El tiempo transcurría. Lo mismo que antes, los días sucedían a los días,
y sin embargo, ¡cuán nuevo y particular se había vuelto el mundo para
mí!
Ya no necesitaba estudiar el amor en los libros, ni mirarlo de lejos;
había penetrado en persona en todo mi ser, sus dulces enigmas me
envolvían por todas partes y podía--¡oh deleite!--divertirme con ellos:
estaba sumergida hasta la cabeza en la intriga que debía asegurar la
felicidad de mi hermana.
Era maravilla ver, después de esa visita de Roberto, cómo Marta volvía a
la vida y recuperaba a la vez fuerzas, colores y salud. Esos pocos días
de existencia en común con él habían obrado sobre ella como un baño
fortificante, y más aun la milagrosa fuente de la esperanza, de la cual
había bebido furtivamente a grandes tragos.
Sin duda, no había recobrado su brillante alegría de otros tiempos, que
esos siete años de ansiosa espera parecían haberse llevado
irrevocablemente; ni cantos ni risas se escapaban ya de sus labios,
pero un brillo suave y cálido animaba sus facciones como si una luz
salida del alma, las iluminara. Ya no se arrastraba por la casa a pasos
lentos y cansados, y cuando alguien se le acercaba, ella lo acogía con
una sonrisa amistosa.
Como su dicha necesitaba desahogarse en afecto, se me acercaba más y más
y procuraba penetrar en mi pensamiento taciturno y solitario. Eso no
hacía más que aumentar mi cariño e impulsarme a rogar a Dios para que
derramara sus bendiciones sobre ella, pero no le daba mi confianza.
Mientras no me abriera su corazón ella misma, no podía ni quería
confesarle cuán profundamente mis ojos habían penetrado ya en él.
Más de una vez me sorprendí contemplándola con un sentimiento maternal,
si puedo decirlo, pues desde que estaba en correspondencia seguida con
Roberto, me figuraba que verdaderamente tenía la felicidad de ambos en
mis manos.
En mi presunción, me consideraba fácilmente como un buen genio, vestido
de blanco, con una palma en la mano, y cuya sonrisa vertía bendiciones.
Mientras tanto, contaba los días hasta la llegada de una carta de
Roberto, y corría de acá para allá, con las mejillas encendidas, cuando,
al fin, la llevaba sobre mi corazón.
Esas cartas se me habían hecho tan necesarias, que me era difícil
concebir cómo había podido vivir antes sin ellas. So pretexto de
contarle los hechos y dichos de Marta, sabía muy bien ahuyentar las
penas de su corazón con mi charla, infantil y loca como gusta a los
hombres, para poder sentirse superiores a nosotras, o seria y llena de
madurez, como se había vuelto mi corazón. Le agradaba mi cháchara,
cualquiera que fuera su tono, como se escucha con gusto el gorjeo de un
pájaro cantor, y yo no pedía más. ¡Le estaba tan agradecida porque me
había asociado a su grande y sincera pasión, a mí, a la chicuela a quien
todavía hacían salir de la habitación cuando la gente grande quería
hablar de cosas serias! Toda mi dignidad, toda la importancia que yo
tenía a mis propios ojos, me venían de ese papel de protectora.
Así crecía yo con ese amor, me alimentaba con esa pasión, de la que
nunca la menor migaja debía caer para mí de la mesa.
* * *
Cuando llegó el otoño, noté que Marta manifestaba una agitación
extraordinaria. Andaba con paso febril por su cuarto, permanecía a veces
la mitad de la noche en la ventana, hablaba en voz alta haciendo
ademanes cuando creía estar sola, y se estremecía violentamente cuando
se veía sorprendida.
Informé fielmente a Roberto de lo que había observado y le pregunté
además si no había hecho quizá esperar su visita para aquella época,
pues toda la manera de ser de Marta me parecía provocada por una
sobreexcitación enfermiza de la espera.
Tuve ocasión de estar satisfecha de los conocimientos psicológicos de
mis diecisiete años, pues mis previsiones eran justas.
Profundamente abatido, me escribió que efectivamente, al separarse de
ella, había expresado la esperanza de poder volver en el otoño siguiente
con cara más alegre; pero se había equivocado: estaba, más que nunca,
sumergido en las penas y en las deudas, y trabajaba como un esclavo sin
ver brillar el menor fulgor de esperanza.
«Por lo menos--le contesté,--líbrala del tormento de la espera e informa
a nuestros padres, con miramientos, de tu situación.»
Así lo hizo: dos días después, papá, muy apenado, trajo la carta que a
causa de mi juventud, todavía demasiado irracional, yo no debía leer.
