XX

¡Y ahora, la noche terrible!

Cada minuto se alza todavía ante mis ojos como una furia y clava en mí

su mirada de fuego.

Esa noche, voy a evocarla y a hacerla pasar por delante de mí como se

evocan fantasmas para avivar con su testimonio un asesinato sobre el

cual han pasado años.

¿Y qué crimen he cometido? Ninguno.

Mis manos están puras, y en el día del juicio final, cuando se pesen

nuestros actos, podré presentarme osadamente ante el trono de Dios

Todopoderoso y decirle: «Cúbreme con tus más blancos ropajes, pón en mis

hombros las alas de cisne más delicadas y déjame colocarme en la primera

fila, pues poseo una hermosa voz, a la cual sólo falta un poco de

ejercicio para honrar al paraíso.»

Pero hay crímenes que no han sido cometidos con actos ni con palabras,

que penetran en el alma como un soplo pestilencial, y la envenenan tan

completamente, que hasta el cuerpo concluye por perecer.

Era una noche poco más o menos como la de hoy. El húmedo viento de otoño

pasaba por delante de la casa en cortas ráfagas, y hacía estragos en las

cimas medio deshojadas de los álamos que se inclinaban con un crujido

los unos sobre los otros. Ni una sola estrella en el cielo; sin embargo,

una luz incierta permitía distinguir las nubes más obscuras, que

pasaban, arrastradas en rápida carrera, desgarradas en jirones.

La lamparilla no quería arder, su resplandor vacilante luchaba contra

las sombras que bailaban sin interrupción en la cama y en las paredes.

Frente a mí pendía la corona de yedra, negra y puntuosa; parecía una

corona de espinas.

Eran más o menos las diez, cuando Marta se puso a delirar. Se irguió en

su cama y dijo con voz clara y distinta:

--¡Verdaderamente, tengo que levantarme; esto es ya demasiado!

En el primer momento sentí que me invadía una gran alegría, pues me

parecía que había recobrado su conocimiento.

--¡Marta!

Me levanté de un salto y le tomé la mano.

--Pero yo había preparado todo, las camisas, las medias y los zapatos;

un ciego dormido los habría encontrado. Y tampoco necesitáis tomar

medidas; nada de ceremonias, nada de ceremonias.

Y diciendo eso me miraba fijamente con sus ojos vidriosos, como si

hubiera visto un fantasma. Después, de improviso, lanzó un grito

estridente diciendo:

--Quitadme estas piedras que me aplastan el cuerpo. ¿Por qué me habéis

sepultado bajo estas piedras?

Tomé la sábana más delgada que pude encontrar y la extendí sobre ella en

lugar de la frazada; pero eso no le procuró ningún alivio. Gritaba y

hablaba sin interrupción y de vez en cuando marmoteaba con volubilidad,

como una persona que estudia una lección a media voz.

Así transcurrió como una hora. Yo estaba sentada junto a la mesa, con

los ojos fijos en ella, pues en mí se agitaba el temor de ver a cada

instante surgir una nueva aparición, aún más horrible. De rato en rato,

cuando se calmaba un poco; sentía un aflojamiento en mis miembros;

cerraba entonces los ojos y me dejaba ir hacia atrás, y cada vez me

imaginaba que caía en los brazos de Roberto. Sin embargo, no tenía sino

muy vagamente el sentimiento de cometer una falta; mi laxitud era

demasiado grande. Me parecía también ver sin cesar estallar en mi cabeza

burbujas de las cuales salían rosas que producían siempre nuevas coronas

de flores. Todavía después oía un silbido de un oído a otro; se habría

dicho que una mecha azufrada me atravesaba la cabeza y que la habían

encendido.

Fue en ese estado de sobreexcitación nerviosa, presa, ya de espantos

repentinos, ya de un abatimiento irresistible, cómo me encontró Roberto

cuando entró en el cuarto, a eso de media noche. Quiso recostarse un

poco en su cama, para velar después el resto de la noche conmigo; pero

los gritos de Marta lo habían arrancado bruscamente al descanso.

Al verlo, todo cansancio desapareció de mi cuerpo; sentí como si una

nueva oleada de sangre se hubiera esparcido en mis venas, y de un salto

me levanté para ir a su encuentro.

--Procura descansar un poco--dijo él, bajando hacia mí la mirada de sus

ojos cansados, hinchados por las lágrimas.--Vas a necesitar de todas tus

fuerzas.

Sacudí la cabeza y le indiqué a mi hermana, que, precisamente entonces,

blandía las manos en torno suyo como si hubiera querido, en su delirio,

alejarme de su marido.

--Tienes razón--continuó.--¿Sería posible tener suficiente tranquilidad

para dormir con semejante espectáculo ante los ojos?

Y se acercó a la cama juntando las manos, e inclinándose hacia ella,

posó un ligero beso en su frente color de cera.

«A mí también me ha besado así»--gritaba una voz en mí.

Después se sentó al pie de la cama, tan cerca de mi silla, que su brazo,

que apoyaba en la mesa, tocaba casi mi hombro.

Tenía los ojos fijos en ella, en la inmovilidad sombría de la

desesperación.

--¡Vuelve en ti, Roberto!--le murmuré.--Todo puede componerse todavía.

Él soltó una risa aguda.

