Hacía cuatro días que Roberto estaba en casa, cuando vino a buscarme de
improviso y me dijo:
--Olguita, quisiera pedirte algo; ¿no vendrías a hacer un paseo a
caballo conmigo?
--¡Qué honor!--repliqué.
--No, no hay que volver a empezar en ese tono--dijo con una risa en la
cual se notaba algo de enfado.--Tratemos de ser buenos camaradas por
media hora, ¿quieres?
Su ingenua franqueza me agradó: dije que sí.
Cuando nuestros caballos pasaron el portón, Marta estaba en la ventana
de la cocina y nos hizo señas con su delantal blanco.
--Ves, Marta--dije para mis adentros,--así es cómo me iría con él a
través del vasto mundo, si fuera su querida.
Yo no tenía entonces más que una noción bastante confusa de lo que es
una «querida» y no vacilaba en elevar a Marta a esa dignidad.
--Monta bien--pensé en seguida;--mi «hijo del rey» no sería mejor
jinete.
Y entonces me sorprendí al ver que me había erguido, orgullosa y alegre,
en mi silla, invadida por un indefinible sentimiento de bienestar que me
hacía correr un estremecimiento por todo el cuerpo.
Roberto nada decía, pero con frecuencia se inclinaba hacia mí y me hacía
una seña amistosa, como si juzgase prudente consolidar nuestro pacto
cada cinco minutos: trabajo inútil, pues nada estaba más lejos de mi
imaginación que la idea de romperlo. Cuando hubimos trotado una media
hora a un paso bastante vivo, detuvo su caballo y me dijo:
--¿Bueno, chiquilla?
--¿Qué hay, «grande»?
--¿Regresamos?
--¡Oh, no!
No estaba dispuesta a renunciar tan fácilmente a lo que me llenaba de
una satisfacción tan completa.
--Entonces, ¡al bosque de Illowo!--dijo él señalando la mancha azulada
que cerraba el horizonte a lo lejos.
Hice un signo afirmativo, y di tal latigazo a mi caballo, que éste se
irguió y partió dando saltos.
--¡Bravo, por la chica de quince años!--gritó él detrás de mí.
--¡Dispense, dieciséis!--repliqué, volviéndome a medias hacia él.--Por
otra parte, si me vuelves a echar en cara mi juventud, ¡se acabó
nuestra camaradería!
--¡En nombre del Cielo!--dijo él riéndose.
Y continuamos nuestra carrera sin decir palabra.
El bosque de Illowo está dividido por una pequeña corriente de agua,
cuyas orillas se hallan tan cerca la una de la otra, que las ramas de
los álamos que las pueblan a cada lado, se entrelazan y forman por
encima del espejo obscuro de las aguas una alta bóveda de verdura que, a
cada desvío del riachuelo, termina en un muro de follaje, para volver a
formarse inmediatamente después.
Bajo esa bóveda, junto al borde del agua, conocía desde mi infancia más
de un escondrijo, donde me pasaba las horas enteras, leyendo o soñando,
mientras mi caballo, un poco más arriba, pacía tranquilamente en el
bosque.
Y como esta vez íbamos lentamente, por entre los troncos de árbol, se me
ocurrió hacerle conocer uno de mis retiros.
--Quiero bajar--le grité,--ven a ayudarme a echar pie a tierra.
De un salto bajó de su caballo e hizo lo que yo le pedía.
--¿Qué quieres hacer?--me preguntó.
--Vas a verlo--dije,--pero primero suelta los caballos...
--¡No faltaba más!--dijo Roberto riéndose.--Me haces el efecto de quien
quiere coger las liebres poniéndoles un grano de sal bajo la cola.
E hizo ademán de atar las riendas a un tronco de árbol.
--¡Suéltalos!--ordené.
Y como él no obedecía castigué a los caballos con mi varilla: antes que
él hubiera pensado en sostener más fuertemente las bridas, los caballos
galopaban ya libremente en el bosque.
--¿Y ahora?--dijo mi primo poniéndose las manos en los bolsillos.--¿Te
imaginas que van a dejarse coger otra vez?
