El médico interrumpió su lectura y exhaló un profundo suspiro, al
enjugar el sudor de su frente.
Roberto se había parado de un salto; por un instante miró fijamente,
como cegado por un rayo, el círculo luminoso de la lámpara, luego se
precipitó hacia el anciano; parecía querer arrancarle el papel de las
manos.
--¿Está escrito allí?--balbució.
--¡Lee tú mismo!
Siguió un largo silencio.
La lámpara esparcía su luz tenue y risueña, como si hubiera alumbrado
una escena de las más alegres, y suavemente el viento soplaba, rozando
las ventanas con una caricia. Abajo, el ruido parecía calmarse: se oían
risas a intervalos cada vez más lejanos, el runrún de las voces se
trasformaba en un murmullo uniforme y confuso. Los comensales estaban
cansados, digerían.
El médico se había vuelto para ver lo que hacía Roberto. Este, abatido,
al borde de la cama vacía, y con la cabeza hundida en sus manos,
permanecía inmóvil.
Sólo su respiración oprimida, que se escapaba de su pecho en soplos
cortos e irregulares, revelaba la tempestad que se agitaba en su
interior.
--Vuelve en ti, chico--dijo el doctor posando la mano en el hombro de
Roberto.
--Tío, es evidente que Olga no estaba en su juicio cuando escribió eso.
--¡Nunca lo ha estado más que en ese momento!
--¿Cómo puedes afirmarlo? ¡No insultes a una muerta!
--Nada está más lejos de mi pensamiento, hijo mío. ¿Quién se atreverá a
arrojarle la primera piedra? Pero, si has escuchado atentamente,
comprenderás sin pena que su vida entera transcurrió en preparar, en
llevar, por decirlo así, a madurez ese instante único. Sus sueños de
niña encerraban ya los gérmenes de ese criminal deseo; se desarrollaron
bruscamente en esa famosa roca en que te sentaste con ella en el bosque,
y dieron una planta vigorosa cuya flor se abrió precisamente en el
momento en que Olga penetró en tu cuarto para unirte a Marta.
--¿Por qué hizo eso si quería tomar el lugar de Marta?
--¡Eh! ¿Acaso sabía lo que quería? Todos los esfuerzos que hizo para
asegurar la felicidad de vosotros dos, no eran más que la lucha de su
naturaleza honrada y pura contra el deseo que había crecido en su
corazón, a partir del día en que, niña aún, te volvió a ver. Pero ella
no lo sabía. Ni siquiera se dio cuenta de su amor por ti, sino el día en
que entró en tu casa; razón de más para que no pudiera sospechar las
consecuencias que dormitaban en las profundidades más secretas de su
alma.
--¿Y, sin embargo, dices que ella combatía ese amor, que trataba de
arrancarlo de su corazón?
--Sin que su espíritu influyera en nada, sin que tuviera conciencia de
ello. Su pensamiento permaneció puro hasta aquella terrible hora de
media noche. En ella el sentimiento, solo, luchaba con el mal deseo.
Cada día sacaba del fondo de su naturaleza sana y vigorosa nuevos
recursos para eliminar el virus, o, por lo menos, para contenerlo y
hacerlo inofensivo: por eso se desterró al extranjero, por eso en el
momento en que vio tu casa pensó en huir lo más pronto. Por el tono
general de sus recuerdos ves cuán poca conciencia tenía de los combates
que, durante años, hubo en el fondo de su alma. Habla, sin la menor
intención, de mil detalles secundarios, que nada tienen que ver con la
marcha de la acción, pero que son preciosos para demostrar cuánto se
desarrolló ese deseo. No sabe por qué lo hace; todavía es sólo el
sentimiento el que le dice: eso se relaciona con mi falta.
--No creo en una falta--gritó Roberto en el colmo de la agitación.--Si
ese deseo no es una simple ilusión, el resultado de un momento de
sobreexcitación nerviosa y enfermiza; si, al contrario, se hallaba desde
mucho tiempo atrás en preparación en el fondo de ella misma, ¿cómo es
posible que, seis horas antes de formularlo, haya manifestado tanta
indignación contra mi madre, a quien sospechaba de acariciar quizá el
mismo deseo?
