Vino la noche. Una banda roja, último vestigio del sol poniente, se
extendía sobre la ciudad cuyas torres puntiagudas se destacaban negras
en el cielo de fuego. Durante largo rato seguí con los ojos las
llamaradas, que la obscuridad concluyó también por absorber.
El reloj dio las nueve y el viejo doctor entró. Permaneció mucho rato
sentado en mi silla, silencioso, después me acarició la mano al
despedirse y dijo:
--Continúe usted con el fenol, toda la noche.
A la pregunta que leyó en mi mirada inquieta, no respondió sino con un
vago encogimiento de hombros.
No sé dónde, dos o tres habitaciones más lejos, oí la voz de Roberto que
discutía con el anciano. Era una prueba de que él tampoco se alejaba de
la cama de la enferma. «¿Pero por qué se contenta con quedarse
afuera?--me preguntaba.--Casi se diría que le está prohibida la
entrada.»
El reloj toca las diez, todo está solitario en los alrededores, la casa
parece entregada al reposo.
El viento sacude la reja del jardín, hace el ruido de un huésped
atrasado que quiere entrar. ¿La muerte rondaría ya en derredor de la
casa? ¿Contaría ya los granos de arena en su ampolleta?
El furor de la desesperación se apoderó de mí.
Sin saber lo que hacía, me precipité hacia la puerta, como para cerrar
el paso a ese demonio amenazador.
¡Desgraciada que no sospechaba que otro demonio me acechaba, instalado
antes que aquél en el umbral de la puerta!
Minutos después entró Roberto. Ni una palabra, ni un saludo, nada más
que esa mirada rápida y sombría que ya me había herido una vez como una
puñalada.
Con su paso pesado y balanceante avanzó hacia la cama, tomó la mano de
Marta, su mano flaca y ardiente, cuyas uñas tenían un matiz azulado, y
la miró fijamente. Después se sentó en el rincón más obscuro, detrás de
la estufa, y permaneció allí encogido durante dos horas, dos largas
horas.
Yo esperaba, con el corazón palpitante, que él me dirigiera la palabra,
pero guardó silencio como antes.
Poco después de media noche salió del cuarto.
Por mucho tiempo todavía lo oí pasearse afuera en el corredor, y el
ruido sordo de sus pasos me recordó otra noche en que, no menos
temblorosa, había oído ese mismo ruido, dividida entre el temor y la
esperanza.
Todo un mundo nos separaba de aquel tiempo, y la joven criatura
insensata que, presa del vehemente deseo de ayudar a los demás y de
sacrificarse, escuchaba entonces en la obscuridad, me parecía en ese
momento como un ser perteneciente a una de las estrellas que centellean
allá arriba en la inmensidad.
El ruido de los pasos se atenuó: Roberto había entrado en su cuarto.
«¿Volverá?--me pregunté, aplicando el oído al ojo de la
cerradura.--Seguramente no puede dormir.»
Y me estremecí de gozo al oír que el ruido se acercaba de nuevo.
Pero por mi cabeza pasó este pensamiento:
«¿Qué te importa que vuelva o no? ¿Acaso es por él por quien estás aquí?
¿No tienes allí, delante, a tu felicidad, tu vida, todo lo que amas?»
Me dejé caer ante la cama, y cubriendo de besos las manos de Marta, le
supliqué que tuviera compasión de mí, quería hablarle, le decía, tenía
un peso que me aplastaba el pecho, que me sofocaba: iba a ahogarme.
Ella no se despertó. Recogida en su dolor, yacía, triste esqueleto. En
sus pómulos se encendían pequeñas llamaradas. La respiración silbaba.
Por un instante sus labios se agitaron; parecía querer hablar, pero las
palabras se paralizaron en su garganta en un rumor sordo.
¡Qué terrible silencio reinaba en derredor nuestro! El reloj hacía oír
su tic tac; de la pared en que se encontraba la ventana venía el ligero
quejido del viento y en el interior de la habitación resonaba el ruido
de los pasos de Roberto; fuera de esto, ni el menor ruido.