Esa carta tuvo sobre el ánimo de Marta una influencia que me asustó y me
conmovió. La sobreexcitación de las últimas semanas desapareció
repentinamente, como barrida de golpe, y dejó el lugar a ese abatimiento
desesperado que, ya una vez antes de la venida de Roberto, la había
convertido en una sombra: nuevamente se enflaqueció, y dos surcos
profundos se abrieron en torno de sus ojos, otra vez tuvo que recurrir a
las gotas de valeriana en los momentos frecuentes en que se retorcía en
crisis dolorosas, otra vez también le había vuelto ese perpetuo deseo de
llorar que, a la menor ocasión, se daba curso en torrentes de lágrimas.
Esta vez, papá no mandó buscar al médico: podía fijar el dianóstico él
mismo. Hasta mamá se compadeció de los sufrimientos de la desdichada,
tanto como se lo permitía su apatía, y ésta no consentía que se alejase
de la estufa para atender a su hija enferma.
En cuanto a mí, encontré entonces por primera vez la ocasión de mostrar
a los míos que ya no era una criatura y que mi voluntad tenía algún
valor, aun cuando se tratara de cosas serias.
Asumí toda la dirección de la casa, y por más que todos sonrieron
maliciosamente y protestaron, y Marta me explicó repetidas veces que
jamás consentiría que yo, la más joven, la suplantase, me las compuse
tan bien que al cabo de quince días yo era quien manejaba toda la casa.
Fue aquella la única época en que tuviéramos todos que disputar con
Marta; pero poco a poco fuerza le fue reconocer que lo que yo hacía era
por amor a ella, y finalmente concluyó por ser la primera en
agradecérmelo. Por otra parte, se acostumbró a cederme en más de un
punto, aunque tratando de disimularse a sí misma mi influencia y dando a
entender que había que dejar hacer su voluntad a los niños.
En mi correspondencia con Roberto, aprendí por primera vez que se puede
mentir por amor. Le disimulé el triste efecto que había producido su
carta; sí, no me ruborizaba de escribirle que todo marchaba
perfectamente. Procedía así porque estaba persuadida de que la verdad lo
habría sumido en una multitud de nuevos cuidados y pesares, que no
dejarían de abatirlo, puesto que nada podía remediar. Pero entonces se
me hacía terriblemente difícil conservar el tono de charla ligera, y muy
a menudo las bromas se helaban en la punta de mi pluma.
Y todo se ensombrecía de día en día en torno nuestro. Papá estaba
cabizbajo, porque las malas cosechas habían defraudado sus más bellas
esperanzas; mamá murmuraba, porque nadie iba a distraerla, y Marta se
marchitaba cada vez más.
Las fiestas de Navidad llegaron, tan tristes como nunca hasta entonces
nuestro apacible interior había visto otras.
En torno del flamante árbol de Navidad, que esta vez yo había adornado e
iluminado en lugar de Marta, permanecíamos inmóviles sin saber qué
decirnos, tan oprimido teníamos el corazón. Y, como nadie se decidía a
hacerlo, tuve que esforzarme en reír y hacer lo posible para borrar las
arrugas de inquietud que surcaban todas las frentes. Pero casi no
encontré eco y por último nos dimos la mano deseándonos buenas noches
para retirarnos cada uno a nuestro cuarto, puesto que no sabíamos cómo
entrar en materia los unos con los otros.
Cuando llegué al lado de Marta, que estaba sentada en un rincón, con los
ojos fijos en las velas que comenzaban a apagarse, sentí que un doloroso
estremecimiento me atravesó el pecho, como si le hubiera hecho un
agravio que debiera reparar; pero ignoraba cuál podía ser ese agravio.
Ella me dijo al besarme en la frente;
--¡Que Dios te conserve tu valiente corazón, Olguita! Te agradezco mucho
las bromas que te has esforzado en decir hoy.
No supe qué contestar, pues ese sentimiento de culpabilidad que no podía
definir, me desgarraba el corazón.
Cuando me encontré sola en mi cuarto, me dije: «¡Bueno, ahora vas a
festejar la Navidad!» Saqué las cartas de Roberto de la gaveta en que
las tenía cuidadosamente escondidas y resolví leerlas hasta una hora
avanzada de la noche.
La tempestad sacudía los postigos, la nieve, empujada por las ráfagas
del viento, barría los vidrios con un roce ligero y la lámpara de
pantalla verde suspendida del cielo raso, esparcía sobre mí su fulgor
apacible.