--Por ti, no--respondí riéndome, pues estaba segura de mis favoritos.
Y cuando al oír un ligero silbido de mis labios, ambos acudieron desde
lejos dando brincos y vinieron a rozar suavemente mi cuello con sus
hocicos, esperando una caricia, mi corazón se dilató: me sentía
orgullosa de que hubiera en la tierra criaturas, aunque privadas de
razón, que se inclinaban ante mi poder y me eran sumisas por afecto, y
alcé hacia Roberto una mirada triunfante: ahora él debía saber quién era
yo y qué pretendía.
Pero vi muy bien que todavía yo no le imponía.
--¡Maravilloso, chica!--dijo él, y nada más.
En seguida me dio un golpecito paternal en el hombro y se recostó
perezosamente en el césped. Los rayos de sol que pasaban a través de las
ramas, relucían en su barba: me pareció un gigante en reposo, semejante
a los que nos pintan las leyendas del Norte.
Pero en el momento en que, al contemplarlo, iba a sumergirme en mis
visiones románticas, se puso a bostezar terriblemente, de tal modo que
volví a caer repentina y bruscamente en la prosa.
--¡Pero no nos vamos a quedar aquí, mi señor primo!
--No seas loca, chiquilla--dijo él cerrando los ojos.--Haz como yo,
vamos a dormir.
Tuve un impulso de alegría, y, acercándomele, lo cogí por el cuello y lo
sacudí fuertemente.
Quiso asir mi vestido, pero yo me escapé, lo que le hizo levantarse
vivamente para correr tras de mí.
Entonces, tranquilamente me adelanté hacia él y le dije:
--Bueno, ahora, ven.
Por entre espesos matorrales, lo conduje a la base de la pendiente
escarpada, al pie de la cual reposaba el agua profunda semejante a un
espejo obscuro. Allí, los árboles de anchas hojas y toda clase de
plantas trepadoras formaban, al engancharse a una salida de la roca, una
cuna natural, donde había sombra aun en pleno mediodía.
Allí fue donde le hice entrar.
--¡Mil truenos! He aquí un lindo rincón, chica--dijo él al mismo tiempo
que se extendía cómodamente sobre la piedra, tanto que sus pies caían
casi al nivel del agua.
--Ven, ponte a mi lado; hay sitio para los dos.
Lo obedecí, pero me senté de manera que mi mirada pudiera dominarlo.
Él fingía dormir, y de cuando en cuando, por entre sus párpados medio
cerrados, alzaba los ojos hacia mí.
De repente se me ocurrió esta idea:
«¿Si fueras Marta, qué harías en este momento?»
Y un pavor tal se apoderó de mí, que la sangre me subió hirviente a la
cara.
--¿Eres miedosa, chiquilla?--me preguntó.
Yo sacudí la cabeza.
--Entonces, ven.
--Ya estoy a tu lado.
--Ponte allí, delante de mí.
Hice lo que me pedía: mis pies tocaban casi el borde de la piedra.
De pronto, se levantó, me asió, rápido como el rayo, por la cintura, y
en el mismo instante me sentí suspendida sobre el agua.
Lo miré riéndome.
--¡Cómo!... ¡Cómo!...--dijo.--¡No hay de qué reírse! Si te dejara
caer...
--Me ahogaría... Pues bien, ¡déjame caer!
--No. Antes quiero que me confieses algo.
--¿Qué?
--¿Por qué no puedes sufrirme?
Respiré profundamente. Al mismo tiempo sentí que las suelas de mis
botines tocaban ya la superficie del agua: él no podía dejarme caer más.
Una deliciosa sensación de desfallecimiento me invadió.
--Pero yo puedo sufrirte--le dije.
--¿Por qué entonces me contestas siempre de tan mala manera?
--Porque soy una muchacha mal criada.
--¡Enhorabuena!--dijo él, riéndose.
Y, con un movimiento brusco, me alzó como una pluma: yo me volví a
encontrar de pie sobre la piedra.