Y de improviso me pareció oír, en medio del silencio, que mi sangre se
agitaba y hervía dentro de mi cuerpo. Escuché con atención.
Evidentemente, era mi sangre que pasaba con impetuosidad por mis venas.
«¿Por qué no circula apaciblemente como de costumbre--me pregunté,--y
como lo exige mi gran resolución? ¿No he extirpado de mi corazón con
todas sus raíces la idea de un crimen? ¿No lo he purificado con ayuda de
mil fuegos? ¿No estoy aquí para desempeñar el papel de sacerdotisa, de
sacerdotisa inaccesible al deseo, pura y bienhechora?»
¡Y escuché nuevamente!
«Son alucinamientos»--me dije.
Pero a pesar de ello tenía miedo de todo ese movimiento y de todo ese
estrépito, que parecía aumentar a cada instante. Veía que un torrente me
llevaba en sus remolinos, un torrente de sangre. De él surgía una roca
de puntas escarpadas. En esa roca, una palabra estaba escrita en letras
de fuego, la palabra: «Asesinato.»
El ruido de pasos se dejó oír más. De un salto me paré... Roberto vino,
se sentó al borde de la cama; con la mano enjugó el sudor que cubría la
frente de Marta, e hizo deslizar los cabellos de ésta por entre sus
dedos.
Yo lo observaba de reojo y a hurtadillas. Apenas osaba respirar. Sus
ojos enrojecidos y fatigados brillaban en el fondo de las órbitas; sus
labios apretados revelaban amargura e irritación. Allí estaba,
petrificado en un dolor mudo. El deseo de acercarme a él me sacudió como
un calofrío de fiebre. Pero, cuando quise levantarme, sentí como dos
manos de hierro que pesaban sobre mis hombros y me hicieron caer de
nuevo en mi asiento.
Al fin pronuncié su nombre y me sobrecogí de espanto, de tal modo que el
sonido de mi propia voz me pareció extraño y lúgubre.
Él se volvió y me miró.
--Roberto--dije,--¿por qué no me hablas? Si hicieras compartir a otro el
dolor que te oprime, eso te aliviaría.
Se levantó bruscamente, se me acercó y me tomó ambas manos. A ese
contacto sentí que todo mi cuerpo se abrasaba y se helaba
alternativamente. Pero hice un esfuerzo para sostener su mirada y lo
miré con firmeza, de frente.
--Es la primera palabra bondadosa que me diriges, Olga--dijo él.
--¿Qué quieres decir con eso, Roberto?--balbucí.--¿Me he mostrado
desatenta para contigo?
--¡Si sólo fuera desatenta!--replicó él.--Pero me has tratado como a un
extraño, como a un intruso, me has alejado del lecho de mi mujer.
--¡Que Dios me libre de ello!--grité deshaciéndome, pues sentía que iba
a caer en sus brazos.
Y él continúa:
--Olga, si alguna vez te he hecho daño... ¿cuál, no lo sé? Pero debe de
ser así, de lo contrario no me rechazarías de esa manera; tu mirada, tu
actitud entera, serían menos duras para mí... Si, pues, te he hecho
daño, Olga, no ha sido culpa mía; nunca he tenido sino buenas
intenciones para ti. He... habría querido que siempre estuvieras aquí
como en tu casa, que no tuvieras necesidad de ir a vivir entre gente
extraña... entonces bajo las miradas de Marta, de aquella a quien ambos
amamos...
¿Para qué pronunciaría su nombre? Sentía nacer en mí una fiera alegría,
me parecía que me brotaban alas; y he ahí que su nombre me hería como un
latigazo. Me mordí los labios hasta que brotó la sangre. Pero a pesar de
todo quise permanecer serena, quise desempeñar el papel de ángel
protector.
