IX

El invierno y la primavera pasaron velozmente y llegó el momento en que

las gavillas comenzaron a amontonarse en los trojes.

Roberto debía venir tan pronto como la cosecha hubiera terminado; «pero

hasta entonces--escribía,--habrá que vencer más de una grave

dificultad.»

Un día, papá entró en la cocina donde estábamos, y tomando una expresión

indiferente, se paseó un instante por entre los calderos, resoplando y

golpeando con su varilla las largas cañas de sus botas.

--¿Te has vuelto inspector de cocinas hoy, papá?--dije.

Él soltó una risa breve y dijo:

--Sí, me he vuelto inspector de cocinas.

Y después de haber andado todavía algunos minutos en silencio, se detuvo

de improviso delante de Marta y dijo:

--Si tuvieras tiempo, hija mía, ¿podrías quizá venir un momento? Tu

madre y yo tenemos que hablarte.

--¡Vaya, vaya, ahora comprendo esos largos preliminares! ¿Puedo asistir

yo también a la entrevista?

--No--respondió él,--tú te quedarás en la cocina.

Durante un instante el silencio reinó en la casa; en torno mío el vapor

silbaba, las cacerolas cantaban, la sirvienta hacía gran ruido al

limpiar los cuchillos, pero de repente se oyó, dominando todo ese ruido,

un grito breve y estridente que no podía provenir más que de Marta.

Temblorosa agucé el oído, y en el mismo instante papá se precipitó en la

cocina gritando:

--¡Agua!

Pasé a su lado como una exhalación, y encontré a mi hermana tendida en

el suelo, sin conocimiento, con la cabeza sobre las rodillas de mamá.

--¿Qué le han hecho ustedes a Marta?--grité dejándome caer de rodillas

junto a ésta.

Nadie me contestó. Mamá, desatinada, se retorcía las manos, y papá se

mordía el bigote, sin duda para retener las lágrimas.

Entonces, al inclinarme hacia mi hermana, vi en el suelo, junto a ella,

una hoja de papel de carta rayado de azul; me apoderé de él tan

vivamente como pude, sin que nadie notara ese movimiento. Después me

apresuré a hacer lo más urgente, que era hacer volver en sí a Marta y

acompañé a su cuarto a la desdichada, que dirigía en su derredor miradas

atontadas.

Una vez allí la acosté. Con los ojos fijos en el cielo raso, me pedía

de cuando en cuando de beber; parecía no haber recuperado sus sentidos

todavía.

Pero yo saqué en secreto la carta de mi bolsillo y leí lo que transcribo

aquí literalmente, pues he conservado cuidadosamente ese monumento del

amor de una madre y de una hermana:

«¡Mi hermano muy querido, mi muy querida cuñada!

»Una circunstancia muy triste para mí me obliga a escribiros hoy. Estáis

persuadidos, no lo dudo, de que os quiero mucho y de que mi corazón no

tiene deseo más vivo que el de conservar con vosotros y vuestros hijos

las relaciones más cordiales. Desde que estoy en el mundo, no os he

hecho más que bien, no os he atestiguado otra cosa que afecto y vosotros

me habéis correspondido siempre. En nombre de ese afecto os dirijo hoy

una súplica, dictada por mi corazón de madre torturado por la angustia.

Esta mañana mi hijo Roberto vino a casa y nos declaró, a mi marido y a

mí, que tenía la intención de pediros la mano de vuestra hija Marta; al

mismo tiempo solicitaba nuestro consentimiento, del cual no podía

abstenerse, como buen hijo y buen amo de casa, pues, ¡ay de mí! todavía

necesitará más de una vez nuestra ayuda.

»Si hubiera escuchado la voz de mi corazón, le habría saltado al cuello

con lágrimas de gozo, pero me fue necesario conservar toda mi sangre

fría, por mi marido y por mi hijo, que no son uno y otro más que dos

niños, y me vi obligada a decirle que ese casamiento no podía hacerse.

»Mi querido hermano, no quiero reprocharte el que no hayas sabido

conservar tu fortuna: lejos de mí el pensamiento de mezclarme en cosas

que no me importan; pero, en el punto en que estamos, me permitiréis os

diga que vuestra propiedad está gravada de deudas y que vuestras hijas,

fuera de un ajuar que, quiero creerlo, será rico, no podrán contar con

un centavo de dote.