--Y para mí--replicó el médico,--no hay mejor argumento en apoyo de mi
tesis que esa misma indignación. Era para descargar su propia conciencia
del peso que la aplastaba, por lo que arrojaba a tu madre todas las
piedras que le caían bajo la mano. Lo que la empujaba era el miedo de su
propia culpabilidad.
--¿Y esa noble resolución de renunciamiento que había tomado pocos días
antes?
Por el rostro ajado del anciano pasó una sonrisa, la sonrisa del hombre
que comprende y perdona. Repuso:
--El antiguo proverbio de que el camino del infierno está empedrado de
buenas intenciones, se encuentra justificado sin duda una vez más aquí,
pero no toca sino someramente el asunto que nos ocupa. La resolución que
Olga tomó entonces fue una última tentativa, desgraciada desde luego,
para conciliar el afecto que debía a Marta con el amor que tú
despertabas en ella, para establecer la paz entre la sed de felicidad,
ardiente, irresistible, que la devoraba, y la necesidad de permanecer
fiel a su hermana. Era el medio menos natural que pudiera elegir, pues
el renunciamiento, la muda resignación, no eran su fuerte. Y luego, un
destino cruel ha querido que, a pesar de su gran inteligencia, de su
enérgica voluntad, se viera arrastrada a una falta, que es la más común
y la más cobarde del mundo, una falta que he leído en un número infinito
de rostros cuando he sido llamado a atender enfermos graves. Ese es,
hijo mío, uno de los lados más obscuros de la naturaleza humana, un
resto de bestialidad que subsiste en nuestro mundo civilizado. Aun las
naturalezas sensibles y delicadas como la de Olga, no están exentas de
él; es verdad que eso las mata, mientras que las almas más groseras se
contentan con disimular y rechazar dentro de sí mismas, el secreto que,
solicitado por la luz del día, tiende a escaparse de las recónditas
profundidades de la conciencia. Espera, voy a precisar. Un día fui a
visitar a un anciano enfermo, rico propietario, a quien no le quedaba
mucho tiempo que vivir. A su cabecera se hallaba su hijo mayor, un
hombre de cuarenta años, más o menos, que desde hacía ya mucho tiempo
desempeñaba en propiedades extrañas las funciones de administrador, y
cuya prometida amenazaba envejecer y consumirse en la espera. Aquél era
un honrado y buen hijo, que no había hecho daño a una mosca, que amaba
cordialmente a su padre y que se habría ruborizado de desear el menor
mal a su enemigo más mortal. Sin embargo, en la angustia secreta y
sombría que se pintó en sus facciones cuando incliné mi oído sobre el
pecho del anciano, leí claramente este deseo: «¡Oh, si se muriera!» Otra
vez, me llamaron de la casa de una señora que, casada en segundas
nupcias, era feliz. En su dicha no había más que una sombra: su marido
no podía sufrir al hijo del primer matrimonio. Una arruga surcaba su
frente tan pronto como se trataba de esa criaturita, y ella, como amaba
apasionadamente a su marido y temía que le tomara aversión a ella misma
a causa del niño, se lo ocultaba lo más que podía. El niño se enfermó
con escarlatina. Encontré a la madre de rodillas junto a la cama y
derramando amargas lágrimas. Temblaba por esa frágil existencia: ¿acaso
no había nacido de su seno? Pero su marido entró, y en la mirada
inquieta, vacilante que ella dirigió a la cuna, se leía distintamente:
«Si tú murieras sería la felicidad para mí.» Podría citarte ejemplos
infinitos, en que los celos, la codicia, la necesidad de independencia,
la pasión de los viajes y de la libertad, el amor, han preparado y
desarrollado ese deseo terrible y criminal, que se alza de repente,
sombrío y gigantesco, en un corazón humano que hasta entonces no había
conocido más que la luz y el amor. Por fortuna, ya hoy no causa grandes
estragos. En los tiempos de la antigua barbarie, en que las pasiones se
saciaban sin conocer obstáculos, la acción ayudaba al pensamiento.
Cuando un miembro de una familia hacía sombra a otro, el veneno y el
puñal imperaban sencillamente. La historia, la literatura están llenas
de asesinatos de ese género, y Shakespeare, ese gran conocedor de las
almas, no presenta, por decirlo así, otro tema trágico que el asesinato
entre parientes. Hoy todo se ha suavizado, y cuando la lucha por la
existencia penetra en el círculo de la familia, se contenta uno, en las
horas sombrías, con desear a la persona que incomoda seis pies de tierra
sobre el cuerpo. Ese deseo, es el asesinato de otros tiempos, atenuado
por las nuevas costumbres. Ahí tienes, chico; te he pronunciado un largo
discurso y si tu sangre se ha calmado mientras tanto, he conseguido mi
objeto.
