XXI

El médico interrumpió su lectura y exhaló un profundo suspiro, al

enjugar el sudor de su frente.

Roberto se había parado de un salto; por un instante miró fijamente,

como cegado por un rayo, el círculo luminoso de la lámpara, luego se

precipitó hacia el anciano; parecía querer arrancarle el papel de las

manos.

--¿Está escrito allí?--balbució.

--¡Lee tú mismo!

Siguió un largo silencio.

La lámpara esparcía su luz tenue y risueña, como si hubiera alumbrado

una escena de las más alegres, y suavemente el viento soplaba, rozando

las ventanas con una caricia. Abajo, el ruido parecía calmarse: se oían

risas a intervalos cada vez más lejanos, el runrún de las voces se

trasformaba en un murmullo uniforme y confuso. Los comensales estaban

cansados, digerían.

El médico se había vuelto para ver lo que hacía Roberto. Este, abatido,

al borde de la cama vacía, y con la cabeza hundida en sus manos,

permanecía inmóvil.

Sólo su respiración oprimida, que se escapaba de su pecho en soplos

cortos e irregulares, revelaba la tempestad que se agitaba en su

interior.

--Vuelve en ti, chico--dijo el doctor posando la mano en el hombro de

Roberto.

--Tío, es evidente que Olga no estaba en su juicio cuando escribió eso.

--¡Nunca lo ha estado más que en ese momento!

--¿Cómo puedes afirmarlo? ¡No insultes a una muerta!

--Nada está más lejos de mi pensamiento, hijo mío. ¿Quién se atreverá a

arrojarle la primera piedra? Pero, si has escuchado atentamente,

comprenderás sin pena que su vida entera transcurrió en preparar, en

llevar, por decirlo así, a madurez ese instante único. Sus sueños de

niña encerraban ya los gérmenes de ese criminal deseo; se desarrollaron

bruscamente en esa famosa roca en que te sentaste con ella en el bosque,

y dieron una planta vigorosa cuya flor se abrió precisamente en el

momento en que Olga penetró en tu cuarto para unirte a Marta.

--¿Por qué hizo eso si quería tomar el lugar de Marta?

--¡Eh! ¿Acaso sabía lo que quería? Todos los esfuerzos que hizo para

asegurar la felicidad de vosotros dos, no eran más que la lucha de su

naturaleza honrada y pura contra el deseo que había crecido en su

corazón, a partir del día en que, niña aún, te volvió a ver. Pero ella

no lo sabía. Ni siquiera se dio cuenta de su amor por ti, sino el día en

que entró en tu casa; razón de más para que no pudiera sospechar las

consecuencias que dormitaban en las profundidades más secretas de su

alma.

--¿Y, sin embargo, dices que ella combatía ese amor, que trataba de

arrancarlo de su corazón?

--Sin que su espíritu influyera en nada, sin que tuviera conciencia de

ello. Su pensamiento permaneció puro hasta aquella terrible hora de

media noche. En ella el sentimiento, solo, luchaba con el mal deseo.

Cada día sacaba del fondo de su naturaleza sana y vigorosa nuevos

recursos para eliminar el virus, o, por lo menos, para contenerlo y

hacerlo inofensivo: por eso se desterró al extranjero, por eso en el

momento en que vio tu casa pensó en huir lo más pronto. Por el tono

general de sus recuerdos ves cuán poca conciencia tenía de los combates

que, durante años, hubo en el fondo de su alma. Habla, sin la menor

intención, de mil detalles secundarios, que nada tienen que ver con la

marcha de la acción, pero que son preciosos para demostrar cuánto se

desarrolló ese deseo. No sabe por qué lo hace; todavía es sólo el

sentimiento el que le dice: eso se relaciona con mi falta.

--No creo en una falta--gritó Roberto en el colmo de la agitación.--Si

ese deseo no es una simple ilusión, el resultado de un momento de

sobreexcitación nerviosa y enfermiza; si, al contrario, se hallaba desde

mucho tiempo atrás en preparación en el fondo de ella misma, ¿cómo es

posible que, seis horas antes de formularlo, haya manifestado tanta

indignación contra mi madre, a quien sospechaba de acariciar quizá el

mismo deseo?