»Por otra parte, los bienes de mi hijo Roberto están también cargados de

deudas; efectivamente, ha tenido que pagar fuertes sumas para

desinteresar a sus hermanos y hermanas, y además nosotros hemos

conservado sobre la propiedad una hipoteca cuyos intereses nos hacen

vivir, lo mismo que a mis otros hijos. En estas condiciones un

casamiento con una joven pobre lo llevaría infaliblemente a la ruina.

»No hablo de la salud de vuestra hija Marta, que, a juzgar por vuestras

cartas, debe ser una persona débil y enfermiza, incapaz por consiguiente

de llevar con vigor el peso de una labor tan grande y de hacer la

felicidad de Roberto; tan sólo el pensamiento de verla entrar en casa de

mi hijo con las manos vacías basta para convencerme de que sería

desgraciada y no podría menos que hacerlo desgraciado a él mismo.

»Si vuestra hija Marta ama realmente a mi hijo, no le será difícil, en

el interés mismo de la felicidad de su primo, renunciar a él, esto en el

caso de que Roberto tuviera el valor de pedir su mano, no obstante la

prohibición de sus padres; pero no preveo, ni siquiera puedo concebir,

en un hijo, semejante desobediencia a la voluntad paternal.

»Conozco demasiado, mis queridos amigos, el afecto que profesáis a

vuestra hermana, para no estar persuadida de que negaréis como yo, desde

hoy, y para siempre, vuestro consentimiento a esa unión funesta e

irracional.

»Vuestra hermana que os querrá siempre,

»_Juana Hellinger._

»P. S.--¿La cosecha es buena por allá? Aquí el centeno de invierno ha

dado, pero las patatas sufren mucho de la enfermedad.»

Al leer esa prosa vulgar e hipócrita, me acometió un furor tal, que

solté una violenta carcajada, y tirando la carta al suelo me puse a

pisotearla.

Un ligero suspiro de Marta, a quien, sin duda, mi risa había hecho mal,

me volvió a la razón.

Allí yacía ella, desesperada, como quebrantada por el golpe que habría

debido, por el contrario, retemplar su valor y darle nuevas fuerzas para

la resistencia. Y, mientras yo la miraba, torturada por el pensamiento

de estar condenada al papel de espectadora impotente, mi corazón dejó

escapar una vez más, con un suspiro, ese lamento de otras veces: «¡Que

no esté yo en su lugar!» ¡Pero cuántas cosas nuevas encerraba hoy! Lo

que antes no había sido más que una locura, una niñada, había hecho

lugar a sentimientos serios: el valor del sacrificio y la confianza en

mi fuerza.

Entonces resolví obrar, si acaso era todavía tiempo. Quise primero ir a

buscar a mis padres, decirles lo que había hecho, que estaba desde hacía

mucho tiempo al corriente de la situación, y finalmente exigir de ellos

que me diesen en el consejo de familia el lugar al cual tenía derecho, a

pesar de mi juventud.

Pero deseché en seguida esta idea. Tan pronto como hubiera tomado parte

en las deliberaciones de familia, mi deber sería no proceder en contra

de sus designios. Y no podía contribuir a la salvación de mi pobre

hermana, como lo entendía y siguiendo el plan que había concebido, sino

a condición de fingir una ignorancia absoluta.

Muy pronto vi en qué estado estaban las cosas. Cada uno había guardado

de la carta lo que respondía mejor a su temperamento.

Papá, herido en su orgullo de hombre pobre, habría en lo sucesivo

considerado como una vergüenza el dejar entrar a su hija en una familia

en que se la miraría con malos ojos. Mamá, por su parte, se había dejado

enternecer por los testimonios de afecto de que la carta estaba

sembrada, y estimaba que no se debía burlar la confianza de su cuñada.

¿Y Marta?

Aquella noche, mientras yo velaba junto a su cama, sentí que su mano

ardiente se posaba sobre la mía y su débil brazo me atraía suavemente

hacia ella.

--Tengo que hablarte, Olga--murmuró, con la mirada siempre tristemente

fija en el cielo raso.

--¿Si esperáramos hasta mañana?--respondí.

--No--dijo ella,--en el intervalo podrían suceder cosas que no deben

producirse. A partir de hoy, todo ha concluido entre él y yo.

--Entonces conoces muy mal a Roberto--dije.

--Pero yo me conozco bien--dijo ella.--Yo soy quien rompe.

--¡Marta!--grité espantada.

