XVI

Cuando me desperté esa primera mañana, me sentí satisfecha, casi feliz.

En mí reinaba una paz casi religiosa que no conocía ya, desde hacía un

número infinito de años. Sabía que en lo sucesivo no tenía por qué temer

el encontrarme con él.

Marta dormía todavía. Cuando miré a la habitación por la abertura de la

puerta, la vi hundida en las almohadas, con la cabeza echada hacia

atrás, y oí una respiración corta y oprimida.

Tranquilizada, me alejé para entrar inmediatamente en mis funciones de

ama de casa.

--Ya no necesitará extenuarse en el trabajo--pensé, penetrada de una

secreta alegría.

Hice, para tomar oficialmente la dirección de la casa, una inspección

que duró casi una hora. La vieja ama de llaves dio pruebas de cierta

docilidad y los criados me trataron con respeto. Por otra parte, yo no

habría tardado en imponérselo.

A la hora del almuerzo me encontré con Roberto. Sentí al entrar al

comedor una leve palpitación del corazón, la que desapareció tan pronto

como me acordé de mi juramento de la víspera. Me le acerqué, serena,

mirándolo de frente, y le extendí la mano.

--¿Marta duerme todavía?--pregunté.

Él sacudió la cabeza.

--He mandado buscar al médico--dijo.--Ha pasado una mala noche... la

emoción de tu llegada parece haberle hecho daño.

Sentí un poco de temor; pero mi gran resolución me había llenado de tal

alegría, que no había ya lugar en mí para una inquietud.

--¿Quieres servirte tú mismo? Mientras tanto iré a verla.

Cuando entré en la habitación, la encontré en la misma posición en que

la había dejado por la mañana, y, acercándome a la cama, vi que tenía

los ojos muy abiertos y miraba fijamente el techo.

Tuve miedo y la llamé por su nombre; entonces una ligera sonrisa pasó

por su rostro; se volvió penosamente y me miró de frente.

--¿No te sientes bien, Marta?

Sacudió la cabeza con expresión dolorida y cerró un poco la mano. Eso

quería decir: Ven, siéntate a mi lado.

Tomé su cabeza entre mis brazos y de repente un calofrío sacudió su

cuerpo; oí que sus dientes castañeteaban.

--Dame una frazada gruesa--murmuró,--tengo mucho frío.

Hice lo que me había pedido y me senté de nuevo a su lado. Ella se

apoderó de mis manos y las estrechó como si hubiera querido calentarse

con su contacto.

--¿Has dormido bien?--preguntó con esa misma voz de ronco falsete que no

le conocía.--Hice un signo afirmativo y al mismo tiempo sentí nacer en

mí un vivo sentimiento de vergüenza. ¿Qué era mi gran proyecto de

renunciamiento comparado con esa especie de abnegación, de olvido de sí

misma, que se manifestaba en las más pequeñas como en las más grandes

circunstancias, y que encontraba para todo el mismo amor? ¡Y yo, egoísta

y orgullosa, me envanecía todavía de esa sublime resolución de mi

corazón!

--¿Te ha gustado el arreglo de tu cuarto?--continuó ella, al mismo

tiempo que por sus ojos dulces y tristes pasaba un débil fulgor de

malicia.

A guisa de respuesta posé humildemente en sus labios un beso de

agradecimiento.

--¡Sí, bésame, bésame otra vez!--dijo ella.--Tu boca es tan bella, tan

ardiente: da calor al cuerpo y al alma.

Y un nuevo calofrío la sacudió.

Un instante después entró Roberto.

--Prepárate, querida--dijo acariciando la mejilla de Marta;--el médico,

nuestro tío, ha llegado.

En seguida me hizo una seña y salí detrás de él. Junto a la cuna del

recién nacido encontré a un hombre ya viejo, cuya barba gris no había

sido afeitada por varios días, la nariz chata y roja y dos ojos vivos e

inteligentes que me miraban sonriendo detrás de los brillantes vidrios

de sus antiparras.

--Entonces, ¿es ella?--dijo extendiéndome la mano.

Una oleada de sangre me subió al corazón; a la primera ojeada comprendí

que tenía delante de mí a un amigo, a quien podría confiarme sin

reserva.

--¡Quiera Dios que haya usted venido en el buen momento!--continuó

él.--De todos modos, vamos a saberlo ahora mismo. Llévame a su lado,

Roberto; sin duda la cosa no es tan grave.

