Y el crepúsculo volvió: el sol poniente abrasó una vez más el horizonte
por encima de la ciudad, arrojando por las ventanas, a las habitaciones,
su luz rojiza.
El rostro de Marta estaba bañado por un matiz purpúreo; en sus cabellos
brillaban pequeños resplandores, y la mano que reposaba en la colcha,
parecía iluminada por dentro.
Acerqué el biombo a su cama para evitar que el reflejo de la luz la
molestara.
Vi entonces, suspendida del biombo, una corona de yedra que no había
visto hasta ese día, una corona igual a la que yo tenía costumbre de
enviar los días de gran fiesta a la tumba de mis padres. Quizá provenía
de allí. En ese momento parecía trenzada de llamas; todo en ella tomaba
una vida fantástica. Y, cuando la miré con más atención, me parecía que
se ponía a dar vueltas lanzando una cascada de chispas, como una
verdadera girándula.
--Vamos, ahora vas a ponerte a tener visiones--me dije; y traté de
recobrar las fuerzas paseándome por el cuarto. Pero tuve que apoyarme a
los respaldos de las sillas, de tal modo me tambaleaba. La respiración
me faltaba.
¡Oh! ¡Ese olor de fenol, ese vapor dulzón, repugnante! Me daba el
vértigo, ponía como un velo sobre mis pensamientos y esparcía un
presentimiento de muerte y de espanto.
El anciano doctor llegó; me miró a la cara y me ordenó, con ese tono a
la vez paternal y brusco que le era habitual, que saliera en el acto a
respirar aire fresco: él mismo cuidaría a la enferma hasta mi regreso.
Quise resistir, pero él me empujó hacia afuera.
Si hubiera sospechado lo que me esperaba, no hay poder en el mundo que
me hubiera hecho pasar el umbral de ese cuarto.
Salí, pues, al patio, respirando el aire a pleno pulmón. El viento de la
tarde produjo sobre mis mejillas ardientes el efecto de un baño helado.
El último fulgor del día desaparecía. Una noche de otoño descendía sobre
la tierra y la envolvía con un velo de niebla azulada.
Los dos molosos saltaron a mi encuentro, y volvieron a partir al galope
hacia las ruinas del castillo.
Maquinalmente, seguí la dirección que ellos habían tomado, caminando
medio dormida, pues los vapores que llenaban el cuarto de la enferma me
habían aturdido.
Un olor de humedad, de hierbas marchitas y de piedras en ruinas, se
desprendía de las paredes. Una vieja puerta extendía por sobre mí el
arco de su bóveda.
Penetré en el interior. En todo mi derredor se alzaban las paredes,
destacándose negras en el cielo de la noche, cuya luz azulada brillaba
aquí y allí por encima de mi cabeza.
Cerca de mí vi, agazapada en la sombra, en medio de los escombros, una
forma humana, cuya silueta reconocí en seguida.
--¡Roberto!--grité sorprendida.
Él se paró de un salto.
--¡Olga!--gritó a su vez.--¿Me traes acaso malas noticias?
--No--le dije.--El doctor me ha mandado a tomar aire.
Y, de repente, creí sentir que el suelo cedía bajo mis pies.
--¡Tén cuidado!--me gritó para advertirme.
Pero, en el mismo instante, resbalé y caí en un hoyo obscuro, tan
profundo como para sepultar a un hombre, arrastrando conmigo algunas
piedras que se desprendieron y rodaron.
--¡Por el amor de Dios, no te muevas! De lo contrario caerás todavía más
abajo.
Medio aturdida, me apoyé en las paredes del foso. A mis pies entreví una
estrecha banda de tierra sobre la cual estaba en pie; detrás el abismo
negro, sin fondo...
A mi lado, vi a Roberto que venía a socorrerme, bajando lentamente y con
precaución las gradas de lo que me parecía una escalera.
--¿Dónde estás?--gritó él.
Y al mismo tiempo sentí que su mano, buscándome, avanzaba hacia mí.
Entonces me arrojé contra él y me aferré a su cuello. En seguida me
sentí levantada, suspendida entre sus brazos. Me parecía que me habían
abierto las venas: creí, en ese instante de abandono y de embriaguez,
que mi sangre ardiente se esparcía sobre mí hasta la última gota.
Sentía en mi cara el calor de su aliento. Por un instante tuve la
impresión de que había rozado mi frente con un ligero beso.
Después regresamos en silencio a la casa. Yo me apartaba de él lo más
que podía, pero en el fondo de mi corazón resonaba este grito de gozo:
«¡Me ha tenido en sus brazos!»
En el umbral de la puerta, el anciano médico salió a nuestro encuentro y
nos tendió las manos diciendo:
--Marta está mejor, hijos míos, mejor de lo que esperaba.
En el fondo de mi corazón resonaba este grito de gozo:
«¡Me ha tenido en sus brazos!»