VI

Perdóname, querida hermana, si evoco tu sombra que ha transfigurado la

muerte, y sufre que en memoria del amor que tuviste por mí y del

ardiente afecto que hacía palpitar mi corazón por ti, trate de expiar la

falta que gravita pesadamente sobre mí y cuya carga tendré sin embargo

que soportar hasta el fin de mi existencia. Déjame revivir una vez más

todo lo que me diste de ternura y de bondad, y olvidar con este recuerdo

el frío de la soledad que hiela mis miembros como un soplo exhalado de

tu tumba.

¡Qué loca era y qué impía, en sentirme sola mientras tú viviste! Tu amor

era la atmósfera que me envolvía, la sonrisa de tus ojos el rayo de sol

que me daba la vida, y tu palabra, que consolaba y exhortaba, era esa

voz divina que todos llevamos en nosotros, esa voz sublime que

escuchamos sin comprenderla.

¿Y cómo te he agradecido todo eso, hermana querida? He llegado a ser una

extraña para ti. Me veo reducida a pensar en ti con angustia, con

tortura, y la conciencia de mi falta me hace palidecer cuando el

murmurio del viento trae tu nombre a mis oídos. Entre nosotras se alza

un espectro feroz, de miradas ardientes, horroroso y grotesco a la vez,

con serpientes entrelazadas en sus cabellos, y que extiende hacia mí sus

manos armadas de garras para separarme eternamente de ti.

Si en vez de ser un fantasma fuera un ser de carne y de sangre, si lo

que he cometido fuera una falta, un crimen, lucharía contra él, lo

derribaría con las últimas fuerzas de mi voluntad desfalleciente, o me

dejaría ahogar por sus manos sangrientas, pero es algo inasible que se

desvanece en el vacío: es un demonio que se burla de mí, un vapor que me

rodea... y cuyo veneno sin embargo me mata lentamente.

Es un deseo...

Un simple deseo, ¡nada más!

¿Lo notaste? ¿Se reflejó en tus ojos moribundos? ¿Viste el espectro

alzarse a tu cabecera, cuando, santa y buena criatura, exhalabas el

último aliento de una existencia que no fue más que amor, a ese espectro

que habían engendrado la Envidia y la Ingratitud, y que había

introducido, yo, desdichada, en tu apacible interior?

Si tuviera todavía la fe del niño que balbucía, confiaría la angustia de

mi alma al Dios Todopoderoso, al buen Dios--pero a nadie tengo en el

Cielo ni en la tierra que pueda compadecerse de mí, a nadie más que a tu

imagen transfigurada.

¡Pobre de mí! Ella también se aparta de mí, ella también se oculta

llorando cuando este demonio se presenta a mi alma.

Y, sin embargo, no era muy humano lo que sentí. ¿Por qué no somos unos

seres de luz, sin deseos y puros como el éter? ¿Por qué no somos más que

polvo, ligados al polvo, viviendo del polvo y volviendo al polvo cuando

nos desprendemos de esta gran falta que es la existencia? Es la gran

falta de mi vida la que quiero contar aquí, la falta de la cual hemos

sido víctimas, tú, yo y también un tercero, que es puro y bueno, y que

sin embargo ha sido la causa de todo.

* * *

Yo era una niña pacífica y predispuesta a la soledad.

Quien se ha visto siempre rodeado de amor y nunca ha conocido otra cosa

que el amor, aprende a menudo más fácilmente que nadie, a bastarse a sí

mismo; y, sin embargo, yo llevaba en el corazón una inagotable reserva

de amor. Lo prodigaba a los animales, acariciando a los perros, besando

a los gatos y ahogando a los gansos por cariño. Una de mis pasiones era

jugar en la caballeriza. Me sentía a mi gusto en la litera elástica y

flexible, entre los cascos de mis caballos predilectos, que nunca me

hacían daño; o bien me trepaba al pesebre donde permanecía horas enteras

mirándome en los ojos pardos de mis queridos amigos.

Pero el nicho del perro era el lugar donde mejor me hallaba. Allí me

encontraba dormida con frecuencia a eso del mediodía, y no era cosa

fácil sacarme del nicho, pues Nerón, que por lo demás era un perro tan

bueno y tan cariñoso, enseñaba los dientes a cualquiera que franqueaba

el círculo que su cadena le permitía recorrer, aun cuando éste fuera su

amo.

Mi cariño se extendía hasta las plantas. Las rosas me hacían el efecto

de princesas cautivas, y exhalaba quejas para que las libertaran, los

girasoles eran sacerdotes revestidos con sus hábitos sacerdotales, y las

dalias, jóvenes polacas con papalinas rojas. Sabía reunir así en mi

derredor en el jardín a la humanidad entera, y encontraba la copia más

bella que el original, pues se mantenía muy quieta cuando yo desempeñaba

el papel del Destino ante ella.