--Y para mí--replicó el médico,--no hay mejor argumento en apoyo de mi

tesis que esa misma indignación. Era para descargar su propia conciencia

del peso que la aplastaba, por lo que arrojaba a tu madre todas las

piedras que le caían bajo la mano. Lo que la empujaba era el miedo de su

propia culpabilidad.

--¿Y esa noble resolución de renunciamiento que había tomado pocos días

antes?

Por el rostro ajado del anciano pasó una sonrisa, la sonrisa del hombre

que comprende y perdona. Repuso:

--El antiguo proverbio de que el camino del infierno está empedrado de

buenas intenciones, se encuentra justificado sin duda una vez más aquí,

pero no toca sino someramente el asunto que nos ocupa. La resolución que

Olga tomó entonces fue una última tentativa, desgraciada desde luego,

para conciliar el afecto que debía a Marta con el amor que tú

despertabas en ella, para establecer la paz entre la sed de felicidad,

ardiente, irresistible, que la devoraba, y la necesidad de permanecer

fiel a su hermana. Era el medio menos natural que pudiera elegir, pues

el renunciamiento, la muda resignación, no eran su fuerte. Y luego, un

destino cruel ha querido que, a pesar de su gran inteligencia, de su

enérgica voluntad, se viera arrastrada a una falta, que es la más común

y la más cobarde del mundo, una falta que he leído en un número infinito

de rostros cuando he sido llamado a atender enfermos graves. Ese es,

hijo mío, uno de los lados más obscuros de la naturaleza humana, un

resto de bestialidad que subsiste en nuestro mundo civilizado. Aun las

naturalezas sensibles y delicadas como la de Olga, no están exentas de

él; es verdad que eso las mata, mientras que las almas más groseras se

contentan con disimular y rechazar dentro de sí mismas, el secreto que,

solicitado por la luz del día, tiende a escaparse de las recónditas

profundidades de la conciencia. Espera, voy a precisar. Un día fui a

visitar a un anciano enfermo, rico propietario, a quien no le quedaba

mucho tiempo que vivir. A su cabecera se hallaba su hijo mayor, un

hombre de cuarenta años, más o menos, que desde hacía ya mucho tiempo

desempeñaba en propiedades extrañas las funciones de administrador, y

cuya prometida amenazaba envejecer y consumirse en la espera. Aquél era

un honrado y buen hijo, que no había hecho daño a una mosca, que amaba

cordialmente a su padre y que se habría ruborizado de desear el menor

mal a su enemigo más mortal. Sin embargo, en la angustia secreta y

sombría que se pintó en sus facciones cuando incliné mi oído sobre el

pecho del anciano, leí claramente este deseo: «¡Oh, si se muriera!» Otra

vez, me llamaron de la casa de una señora que, casada en segundas

nupcias, era feliz. En su dicha no había más que una sombra: su marido

no podía sufrir al hijo del primer matrimonio. Una arruga surcaba su

frente tan pronto como se trataba de esa criaturita, y ella, como amaba

apasionadamente a su marido y temía que le tomara aversión a ella misma

a causa del niño, se lo ocultaba lo más que podía. El niño se enfermó

con escarlatina. Encontré a la madre de rodillas junto a la cama y

derramando amargas lágrimas. Temblaba por esa frágil existencia: ¿acaso

no había nacido de su seno? Pero su marido entró, y en la mirada

inquieta, vacilante que ella dirigió a la cuna, se leía distintamente:

«Si tú murieras sería la felicidad para mí.» Podría citarte ejemplos

infinitos, en que los celos, la codicia, la necesidad de independencia,

la pasión de los viajes y de la libertad, el amor, han preparado y

desarrollado ese deseo terrible y criminal, que se alza de repente,

sombrío y gigantesco, en un corazón humano que hasta entonces no había

conocido más que la luz y el amor. Por fortuna, ya hoy no causa grandes

estragos. En los tiempos de la antigua barbarie, en que las pasiones se

saciaban sin conocer obstáculos, la acción ayudaba al pensamiento.

Cuando un miembro de una familia hacía sombra a otro, el veneno y el

puñal imperaban sencillamente. La historia, la literatura están llenas

de asesinatos de ese género, y Shakespeare, ese gran conocedor de las

almas, no presenta, por decirlo así, otro tema trágico que el asesinato

entre parientes. Hoy todo se ha suavizado, y cuando la lucha por la

existencia penetra en el círculo de la familia, se contenta uno, en las

horas sombrías, con desear a la persona que incomoda seis pies de tierra

sobre el cuerpo. Ese deseo, es el asesinato de otros tiempos, atenuado

por las nuevas costumbres. Ahí tienes, chico; te he pronunciado un largo

discurso y si tu sangre se ha calmado mientras tanto, he conseguido mi

objeto.