--Bueno, ahora siéntate; vamos a conversar seriamente.
Me tomó la mano y continuó:
Mira, soy un hombre sencillo, he trabajado mucho y pensado poco en
ejercitar mi espíritu. Tú, con tu vivacidad, me ganas fácilmente; por
eso es que siempre me cuesta trabajo hablarte. Tú no lo haces con mala
intención, bien lo sé, pues en nuestra familia no se conoce la maldad;
pero de todos modos eso no conviene. Tengo casi doce años más que tú, tú
eres todavía una chiquilla, o poco menos... ¿Tengo razón?
--Tienes razón...--respondí humildemente.
Y me preguntaba aparte lo que se había hecho mi altivez.
--¿Por qué, pues, procedías así?
--Porque quería agradarte.
Y exhalé un profundo suspiro.
Él me miró en los ojos con asombro.
--Porque quería mostrarte que no soy una tontuela, que tengo la cabeza
muy a plomo, que yo...
Me detuve muy confusa. Roberto se mordía la barba y miraba frente a él,
pensativo.
--¡Miren eso!--dijo.--Pues bien, creo que yo te estaba tomando por el
mal lado. ¡Qué suerte que haya seguido el consejo de Marta!
--¿De Marta? ¿Qué consejo te ha dado?
--Tómala aparte, uno de estos días--me ha dicho,--y explícate con ella.
Cuando Olga no quiere a alguién, lo aborrece, y me daría mucha pena que
no te tuviera cariño.
--¿Marta ha dicho eso?--exclamé, y las lágrimas me asomaron a los
ojos.--¡Qué corazón, qué corazón de oro!
--Sí, ha dicho eso y muchas otras cosas más para explicar tu
temperamento y excusarte. Y como amo a Marta...
--¿La amas?--dije, interrumpiéndolo, ávida de saber más.
--Sí, profundamente--respondió él pensativo, con los ojos fijos en el
agua que corría a sus pies.
Mi corazón latía tan precipitadamente, que apenas podía respirar. ¡Así,
pues, él me tomaba por confidente, me convertía en su aliada! Habría
querido saltarle al cuello, inmediatamente, tan agradecida me sentía
hacia él.
--Y... ¿ella lo sabe?
--Debe saberlo... es una cosa que no se puede ocultar...
--¿Cómo?...--balbucí.--¿Tú no... no... se lo has dicho?
Roberto sacudió tristemente la cabeza.
Yo caí desde lo alto de las nubes. ¡De modo que los bosquecillos de
nuestro jardín nunca habían prestado su abrigo a dos enamorados; la
luna, que brillaba por entre las ramas, nunca había sido testigo de
besos clandestinos! ¡Puras quimeras todas mis imaginaciones!
Pero, en medio de mi desilusión, sentía una profunda compasión por ese
gigante, que, sin más fuerzas que un niño, buscaba amparo en mí. Me juré
que su confianza en mí no sería vana.
--¿Y por qué has guardado silencio?--insistí.
Pareció que consideraba mi extrema juventud con un poco de desconfianza;
sin embargo, dijo con un profundo suspiro:
--En aquel tiempo, yo era un muchacho tímido y no encontraba el valor
necesario para hablar. ¡En esos primeros años de locura se siente uno
tan transportado, si obtiene siquiera un apretón de manos a hurtadillas!
Se figura uno que el mismo matrimonio no podrá ofrecer un deleite mayor.
Pero en realidad tú no puedes comprender eso.
--¿Quién sabe?--repliqué en mi inocencia.--Mucho he leído ya sobre eso.
--En resumen--prosiguió él,--yo era entonces más o menos tan ingenuo
como tú ahora. Y hoy, ¿sabes? hoy, si hablo, la menor palabra me vincula
a ella, con cadena indisoluble, y para siempre.
--¿Entonces, no quieres vincularte?--le pregunté con sorpresa.
--No tengo derecho para ello--gritó,--no tengo derecho. No sé si podré
hacerla feliz.
--¡Oh! ¡Francamente... si no lo sabes!...
