Y ahora he llegado a la parte más difícil de mi relato. Desde hace ocho
días, doy vueltas en torno de estas páginas sin atreverme a tomar la
pluma. Un calofrío de espanto me invade al pensar en lo que me espera.
Y, sin embargo, me hará bien el acordarme una vez más de esos tres días
y esas tres noches terribles, precisamente ahora que un sentimiento más
tierno, una melancolía más dulce, parecen saturar mi corazón. ¡Atrás,
atrás, todo pensamiento lisonjero que me hable de dicha y de paz! Estoy
destinada a vivir sola y a renunciar a los goces de este mundo, y si
alguna vez lo olvido, la historia de esos tres días sabrá hacerme
recordarlo...
Cuando acerqué mi silla a la cama de mi hermana para comenzar mis
funciones de enfermera, la encontré dormida; pero ese no era el sueño
que fortifica y prepara la convalecencia; era un sueño que pesaba sobre
ella como una pesadilla y le cerraba por fuerza los párpados. Cuando su
pecho se levantaba o se bajaba, se habría dicho que obedecía a una
fuerza extraña que lo dilataba y lo comprimía alternativamente. Su
rostro pálido, color de cera, surcado por venas azules, estaba medio
hundido en las almohadas y algunas delgadas guedejas rubias lo cruzaban,
semejantes a reptiles. Oculté mi cara entre las manos: no podía soportar
ese espectáculo.
Las horas del día pasaron. Ella dormía, dormía sin pensar en
despertarse.
De vez en cuando oía afuera el paso ligero de las criadas; aparte de
eso, todo estaba silencioso y desierto en derredor nuestro. De Roberto,
ni trazas.
A mediodía no pude dejar de preguntar por su paradero. Le habían visto
por la mañana salir a los campos, seguido por sus perros. Y así, desde
hacía horas, vagaba bajo la lluvia.
El reloj tocó las tres; en ese momento entró él, chorreando agua, con la
mirada empañada, los cabellos mojados, pegados en desorden en su frente.
Debía haber sufrido horriblemente.
Quise acercarme a él, quise decirle una palabra de consuelo, pero no me
atreví. La mirada huraña y sombría que me lanzó, me decía con bastante
claridad: «¿Qué quieres? Déjame solo con mi dolor.»
Había asido una de las columnas de la cama y permanecía allí, con los
ojos fijos en Marta, mordiéndose los labios. Después salió, como había
venido, sin decir una palabra.
Pasaron dos horas más en el silencio y la espera. Los vapores de fenol
que se desprendían del plato colocado frente a mí, principiaban a darme
dolor de cabeza. Apoyé la frente en los vidrios para refrescarla,
siguiendo maquinalmente el movimiento de las hojas muertas que el viento
levantaba y hacía revolotear hasta la ventana.
Comenzaba ya a obscurecer, cuando oí de repente afuera, en el corredor,
una voz de mujer que se lamentaba y daba gritos tan violentos, que la
enferma, dormida, se estremeció dolorosamente.
La cólera me subió a la cara. Quise correr para echar de la casa a la
persona que hacía tanto ruido, pero, al abrir la puerta, me tropecé con
ella.
A la primera mirada reconocí esa cara colorada e hinchada, esos ojillos
perversos. ¡Quién podía ser sino _ella_, la mejor de todas las tías y de
todas las madres!
--¡Al fin--exclamé para mis adentros,--al fin voy a verte de frente, mis
ojos en los tuyos!
--De modo que tú eres Olga--exclamó siempre en el mismo tono estridente
y llorón que llenaba la casa.--¡Buenos días, mi queridita! ¡Oh! ¡Qué
desgracia! ¿Entonces es verdad? ¡La noticia me ha trastornado!
--Le ruego, querida tía--le dije cruzándome de brazos,--que vaya usted a
trastornarse a otra parte y no aquí, y que a la cabecera de la enferma
modere usted el tono de su voz.
Ella se quedó cortada. La mirada envenenada que me lanzó entonces, no
la olvidaré en mi vida.
Pero ya sabía con quién tenía que habérmelas. Por otra parte, ella
recogió el guante en seguida.
--Haces muy bien, hija mía--dijo, y su voz tomó de pronto un sonido
metálico, como una trompeta de guerra,--haces muy bien en atender a tu
pobre hermana enferma, pero puedes marcharte, tu presencia es inútil
ahora; soy yo quien va a quedarse aquí.
«Espérate, ahora mismo vas a encontrar la horma de tu zapato»--exclamé
mentalmente.
E irguiéndome cuanto pude, le respondí con mi sonrisa más fría:
--Se equivoca usted, querida tía; se le ha prohibido a mi hermana de la
manera más formal que la visiten personas extrañas. Le ruego, pues, que
se retire a la habitación contigua.
Su cara se puso terrosa, sus dedos se crisparon, creo que habría sido
capaz de estrangularme allí mismo. Pero se marchó y el buen tío, sin
voluntad, que se arrastraba siempre a tres pasos detrás de ella, la
siguió.
En mi triunfo solté una gran carcajada.
Pero también, ¿qué venís a hacer, almas codiciosas, en el templo del
dolor? ¡Atrás!