--Bien sé que esto me matará--dijo ella.--¿Pero qué importa? Mi vida

poco vale. Eso es mejor que hacerlo desgraciado.

--La fiebre es la que te hace hablar así, Marta--exclamé,--pues no te

creo tan tonta como para dejarte hechizar por los melindres de esa vieja

bruja.

--Siento demasiado que dice la verdad--dijo ella.

Un helado calofrío recorrió todo mi cuerpo al oírla proferir, con el

tono tranquilo de un colegial que recita una lección, esas palabras de

una tristeza desesperante.

--No protestes--continuó,--no es sólo de hoy que lo sé; siempre tuve ese

presentimiento, y verdaderamente no necesitaba asustarme tanto hoy.

Pero, qué quieres, causa siempre impresión el ver de repente escrita con

todas sus letras la sentencia que hasta entonces uno no se atrevía a

confesar a su propia conciencia.

Traté de consolarla con toda la elocuencia de que era capaz, hundí a la

tía en el abismo más negro del infierno, y demostré a Marta menudamente

que ella había nacido para desempeñar en la casa de Roberto el papel de

ángel bienhechor. Pero todo fue inútil, no conseguí hacer revivir su fe

en sí misma; el golpe la había herido demasiado profundamente. Por

último me pidió que no escribiera una sola carta más a Roberto y que

rompiera para siempre toda relación con él.

Me sentí espantada hasta el fondo del alma por mí misma quizá tanto como

por ella; me negué con toda la energía que pude encontrar en mí; pero

ella insistió, y, ante la amenaza que me hizo de revelar a la familia mi

correspondencia con Roberto, tuve que consentir de grado o por fuerza.

Entonces vinieron días tristes; Marta vagaba, semejante a un fantasma.

Papá, siempre a caballo, recorría como un montaraz los campos y los

bosques, no asistía regularmente a las comidas y para ninguna de

nosotras tenía una buena palabra. Mamá, nuestra bonachona mamá, tejía

sentada en su rincón y de cuando en cuando enjugaba sus lágrimas,

echando en su derredor miradas inquietas para ver si nadie lo había

notado. ¡Ah, sí, aquella fue una época bien triste!

Yo había recibido de Roberto dos cartas apremiantes. Me decía que la

inquietud lo devoraba y me suplicaba que le enviara noticias a vuelta

de correo. No se lo dije a Marta, pero cumplí mi promesa.

Ocho días pasaron; entonces noté que mis padres deliberaban acerca de la

respuesta que debían enviar a la tía. Papá era de opinión, para que no

se pudiera siquiera sospecharlo de querer obtener ese casamiento por

medios desleales, de comprometerse definitivamente por una promesa, y

mamá decía: «sí,» como decía «sí» a todo lo que no tenía relación con

las jaleas o las confituras.

Ese día Marta declaró que le era imposible levantarse de la cama; no

sentía vivos dolores--decía,--pero sus piernas se negaban a llevarla.

Así veía yo adelantar el desastre, cada vez más amenazador. No podía

esperar más: «Ven a cumplir tu compromiso mientras todavía es

tiempo»--escribí a Roberto. Y, para mayor seguridad, bajé yo misma a la

ciudad y entregué la carta al postillón que justamente se preparaba a

partir para Prusia.

En el momento en que el sobre se escapó de mis manos, sentí como una

puñalada en el corazón; se habría dicho que con esa carta entregaba mi

alma a potencias desconocidas.

Tres veces quise volver sobre mis pasos para recoger la carta, pero

cuando ya estuve decidida a hacerlo, el postillón estaba lejos.

A mi vez, cuando ascendí la colina que conduce a la casa, me oculté

entre las malezas y lloré amargamente.

A partir de ese momento, fui presa de una agitación como nunca la he

sentido en mi vida. Me parecía que una fiebre abrasadora me consumía;

durante la noche, iba y venía en mi cuarto sin poder encontrar descanso;

de día, estaba continuamente en acecho y cada vez que oía el ruido de un

carruaje, toda mi sangre se retiraba de mi corazón.

A mis padres les contestaba disparatadamente y las criadas, en la

cocina, comenzaban a sacudir la cabeza con expresión inquieta.

Una joven que espera a su prometido no habría estado más loca.

Esa fiebre duró cuatro días, y fue una felicidad que los míos estuvieran

absortos en sus propios pensamientos, sin lo cual mis modales no habrían

dejado de despertar sospechas.