--Roberto--dije,--te has equivocado gravemente con respecto a mí: nada
he tenido nunca contra ti. Me he vuelto temerosa y arrogante en el
extranjero, eso es todo. Debes armarte de paciencia para tratarme, debes
tener confianza en mí... ¿quieres?
Entonces vi resplandecer en sus ojos como un rayo de sol.
--¡Te estoy tan agradecido, Olga!--dijo.--¿Por qué no había de continuar
teniendo confianza en ti? Mira, desde el día en que hicimos juntos en el
bosque ese paseo a caballo, ¿te acuerdas? (¡Oh, si me acordaba!) desde
ese día te he querido como a una hermana, aún más que a todas mis
hermanas. Y al mismo tiempo te respetaba, te veneraba como a mi ángel
tutelar. Y de hecho, lo has sido, lo serás todavía en el porvenir, ¿no
es verdad?
Hice seña de que sí sin decir nada y me oprimí el pecho con las dos
manos; en seguida, cuando él lo notó, las dejé caer, pero retrocedí tres
pasos tambaleándome y fue un milagro si conseguí mantenerme en pie.
Inquieto, él se me acercó.
--Estoy cansada--dije, esforzándome por sonreír.--Ven, vamos a
sentarnos, la noche es larga.
Nos quedamos, pues, sentados el uno frente al otro, separados por el
angosto madero de la cama, con los brazos apoyados en el borde, mirando
al otro extremo el rostro de Marta, que un movimiento nervioso sacudía a
cada instante; sus párpados parecían cerrados, las sombras de sus
pestañas descendían hasta muy abajo en sus mejillas; pero, cuando uno se
inclinaba hacia ella, veía brillar en el fondo de las obscuras cavidades
el blanco de los ojos, con un lustre de nácar pálido. Él lo notó, lo
mismo que yo.
--Se diría que ya está muerta--murmuró, ocultando la cabeza entre sus
manos.--Y si muere--continuó,--no será a consecuencia de su parto, no
será de esa miserable fiebre; sólo yo seré la causa de su muerte.
--Por el amor de Dios, ¿qué dices?--exclamé, extendiendo hacia él mis
brazos.
Él inclinó la cabeza sonriendo amargamente.
--Bien lo he visto durante estos tres años: es doble, triple mi culpa.
Primero, la dejé esperar y consumirse durante siete años, dividida entre
la esperanza y el desaliento, agotando así su energía y sus fuerzas, ¡y
Dios sabe que no tenía muchas! Después la arrastré, débil de cuerpo,
abatida de espíritu, a este infierno donde todo el mundo le era hostil,
y aun más hostil que todos, la que mejor habría debido sostenerla. ¡Y yo
mismo! Si hubiera dado pruebas de valor y de alegría, si hubiera velado
para que su pie no tropezara con las piedras del camino, si hubiera
puesto un poco de sol en su existencia, quizá habría podido vivir feliz
a mi lado. Pero con frecuencia me mostraba brusco y chabacano; juraba y
echaba pestes en torno de ella sin acordarme de que me bastaba alzar la
voz para hacerla estremecer y que el menor pliegue que arrugaba mi
frente, la hacía palidecer. ¡Ve ahí, delante de nosotros, ese cuerpo que
no tiene más que el aliento, y mírame a mí, gigante rudo y tosco! Más de
una vez, durante la noche, me he despertado, temblando, al pensar que
quizá la había ahogado entre mis brazos. Y, finalmente, la he ahogado en
realidad. Lo que me convenía era una mujer fuerte y...
Espantado se detuvo y dirigió al rostro de Marta una mirada que pedía
humildemente perdón; pero yo completé su frase con el pensamiento.
Cuando Roberto salió de la habitación, un sentimiento de júbilo se
apoderó de mí, una loca alegría que desencadenaba un huracán en mi
cabeza, sembraba la turbación en mis sentidos y parecía querer
absorberlo todo, mi orgullo, mi independencia, el respeto a mí misma.