Me quedé sola con la nodriza y el niño, que se agitaba y lanzaba a

derecha e izquierda sus puñitos.

--Adquiriré también el derecho de contribuir a tu felicidad--pensé

mientras acariciaba su pequeño cráneo redondo y luciente, sobre el cual

temblaban al soplo del aire algunos cabellos apenas visibles, finos como

la seda. La víspera, había apenas dirigido una mirada a esa criaturita;

ese día, al verlo, mi pecho se dilataba y se llenaba de una ternura

infinita.

--Desde ayer te has vuelto más pura y mejor--me dije mentalmente.

La visita fue larga, de una duración inquietante. Al fin, la puerta de

la habitación contigua se abrió; el médico salió solo. Parecía irritado,

furioso; sus mandíbulas se agitaban como si hubieran querido triturar

algo.

--He alejado a Roberto--dijo.--Necesito hablar a solas con usted.

Entonces me tomó la mano y me condujo al comedor, donde la cafetera

humeaba todavía.

--Tengo por usted un respeto muy grande, señorita--comenzó enjugando las

gotas de sudor de su frente.--Por todo lo que he oído decir, es usted

una joven animosa, capaz de recibir sin flaquear un golpe inesperado.

--Basta de preámbulos, se lo ruego, doctor--dije, sintiéndome palidecer.

--¡Bueno! A mí tampoco me gustan los preámbulos. Su hermana...

Y al decir esto, sin embargo, se detuvo.

--¡Mi hermana... está en... peligro de muerte, doctor!

Había querido parecer fuerte, pero las piernas se me doblaban. Me así

del borde de la mesa para no caer.

--¡Vamos! ¡valor, valor!--murmuró él poniéndome la mano en el

hombro.--La fiebre, ese terrible huésped, está allí y no es tan fácil

despedirla.

Yo apreté los dientes: no quería que me viera temblar. Ya había oído

hablar con frecuencia del peligro de la fiebre puerperal, aunque no

pudiera formarme una idea de sus terrores.

--¿Roberto lo sabe?

Ese fue el primer pensamiento que me vino.

El doctor se encogió de hombros rascándose la cabeza.

--He tenido miedo de que perdiera la calma, no le he dicho más que la

mitad de la verdad.

--¿Y cuál es la verdad entera?

Y enderezándome lo miré en los ojos.

Él guardó silencio.

--¿Va a morir?

Cuando vio que yo encaraba en el acto con firmeza la alternativa más

temible, respiró con mayor libertad. Pero no oí su respuesta, pues, en

el mismo instante en que pronunciaba con tranquilidad aparente esas

horribles palabras, vi desarrollarse ante mis ojos con una terrible

vivacidad aquella escena de mis años de infancia en que Marta se me

había aparecido tendida en el sofá, semejante a un cadáver. Creí sentir

que una mano de muerta me hundía las uñas en el pecho; ante mis ojos

pasaron relámpagos sangrientos; lancé un grito... luego creí oír que una

voz me gritaba: «¡Vuela a socorrerla, vuela a socorrerla, sálvala, dá tu

propia vida para conservar la suya!» Bruscamente me erguí; había vuelto

a encontrar mis fuerzas.

--Doctor--dije,--si Marta se muere, perderé todo lo que poseo en este

mundo y yo misma habré concluido. Pero, mientras pueda serle útil, no

flaquearé: necesito una certidumbre.

--Una certidumbre, querida niña--repuso él apoderándose de mis

manos,--no la habrá hasta la curación o hasta el momento fatal. Por

desesperada que sea la situación, puede siempre producirse una reacción

y ahora más que nunca, puesto que la enfermedad está todavía en sus

primeras fases. Ciertamente, a la enferma no le sobran fuerzas, y esa es

la parte más triste. Sin embargo, quizá conseguiremos ahogar el mal en

su germen, y entonces todo se habrá salvado.

--¿Qué puedo hacer por ella?--exclamé, extendiendo hacia él mis manos

juntas.--¡Exija usted lo que quiera! Aun cuando diera mi propia vida

para salvar la suya, no le habría dado todo lo que le debo.

Él me miró sorprendido.

¿Cómo habría podido comprenderme?

El deseo · 第 19 / 29 题