X

Esta vez no fui yo quien recibió a Roberto. Cuando reconocí su silueta

en el carruaje tirado por cuatro caballos que, cubierto de lodo, pasaba

con estrépito la puerta del patio, huí al granero y me escondí en el

rincón más apartado.

Tenía la cara encendida, temblaba de pies a cabeza y nubes rojas

bailaban por delante de mis ojos.

Oí que, abajo, las puertas se abrían y se cerraban, oí pasos que subían

y bajaban precipitadamente la escalera, oí las voces de las criadas que

gritaban mi nombre; no me moví.

Y cuando todo volvió a quedar en silencio, bajé sin hacer ruido por las

escaleras de atrás, que eran bastante obscuras, y fui a sentarme en el

lugar más desierto del parque. Mi alma era presa de un extraño

sentimiento de amargura y de vergüenza. Me parecía que debía levantarme

y huir para no volver a encontrar la mirada de esos ojos que había

esperado, sin embargo, con tan loca impaciencia.

Luego me representé lo que podía ocurrir en ese momento en la casa.

Papá se había encontrado sin duda algo desconcertado al ver a Roberto,

pues, seguramente, tenía todavía sobre sí el peso de la pérfida carta de

la tía; había hecho un ademán de negativa al oírle formular su petición;

pero, en el mismo instante, Marta se había presentado. ¡Cuán pronto

había vuelto a encontrar sus fuerzas, la pobre enferma, que, pocos

minutos antes, yacía agotada en el sofá; cuán pronto había olvidado las

penas, los dolores que sufrió durante años! Y ahora, están en brazos uno

de otro y no tienen siquiera un pensamiento para mí.

Entonces, de improviso, se despertó en mí un orgullo fiero. «¿Por qué te

escondes?--gritaba una voz en el fondo de mí misma.--¿No has hecho tu

deber? ¿Todo esto no es obra tuya?»

Con un movimiento brusco me paré, eché hacia atrás mis cabellos en

desorden y, con paso firme, apretando los dientes, me dirigí a la casa.

Al acercarme no oí ningún grito de alegría. Todo estaba silencioso, todo

estaba como muerto...

En el comedor encontré a mamá sola. Tenía las manos juntas y exhalaba

profundos suspiros, mientras gruesas lágrimas rodaban hasta su blanca

papada.

--Es el efecto de la emoción--pensé al sentarme frente a ella.

--¿Dónde estabas, Olga?--dijo, enjugándose esta vez tranquilamente los

ojos.--Es necesario que hagas matar algunos pollos para la comida y que

pongas a refrescar el moselle. El primo Roberto ha llegado.

--¡Ah!--dije con mucha calma.--¿Dónde está?

--En el gabinete de tu padre conversando con él.

--¿Y dónde está Marta?--pregunté con una sonrisa.

Ella me dirigió una mirada de censura como para reprocharme mi demasiada

sagacidad; después dijo:

--Está con ellos.

--Entonces puedo ir a felicitarlos ahora mismo--dije.

--Tontuela--dijo ella.

Pero antes de que pudiera poner mi proyecto en ejecución, vi que la

puerta del cuarto contiguo se abría, y por ella salir lentamente, como

si saliera de un ataúd, a Roberto, al primo Roberto, con el rostro

terroso, la frente cubierta por gruesas gotas de sudor. Yo también sentí

al verlo que la sangre se retiraba de mi cara. Un siniestro

presentimiento me asaltó.

--¿Dónde está Marta?--exclamé adelantándome hacia él.

--No lo sé.

Se hubiera dicho que cada una de las palabras que pronunciaba iban a

ahogarlo. Ni siquiera me dio la mano.

Papá salió detrás de él. Mamá se había levantado y los tres se quedaron

allí parados, estrechándose las manos como en un entierro.

--¿Dónde está Marta?--grité otra vez.

--Ve a ver lo que hace--dijo papá;--sin duda te ha de necesitar.

Salí de un brinco y a saltos subí la escalera que conducía a su

habitación. Esta estaba cerrada.

--¡Marta, abre! Soy yo.

Nadie se movió. Rogué, supliqué, prometí repararlo todo, le prodigué mil

nombres cariñosos: todo fue inútil. Nada se oía, a no ser de vez en

cuando un hálito, parecido a la respiración silbante que se escapa de

una garganta medio sofocada. Entonces me encolericé al verme rechazada

de todas partes.