--¿Qué entiendes por componerse?--exclamó.--¿Quieres decir que vivirá

para arrastrar un cuerpo inválido, una alma quebrantada, una carga para

ella misma y para los demás? ¿No sabes que tenemos que elegir entre

estas dos alternativas?

Un calofrío helado me penetró hasta la médula de los huesos. Pero al

mismo tiempo creía ver que las paredes se apartaban y una perspectiva

luminosa, infinita, se abría ante mí.

«¿No querías desempeñar el papel de sacerdotisa en esta casa?»--me decía

en tono de reproche una voz interior; pero se extinguió ahogada por el

ruido de mi sangre.

--¿De qué sirve discutir?--continuó él.--Ya hace tiempo que me he

resignado a permanecer impasible cuando los golpes del Cielo me hieren

sin descanso: me he vuelto un ser miserable, sin energía y sin voluntad;

me he dejado atar de pies y manos por el destino, y por más que me agito

hasta hacer brotar sangre de las articulaciones, eso de nada sirve:

impotente soy, impotente seguiré y... ¡nada más! Pero no quiero

excitarme con mis palabras y dejarme arrastrar por el furor; una cólera

vana como ésta es más despreciable que una hipócrita sumisión.

Sentí encenderse en mí el deseo de arrojarme a sus pies y de gritarle:

«Haz de mí lo que quieras; sacrifícame, aplástame bajo tus pies, déjame

morir por ti, pero recupera tu valor y cree en tu dicha...» cuando de

repente, oí que de los labios de Marta salió un gemido tan lastimero,

tan dolorido, que me estremecí, como si me hubieran dado un latigazo.

Quise lanzar un grito, pero el miedo que Roberto me inspiraba me oprimió

la garganta; sólo un suspiro se escapó de mi pecho, y lo contuve por

fuerza, al ver que su mirada inquieta se fijaba en mis ojos.

--No te preocupes de mí--dije violentándome para sonreír.--¡Con tal de

que ella siga mejor!

Él cruzó los brazos sobre su rodilla y repetidas veces inclinó

dolorosamente la cabeza.

Luego cesaron los gemidos de Marta. Había dejado caer la barba sobre el

pecho y sus ojos estaban medio cerrados. Casi se habría podido creer que

dormía; pero continuaba divagando y marmoteando.

Un gran silencio reinó en el dormitorio débilmente alumbrado. No se oía

más que un ligero silbido del viento contra la ventana y el ruido de los

ratones que corrían entre los tirantes del techo.

Roberto había hundido la cabeza en sus manos y escuchaba con espanto el

lenguaje incoherente de Marta. Poco a poco pareció calmarse, su

respiración se hizo más regular y más espaciada; de rato en rato su

cabeza se inclinaba hacia un lado para volverse a levantar

inmediatamente después, con un brusco movimiento.

Un irresistible sueño se había apoderado de él.

Quise obligarlo a que fuera a descansar, pero tenía miedo del sonido de

mi voz y guardé silencio.

A intervalos cada vez más cercanos, la parte alta de su cuerpo se

balanceaba hacia un lado; a veces sus cabellos rozaban mi mejilla, y con

la mano buscaba en torno suyo si no encontraría en alguna parte un

apoyo.

Al fin, de pronto, su frente se inclinó y cayó sobre mi hombro, donde

permaneció inmóvil.

Me puse a temblar de pies a cabeza, como si me hubiera acaecido una

felicidad inaudita. Se posesionó de mí un deseo irresistible de

acariciar su abundante cabellera, que tocaba mi cara. Muy cerca de mis

ojos vi brillar algunos hilos plateados.--Ya comienza a

encanecer--pensé,--es tiempo de que pruebe lo que llaman la

felicidad.--Y lo acaricié efectivamente.

Él suspiraba dormido, y trataba de dar a su cabeza una posición más

cómoda.

--No está bien así--me dije,--es necesario que te le acerques.

Y lo hice. Su hombro se apoyó en el mío y su cabeza se inclinó sobre mi

pecho.

--Tienes que pasar tu brazo en torno de su cuerpo--me gritaba una voz

interior,--de lo contrario no descansará bien.

Dos veces, tres veces, traté de hacerlo, pero retrocedía de espanto.

¡Si Marta fuera a despertarse bruscamente! Pero no, sus ojos nada veían,

sus oídos nada oían.

Y me decidí...

Entonces se apoderó de mí una alegría desatinada. Me estreché contra él

a hurtadillas, diciéndome con ardor: ¡Oh, cómo quisiera cuidarte y velar

sobre ti; cómo quisiera hacer desaparecer con mis besos las arrugas de

tu frente y las penas de tu alma! ¡Cómo lucharía por ti con toda la

fuerza de mi juventud, sin descansar nunca hasta no haber vuelto la

alegría a tus ojos y el sol a tu corazón! Pero para eso...

Mis miradas se volvieron hacia Marta. Sí, vivía, vivía siempre. Su seno

se levantaba y se bajaba bajo la acción de una respiración corta y

precipitada. Parecía más viva que nunca.

Y, de repente, vi una llamarada que pasó ante mis ojos y creí leer,

enfrente, en la pared, estas palabras:

_¡Oh, si ella muriera!_

Sí, era eso, esas eran las palabras.

_¡Oh, si ella muriera! ¡Oh, si ella muriera!_

El deseo · 第 23 / 29 题