--¿Entonces, la condenas sencillamente?--dijo Roberto, con angustia.

--No condeno a nadie, hijo mío--respondió el anciano con una sonrisa

grave,--y aun menos que a otra, a una naturaleza honrada como lo era la

de Olga. Ella encontró el valor de confesar, a sí misma y a aquel a

quien más amaba, el crimen que cometió: eso basta para elevarla por

sobre el resto de la humanidad. Porque ese deseo de que hablamos, si es

el pecado mental más horroroso de que el espíritu humano pueda hacerse

culpable, es también el más secreto. No hay amigo que lo confíe a su

amigo, ni un marido que lo murmure a su compañera en el silencio y la

obscuridad de la noche, ni un penitente que se atreva a decirlo a su

confesor; la oración misma, que nace en el más profundo arrepentimiento

y sube hacia el Cielo, lo pasa fraudulentamente en silencio. Dios tiene

derecho a saberlo todo, todo, excepto esa infamia. Nacida en las

tinieblas y el horror, tiene que desaparecer en la vergüenza y el

silencio. ¡Hay aún más! Ese deseo es la única falta que escapa

generalmente a la justicia del mundo exterior, así como a la sanción de

la conciencia en el fondo del corazón, porque éstas no tienen para ella

ni expiación, ni castigo. En ese caso, el inexorable juez que todo

hombre lleva en sí mismo, se deja comprar y corromper. Miles de hombres

que han cometido por lo menos una vez esa bajeza, no por ello dejan de

seguir viviendo contentos, engordan con perfecta tranquilidad de

espíritu, felices del cumplimiento de su deseo, que se apresuran a

olvidar tan pronto como se ha realizado. El alma lo reabsorbe, como el

cuerpo reabsorbe la materia mórbida tan pronto como la causa del mal ha

desaparecido. Se pierde sin dejar huellas, en el montón de las virtudes

sociales y personales, el silencio lo aniquila. Muy lejos estoy de decir

que condeno a esos hombres; ¿qué sería del mundo si todos los que, al

mirarse en un espejo, descubren una verruga en su cara, fueran por

desesperación a cortarse la cabeza? Los hombres que te he pintado están

bien constituidos y pertenecen al término medio de la humanidad; su

naturaleza, llamada feliz, es capaz de soportar un golpe y ¡vaya si se

inquietan de tener aquí y allí alguna mancha que los desluce! Olga

estaba hecha de un barro menos grosero, su sistema nervioso no

necesitaba choques tan violentos, y lo que en otros no produciría más

que una simple picazón, a ella le hacía el efecto de un latigazo. Esas

naturalezas tienen con frecuencia algo de enfermizo, se inclinan hacia

la hipocondría y la histeria, y su vida efectiva está dominada por

imaginaciones que toman ordinariamente a los ojos de los demás el

carácter de ideas fijas. Y, sin embargo, todo en ellas obedece a leyes

rigurosas; hasta se puede decir que su organismo funciona con más

precisión que el del común de los mortales, y si se les pusiera bajo

vidrio como a las delicadas balanzas de los químicos, se les vería

ejecutar maravillas. Los hombres dotados de esa extrema sensibilidad,

tienen en general una cierta debilidad de voluntad que les hace

replegarse en sí mismos al menor contacto extraño, y tanto mejor para

ellos, pues así están al abrigo de los choques violentos del mundo que

los rodea y que no serían capaces de soportar, pero ¡ay de aquellos a

quienes una voluntad indomable, un carácter violento y apasionado,

arrastran directamente al centro de los escollos y de las zarzas! Puede

suceder entonces que una espina que ha quedado en la llaga, y de la cual

otros apenas habrían hecho caso, se convierta para ellos en una flecha

envenenada que les roerá el cuerpo y el alma hasta que sucumba... ¡Vaya,

basta de charla! He aquí dos o tres hojas más. ¡Escucha! Vamos a saber

cómo se muere de un deseo.

El deseo · 第 24 / 29 题