Salvaré rápidamente los años que siguieron con sus desgracias
fulminantes y su largo cortejo de sufrimientos. Ellos me dieron la
madurez y me hicieron mujer.
Ocho meses después de aquella noche, trajeron a papá a la casa en un
adral; se había caído del caballo y sufría de graves lesiones internas.
A los tres días murió. En medio de las calamidades que cayeron entonces
sobre la casa, fui la única que conservó toda su sangre fría. Marta,
aniquilada, se abismó en su dolor y mamá--¡la pobre y querida
mamá!--había permanecido durante tantos años sentada cómodamente y en
paz al lado de la estufa tejiendo medias y mascando frutas azucaradas,
que no quería ni podía concebir que aquella existencia cambiara. No dijo
una palabra, apenas derramó una lágrima, pero el mal que la roía
interiormente, hizo rápidos progresos y, aun cuando hubiera salvado de
la fiebre tifoidea que la acometió cuatro semanas más tarde, el pesar se
la habría llevado seguramente.
Ambos reposaban entonces en el cementerio, Marta y yo, huérfanas,
abandonadas, nos quedamos en la granja desierta, esperando el momento en
que se nos expulsaría. Por mi parte sabía el camino que tenía que
seguir, sabía que el porvenir no me ofrecía otra perspectiva que la de
ganar duramente mi pan al servicio de otros. No vacilaba y no discutía
con mi destino: tenía suficiente energía, suficiente orgullo para vivir
sola aun en el extranjero. Pero temblaba por Marta, que, menos que
nunca, podía vivir sin consuelo ni afecto.
El día de su casamiento parecía todavía muy lejano. Roberto no podía
hacerla esperar mucho más sin exponerse a verla extinguirse un día
agotada por la pena, como una lámpara que ya no tiene aceite.
No me equivocaba en mis cálculos. Él no había podido asistir a los
entierros, sin embargo, cada vez había mandado una palabra de consuelo a
Marta para ayudarla a pasar las horas más penosas. De vez en cuando
caían de sus cartas algunas migajas para mí, de las cuales me apoderaba
con avidez, como quien se siente morir de hambre.
Un día, él mismo se presentó.
--¡Esta vez vengo a buscarte!--le gritó a Marta.
Ella se dejó caer sobre el pecho de Roberto y lloró. ¡Cuán feliz era!
Pero yo me retiré al emparrado más sombreado del jardín y, abandonándome
a mis reflexiones, me pregunté si mi corazón no tendría también algún
día un hogar en que pudiera refugiarse tanto en las horas felices como
en las horas de angustia. Bien sentía que esos eran vanos sueños, pues
el único lugar en el mundo... en fin, sentí nacer en mí un orgullo y una
amargura tales, que todo mi ser se llenó de hiel, y me desprendí con
sombría aspereza de los brazos de los míos para encerrarme sola en mi
dolor.
Querían llevarme con ellos, hacerme compartir lo poco de felicidad que
les quedaba todavía: me crearía un interior en la casa de mi cuñado;
pero rechacé su ofrecimiento con fiera obstinación.
Ambos trataron en vano de resolver el enigma de mi conducta, y Marta,
que se desesperaba al pensar que no me tocaría la menor partícula de su
dicha, venía a menudo por la noche junto a mi cama y lloraba sobre mi
hombro. Entonces me ruborizaba de mi obstinación, le dirigía mil
palabras afectuosas como a una criatura, y no la dejaba irse sino cuando
había visto brillar por entre sus lágrimas una sonrisa de esperanza.
Durante ocho días, Roberto trabajó sin descanso en poner orden en
nuestros negocios y en buscar un comprador. No nos quedó sino muy poca
cosa; pero tampoco necesitábamos nada.
En seguida, se realizó sin ruido la ceremonia del casamiento. El viejo
mayordomo principal y yo fuimos los testigos, y a guisa de comida de
bodas hicimos una visita al cementerio, para despedirnos de las tumbas
recientemente cerradas, cuya arena amarilla comenzaba a desaparecer
bajo débiles tallos de yedra.
Durante las últimas semanas, había buscado en secreto una situación que
me conviniera. Se me habían hecho diversos ofrecimientos; no tenía más
que elegir. Cuando Roberto vino a buscarme y, con una arruga de
inquietud en la frente, me hizo esta pregunta: «¿Qué vas a hacer ahora,
Olguita?» le expuse con una sonrisa tranquila mis proyectos para el
porvenir. Sobrecogido de admiración juntó las manos y exclamó:
--¡Verdaderamente, te envidio! ¡Harás camino, tú!
Y la misma Marta me envidiaba, bien lo veía en los ojos tristes que
fijaba en él y en mí; habría deseado, para sacrificarlas a Roberto, toda
la fuerza, toda la energía que me daba la juventud. La besé, traté de
alentarla, y en la mirada suplicante que dirigió a su marido, leí este
pensamiento: «Te doy todo lo que soy; perdona que sea tan poca cosa.»
Al día siguiente por la mañana nos separamos; la joven pareja se dirigió
a su nuevo domicilio y yo partí para el extranjero.