En el momento en que colocaba cómodamente delante de mí el paquetito de
cartas, oí junto a mí, en el dormitorio de Marta, el ruido sordo de una
caída, y luego un murmullo indistinto que me pareció el de una oración
mezclada con sollozos.
«¡He ahí cómo celebra la noche de Navidad!»--pensé juntando
involuntariamente las manos. Sentí otra vez un dolor en el corazón, como
si mi conducta hacia mi hermana fuera falsa y cruel. Y continué
devanándome los sesos hasta que vi claramente que sólo las cartas eran
culpables.
«¿No es por su bien por lo que escribo y por lo que guardo
silencio?»--me pregunté.
Pero mi conciencia no se dejó seducir. No. Aquello fue como si un rayo
me hiriera en la cara, pues sentí con qué delicias mi corazón acariciaba
esas cartas.
«¿Qué no daría ella por una de estas hojas?»--me dije en seguida.--«Ella
que comienza a dudar del amor de Roberto, que lucha con la angustiosa
idea de que, si no ha venido, es únicamente porque quiere arrancarla de
su corazón.»
«Y tú oyes sus sollozos--continuaba una voz dentro de mí,--y la dejas
presa de sus torturas mientras que tú te deleitas pensando en que tienes
un secreto con él, con él, que pertenece sólo a _ella_.»
Me escondí la cara entre las manos: la vergüenza se apoderaba de mí tan
violentamente, que tuve miedo de la luz que me alumbraba. «¡Dale esas
cartas!»--me gritó repentinamente una voz, y me lo gritó tan alto y con
tanta claridad, que me pareció que era la tempestad la que me había
lanzado esas palabras al oído.
Entonces tuve que sostener una lucha terrible. Sin embargo, cada vez que
mi buena voluntad cedía, instada por el temor de faltar a la palabra que
había dado a Roberto, y por el deseo de seguir todavía en
correspondencia secreta con él, el ruido de los sollozos y de la oración
de Marta llegaba hasta mí más claro, y me trastornaba a tal punto los
sentidos, que me parecía que iba a verme obligada a huir hasta el fin
del mundo, para no oírlo más.
Y concluí por cumplir conmigo misma. Tomé las cartas, las reuní en un
elegante paquete que até con una cinta y me dispuse a llevárselas a su
cuarto.
«¡Este será su regalo de Navidad!»--dije pensando en que ese año no
había podido hacerle, como de costumbre, un bordado o un tejido; y, como
siempre agrada, cuando se hace un regalo, cierto aparato para ocultar la
alegría que desborda del corazón, resolví representar todavía un poco la
comedia, antes de entregárselas.
Bajé a medio vestir, tal como estaba, a la sala del piso inferior, donde
se encontraban nuestros regalos, bajo el árbol de Navidad. Tanteando en
la obscuridad, busqué su plato, recogí los objetos que estaban al lado
de éste, y por encima de todo coloqué el paquete de cartas.
Cargada de esta manera, me acerqué a su puerta y toqué.
Oí un roce, el ruido que hace una persona que se levanta bruscamente, y,
al cabo de un intervalo bastante largo--sin duda el tiempo necesario
para enjugarse los ojos,--su voz resonó muy cerca de la puerta,
preguntando quién estaba allí y qué querían.
--Soy yo, Marta--dije.--Te traigo tu plato; lo habías dejado abajo.
--Llévalo a tu cuarto, iré a buscarlo mañana--respondió ella.
Y en la voz tenía sollozos que se esforzaba en disimular.
--Pero un nuevo regalo ha venido a agregarse a los demás--dije.
Y también mis palabras estaban medio ahogadas por las lágrimas.
--¡Bien! Me lo darás mañana--replicó,--ya estoy desvestida.
--Pero ese regalo es mío--dije.
Y, como en la bondad de su corazón, temió ofenderme, no obstante su
inmenso dolor, me abrió la puerta.
Me lancé hacia ella y lloré sobre su hombro, apretando convulsivamente
el plato con la mano izquierda.
--¿Qué tienes, querida?--me preguntó acariciándome.--En toda la casa
eras la única que conservabas tu buen humor, y ahora...
Me armé de valor y, acercándola a la luz, le mostré el plato. A la
primera ojeada reconoció la letra; se puso blanca como el yeso que
cubría las paredes, y, con sus ojos enrojecidos por las lágrimas, me
miró fijamente como si hubiera perdido la razón.
--Tómalo, pues--dije,--tómalo.
Ella extendió la mano, pero la retiró con un ademán brusco: se hubiera
dicho que había tocado un hierro candente.