Encogí el labio con desprecio y dentro de mí, llegué a esta conclusión:
«¡Entonces, no la ama!»
Pero él, con los ojos chispeantes, se animó más:
--Compréndeme, niña. Si eso dependiera de mí, no pediría más que
llevarla toda mi vida en mis brazos, para que su pie nunca tropezara con
las piedras del camino. Pero... ¡oh! ¡esta miseria, esta miseria!
Y se mesaba los cabellos de tal modo, que yo me sentía realmente
turbada. Nunca habría creído posible que ese hombre tan tranquilo y
grave pudiera volverse tan apasionado.
--Confíame tus tormentos, Roberto--dije, poniéndole la mano en el
hombro.--No soy más que una chica, muy sencilla, pero eso desahogará tu
corazón.
--¡No puedo!--gimió,--¡no puedo!
--¿Y por qué?
--Porque sería mortificante... hasta para ti. No puedo decirte más que
una cosa: Marta es una criatura delicada, tierna e impresionable; jamás
podría resistir al torrente de penas y de tormentos que caería sobre
ella: se doblaría como una frágil caña al primer soplo de la tormenta.
¿De qué me serviría tener que llevarla al cementerio pocos años después
de nuestro matrimonio?
Un helado calofrío me pasa por todo el cuerpo cuando pienso en la
horrible manera en que debía realizarse esa frase, llena de
presentimiento, pero en aquel momento nada vino a advertírmelo: sólo
experimentaba un vivo deseo de dar a ese amor, por demás prosaico para
mi gusto, un giro tan romántico como fuera posible. Desgraciadamente no
había gran cosa que hacer. Por lo menos asumí una expresión capaz y
busqué en mi memoria algunas de las frases que las venerables sibilas o
los confesores dan ordinariamente como viático a los amantes
desgraciados.
Y él, como un gran niño que era, bebió esas tontas palabras de consuelo
con la avidez de un hombre que se muere de sed.
--¿Pero tendrá paciencia ella también?--me preguntó, y parecía perder
nuevamente el valor.
--¡Sí, la tendrá! ¡Confía plenamente!--grité con arrebato.--Puesto que
espera desde hace tanto tiempo, podrá muy bien tener paciencia uno o dos
años más. Ya verás cómo se somete de buen grado.
--¡Y si, aun más tarde, ese casamiento no pudiera realizarse!--objetó
Roberto.--¡Si yo defraudara su esperanza, si hubiera jugado con su
corazón! ¡No, no hablaré; antes me arrancarán la lengua, no hablaré!
--Si no querías hablar, ¿para qué viniste entonces?
Dios sabe cómo ese pensamiento de doble filo vino a mi espíritu de joven
aturdida. Sentí confusamente que al pronunciar esas palabras cometía un
acto de crueldad, pero... ya era tarde.
Vi palidecer su rostro, sentí que su respiración ardiente se exhalaba en
un suspiro.
--Soy un hombre de honor, Olga--murmuró entre dientes;--¿para qué
atormentarme? Pero, ya que has hecho la pregunta, tendrás una respuesta.
He venido porque ya no podía vivir sin ella, porque quería beber en sus
ojos el consuelo y la fuerza necesarios para las tristezas venideras, y
porque... porque, en el fondo, acariciaba siempre la secreta esperanza
de que las cosas aquí pudieran tomar otro giro, que todo pudiera
arreglarse para que yo me la llevara conmigo.
--¿Y las cosas no se arreglan?
--¡No!... No preguntes por qué. Conténtate con esta respuesta: ¡no!
De repente se inclinó hacia mí, se apoderó de mis manos y me dijo desde
el fondo del corazón:
--Ves, Olga, cómo nuestro compañerismo ha tenido mejor resultado que el
que podíamos esperar uno y otro hace media hora. ¿Querrías asistirme
fielmente, y ayudarme en cuanto estuviera en tu poder?
--Sí, te ayudaré--respondí, y al decir esto me sentí penetrada de la
solemnidad de mi promesa.