--¿Entonces, la condenas sencillamente?--dijo Roberto, con angustia.
--No condeno a nadie, hijo mío--respondió el anciano con una sonrisa
grave,--y aun menos que a otra, a una naturaleza honrada como lo era la
de Olga. Ella encontró el valor de confesar, a sí misma y a aquel a
quien más amaba, el crimen que cometió: eso basta para elevarla por
sobre el resto de la humanidad. Porque ese deseo de que hablamos, si es
el pecado mental más horroroso de que el espíritu humano pueda hacerse
culpable, es también el más secreto. No hay amigo que lo confíe a su
amigo, ni un marido que lo murmure a su compañera en el silencio y la
obscuridad de la noche, ni un penitente que se atreva a decirlo a su
confesor; la oración misma, que nace en el más profundo arrepentimiento
y sube hacia el Cielo, lo pasa fraudulentamente en silencio. Dios tiene
derecho a saberlo todo, todo, excepto esa infamia. Nacida en las
tinieblas y el horror, tiene que desaparecer en la vergüenza y el
silencio. ¡Hay aún más! Ese deseo es la única falta que escapa
generalmente a la justicia del mundo exterior, así como a la sanción de
la conciencia en el fondo del corazón, porque éstas no tienen para ella
ni expiación, ni castigo. En ese caso, el inexorable juez que todo
hombre lleva en sí mismo, se deja comprar y corromper. Miles de hombres
que han cometido por lo menos una vez esa bajeza, no por ello dejan de
seguir viviendo contentos, engordan con perfecta tranquilidad de
espíritu, felices del cumplimiento de su deseo, que se apresuran a
olvidar tan pronto como se ha realizado. El alma lo reabsorbe, como el
cuerpo reabsorbe la materia mórbida tan pronto como la causa del mal ha
desaparecido. Se pierde sin dejar huellas, en el montón de las virtudes
sociales y personales, el silencio lo aniquila. Muy lejos estoy de decir
que condeno a esos hombres; ¿qué sería del mundo si todos los que, al
mirarse en un espejo, descubren una verruga en su cara, fueran por
desesperación a cortarse la cabeza? Los hombres que te he pintado están
bien constituidos y pertenecen al término medio de la humanidad; su
naturaleza, llamada feliz, es capaz de soportar un golpe y ¡vaya si se
inquietan de tener aquí y allí alguna mancha que los desluce! Olga
estaba hecha de un barro menos grosero, su sistema nervioso no
necesitaba choques tan violentos, y lo que en otros no produciría más
que una simple picazón, a ella le hacía el efecto de un latigazo. Esas
naturalezas tienen con frecuencia algo de enfermizo, se inclinan hacia
la hipocondría y la histeria, y su vida efectiva está dominada por
imaginaciones que toman ordinariamente a los ojos de los demás el
carácter de ideas fijas. Y, sin embargo, todo en ellas obedece a leyes
rigurosas; hasta se puede decir que su organismo funciona con más
precisión que el del común de los mortales, y si se les pusiera bajo
vidrio como a las delicadas balanzas de los químicos, se les vería
ejecutar maravillas. Los hombres dotados de esa extrema sensibilidad,
tienen en general una cierta debilidad de voluntad que les hace
replegarse en sí mismos al menor contacto extraño, y tanto mejor para
ellos, pues así están al abrigo de los choques violentos del mundo que
los rodea y que no serían capaces de soportar, pero ¡ay de aquellos a
quienes una voluntad indomable, un carácter violento y apasionado,
arrastran directamente al centro de los escollos y de las zarzas! Puede
suceder entonces que una espina que ha quedado en la llaga, y de la cual
otros apenas habrían hecho caso, se convierta para ellos en una flecha
envenenada que les roerá el cuerpo y el alma hasta que sucumba... ¡Vaya,
basta de charla! He aquí dos o tres hojas más. ¡Escucha! Vamos a saber
cómo se muere de un deseo.