XVIII

Vino la noche. Una banda roja, último vestigio del sol poniente, se

extendía sobre la ciudad cuyas torres puntiagudas se destacaban negras

en el cielo de fuego. Durante largo rato seguí con los ojos las

llamaradas, que la obscuridad concluyó también por absorber.

El reloj dio las nueve y el viejo doctor entró. Permaneció mucho rato

sentado en mi silla, silencioso, después me acarició la mano al

despedirse y dijo:

--Continúe usted con el fenol, toda la noche.

A la pregunta que leyó en mi mirada inquieta, no respondió sino con un

vago encogimiento de hombros.

No sé dónde, dos o tres habitaciones más lejos, oí la voz de Roberto que

discutía con el anciano. Era una prueba de que él tampoco se alejaba de

la cama de la enferma. «¿Pero por qué se contenta con quedarse

afuera?--me preguntaba.--Casi se diría que le está prohibida la

entrada.»

El reloj toca las diez, todo está solitario en los alrededores, la casa

parece entregada al reposo.

El viento sacude la reja del jardín, hace el ruido de un huésped

atrasado que quiere entrar. ¿La muerte rondaría ya en derredor de la

casa? ¿Contaría ya los granos de arena en su ampolleta?

El furor de la desesperación se apoderó de mí.

Sin saber lo que hacía, me precipité hacia la puerta, como para cerrar

el paso a ese demonio amenazador.

¡Desgraciada que no sospechaba que otro demonio me acechaba, instalado

antes que aquél en el umbral de la puerta!

Minutos después entró Roberto. Ni una palabra, ni un saludo, nada más

que esa mirada rápida y sombría que ya me había herido una vez como una

puñalada.

Con su paso pesado y balanceante avanzó hacia la cama, tomó la mano de

Marta, su mano flaca y ardiente, cuyas uñas tenían un matiz azulado, y

la miró fijamente. Después se sentó en el rincón más obscuro, detrás de

la estufa, y permaneció allí encogido durante dos horas, dos largas

horas.

Yo esperaba, con el corazón palpitante, que él me dirigiera la palabra,

pero guardó silencio como antes.

Poco después de media noche salió del cuarto.

Por mucho tiempo todavía lo oí pasearse afuera en el corredor, y el

ruido sordo de sus pasos me recordó otra noche en que, no menos

temblorosa, había oído ese mismo ruido, dividida entre el temor y la

esperanza.

Todo un mundo nos separaba de aquel tiempo, y la joven criatura

insensata que, presa del vehemente deseo de ayudar a los demás y de

sacrificarse, escuchaba entonces en la obscuridad, me parecía en ese

momento como un ser perteneciente a una de las estrellas que centellean

allá arriba en la inmensidad.

El ruido de los pasos se atenuó: Roberto había entrado en su cuarto.

«¿Volverá?--me pregunté, aplicando el oído al ojo de la

cerradura.--Seguramente no puede dormir.»

Y me estremecí de gozo al oír que el ruido se acercaba de nuevo.

Pero por mi cabeza pasó este pensamiento:

«¿Qué te importa que vuelva o no? ¿Acaso es por él por quien estás aquí?

¿No tienes allí, delante, a tu felicidad, tu vida, todo lo que amas?»

Me dejé caer ante la cama, y cubriendo de besos las manos de Marta, le

supliqué que tuviera compasión de mí, quería hablarle, le decía, tenía

un peso que me aplastaba el pecho, que me sofocaba: iba a ahogarme.

Ella no se despertó. Recogida en su dolor, yacía, triste esqueleto. En

sus pómulos se encendían pequeñas llamaradas. La respiración silbaba.

Por un instante sus labios se agitaron; parecía querer hablar, pero las

palabras se paralizaron en su garganta en un rumor sordo.

¡Qué terrible silencio reinaba en derredor nuestro! El reloj hacía oír

su tic tac; de la pared en que se encontraba la ventana venía el ligero

quejido del viento y en el interior de la habitación resonaba el ruido

de los pasos de Roberto; fuera de esto, ni el menor ruido.

