Cuando me desperté esa primera mañana, me sentí satisfecha, casi feliz.
En mí reinaba una paz casi religiosa que no conocía ya, desde hacía un
número infinito de años. Sabía que en lo sucesivo no tenía por qué temer
el encontrarme con él.
Marta dormía todavía. Cuando miré a la habitación por la abertura de la
puerta, la vi hundida en las almohadas, con la cabeza echada hacia
atrás, y oí una respiración corta y oprimida.
Tranquilizada, me alejé para entrar inmediatamente en mis funciones de
ama de casa.
--Ya no necesitará extenuarse en el trabajo--pensé, penetrada de una
secreta alegría.
Hice, para tomar oficialmente la dirección de la casa, una inspección
que duró casi una hora. La vieja ama de llaves dio pruebas de cierta
docilidad y los criados me trataron con respeto. Por otra parte, yo no
habría tardado en imponérselo.
A la hora del almuerzo me encontré con Roberto. Sentí al entrar al
comedor una leve palpitación del corazón, la que desapareció tan pronto
como me acordé de mi juramento de la víspera. Me le acerqué, serena,
mirándolo de frente, y le extendí la mano.
--¿Marta duerme todavía?--pregunté.
Él sacudió la cabeza.
--He mandado buscar al médico--dijo.--Ha pasado una mala noche... la
emoción de tu llegada parece haberle hecho daño.
Sentí un poco de temor; pero mi gran resolución me había llenado de tal
alegría, que no había ya lugar en mí para una inquietud.
--¿Quieres servirte tú mismo? Mientras tanto iré a verla.
Cuando entré en la habitación, la encontré en la misma posición en que
la había dejado por la mañana, y, acercándome a la cama, vi que tenía
los ojos muy abiertos y miraba fijamente el techo.
Tuve miedo y la llamé por su nombre; entonces una ligera sonrisa pasó
por su rostro; se volvió penosamente y me miró de frente.
--¿No te sientes bien, Marta?
Sacudió la cabeza con expresión dolorida y cerró un poco la mano. Eso
quería decir: Ven, siéntate a mi lado.
Tomé su cabeza entre mis brazos y de repente un calofrío sacudió su
cuerpo; oí que sus dientes castañeteaban.
--Dame una frazada gruesa--murmuró,--tengo mucho frío.
Hice lo que me había pedido y me senté de nuevo a su lado. Ella se
apoderó de mis manos y las estrechó como si hubiera querido calentarse
con su contacto.
--¿Has dormido bien?--preguntó con esa misma voz de ronco falsete que no
le conocía.--Hice un signo afirmativo y al mismo tiempo sentí nacer en
mí un vivo sentimiento de vergüenza. ¿Qué era mi gran proyecto de
renunciamiento comparado con esa especie de abnegación, de olvido de sí
misma, que se manifestaba en las más pequeñas como en las más grandes
circunstancias, y que encontraba para todo el mismo amor? ¡Y yo, egoísta
y orgullosa, me envanecía todavía de esa sublime resolución de mi
corazón!
--¿Te ha gustado el arreglo de tu cuarto?--continuó ella, al mismo
tiempo que por sus ojos dulces y tristes pasaba un débil fulgor de
malicia.
A guisa de respuesta posé humildemente en sus labios un beso de
agradecimiento.
--¡Sí, bésame, bésame otra vez!--dijo ella.--Tu boca es tan bella, tan
ardiente: da calor al cuerpo y al alma.
Y un nuevo calofrío la sacudió.
Un instante después entró Roberto.
--Prepárate, querida--dijo acariciando la mejilla de Marta;--el médico,
nuestro tío, ha llegado.
En seguida me hizo una seña y salí detrás de él. Junto a la cuna del
recién nacido encontré a un hombre ya viejo, cuya barba gris no había
sido afeitada por varios días, la nariz chata y roja y dos ojos vivos e
inteligentes que me miraban sonriendo detrás de los brillantes vidrios
de sus antiparras.
--Entonces, ¿es ella?--dijo extendiéndome la mano.
Una oleada de sangre me subió al corazón; a la primera ojeada comprendí
que tenía delante de mí a un amigo, a quien podría confiarme sin
reserva.