--Sin duda seré bastante buena para preparar esta fúnebre comida--dije

soltando una carcajada.

Y fui en busca de las criadas, hice matar seis tiernos pollos y me quedé

mirando tranquilamente a esas pobres aves, mientras la sangre brotaba de

sus pescuezos abiertos.

Daba lástima ver cómo uno de ellos, un gallito, batía las alas mientras

la angustia de la muerte le arrancaba gritos y trataba de herir con sus

espolones los dedos de la criada.

Hasta este pobre animalito, débil como es, se defiende cuando quieren

degollarlo--pensé,--mientras mi señorita hermana besa humildemente la

mano que la amenaza con el cuchillo.

La muerte de esos inocentes animales fue casi un alegre espectáculo

comparado con la comida en que fueron servidos. La última comida de un

condenado no habría sido más lúgubre. Cada cinco minutos alguien tomaba

bruscamente la palabra y hablaba como quien cumple una faena

obligatoria. Los demás asentían con la cabeza misteriosamente, pero bien

veía yo que los que escuchaban no sabían lo que oían, lo mismo que el

que hablaba no sabía lo que decía.

Marta no se había presentado.

En el momento de separarnos para retirarnos cada uno a nuestro cuarto,

Roberto me tomó las dos manos y me llevó a un rincón.

--Te agradezco, Olga--dijo, y sus labios temblaban,--te agradezco tu

exactitud y tu cariño. Ahora se acabó nuestra correspondencia...

--¡Por amor de Dios, Roberto!--balbucí.--¿Qué ha pasado?

Él se encogió de hombros.

--Quizá la he hecho esperar demasiado. Ha concluido por cansarse de mí.

--¡Eso no es verdad! ¡eso no es verdad!

Pero papá estaba detrás de nosotros e informaba a Roberto que, según su

deseo, el carruaje estaría listo al día siguiente al amanecer.

--Entonces no te volveré a ver--exclamé espantada.

Él sacudió la cabeza.

--Despidámonos desde ahora--dijo estrechándome la mano.

Una voz me gritaba que no podía, marcharse así, que yo debía hablarle a

toda costa. Pero ahogué valerosamente las palabras que me oprimían la

garganta.

Entonces nos dimos un último apretón de manos y nos separamos.

Todavía tenía yo que hacer en la casa, y, mientras sacaba el café de la

despensa y pesaba la harina y el tocino para la sopa de la mañana, oía

siempre la misma voz que me gritaba en el oído:

--Es necesario que le hables.

Después, cuando me dirigí a mi cuarto con mi luz en la mano, di una

vuelta para pasar por delante de su puerta, con la esperanza de

encontrarlo en el corredor, pero todo estaba desierto y la puerta

cerrada con llave. Sólo el ruido de sus pasos que sacudían la casa,

resonaba en el interior.

En el cuarto de Marta reinaba un silencio de muerte. Apliqué el oído al

agujero de la cerradura: nada se oía. Se habría podido creer que había

muerto o bien que se había fugado.

Una inquietud me asaltó, me puse de rodillas delante del ojo de la

llave, y rogué, supliqué, hasta amenacé con llamar a nuestros padres si

ella persistía en no dar signos de vida.

Entonces se decidió a contestarme. Oí una voz: «¡Apiádate de mí,

querida, apiádate de mí sólo por hoy!» Y esa voz estaba tan cambiada,

que no la reconocía.

Me alejé, pero sentía crecer en mí el temor de que Roberto se fuera

desengañado, con el rencor en el corazón, sin una palabra de

explicación, sin haber sospechado siquiera todo el alcance del amor de

Marta.

El fuego de la fiebre me subió a la cabeza y cada pulsación de mis

arterias me gritaba: «¡Es necesario que le hables! ¡Es necesario que le

hables!»

Me desvestí a medias y me recosté en el sofá. El reloj tocó las once;

tocó las once y media. Todavía se oía resonar en la casa el ruido de sus

pasos, pero mientras más tarde se hacía, menos posible me era poner en

ejecución mi proyecto.

¡Si una criada me sorprendiera, si me viera penetrar en la habitación de

un huésped! Al pensarlo, la sangre se paralizó en mis venas.

El reloj tocó las doce. Abrí la ventana y miré a lo lejos frente a mí.

Todo parecía dormir; hasta en el cuarto de Roberto, lo mismo que en el

de Marta, ninguna luz brillaba. Ambos sepultaban su dolor y su pena en

el seno de la obscuridad.

