¡Y ahora, la noche terrible!
Cada minuto se alza todavía ante mis ojos como una furia y clava en mí
su mirada de fuego.
Esa noche, voy a evocarla y a hacerla pasar por delante de mí como se
evocan fantasmas para avivar con su testimonio un asesinato sobre el
cual han pasado años.
¿Y qué crimen he cometido? Ninguno.
Mis manos están puras, y en el día del juicio final, cuando se pesen
nuestros actos, podré presentarme osadamente ante el trono de Dios
Todopoderoso y decirle: «Cúbreme con tus más blancos ropajes, pón en mis
hombros las alas de cisne más delicadas y déjame colocarme en la primera
fila, pues poseo una hermosa voz, a la cual sólo falta un poco de
ejercicio para honrar al paraíso.»
Pero hay crímenes que no han sido cometidos con actos ni con palabras,
que penetran en el alma como un soplo pestilencial, y la envenenan tan
completamente, que hasta el cuerpo concluye por perecer.
Era una noche poco más o menos como la de hoy. El húmedo viento de otoño
pasaba por delante de la casa en cortas ráfagas, y hacía estragos en las
cimas medio deshojadas de los álamos que se inclinaban con un crujido
los unos sobre los otros. Ni una sola estrella en el cielo; sin embargo,
una luz incierta permitía distinguir las nubes más obscuras, que
pasaban, arrastradas en rápida carrera, desgarradas en jirones.
La lamparilla no quería arder, su resplandor vacilante luchaba contra
las sombras que bailaban sin interrupción en la cama y en las paredes.
Frente a mí pendía la corona de yedra, negra y puntuosa; parecía una
corona de espinas.
Eran más o menos las diez, cuando Marta se puso a delirar. Se irguió en
su cama y dijo con voz clara y distinta:
--¡Verdaderamente, tengo que levantarme; esto es ya demasiado!
En el primer momento sentí que me invadía una gran alegría, pues me
parecía que había recobrado su conocimiento.
--¡Marta!
Me levanté de un salto y le tomé la mano.
--Pero yo había preparado todo, las camisas, las medias y los zapatos;
un ciego dormido los habría encontrado. Y tampoco necesitáis tomar
medidas; nada de ceremonias, nada de ceremonias.
Y diciendo eso me miraba fijamente con sus ojos vidriosos, como si
hubiera visto un fantasma. Después, de improviso, lanzó un grito
estridente diciendo:
--Quitadme estas piedras que me aplastan el cuerpo. ¿Por qué me habéis
sepultado bajo estas piedras?
Tomé la sábana más delgada que pude encontrar y la extendí sobre ella en
lugar de la frazada; pero eso no le procuró ningún alivio. Gritaba y
hablaba sin interrupción y de vez en cuando marmoteaba con volubilidad,
como una persona que estudia una lección a media voz.
Así transcurrió como una hora. Yo estaba sentada junto a la mesa, con
los ojos fijos en ella, pues en mí se agitaba el temor de ver a cada
instante surgir una nueva aparición, aún más horrible. De rato en rato,
cuando se calmaba un poco; sentía un aflojamiento en mis miembros;
cerraba entonces los ojos y me dejaba ir hacia atrás, y cada vez me
imaginaba que caía en los brazos de Roberto. Sin embargo, no tenía sino
muy vagamente el sentimiento de cometer una falta; mi laxitud era
demasiado grande. Me parecía también ver sin cesar estallar en mi cabeza
burbujas de las cuales salían rosas que producían siempre nuevas coronas
de flores. Todavía después oía un silbido de un oído a otro; se habría
dicho que una mecha azufrada me atravesaba la cabeza y que la habían
encendido.
Fue en ese estado de sobreexcitación nerviosa, presa, ya de espantos
repentinos, ya de un abatimiento irresistible, cómo me encontró Roberto
cuando entró en el cuarto, a eso de media noche. Quiso recostarse un
poco en su cama, para velar después el resto de la noche conmigo; pero
los gritos de Marta lo habían arrancado bruscamente al descanso.
Al verlo, todo cansancio desapareció de mi cuerpo; sentí como si una
nueva oleada de sangre se hubiera esparcido en mis venas, y de un salto
me levanté para ir a su encuentro.
--Procura descansar un poco--dijo él, bajando hacia mí la mirada de sus
ojos cansados, hinchados por las lágrimas.--Vas a necesitar de todas tus
fuerzas.
Sacudí la cabeza y le indiqué a mi hermana, que, precisamente entonces,
blandía las manos en torno suyo como si hubiera querido, en su delirio,
alejarme de su marido.
--Tienes razón--continuó.--¿Sería posible tener suficiente tranquilidad
para dormir con semejante espectáculo ante los ojos?
Y se acercó a la cama juntando las manos, e inclinándose hacia ella,
posó un ligero beso en su frente color de cera.
«A mí también me ha besado así»--gritaba una voz en mí.
Después se sentó al pie de la cama, tan cerca de mi silla, que su brazo,
que apoyaba en la mesa, tocaba casi mi hombro.
Tenía los ojos fijos en ella, en la inmovilidad sombría de la
desesperación.
--¡Vuelve en ti, Roberto!--le murmuré.--Todo puede componerse todavía.
Él soltó una risa aguda.