La propiedad que mi padre había arrendado, antiguo feudo de un magnate

polaco, estaba inmediata a la frontera prusiana, en una montaña, uno de

cuyos lados descendía en suave declive por un parque inculto, hacia unos

campos desnudos, mientras que el otro caía a pico en una pequeña

corriente de agua, en cuya orilla opuesta se hallaba una miserable aldea

polaca.

Cuando uno se colocaba al borde de la pendiente, la mirada caía sobre

los ruinosos techos de bardas cuyas grietas dejaban pasar el humo; se

veía claramente el movimiento de la sucia callejuela, donde los niños

medio desnudos chapoteaban en los charcos cenagosos, y las mujeres

permanecían perezosamente agachadas en el umbral de sus casas, mientras

que los hombres cubiertos de harapos se dirigían, con la pala en el

hombro, hacia el despacho de bebidas.

En verdad, nada tenía de muy seductor aquel pequeño agujero, y la chusma

de cosacos de fronteras, que trotaban de acá para allá amodorrados sobre

sus rocines extenuados, no era como para realzar su prestigio. Y, sin

embargo, para mis ojos de niña, aquel lugar estaba cubierto de un

encanto indecible, cuya sensación experimento aún, cuando me vuelvo a

ver fascinada por esos cuadros maravillosos, sentada durante horas

enteras en la hierba, inmóvil, contemplando de lo alto aquel hormiguero

cuyas formas no eran más grandes que los hombrecillos de madera de mis

cajas de juguetes.

Bajar allí me estaba prohibido, y tampoco tenía deseos de ello, desde

que, en la baraúnda de un día de mercado en que mi padre me había

llevado, me vi casi aplastada entre las ruedas de un carro.

Pero era muy hermoso cuando, desde arriba y muy por encima de las

inmundicias y del tumulto, se sumergía la mirada en ese mundo de

hormigas, que parecía tan ínfimo, que se podía, como el mismo Dios,

abarcarlo de una ojeada, pero que crecía cada vez más hasta tomar

proporciones gigantescas e inquietantes, a medida que se trataba de

penetrarlo.

Por una rareza singular, no he conservado de esa época más que un

recuerdo vago de las personas cuya vida ha estado más estrechamente

asociada a la mía; sin duda porque las impresiones siguientes han

borrado las primeras. Mi padre era un hombre pequeño, robusto y

rechoncho, de barba y cabellos negros y cortos, calzado con altas botas

lucientes y vestido de una hopalanda de basto paño verdoso. Me sonreía

desde que me veía, me daba una palmadita amistosa en el cuello, o me

pellizcaba los brazos, y en seguida desaparecía. Estaba siempre ocupado,

el pobre papá; mientras vivió, no lo vi reposar un solo instante.

Mamá era desde aquella época muy corpulenta, comía continuamente

confituras y era devota de la siesta. Pero eso no le impedía estar en

activa ocupación de la noche a la mañana, aunque se arrastrara de mala

gana de un lado a otro y no le gustara que anduvieran detrás de ella y

la abrumaran a preguntas.

Entre la familia estaba, en aquel tiempo, el primo Roberto, a quien

nuestros parientes de Prusia habían enviado para que aprendiera con papá

a dirigir una granja. Era un mozo alto, de anchas espaldas y vigoroso

cuello, con unas barbas rubias que me gustaba tirar cuando me ponía en

sus rodillas para meterme en la cabeza el A, B, C, con gran esfuerzo de

trozos de regaliz. Creo que siempre fui su buena amiga, aunque él no

haya debido quererme más que a los otros discípulos, pues la cara que

tenía entonces ha desaparecido en la niebla como todas las demás.

No recuerdo exactamente más que una escena: una tarde de verano Roberto

había cogido a Marta por sus rubias trenzas, y riéndose y gritando

corría tras de ella por el patio, por la casa y por el jardín.

--¿Qué es lo que le haces a Marta, bribonzuelo?--le gritó papá.

--Me ha hecho una travesura--respondió él, sin soltarla, mientras ella

continuaba gritando.

--Cuando yo tenía tu edad, sabía vengarme de una muchacha mejor que

tú--dijo riéndose papá, quien nunca desperdiciaba la ocasión de decir

una broma.

--¿Y cómo se hace?--preguntó mi primo.

--¡Bah! ¡Si no lo sabes!--replicó papá.

--Se le da un beso, señor Roberto--dijo un viejo jardinero que pasaba

justamente con sus regaderas.

Todavía lo veo delante de mis ojos quedarse de repente inmóvil, rojo de

rubor, y dejar caer de sus manos las trenzas sin saber dónde dirigir sus

miradas. Papá se moría de risa; en cuanto a Marta, se escapó a la

carrera.