Y de improviso me pareció oír, en medio del silencio, que mi sangre se

agitaba y hervía dentro de mi cuerpo. Escuché con atención.

Evidentemente, era mi sangre que pasaba con impetuosidad por mis venas.

«¿Por qué no circula apaciblemente como de costumbre--me pregunté,--y

como lo exige mi gran resolución? ¿No he extirpado de mi corazón con

todas sus raíces la idea de un crimen? ¿No lo he purificado con ayuda de

mil fuegos? ¿No estoy aquí para desempeñar el papel de sacerdotisa, de

sacerdotisa inaccesible al deseo, pura y bienhechora?»

¡Y escuché nuevamente!

«Son alucinamientos»--me dije.

Pero a pesar de ello tenía miedo de todo ese movimiento y de todo ese

estrépito, que parecía aumentar a cada instante. Veía que un torrente me

llevaba en sus remolinos, un torrente de sangre. De él surgía una roca

de puntas escarpadas. En esa roca, una palabra estaba escrita en letras

de fuego, la palabra: «Asesinato.»

El ruido de pasos se dejó oír más. De un salto me paré... Roberto vino,

se sentó al borde de la cama; con la mano enjugó el sudor que cubría la

frente de Marta, e hizo deslizar los cabellos de ésta por entre sus

dedos.

Yo lo observaba de reojo y a hurtadillas. Apenas osaba respirar. Sus

ojos enrojecidos y fatigados brillaban en el fondo de las órbitas; sus

labios apretados revelaban amargura e irritación. Allí estaba,

petrificado en un dolor mudo. El deseo de acercarme a él me sacudió como

un calofrío de fiebre. Pero, cuando quise levantarme, sentí como dos

manos de hierro que pesaban sobre mis hombros y me hicieron caer de

nuevo en mi asiento.

Al fin pronuncié su nombre y me sobrecogí de espanto, de tal modo que el

sonido de mi propia voz me pareció extraño y lúgubre.

Él se volvió y me miró.

--Roberto--dije,--¿por qué no me hablas? Si hicieras compartir a otro el

dolor que te oprime, eso te aliviaría.

Se levantó bruscamente, se me acercó y me tomó ambas manos. A ese

contacto sentí que todo mi cuerpo se abrasaba y se helaba

alternativamente. Pero hice un esfuerzo para sostener su mirada y lo

miré con firmeza, de frente.

--Es la primera palabra bondadosa que me diriges, Olga--dijo él.

--¿Qué quieres decir con eso, Roberto?--balbucí.--¿Me he mostrado

desatenta para contigo?

--¡Si sólo fuera desatenta!--replicó él.--Pero me has tratado como a un

extraño, como a un intruso, me has alejado del lecho de mi mujer.

--¡Que Dios me libre de ello!--grité deshaciéndome, pues sentía que iba

a caer en sus brazos.

Y él continúa:

--Olga, si alguna vez te he hecho daño... ¿cuál, no lo sé? Pero debe de

ser así, de lo contrario no me rechazarías de esa manera; tu mirada, tu

actitud entera, serían menos duras para mí... Si, pues, te he hecho

daño, Olga, no ha sido culpa mía; nunca he tenido sino buenas

intenciones para ti. He... habría querido que siempre estuvieras aquí

como en tu casa, que no tuvieras necesidad de ir a vivir entre gente

extraña... entonces bajo las miradas de Marta, de aquella a quien ambos

amamos...

¿Para qué pronunciaría su nombre? Sentía nacer en mí una fiera alegría,

me parecía que me brotaban alas; y he ahí que su nombre me hería como un

latigazo. Me mordí los labios hasta que brotó la sangre. Pero a pesar de

todo quise permanecer serena, quise desempeñar el papel de ángel

protector.