El viento de la noche, que golpeaba las hojas de la ventana, me

murmuraba: «¡Es necesario! ¡es necesario!» Al mismo tiempo una voz

ligera, suave y acariciadora como una melodía, me decía: «Lo verás otra

vez, sentirás su mano en la tuya, oirás el sonido de su voz, quizá oirás

hasta su risa; ¿no es la felicidad lo que vas a llevarle, la felicidad

de su vida?»

De repente tomé una resolución, cerré bruscamente la ventana, me puse

precipitadamente una bata, y con mis zapatos en la mano me aventuré en

el obscuro corredor.

¡Oh! ¡Cómo me latía el corazón, cómo me ardía la sangre en las sienes!

Me tambaleaba, tuve que apoyarme en la pared.

Por fin llegué a su puerta. Los pasos continuaban haciendo temblar el

piso, pero el ruido sordo había desaparecido. Seguramente se había

quitado las botas.

--No hay que tocar--pensé de pronto,--Marta oiría.

Así el botón. Me estremecí.

¿Cómo abrí la puerta? No lo sé. Me pareció que otro lo había hecho por

mí.

Oí alzarse delante de mí su alta y vigorosa silueta.

Un leve grito se escapó de sus labios; de un salto estuvo a mi lado.

Luego sentí mis manos entrelazadas, y sobre mi frente el hálito de una

respiración ardiente.

En el primer momento, la loca idea de que Marta se había acordado

bruscamente de su antiguo amor, le pasó quizá por el cerebro; pero un

minuto después, me había reconocido.

--¡Por amor de Dios, criatura!--exclamó.--¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que te

trae? ¿Nadie te ha visto? Di, ¿nadie te ha visto?

Sacudí la cabeza. «Te considera todavía muy tonta,» pensé, volviendo a

recobrar el aliento, pues sentía desaparecer de mi alma los terrores que

me había causado mi peligrosa empresa.

Se apartó de mí para encender la luz. Yo busqué con la mano el sofá y me

dejé caer en una de sus esquinas.

Las velas esparcieron un vivo fulgor que me deslumbró. Me volví hacia la

pared y oculté mi cara.

Un sentimiento de debilidad, un ardiente deseo de estrecharme contra él,

se había apoderado de mí. Me sentía tan feliz de estar a su lado que me

olvidaba de todo lo demás.

--Olga, mi querida, mi buena Olguita--dijo,--habla, ¿qué quieres de mí?

Alcé los ojos hacia él. Vi su rostro tostado y serio, en el que los

sufrimientos de ese día habían labrado arrugas profundas y me quedé

sumida en una muda contemplación.

--¿Qué quieres? ¿Me traes noticias de Marta?

--¡Sí, eso es, Marta!

Me levanté vivamente. ¡Basta de debilidades! Había recuperado esa fuerza

indomable que era mi orgullo.

--Escucha, Roberto--dije,--no te marcharás mañana por la mañana.

--¿Por qué?--dijo, apretando los dientes.

--¡No quiero!

--Tu voluntad es muy respetable, querida niña--respondió él con risa

mordaz,--pero no cambiará en nada mi resolución.

--¿Entonces quieres perder a Marta para siempre?

En ese instante me sentí otra vez tan fuerte y tan feliz en mi papel de

protectora que, para unirlos, habría aceptado la lucha con el mundo

entero.

¡Qué loca y cuán poco perspicaz era!

--¿Acaso no está ya definitivamente perdida para mí?--replicó él, con la

mirada fija hacia adelante.

--¿Qué te dijo hoy?

--¿Para qué repetirlo? Sus palabras eran sabias, sensatas; tan sabias,

tan sensatas, que no podía ser sino el lenguaje de una persona que ya

no ama.

--¿Y lo crees realmente?--pregunté.

--¿No estoy obligado a creerlo? Y luego, en fin, ¡qué importa! Aun

suponiendo que ella me hubiera guardado un resto de cariño, ha hecho

bien en aprovechar la ocasión para deshacerse de él completamente. Más

vale así, para ella como para mí. Nada tengo que ofrecerle, ni

felicidad, ni alegría, ni siquiera la sombra de un placer, nada más que

trabajo, penas y miseria, de un extremo del año al otro. Y por sobre

todo esto, una suegra que le es hostil y le haría sentir duramente que

se había presentado con las manos vacías.