--¡Quiera Dios que haya usted venido en el buen momento!--continuó
él.--De todos modos, vamos a saberlo ahora mismo. Llévame a su lado,
Roberto; sin duda la cosa no es tan grave.
Me quedé sola con la nodriza y el niño, que se agitaba y lanzaba a
derecha e izquierda sus puñitos.
--Adquiriré también el derecho de contribuir a tu felicidad--pensé
mientras acariciaba su pequeño cráneo redondo y luciente, sobre el cual
temblaban al soplo del aire algunos cabellos apenas visibles, finos como
la seda. La víspera, había apenas dirigido una mirada a esa criaturita;
ese día, al verlo, mi pecho se dilataba y se llenaba de una ternura
infinita.
--Desde ayer te has vuelto más pura y mejor--me dije mentalmente.
La visita fue larga, de una duración inquietante. Al fin, la puerta de
la habitación contigua se abrió; el médico salió solo. Parecía irritado,
furioso; sus mandíbulas se agitaban como si hubieran querido triturar
algo.
--He alejado a Roberto--dijo.--Necesito hablar a solas con usted.
Entonces me tomó la mano y me condujo al comedor, donde la cafetera
humeaba todavía.
--Tengo por usted un respeto muy grande, señorita--comenzó enjugando las
gotas de sudor de su frente.--Por todo lo que he oído decir, es usted
una joven animosa, capaz de recibir sin flaquear un golpe inesperado.
--Basta de preámbulos, se lo ruego, doctor--dije, sintiéndome palidecer.
--¡Bueno! A mí tampoco me gustan los preámbulos. Su hermana...
Y al decir esto, sin embargo, se detuvo.
--¡Mi hermana... está en... peligro de muerte, doctor!
Había querido parecer fuerte, pero las piernas se me doblaban. Me así
del borde de la mesa para no caer.
--¡Vamos! ¡valor, valor!--murmuró él poniéndome la mano en el
hombro.--La fiebre, ese terrible huésped, está allí y no es tan fácil
despedirla.
Yo apreté los dientes: no quería que me viera temblar. Ya había oído
hablar con frecuencia del peligro de la fiebre puerperal, aunque no
pudiera formarme una idea de sus terrores.
--¿Roberto lo sabe?
Ese fue el primer pensamiento que me vino.
El doctor se encogió de hombros rascándose la cabeza.
--He tenido miedo de que perdiera la calma, no le he dicho más que la
mitad de la verdad.
--¿Y cuál es la verdad entera?
Y enderezándome lo miré en los ojos.
Él guardó silencio.
--¿Va a morir?
Cuando vio que yo encaraba en el acto con firmeza la alternativa más
temible, respiró con mayor libertad. Pero no oí su respuesta, pues, en
el mismo instante en que pronunciaba con tranquilidad aparente esas
horribles palabras, vi desarrollarse ante mis ojos con una terrible
vivacidad aquella escena de mis años de infancia en que Marta se me
había aparecido tendida en el sofá, semejante a un cadáver. Creí sentir
que una mano de muerta me hundía las uñas en el pecho; ante mis ojos
pasaron relámpagos sangrientos; lancé un grito... luego creí oír que una
voz me gritaba: «¡Vuela a socorrerla, vuela a socorrerla, sálvala, dá tu
propia vida para conservar la suya!» Bruscamente me erguí; había vuelto
a encontrar mis fuerzas.
--Doctor--dije,--si Marta se muere, perderé todo lo que poseo en este
mundo y yo misma habré concluido. Pero, mientras pueda serle útil, no
flaquearé: necesito una certidumbre.
--Una certidumbre, querida niña--repuso él apoderándose de mis
manos,--no la habrá hasta la curación o hasta el momento fatal. Por
desesperada que sea la situación, puede siempre producirse una reacción
y ahora más que nunca, puesto que la enfermedad está todavía en sus
primeras fases. Ciertamente, a la enferma no le sobran fuerzas, y esa es
la parte más triste. Sin embargo, quizá conseguiremos ahogar el mal en
su germen, y entonces todo se habrá salvado.
--¿Qué puedo hacer por ella?--exclamé, extendiendo hacia él mis manos
juntas.--¡Exija usted lo que quiera! Aun cuando diera mi propia vida
para salvar la suya, no le habría dado todo lo que le debo.
Él me miró sorprendido.
¿Cómo habría podido comprenderme?