--Roberto--dije,--te has equivocado gravemente con respecto a mí: nada

he tenido nunca contra ti. Me he vuelto temerosa y arrogante en el

extranjero, eso es todo. Debes armarte de paciencia para tratarme, debes

tener confianza en mí... ¿quieres?

Entonces vi resplandecer en sus ojos como un rayo de sol.

--¡Te estoy tan agradecido, Olga!--dijo.--¿Por qué no había de continuar

teniendo confianza en ti? Mira, desde el día en que hicimos juntos en el

bosque ese paseo a caballo, ¿te acuerdas? (¡Oh, si me acordaba!) desde

ese día te he querido como a una hermana, aún más que a todas mis

hermanas. Y al mismo tiempo te respetaba, te veneraba como a mi ángel

tutelar. Y de hecho, lo has sido, lo serás todavía en el porvenir, ¿no

es verdad?

Hice seña de que sí sin decir nada y me oprimí el pecho con las dos

manos; en seguida, cuando él lo notó, las dejé caer, pero retrocedí tres

pasos tambaleándome y fue un milagro si conseguí mantenerme en pie.

Inquieto, él se me acercó.

--Estoy cansada--dije, esforzándome por sonreír.--Ven, vamos a

sentarnos, la noche es larga.

Nos quedamos, pues, sentados el uno frente al otro, separados por el

angosto madero de la cama, con los brazos apoyados en el borde, mirando

al otro extremo el rostro de Marta, que un movimiento nervioso sacudía a

cada instante; sus párpados parecían cerrados, las sombras de sus

pestañas descendían hasta muy abajo en sus mejillas; pero, cuando uno se

inclinaba hacia ella, veía brillar en el fondo de las obscuras cavidades

el blanco de los ojos, con un lustre de nácar pálido. Él lo notó, lo

mismo que yo.

--Se diría que ya está muerta--murmuró, ocultando la cabeza entre sus

manos.--Y si muere--continuó,--no será a consecuencia de su parto, no

será de esa miserable fiebre; sólo yo seré la causa de su muerte.

--Por el amor de Dios, ¿qué dices?--exclamé, extendiendo hacia él mis

brazos.

Él inclinó la cabeza sonriendo amargamente.

--Bien lo he visto durante estos tres años: es doble, triple mi culpa.

Primero, la dejé esperar y consumirse durante siete años, dividida entre

la esperanza y el desaliento, agotando así su energía y sus fuerzas, ¡y

Dios sabe que no tenía muchas! Después la arrastré, débil de cuerpo,

abatida de espíritu, a este infierno donde todo el mundo le era hostil,

y aun más hostil que todos, la que mejor habría debido sostenerla. ¡Y yo

mismo! Si hubiera dado pruebas de valor y de alegría, si hubiera velado

para que su pie no tropezara con las piedras del camino, si hubiera

puesto un poco de sol en su existencia, quizá habría podido vivir feliz

a mi lado. Pero con frecuencia me mostraba brusco y chabacano; juraba y

echaba pestes en torno de ella sin acordarme de que me bastaba alzar la

voz para hacerla estremecer y que el menor pliegue que arrugaba mi

frente, la hacía palidecer. ¡Ve ahí, delante de nosotros, ese cuerpo que

no tiene más que el aliento, y mírame a mí, gigante rudo y tosco! Más de

una vez, durante la noche, me he despertado, temblando, al pensar que

quizá la había ahogado entre mis brazos. Y, finalmente, la he ahogado en

realidad. Lo que me convenía era una mujer fuerte y...

Espantado se detuvo y dirigió al rostro de Marta una mirada que pedía

humildemente perdón; pero yo completé su frase con el pensamiento.

Cuando Roberto salió de la habitación, un sentimiento de júbilo se

apoderó de mí, una loca alegría que desencadenaba un huracán en mi

cabeza, sembraba la turbación en mis sentidos y parecía querer

absorberlo todo, mi orgullo, mi independencia, el respeto a mí misma.