--¿Qué entiendes por componerse?--exclamó.--¿Quieres decir que vivirá
para arrastrar un cuerpo inválido, una alma quebrantada, una carga para
ella misma y para los demás? ¿No sabes que tenemos que elegir entre
estas dos alternativas?
Un calofrío helado me penetró hasta la médula de los huesos. Pero al
mismo tiempo creía ver que las paredes se apartaban y una perspectiva
luminosa, infinita, se abría ante mí.
«¿No querías desempeñar el papel de sacerdotisa en esta casa?»--me decía
en tono de reproche una voz interior; pero se extinguió ahogada por el
ruido de mi sangre.
--¿De qué sirve discutir?--continuó él.--Ya hace tiempo que me he
resignado a permanecer impasible cuando los golpes del Cielo me hieren
sin descanso: me he vuelto un ser miserable, sin energía y sin voluntad;
me he dejado atar de pies y manos por el destino, y por más que me agito
hasta hacer brotar sangre de las articulaciones, eso de nada sirve:
impotente soy, impotente seguiré y... ¡nada más! Pero no quiero
excitarme con mis palabras y dejarme arrastrar por el furor; una cólera
vana como ésta es más despreciable que una hipócrita sumisión.
Sentí encenderse en mí el deseo de arrojarme a sus pies y de gritarle:
«Haz de mí lo que quieras; sacrifícame, aplástame bajo tus pies, déjame
morir por ti, pero recupera tu valor y cree en tu dicha...» cuando de
repente, oí que de los labios de Marta salió un gemido tan lastimero,
tan dolorido, que me estremecí, como si me hubieran dado un latigazo.
Quise lanzar un grito, pero el miedo que Roberto me inspiraba me oprimió
la garganta; sólo un suspiro se escapó de mi pecho, y lo contuve por
fuerza, al ver que su mirada inquieta se fijaba en mis ojos.
--No te preocupes de mí--dije violentándome para sonreír.--¡Con tal de
que ella siga mejor!
Él cruzó los brazos sobre su rodilla y repetidas veces inclinó
dolorosamente la cabeza.
Luego cesaron los gemidos de Marta. Había dejado caer la barba sobre el
pecho y sus ojos estaban medio cerrados. Casi se habría podido creer que
dormía; pero continuaba divagando y marmoteando.
Un gran silencio reinó en el dormitorio débilmente alumbrado. No se oía
más que un ligero silbido del viento contra la ventana y el ruido de los
ratones que corrían entre los tirantes del techo.
Roberto había hundido la cabeza en sus manos y escuchaba con espanto el
lenguaje incoherente de Marta. Poco a poco pareció calmarse, su
respiración se hizo más regular y más espaciada; de rato en rato su
cabeza se inclinaba hacia un lado para volverse a levantar
inmediatamente después, con un brusco movimiento.
Un irresistible sueño se había apoderado de él.
Quise obligarlo a que fuera a descansar, pero tenía miedo del sonido de
mi voz y guardé silencio.
A intervalos cada vez más cercanos, la parte alta de su cuerpo se
balanceaba hacia un lado; a veces sus cabellos rozaban mi mejilla, y con
la mano buscaba en torno suyo si no encontraría en alguna parte un
apoyo.
Al fin, de pronto, su frente se inclinó y cayó sobre mi hombro, donde
permaneció inmóvil.
Me puse a temblar de pies a cabeza, como si me hubiera acaecido una
felicidad inaudita. Se posesionó de mí un deseo irresistible de
acariciar su abundante cabellera, que tocaba mi cara. Muy cerca de mis
ojos vi brillar algunos hilos plateados.--Ya comienza a
encanecer--pensé,--es tiempo de que pruebe lo que llaman la
felicidad.--Y lo acaricié efectivamente.
Él suspiraba dormido, y trataba de dar a su cabeza una posición más
cómoda.
--No está bien así--me dije,--es necesario que te le acerques.
Y lo hice. Su hombro se apoyó en el mío y su cabeza se inclinó sobre mi
pecho.
--Tienes que pasar tu brazo en torno de su cuerpo--me gritaba una voz
interior,--de lo contrario no descansará bien.
Dos veces, tres veces, traté de hacerlo, pero retrocedía de espanto.
¡Si Marta fuera a despertarse bruscamente! Pero no, sus ojos nada veían,
sus oídos nada oían.
Y me decidí...
Entonces se apoderó de mí una alegría desatinada. Me estreché contra él
a hurtadillas, diciéndome con ardor: ¡Oh, cómo quisiera cuidarte y velar
sobre ti; cómo quisiera hacer desaparecer con mis besos las arrugas de
tu frente y las penas de tu alma! ¡Cómo lucharía por ti con toda la
fuerza de mi juventud, sin descansar nunca hasta no haber vuelto la
alegría a tus ojos y el sol a tu corazón! Pero para eso...
Mis miradas se volvieron hacia Marta. Sí, vivía, vivía siempre. Su seno
se levantaba y se bajaba bajo la acción de una respiración corta y
precipitada. Parecía más viva que nunca.
Y, de repente, vi una llamarada que pasó ante mis ojos y creí leer,
enfrente, en la pared, estas palabras:
_¡Oh, si ella muriera!_
Sí, era eso, esas eran las palabras.
_¡Oh, si ella muriera! ¡Oh, si ella muriera!_