La atmósfera del cuarto de la enferma estaba pesada y envolvía mi cabeza
como un manto sofocante; los vapores de fenol me quemaban el cerebro; la
respiración comenzaba a faltarme.
Corrí a la ventana y apoyando mi frente en el marco, aspiré el aire frío
de la noche que penetraba en el cuarto por las rendijas.
El día apareció a través de las cortinas, un día frío y gris, sumido en
la niebla. Nubes descoloridas subían pesadamente en el horizonte, y
arrojaban un pálido fulgor sobre los árboles que chorreaban de humedad,
y que parecían haberse despojado todavía durante la noche, de una parte
de sus hojas.
¡Qué noche!
¡Y cuántas otras más terribles que esa, van a sucederle! ¡Qué fantasmas,
engendrados por las tinieblas, nacidos en la angustia, van a aparecer, a
favor de esas noches, en mi espíritu febricitante!
Me sentí tiritar y me retiré a un rincón: tenía miedo de mí misma.
Pasaron las horas de la mañana y poco a poco me fui calmando. El
recuerdo de esa noche se borró y con él los desórdenes de la fiebre y
los tormentos de la conciencia. Lo que había visto, lo que había
sentido, no me parecía más que un sueño. Una laxitud aplastadora me
invadió; cerré los ojos y cesé de pensar.
Luego vino un momento de felicidad. A eso de las diez, Marta abrió de
improviso sus grandes ojos azules y me dirigió una mirada llena de
dulzura y de bondad. Me pareció que era el ojo de Dios que se volvía
hacia mí, infeliz pecadora, y que en él leía la piedad y el perdón.
Un gozo puro, un gozo santo, me inundó. Me arrojé en los brazos de mi
hermana y escondí mi cara sobre su hombro.
En medio de sus dolores ella se puso a sonreír, y, posando penosamente
su mano en mi cabeza, murmuró con voz apenas perceptible:
--¿Sin duda os he asustado mucho?
Sus palabras, ligeras como un soplo, me embriagaron como un canto de
paz; por un instante creí que iba a quedar libre del peso que me oprimía
el pecho, pero me fue imposible llorar.
--¿Cómo te encuentras?--pregunté.
--Bien, enteramente bien--respondió ella.--¡Pero la sábana me parece tan
pesada!
Era la más ligera que había podido encontrar. Así se lo dije; entonces
suspiró, diciendo que había que tener paciencia con ella.
Después se quedó completamente inmóvil, sin cesar de mirarme como en un
sueño. Al fin inclinó la cabeza varias veces y dijo:
--Está bien así, muy bien.
--¿Qué está bien?--pregunté.
Ella se sonrió y guardó silencio.
En seguida le volvieron los dolores; se agitó, rechinó los dientes, pero
no exhaló una queja.
--¿Quieres que llame a Roberto?
Ella dijo que sí por señas.
--Traedme también al niño--murmuró.
Accedí a su pedido. Hizo colocar a la criaturita en su cama a su lado y
la contempló por largo rato. Trató también de besarla, pero estaba
demasiado débil.
Antes de que Roberto llegara, había vuelto a caer en su sueño.
Él me dirigió una mirada de reproche diciendo:
--¿Por qué no me has hecho llamar más pronto?
--Tén la seguridad de que más vale así. Tu presencia le habría causado
una emoción demasiado fuerte.
--Tienes razón, como siempre--dijo él.
Y salió, sin notar felizmente el rubor que su elogio me había hecho
subir a la cara.
Marta se hallaba de nuevo sin conocimiento, las mejillas rojas, la
frente cubierta de sudor, y siempre ese movimiento siniestro de los
labios que se agitaban y chasqueaban sin interrupción.
A eso de la una vino el doctor; le tomó la temperatura y notó una
disminución de la fiebre.
--Aumentará y disminuirá todavía más de una vez--dijo.
Tampoco compartió la alegría que nos había causado el despertar de
Marta.