La atmósfera del cuarto de la enferma estaba pesada y envolvía mi cabeza

como un manto sofocante; los vapores de fenol me quemaban el cerebro; la

respiración comenzaba a faltarme.

Corrí a la ventana y apoyando mi frente en el marco, aspiré el aire frío

de la noche que penetraba en el cuarto por las rendijas.

El día apareció a través de las cortinas, un día frío y gris, sumido en

la niebla. Nubes descoloridas subían pesadamente en el horizonte, y

arrojaban un pálido fulgor sobre los árboles que chorreaban de humedad,

y que parecían haberse despojado todavía durante la noche, de una parte

de sus hojas.

¡Qué noche!

¡Y cuántas otras más terribles que esa, van a sucederle! ¡Qué fantasmas,

engendrados por las tinieblas, nacidos en la angustia, van a aparecer, a

favor de esas noches, en mi espíritu febricitante!

Me sentí tiritar y me retiré a un rincón: tenía miedo de mí misma.

Pasaron las horas de la mañana y poco a poco me fui calmando. El

recuerdo de esa noche se borró y con él los desórdenes de la fiebre y

los tormentos de la conciencia. Lo que había visto, lo que había

sentido, no me parecía más que un sueño. Una laxitud aplastadora me

invadió; cerré los ojos y cesé de pensar.

Luego vino un momento de felicidad. A eso de las diez, Marta abrió de

improviso sus grandes ojos azules y me dirigió una mirada llena de

dulzura y de bondad. Me pareció que era el ojo de Dios que se volvía

hacia mí, infeliz pecadora, y que en él leía la piedad y el perdón.

Un gozo puro, un gozo santo, me inundó. Me arrojé en los brazos de mi

hermana y escondí mi cara sobre su hombro.

En medio de sus dolores ella se puso a sonreír, y, posando penosamente

su mano en mi cabeza, murmuró con voz apenas perceptible:

--¿Sin duda os he asustado mucho?

Sus palabras, ligeras como un soplo, me embriagaron como un canto de

paz; por un instante creí que iba a quedar libre del peso que me oprimía

el pecho, pero me fue imposible llorar.

--¿Cómo te encuentras?--pregunté.

--Bien, enteramente bien--respondió ella.--¡Pero la sábana me parece tan

pesada!

Era la más ligera que había podido encontrar. Así se lo dije; entonces

suspiró, diciendo que había que tener paciencia con ella.

Después se quedó completamente inmóvil, sin cesar de mirarme como en un

sueño. Al fin inclinó la cabeza varias veces y dijo:

--Está bien así, muy bien.

--¿Qué está bien?--pregunté.

Ella se sonrió y guardó silencio.

En seguida le volvieron los dolores; se agitó, rechinó los dientes, pero

no exhaló una queja.

--¿Quieres que llame a Roberto?

Ella dijo que sí por señas.

--Traedme también al niño--murmuró.

Accedí a su pedido. Hizo colocar a la criaturita en su cama a su lado y

la contempló por largo rato. Trató también de besarla, pero estaba

demasiado débil.

Antes de que Roberto llegara, había vuelto a caer en su sueño.

Él me dirigió una mirada de reproche diciendo:

--¿Por qué no me has hecho llamar más pronto?

--Tén la seguridad de que más vale así. Tu presencia le habría causado

una emoción demasiado fuerte.

--Tienes razón, como siempre--dijo él.

Y salió, sin notar felizmente el rubor que su elogio me había hecho

subir a la cara.

Marta se hallaba de nuevo sin conocimiento, las mejillas rojas, la

frente cubierta de sudor, y siempre ese movimiento siniestro de los

labios que se agitaban y chasqueaban sin interrupción.

A eso de la una vino el doctor; le tomó la temperatura y notó una

disminución de la fiebre.

--Aumentará y disminuirá todavía más de una vez--dijo.

Tampoco compartió la alegría que nos había causado el despertar de

Marta.

--No le habléis cuando vuelva en sí--agregó,--y sobre todo no la dejéis

hablar. Necesita de la menor porción de sus fuerzas.