--Ves, Marta--dije, deseando vengarme de su silencio y para darme cierta
importancia,--no has querido tener confianza en mí, me has tratado
siempre como a una criatura, pero todo lo he adivinado, y, mientras tú
te desesperabas, yo he obrado.
Ella continuaba mirándome fijamente, desconcertada, sin comprender.
--Crees que Roberto no se inquieta por ti--continué.--Sin embargo, he
tenido que darle cuenta de tu vida, de tu salud, cada semana
regularmente.
Marta retrocedió tambaleándose, se llevó las manos a la cabeza, y, de
improviso, una especie de calofrío la sacudió. Se adelantó hacia mí, me
tomó las manos y con voz singularmente velada, dijo:
--¡Mírame de frente, Olga! ¿Quién de los dos ha escrito la primera
carta?
--¡Yo!--dije asombrada, no sabiendo todavía adónde quería ir a parar.
--¿Y tú le has... le has revelado mi estado, me has... ofrecido... Olga?
--¿Qué idea es esa?--dije.--El mismo fue quien me confesó todo, cuando
estaba aquí... ¡Oh! Me conocía mejor que tú--agregué, no queriendo dejar
escapar de mi juego ese ligero triunfo,--no se avergonzó de tomarme de
confidente.
--¡Alabado sea Dios!--murmuró ella con un profundo suspiro, juntando las
manos.
--Pero ven, Marta--dije llevándola a la mesa.--Vamos a festejar la
Navidad.
Entonces leímos juntas las cartas, una tras otra, y, en cada una de
ellas, en cada una de las frases sencillas y desmañadas, aparecía el
corazón afectuoso de Roberto, su corazón de oro; arrojaba en nuestras
almas abrumadas por el dolor una llamarada ardiente que nos consolaba y
nos devolvía la alegría. Reíamos y llorábamos, con las mejillas apoyadas
una contra otra, y nos estrechábamos con fuerza las manos, como para
procurarnos recíprocamente la sensación de esas vivas y vigorosas
presiones, que prodigaba su tosca mano roja.
Y de pronto, estábamos en uno de esos párrafos en que él me rogaba
encarecidamente que cuidara a Marta, que velara sobre ella, ésta se
sintió abrumada bajo el peso de su felicidad, y, me ruborizo al decirlo,
se dejó caer delante de mí y apoyó sus labios en mi mano.
Pero, por violenta que fuera mi emoción, ya no sentía trazas de ese
dolor punzante que, hacía poco todavía, junto al árbol de Navidad, me
oprimía el corazón. Había cancelado mi deuda y fue en completa libertad,
con el corazón aligerado, como me juré velar en lo sucesivo como un
ángel tutelar sobre mi hermana que, mucho más que yo, niña simple y sin
experiencia, necesitaba apoyo y protección.
Y ella lo sintió también, pues, aunque hasta entonces me hubiera tratado
como a una criatura, se abandonó a mi dirección sin resistencia.
Al fin había conseguido lo que deseaba mi corazón. Existía un ser humano
a quien podía mimar y acariciar a mi gusto, y como entonces nada nos
separaba ya, dediqué a mi hermana toda la ternura que durante tanto
tiempo había dormido inactiva en el fondo de mi alma.
No fue poca la sorpresa de mi padre y de mi madre al ver en nuestras
relaciones, que en los últimos tiempos sobre todo dejaban mucho que
desear, esa intimidad, esa cordialidad nuevas, y a la misma Marta le era
difícil acostumbrarse a ello.
Me miraba siempre con extrañeza y decía a menudo:
--¡Cómo habría podido adivinar nunca que había en ti tanto afecto!
Si hubiera sabido qué sacrificio había hecho revelando mi secreto,
habría dado aún más valor a mi cariño.
En verdad, mis presentimientos no me habían engañado: desde el momento
en que Marta tuvo las cartas en sus manos, se acabó para siempre la
dicha que me causaba ese convenio secreto con Roberto.
Ya no era para mí más que un extraño y, cuando me sentaba a escribirle,
me parecía ser una simple máquina encargada de copiar los pensamientos
de otros: así me sucedía a menudo entregar a Marta una carta sin haberla
leído, tal como acababa de recibirla de manos del mayordomo.
A veces sentía remordimientos al pensar que abusaba de la confianza de
Roberto, pues él no sospechaba que Marta estuviera en el secreto; pero,
cuando la miraba, cuando veía desplegarse su sonrisa, y brillar en sus
ojos soñadores la paz y la felicidad, me decía que era imposible que
hubiera procedido mal, y mis escrúpulos se acallaban.
Hasta entonces no había engañado más que a él; muy pronto mi traición
debía alcanzar también a Marta.