Cuando fui a sacudir su puerta, se había encerrado: no volvió a aparecer

sino a la hora de la cena. Bajo los cabellos que le caían sobre la

frente, en desorden, parecía perdida en sus pensamientos y muy

intimidada.

Cuando comparo hoy el rostro pálido, flaco y resignado que me llena el

alma entera, con esa cara pícara, de mejillas llenas y sonrosadas, que a

veces se me aparece, resplandeciente, desde el fondo de mi pequeña

infancia, me cuesta trabajo concebir que hayan realmente pertenecido a

una sola y misma persona.

--¡Cómo le flotaban sobre las espaldas sus largas trenzas rubias! ¡Con

qué expresión atenta de precoz ama de casa, recorrían sus ojos la

extensión de la gran mesa, en torno de la cual todos juntos,

condiscípulos y celadores--una galería de mandíbulas

hambrientas--esperábamos impacientes la comida! ¡Y, con qué alegría

extendía la mano cada uno, cuando, con una sonrisa maliciosa, ella

alcanzaba los platos!

Sólo hoy comprendo qué camino doloroso tenía que recorrer, hoy que me

preparo yo misma para el largo y penoso viaje al cabo del cual se abre

para mí una tumba solitaria, más triste aún que la suya.

Entonces yo no era más que una niña y alzaba los ojos, sin sospechar

nada, hacia la que vino a ser mi maestra, casi antes de haber abandonado

ella misma los vestidos cortos.

Efectivamente, fue en aquella época cuando nuestros negocios comenzaron

a declinar. Papá tenía que hacer frente a sus deudas; malas cosechas e

inundaciones, tres años consecutivos, le quitaron toda esperanza de

volver a levantarse, y las penas se amontonaron cada vez más sobre

nuestra casa.

Hubo que economizar en nuestros gastos, todo aquello de que fuera

posible privarse; las relaciones con los propietarios vecinos fueron

limitadas, el personal reducido, y la anciana institutriz que había

educado a Marta, y que debía terminar su tarea conmigo, tuvo también que

dejarnos.

Marta, que era siete años mayor que yo, y se disponía a estrenar su

primer vestido largo, tomó su lugar.

De este modo las relaciones que se establecieron entre nosotras no

podían ser puramente las de hermana a hermana; ella fue la protectora y

yo la protegida, hasta que cambiamos nuestros papeles.

Podía yo tener once años, cuando advertí por primera vez que Marta había

cambiado singularmente de modales y de aspecto. Habría debido notarlo

antes, pues tenía la costumbre de mirar en mi derredor con los ojos muy

abiertos; pero en la monotonía de los días que se deslizan uno tras

otro, las alteraciones que producen en torno nuestro el tiempo y las

penas, se escapan fácilmente.

Pero entonces puse atención, y vi adelgazarse su rostro cada vez más, de

día en día borrarse los colores de sus mejillas, y hundírsele los ojos

más profundamente.

Ya no cantaba, y su risa tenía una entonación de cansancio y velada, tan

particular que me hacía sufrir al oírla, y más de una vez estuve a punto

de gritarle: «¡No te rías!»

Hacia la misma época, se puso enfermiza; se quejaba de dolores de

cabeza, de calambres en el estómago, y le costaba trabajo ir de un lado

a otro por la casa. Naturalmente, papá y mamá no podían dejar de notar

su estado. Un día la envolvieron en gruesas mantas, y no obstante su

resistencia, la llevaron a Prusia a consultar a un médico; éste se

encogió de hombros, prescribió píldoras de hierro y aconsejó un cambio

de aire.

Debía haber aconsejado algo más, que preocupaba mucho a nuestros padres,

al menos a papá, pues ya hacía mucho tiempo que nada podía sacar a mamá

de su apatía.

A menudo, cuando Marta, meditabunda, miraba fijamente frente a ella, él

la observaba de reojo, meneaba la cabeza, exhalaba un suspiro, salía del

cuarto cerrando la puerta con estrépito.

Pero cualesquiera que fuesen los sufrimientos que padecía, su trabajo no

se resentía de ello; de tan lejos como la recuerde, jamás la vi un

segundo desocupada. Muy niña aún, permanecía al lado del fogón con su

libro de lecciones o vigilaba la lejía al mismo tiempo que hacía sus

redacciones. Desde que fue mujer, agregó todos los deberes que le

imponía mi instrucción a las preocupaciones sin número que da una gran

casa a la que la dirige. Mamá se había retirado por completo y la dejaba

ordenar y dirigir a su antojo, con tal que las compotas y otras

golosinas obtuvieran su aprobación.