Sentí que una oleada de sangre me subía a la cara. Me ruborizaba, no por

Marta ni por mí, pues yo era tan pobre como ella; me ruborizaba por él

al oírle hablar así de su propia madre.

--Y ahora, confiésalo tú misma, niña--continuó,--¿no te parece que hace

bien, ante esta perspectiva, en quedarse a cubierto en el fondo de su

nido calentito y en dejarme partir, puesto que no puedo traerle más que

la desgracia?

Se pasaba la mano por los cabellos yendo de un lado para otro en el

cuarto como un animal perseguido.

--Roberto--dije,--te engañas a ti mismo.

Él se detuvo, y me miró de frente soltando una carcajada:

--¿Qué quieres, por fin? ¿Debo exigir antes de marcharme que se me

confirme esa negativa por escrito?

--Roberto--continué sin dejarme desconcertar,--con toda sinceridad,

¿amas a Marta?

--No seas niña--respondió él.--Si no la amara, ¿estaría aquí en este

momento?

Estaba delante de mí y abría sus brazos de gigante. Me parecía que al

cerrarse iban a aplastarme--sentí un deslumbramiento--me arrinconé más

profundamente en el sofá.

Entonces me vinieron a la memoria los pensamientos que acariciaba desde

hacía varios años: me representé cómo lo habría amado si yo hubiera sido

Marta y cómo habría querido que él me correspondiera.

--Mira, Roberto--dije,--en resumidas cuentas, no soy más que una

tontuela; pero sé muy bien lo que es el amor, y no son sólo los poetas

los que me lo han enseñado. Hace tiempo que lo siento en el fondo de mi

corazón.

--¿Amas a alguien?--me preguntó.

Yo me ruboricé y sacudí la cabeza.

--¿Cómo puedes entonces sentirlo en el fondo de tu corazón?

--Sin duda eso me ha caído del Cielo--respondí bajando los ojos hacia el

suelo.--Pero, en todo caso, amaría de diferente manera que vosotros. No

me sumiría en el desaliento, no huiría vergonzosamente como lo haces tú,

diciendo: «¡Más vale así!» Pondría para vencerla, todo el ardor de mi

alma, para conquistarla, toda la fuerza de mis brazos. La atraería hacia

mi pecho y me la llevaría, ¡poco importa adónde! en la noche, al fondo

del desierto, si el sol se negaba a alumbrarnos, si ninguna casa quería

darnos el abrigo de techo. Preferiría morir de hambre con ella a la

orilla del camino, a implorar al mundo que quiere separarme de ella. Eso

es lo que haría, Roberto, si me hallara en tu lugar, y, si estuviera en

el lugar de Marta, me echaría a tu cuello riéndome y te diría: «Ven,

mendigaré para ti si no tienes pan, te daré mi seno para reposar tu

cabeza si no tienes cama, y bañaré tus heridas con mis lágrimas, sufriré

mil muertes por ti, dando gracias a Dios, al Señor, de poder hacerlo.

¿Ves, Roberto? ¡así es cómo me represento el amor y no como no sé qué

sentimiento mezclado, en el que entra el temor de una suegra y el horror

de los intereses atrasados!»

Había hablado con pasión. Sentía fuego en mis mejillas y de repente me

avergoncé al pensar que había descubierto así delante de él el fondo de

mi corazón. Me oculté la cara entre las manos, luchando contra las

lágrimas.

Cuando me atreví a levantar la cabeza, él estaba delante de mí,

mirándome fijamente, con ojos chispeantes.

--Criatura--dijo,--¿de dónde te vienen esas ideas?--Me parecía oír el

cántico de los cánticos.

Apreté los dientes y guardé silencio. ¿Sabía yo misma de dónde me

venían?

Pero él se sentó junto a mí y me tomó las manos.

--Olga--continuó,--lo que acabas de decir no era precisamente muy

práctico, pero era hermoso, era sincero, y me ha conmovido hasta el

hondo del alma. Me parecía oír una voz de otro mundo y casi tengo

vergüenza de haber sido débil y cobarde. Pero, aun cuando levantara la

cabeza, aun cuando pensara como tú, ¿de qué me serviría puesto que ya

ella no me ama?

--¡Ella, no amarte!--exclamé. ¡Si la abandonas, Roberto, se morirá!

--¡Olga!

