En este instante llego de casa de Roberto.
Este se ha mostrado afectuoso y bueno para conmigo; he visto brillar en
sus ojos una tímida ternura, medio velada, que mi corazón ha bebido con
avidez. Me parece que una nueva primavera se acerca: la risa y la
alegría se despiertan en mi corazón, y, cuando cierro los ojos, veo
bailar en torno mío dorados rayos de sol.
Pero ¡basta de pensamientos de felicidad, basta de cobardía! Si llega a
amarme, ¡tanto peor para él! No me he prestado a ello; ¡no por cierto!
Sería tan despreciable como una mujer perdida si hubiera hecho eso.
Desde mi curación, durante más de un año, he dirigido su casa con
lealtad y probidad, sin pretender agradarle, sin desear serle
indispensable. Y, sin embargo, he llegado a serlo. Mi señora tía ha
tenido que reconocerlo ella misma, ella que casi me impone su
hospitalidad, no obstante el odio que profesa a mi persona. Es demasiado
buena ama de casa, para no saber que, sin mí, el hogar de su hijo se
habría arruinado durante esos días de duelo, en que Roberto, absorbido
por su inmenso dolor, permanecía inerte, indiferente a todo, aun al
niño. Sin mí el pobre pequeñuelo estaría desde hace tiempo bajo tierra.
No enumeraré todo lo que he hecho durante ese tiempo, todo lo que ha
producido mi trabajo: en verdad no me conviene desempeñar el papel de
farisea.
Tampoco hablaré de expiación; esta es una palabra demasiado pomposa,
detrás de la cual no se oculta ordinariamente sino una miserable
mentira, una vana ilusión. ¿Cómo borrar la mancha que me ha mancillado?
Se expía una falta trágica, se expía hasta un gran crimen; pero una
infamia como la que yo he cometido, es un borrón del cual el alma no
puede lavarse.
¡Si por lo menos pudiera ignorar qué secreto vela en el fondo de mi
corazón!
¿Por qué quería en otros tiempos permanecer pura ante mi conciencia, si
no era para poder pertenecerle un día? Como si el eterno destino no
hubiera alzado él mismo entre nosotros una muralla que, desde el fondo
de la tumba de Marta, se eleva hasta los astros.
Y, si alguna vez un demonio le soplara en el oído el consejo de extender
la mano hacia mí, ¿podría hacer de otro modo que rechazarlo como a un
loco temerario? Pero eso no sucederá: he sabido tenerlo a distancia. Que
crea que lo desdeño, que crea que estoy encerrada dentro de mi orgullo y
de mi egoísmo: sabré guardar el secreto de mi corazón.
¡Si tan sólo no existiera!
Más de una vez, sobre todo durante la noche, mientras mis miradas se
pierden en la obscuridad, un deseo se apodera de mí con una violencia
tan extravagante, que me parece que va a aniquilarme. Me invade como la
embriaguez de la fiebre, ofusca mis sentidos y me hace hervir la sangre
en las venas: es el deseo de descansar, una vez tan siquiera, entre sus
brazos para llorar en ellos a mis anchas, porque desde aquellas noches
las lágrimas se han secado en mí. Me ha sido imposible llorar desde ese
día en que encontré a Marta tendida en su lecho de dolor.