--No le habléis cuando vuelva en sí--agregó,--y sobre todo no la dejéis
hablar. Necesita de la menor porción de sus fuerzas.
Antes de marcharse me miró largamente y meneó la cabeza con expresión
inquieta. Sentí que el rubor que revela a los culpables, me invadía de
improviso la cara; me parecía que su mirada penetraba hasta el fondo de
mi alma...
Por la tarde fui a buscar un libro a mi cuarto, cualquiera que fuese, el
primero que me vino a la mano, y traté de leer, pero las letras bailaban
delante de mis ojos y la cabeza me zumbaba: se habría dicho que mil
murciélagos se recreaban en él.
Necesité mucho tiempo para descifrar tan sólo el título: leía
_Ifigenia_. Entonces, con un brusco movimiento de espanto, arrojé el
libro lejos de mí, a un rincón, como si hubiera tenido en mi mano un
carbón encendido.
Al anochecer los dolores de Marta parecieron acentuarse. Repetidas veces
lanzó un grito estridente, retorciéndose en convulsiones.
Mientras me hallaba ocupada en atenderla, durante una de esas crisis, vi
de pronto junto a mí a la madre de Roberto.
Al observar su mirada envenenada, al verla retorcerse las manos con
afectación y bajar las extremidades de sus labios para simular un dolor
hipócrita, me viene de repente este pensamiento:
«He aquí una que espera la muerte de Marta, que la desea.»
Una especie de velo rojo obscurece mi vista, mis puños se crispan, poco
falta para que le arroje su crimen a la cara.
Y mientras esa idea me deja inmóvil y helada, ella me toma por el brazo
y trata de apartarme para colocarse a la cabecera de Marta. Quizá
esperaba intimidarme con ese proceder brutal.
--Querida tía--dije, desasiendo mi brazo,--ya le he hecho notar a usted
una vez, que éste es mi lugar y que nadie en el mundo me lo tomará. Le
ruego, pues, encarecidamente, que limite sus visitas a las otras
habitaciones.
--¡Ah! ¡Eso es lo que vamos a ver, señorita!--gritó ella con voz
chillona.--Voy a preguntarle al dueño de esta casa quién tiene más
autoridad aquí, si su anciana y buena madre, o esta aventurera polaca.
Y se retiró sin cesar de gritar.
Temblando de cólera, comencé a pasearme por el cuarto. Nunca me habría
imaginado que esa madre abrumada por el dolor pudiera cambiarse tan
brusca y completamente en una arpía. No le faltaba más que expresar
abiertamente sus deseos más secretos.
--¡Oh, si fuera verdad!--exclamé, sacudida por un calofrío de
horror.--¡Desear la muerte de Marta! Marta, ¿lo oyes? ¡Desear tu muerte!
¿A quién has ofendido nunca? ¿A quién has estorbado nunca? ¿Hay alguien
en el mundo a quien hayas demostrado otra cosa que afecto e
indulgencia?... Si eso fuera verdad, si pudiera haber, paseándose
impunemente por la tierra, un ser tan infame, ¡vaya! sería como para
desesperar de Dios y del destino.
He ahí lo que yo decía, sin poder acumular suficiente vergüenza e
ignominia sobre la cabeza de la vieja. Y luego tuve conciencia de que me
dejaba llevar de un furor indigno.
Pero sentía que eso me desahogaba, respiraba más libremente y, cuando
vi, tirada en el suelo, a la pobre _Ifigenia_ a quien yo había
maltratado, fui a recogerla.
--¿Qué crimen he cometido--me decía yo,--para que tenga que ocultarme de
mi modelo? ¿He hecho otra cosa que prodigar consuelos a un desesperado?
¿Hemos cambiado una sola palabra, una sola mirada que mi hermana no
hubiera podido ver u oír? Eso que me quema aquí, eso que me ruge en el
fondo del pecho, ¿a quién importa si sé guardarlo para mí?
¡Me decía eso y me creía casi justificada, aun ante mi propia
conciencia, ciega de mí!