré los ojos como

cegada.

Y luego oí de nuevo gritar en mí: «¡Marta morirá y será tu deseo lo que

la habrá muerto!» Apreté los dientes y apoyándome en la pared me

arrastré hasta el cuarto de la enferma.

Llegué a la puerta y al no oír el menor ruido en el interior, me dije:

«Ya no encontrarás sino un cadáver.»

No, todavía vivía, pero la muerte había puesto ya en ese rostro la marca

de sus garras.

El cartílago de la nariz se destacaba más, los labios, entreabiertos,

dejaban ver los dientes inclinados, los ojos casi desaparecían en el

fondo de sus azuladas cavidades.

A sus pies estaban Roberto y el anciano médico. Roberto se ocultaba el

rostro entre las manos; los sollozos sacudían su cuerpo. El anciano fijó

en mí su mirada penetrante; por un instante creí otra vez que leía hasta

el fondo de mi alma y que mi falta se exhibía abiertamente ante él.

Pero, cuando al verme tambalear, acudió para sostenerme en sus brazos,

vi que era sólo la mirada del médico la que había fijado en mí.

--¿Cuánto tiempo vivirá todavía?--pregunté, cerrando los ojos.

--¡Está en agonía!

En ese momento sentí que algo se helaba en mí y tomaba la rigidez de una

piedra; en ese momento, la esperanza murió en mí, y con ella la fe en mí

misma, la creencia en la dicha y en el bien. Una gran calma reinó en

todo mi ser. La muerte, que se cernía sobre la cama, había tocado

también mi cuerpo con sus negras alas. Con la lucidez de una vidente, vi

desarrollarse, sin velo, ante mis ojos, lo que me quedaba de existencia.

En lo sucesivo iba a pasar por esta tierra como una muerta, como una

muerta iba a tomarle apego a la vida, y como una muerta iba a ver

acercarse a mí la felicidad que, sin embargo, había perdido para

siempre.

Roberto se adelantó y me besó; le dejé hacer tranquilamente, estaba

insensible.

Luego me senté muy cerca de la cama de mi hermana y la miré, esperando

la muerte.

Seguía con atención todos los síntomas de aquella lenta agonía. Me

parecía que mi conciencia estaba fuera de mí y que me veía a mí misma

sentada como una estatua de piedra, con los ojos fijos en el rostro de

la moribunda.

No tuve el menor alucinamiento, no me hice el menor reproche bajo la

acción de la fiebre, y nada vino desde entonces a perturbar el curso de

mis pensamientos. Veía claramente que mi deseo no podía en realidad

darle la muerte, y sin embargo, para mí, para mi conciencia, era sólo mi

deseo lo que la había muerto.

Así, pues, yo estaba sentada junto a la cama de mi víctima, esperando su

muerte, que era también la mía.

Aquello duró mucho. Pasaron las horas del día; Marta vivía todavía. Su

pulso no latía ya desde hacía rato, su corazón parecía paralizado, pero

su respiración continuaba siempre ligera y rápida. Mientras yo dormía,

bajo el efecto de la morfina, le había hecho, como último recurso de

salvación, una inyección de almizcle para reanimar una vez más sus

fuerzas: aquello era lo que la sostenía en ese momento. Pero el olor de

almizcle mezclado con los vapores de fenol que llenaba la habitación

como un cuerpo ponderable y palpable, me pesaba sobre la nuca y me

aplastaba las sienes. A cada aspiración me parecía absorber unos

cuerpos pesados que me hinchaban.

Por la tarde, los padres de Roberto vinieron. Yo, que todavía la víspera

no había demostrado a la tía más que orgullo y desprecio, le besé

humildemente la mano. Aquello era el principio de la expiación que me

había impuesto en el lecho de muerte de Marta, y que no debía concluir

sino con mi vida.

Llegó la noche: Marta seguía respirando. Con la boca muy abierta, los

ojos empañados cubiertos de una capa de mucosidades, me miraba

fijamente. Su cuerpo parecía achicarse cada vez más, yacía todo

encogida: casi parecía que no se atrevía a ocupar en la muerte el lugar,

muy modesto sin embargo, que ocupaba en vida.

La tía llenaba la casa con sus intolerables sollozos, los demás también

lloraban; yo sola no tenía lágrimas.

Cuando a eso de las once, Marta exhaló el último suspiro, me acometió un

acceso de locura furiosa.

El deseo · 第 25 / 29 题