XXIII

En este instante llego de casa de Roberto.

Este se ha mostrado afectuoso y bueno para conmigo; he visto brillar en

sus ojos una tímida ternura, medio velada, que mi corazón ha bebido con

avidez. Me parece que una nueva primavera se acerca: la risa y la

alegría se despiertan en mi corazón, y, cuando cierro los ojos, veo

bailar en torno mío dorados rayos de sol.

Pero ¡basta de pensamientos de felicidad, basta de cobardía! Si llega a

amarme, ¡tanto peor para él! No me he prestado a ello; ¡no por cierto!

Sería tan despreciable como una mujer perdida si hubiera hecho eso.

Desde mi curación, durante más de un año, he dirigido su casa con

lealtad y probidad, sin pretender agradarle, sin desear serle

indispensable. Y, sin embargo, he llegado a serlo. Mi señora tía ha

tenido que reconocerlo ella misma, ella que casi me impone su

hospitalidad, no obstante el odio que profesa a mi persona. Es demasiado

buena ama de casa, para no saber que, sin mí, el hogar de su hijo se

habría arruinado durante esos días de duelo, en que Roberto, absorbido

por su inmenso dolor, permanecía inerte, indiferente a todo, aun al

niño. Sin mí el pobre pequeñuelo estaría desde hace tiempo bajo tierra.

No enumeraré todo lo que he hecho durante ese tiempo, todo lo que ha

producido mi trabajo: en verdad no me conviene desempeñar el papel de

farisea.

Tampoco hablaré de expiación; esta es una palabra demasiado pomposa,

detrás de la cual no se oculta ordinariamente sino una miserable

mentira, una vana ilusión. ¿Cómo borrar la mancha que me ha mancillado?

Se expía una falta trágica, se expía hasta un gran crimen; pero una

infamia como la que yo he cometido, es un borrón del cual el alma no

puede lavarse.

¡Si por lo menos pudiera ignorar qué secreto vela en el fondo de mi

corazón!

¿Por qué quería en otros tiempos permanecer pura ante mi conciencia, si

no era para poder pertenecerle un día? Como si el eterno destino no

hubiera alzado él mismo entre nosotros una muralla que, desde el fondo

de la tumba de Marta, se eleva hasta los astros.

Y, si alguna vez un demonio le soplara en el oído el consejo de extender

la mano hacia mí, ¿podría hacer de otro modo que rechazarlo como a un

loco temerario? Pero eso no sucederá: he sabido tenerlo a distancia. Que

crea que lo desdeño, que crea que estoy encerrada dentro de mi orgullo y

de mi egoísmo: sabré guardar el secreto de mi corazón.

¡Si tan sólo no existiera!

Más de una vez, sobre todo durante la noche, mientras mis miradas se

pierden en la obscuridad, un deseo se apodera de mí con una violencia

tan extravagante, que me parece que va a aniquilarme. Me invade como la

embriaguez de la fiebre, ofusca mis sentidos y me hace hervir la sangre

en las venas: es el deseo de descansar, una vez tan siquiera, entre sus

brazos para llorar en ellos a mis anchas, porque desde aquellas noches

las lágrimas se han secado en mí. Me ha sido imposible llorar desde ese

día en que encontré a Marta tendida en su lecho de dolor.

El deseo · 第 26 / 29 题