Antes de marcharse me miró largamente y meneó la cabeza con expresión

inquieta. Sentí que el rubor que revela a los culpables, me invadía de

improviso la cara; me parecía que su mirada penetraba hasta el fondo de

mi alma...

Por la tarde fui a buscar un libro a mi cuarto, cualquiera que fuese, el

primero que me vino a la mano, y traté de leer, pero las letras bailaban

delante de mis ojos y la cabeza me zumbaba: se habría dicho que mil

murciélagos se recreaban en él.

Necesité mucho tiempo para descifrar tan sólo el título: leía

_Ifigenia_. Entonces, con un brusco movimiento de espanto, arrojé el

libro lejos de mí, a un rincón, como si hubiera tenido en mi mano un

carbón encendido.

Al anochecer los dolores de Marta parecieron acentuarse. Repetidas veces

lanzó un grito estridente, retorciéndose en convulsiones.

Mientras me hallaba ocupada en atenderla, durante una de esas crisis, vi

de pronto junto a mí a la madre de Roberto.

Al observar su mirada envenenada, al verla retorcerse las manos con

afectación y bajar las extremidades de sus labios para simular un dolor

hipócrita, me viene de repente este pensamiento:

«He aquí una que espera la muerte de Marta, que la desea.»

Una especie de velo rojo obscurece mi vista, mis puños se crispan, poco

falta para que le arroje su crimen a la cara.

Y mientras esa idea me deja inmóvil y helada, ella me toma por el brazo

y trata de apartarme para colocarse a la cabecera de Marta. Quizá

esperaba intimidarme con ese proceder brutal.

--Querida tía--dije, desasiendo mi brazo,--ya le he hecho notar a usted

una vez, que éste es mi lugar y que nadie en el mundo me lo tomará. Le

ruego, pues, encarecidamente, que limite sus visitas a las otras

habitaciones.

--¡Ah! ¡Eso es lo que vamos a ver, señorita!--gritó ella con voz

chillona.--Voy a preguntarle al dueño de esta casa quién tiene más

autoridad aquí, si su anciana y buena madre, o esta aventurera polaca.

Y se retiró sin cesar de gritar.

Temblando de cólera, comencé a pasearme por el cuarto. Nunca me habría

imaginado que esa madre abrumada por el dolor pudiera cambiarse tan

brusca y completamente en una arpía. No le faltaba más que expresar

abiertamente sus deseos más secretos.

--¡Oh, si fuera verdad!--exclamé, sacudida por un calofrío de

horror.--¡Desear la muerte de Marta! Marta, ¿lo oyes? ¡Desear tu muerte!

¿A quién has ofendido nunca? ¿A quién has estorbado nunca? ¿Hay alguien

en el mundo a quien hayas demostrado otra cosa que afecto e

indulgencia?... Si eso fuera verdad, si pudiera haber, paseándose

impunemente por la tierra, un ser tan infame, ¡vaya! sería como para

desesperar de Dios y del destino.

He ahí lo que yo decía, sin poder acumular suficiente vergüenza e

ignominia sobre la cabeza de la vieja. Y luego tuve conciencia de que me

dejaba llevar de un furor indigno.

Pero sentía que eso me desahogaba, respiraba más libremente y, cuando

vi, tirada en el suelo, a la pobre _Ifigenia_ a quien yo había

maltratado, fui a recogerla.

--¿Qué crimen he cometido--me decía yo,--para que tenga que ocultarme de

mi modelo? ¿He hecho otra cosa que prodigar consuelos a un desesperado?

¿Hemos cambiado una sola palabra, una sola mirada que mi hermana no

hubiera podido ver u oír? Eso que me quema aquí, eso que me ruge en el

fondo del pecho, ¿a quién importa si sé guardarlo para mí?

¡Me decía eso y me creía casi justificada, aun ante mi propia

conciencia, ciega de mí!

El deseo · 第 21 / 29 题