--Veo que ya no eres una niña--continuó él,--eres una joven enérgica e
inteligente, y si emprendes algo, no flaquearás. ¿Quieres velar por
ella, para que no se desaliente, si todavía esta vez me voy sin haber
hablado? ¿Lo quieres?
--Sí, velaré--repetí.
--¿Y quieres escribirme de cuando en cuando para decirme cómo está, si
se siente bien, si sigue animosa? ¿Quieres?
--Te escribiré--volví a contestar.
--Entonces, ven, dame un beso, y seamos buenos amigos en lo sucesivo y
para siempre.
Y me besó en los labios...
Cinco minutos después estábamos a caballo, y trotábamos rápidamente
hacia la casa, pues ya comenzaba a obscurecer.
--¡Cuánto han tardado!--dijo Marta que estaba en el terrado, con su
delantal blanco, y nos sonreía desde lejos.
Cuando la vi, experimenté el sentimiento de que toda la ternura que yo
pudiera prodigarle, sería poca. Me precipité hacia ella y la besé
impetuosamente. Pero, al mismo tiempo tuve pena, pues me parecía que así
borraba de mis labios el beso de Roberto. Me desprendí de sus brazos,
con el corazón oprimido, y me alejé. En la mesa, esa misma noche, no
cesé de mirar a mi primo, pues me imaginaba que me recordaría con una
seña nuestro convenio secreto. Pero él no pensó en ello; sólo cuando
todos se levantaron deseándose «buena digestión,» me estrechó la mano de
un modo muy particular, como nunca lo había hecho antes.
Esto me hizo tan feliz como si hubiera recibido un magnífico presente.
Esa noche, me costó mucho trabajo esperar el momento en que me
encontraría en mi cama, con la vela apagada. Me gustaba quedarme así,
una hora por lo menos, con los ojos bien abiertos en la obscuridad, y
soñando: tenía la facultad de poder quedarme despierta todo el tiempo
que quería, y de dormirme tan pronto como me parecía conveniente; para
ello no tenía más que hundir la nariz en la almohada, y era cosa hecha.
Esta vez me estiré en mi cama con un sentimiento de bienestar que nunca
había conocido en mi vida. Todos los deseos de mi existencia me parecían
colmados. Mis mejillas ardían y en mis labios tenía, todavía sensible,
la picazón ligera del primer beso con que un hombre--papá, naturalmente,
no contaba,--los hubiera rozado.
Y si, contemplándolo de cerca, ese beso se dirigía también a otra, ¿qué
me importaba? Era tan joven todavía, que no podía pretender semejante
cosa para mí sola.
Volví una vez más a mi idea predilecta: ¿Qué haría yo si estuviera en el
lugar de Marta? De esta suerte, no necesitaba desgarrar el tejido de
imaginaciones, que no eran más que puras quimeras--ese día me lo había
probado bien,--pero podía trabajar en él con toda tranquilidad, y fue lo
que hice en mi desvelo o en mis sueños, hasta la mañana siguiente.
Dos días después, Roberto partió. Algunas horas antes de marcharse tuvo
una larga conversación con Marta en el jardín.
Los vi internarse en él sin sentir celos, y fue para mí un placer
indecible el guardar la puerta para que nadie los sorprendiera.
Cuando reaparecieron, estaban silenciosos y fijaban en el suelo sus
miradas serias y tristes.
No, no se había declarado, bien lo vi a la primera ojeada, pero había
hablado del porvenir e insinuado sin duda algunas palabritas de tímida
esperanza.
En el momento en que iba a subir al carruaje se encontró por casualidad
solo conmigo algunos segundos. Me tomó la mano y murmuró:
--¿No revelarás una sola palabra? ¿Puedo contar con ello?
Hice un signo de afirmación enérgica.
--¿Y me escribirás pronto?
--Seguramente.
--¿Adónde debo dirigirte la respuesta?
Me quedé azorada: no había pensado en ello. Pero, como los minutos eran
contados, nombré al azar a un viejo mayordomo que me había demostrado
siempre más afecto que nadie.