Vi que la alegría iluminaba su rostro y yo tuve en ese momento como la

sensación de una mano extraña que me oprimía el pecho; pero no me

desconcerté, y recurriendo a todo mi orgullo, continué:

--Roberto, sé que me despreciarás cuando sepas lo que voy a decirte;

pero es necesario que te lo diga, para que te convenzas de que no debes

partir. No he sido franca contigo, Roberto; he burlado tu confianza.

Y con la respiración jadeante, arrancando penosamente las palabras de mi

garganta, le conté lo que había hecho con sus cartas.

Estaba lejos de haber concluido, cuando de pronto me tomó en sus brazos

y me atrajo hacia él.

--Olga, ¿es verdad?--exclamó fuera de sí en su gozo.--¿Puedes jurarme

que es la verdad?

Hice un signo afirmativo, pues el miedo, que hacía pasar por todo mi

cuerpo un calofrío delicioso, me había quitado el uso de la palabra.

--¡Que Dios te lo pague, buena e inteligente niña!--exclamó

estrechándome contra su pecho.

Y mi respiración se cortó en una deliciosa angustia. Dejé caer mi cabeza

sobre su hombro y cerré los ojos. Entonces me estremecí al sentir que

su boca se posaba en mis labios. Me pareció que una llama me había

quemado. Y me besó otra vez, otra y otra: el gozo y el agradecimiento le

habían hecho perder la razón.

Pero yo pensaba: «¡Ojalá nunca concluya este instante!» Y los calofríos

me sacudían sin interrupción mientras mi cuerpo yacía inerte y sin

fuerzas entre sus brazos. Una sola vez me pasó por la cabeza este

pensamiento: «¿Puedo devolverle sus besos?» Pero no me atreví.

¿Cuánto tiempo me tuvo así? No lo sé: de repente sentí que mi cabeza

chocaba rudamente con el borde del sofá. El dolor me hizo salir como de

las profundidades de un sueño.

Me quedé allí sin movimiento, tratando de recobrar aliento.

Roberto lo notó y exclamó muy asustado:

--Estás muy pálida, niña, ¿te has hecho daño?

Dije que sí por señas, y agregué que aquello no era nada, que pronto

pasaría. Pero bien sabía que no había de pasar, que esa impresión se

grabaría en mis sentidos y en mi corazón con letras de fuego, que la

llama de ese instante retemplaría mi corazón durante más de una larga y

fría noche de invierno, esa llama que no era sin embargo sino el reflejo

de su amor por otra. Sabía todo eso y me parecía que me iba a ahogar

bajo el peso de ese pensamiento. Pero pronto me repuse, pues había

aprendido a dominar mis nervios.

--Roberto--dije,--voy a darte un consejo, y después dejarás que me

vaya, porque estoy algo cansada.

--¡Habla, habla--exclamó,--haré ciegamente lo que quieras!

Y cuando lo miré, no pude impedir exhalar un profundo suspiro de dolor y

de júbilo, pues pensaba: «¡Te ha tenido en sus brazos!»

Habría querido dejarme caer nuevamente con los ojos cerrados en la

esquina del sofá y fingir todavía un poco el desvanecimiento, pero me

levanté vivamente y dije:

--Creo que Marta no cerrará los ojos esta noche; esperará el momento en

que salgas de la casa. Querrá verte partir; como su habitación da al

jardín, vendrá a la tuya o a la que está al lado. Cuando estés al pie de

la escalera, espera un poco y luego haz como si hubieras olvidado algo,

y entonces... entonces...

No pude decir más, pues oía resonar en mí con demasiada violencia, ya

como un sollozo, ya como un grito de alegría, estas palabras: «¡Te ha

tenido en sus brazos!»

Tuve miedo de no poder dominar mi emoción por más tiempo y quise huir

precipitadamente, sin una palabra de despedida.

Cuando abrí la puerta, vi delante de mí a Marta.

Allí estaba ella, descalza, a medio vestir, pálida como una muerta y

temblorosa. No pudo hacer un movimiento; sin duda le faltaron las

fuerzas.

Y en el mismo instante oí detrás de mí un grito de gozo; vi que Roberto

se lanzaba, pasaba a mi lado y recibía en sus brazos a la desdichada

que se tambaleaba.

--¡A Dios gracias, ahora eres mía!

Estas fueron las últimas palabras que oí; huí a mi cuarto como si las

furias me hubieran perseguido, me encerré y derramé lágrimas, lágrimas

amargas.

El deseo · 第 13 / 29 题