Yo, que era horriblemente mimada por toda la casa, tenía vergüenza de mi

inacción y trataba de aliviarla en parte de sus trabajos, pero ella me

rechazaba suavemente y me despedía.

--Deja, queridita--me decía acariciándome las mejillas,--eres la

princesa de la familia; continúa.

Eso me ofendía. Habría soportado todo salvo que me despidiera cuando

iba a ofrecerme con el corazón desbordante de ternura.

Una noche la vi llorar. Me deslicé afuera, al jardín, y sostuve un rudo

combate. El deseo de ir en su ayuda me ahogaba; pero no me atrevía a

acercármele y echarle los brazos al cuello para consolarla. Cuando

estuve en cama, la necesidad de brindarle mi ternura se apoderó de mí

con nuevas fuerzas: me levanté, y en camisa, como estaba, me aventuré

por el corredor obscuro.

Permanecí largo rato delante de su puerta, temblando de frío y de miedo,

con la mano sobre el botón. Al fin me armé de valor y entré muy

suavemente en su cuarto.

La encontré arrodillada junto a la cama, con el rostro oculto en la

almohada, y parecía orar.

Me quedé inmóvil en el umbral, pues no me atrevía a perturbarla.

Al fin, se volvió y al verme se levantó estremeciéndose.

--¿Qué quieres?--balbució.

Yo me colgué de ella y mis sollozos habrían enternecido a un corazón de

piedra.

--¡En nombre del Cielo, querida! ¿Qué tienes?--gritó.

No me hallaba en estado de proferir una palabra. Pero ella, con un

movimiento maternal, tomó una gruesa manta de lana, me envolvió en ella

y me colocó en su regazo, aunque yo ya era más grande que ella.

--Vamos, confiésate, tesoro mío. ¿Qué ocurre?--me preguntó acariciándome

las mejillas.

Reuní todo mi valor, y con la cara oculta en su cuello, le dije en un

sollozo:

--Marta, quiero ayudarte.

Siguió un largo silencio, y cuando alcé los ojos, vi vagar por sus

labios una sonrisa indeciblemente amarga y triste. Entonces me tomó la

cabeza entre sus manos, me besó en la frente y me dijo:

--Ven, voy a acostarte, querida. Yo nada tengo, pero tú, me parece que

tienes fiebre.

De un salto me puse en pie.

--¡Oh! ¡Haces mal, Marta!--exclamé.--No me dejaré despedir así. No estoy

enferma y tampoco soy tan tonta para no ver que te estás consumiendo y

que, cada día, encierras en ti nuevos pesares. Si no tienes ninguna

confianza en mí, acabaré por creer que nada quieres tener de común

conmigo, y que todo ha concluido entre nosotras.

Ella juntó las manos mirándome con sorpresa.

--¿Qué te pasa, querida? Ya no te reconozco... Ven, ven, voy a

acostarte--repitió.

--Es inútil, puedo ir sola--dije.

Entonces ella vio que era necesario acordar a la niña una palabra de

explicación.

--Mira, Olga--dijo atrayéndome hacia sí,--tienes razón. Tengo muchas

penas, y si tuvieras más edad y pudieras comprenderlas, seguramente

serías la primera a quien se las confiaría. Pero antes es necesario que

aprendas también a conocer la vida.

--¿Y en qué conoces la vida mejor que yo?--exclamé, siempre con

altanería.

Ella se contentó con sonreír, y esa sonrisa de una tristeza tan dulce,

me dio un golpe en el corazón. Tuve un vago presentimiento, apenas

perceptible, como el que se podría experimentar al ver un templo cerrado

o islas lejanas rodeadas de palmeras. Y Marta continuó:

--Pero de aquí allá, y para eso falta mucho todavía, debo llevar sola el

peso que me oprime. Te agradezco mucho, hermanita, tu buena voluntad, y

te amaré aún más por ello si esto es posible. Ahora, vete, y duerme

bien, tenemos mucho que estudiar mañana...

Y dicho esto, me empujó afuera.

Me quedé en el corredor, como una réproba, contemplando la puerta que

acababa de cerrarse tan duramente tras de mí. Después apoyé la cabeza en

la pared y lloré silenciosa y amargamente. A partir de ese día, Marta

redobló su cariño y su bondad hacia mí, pero yo no quería verlo;

permanecía impenetrable para ella como ella lo había sido para mí, y en

mi alma se arraigó, cada vez más profundamente, el sentimiento penoso de

que el mundo no necesitaba de mi amor.

Es evidente que un incidente como éste, por sí solo, no podía tener una

influencia decisiva sobre mi carácter. Una niña tan joven como yo lo era

entonces, se deja arrastrar con demasiada facilidad por la corriente de

impresiones nuevas para que unos minutos de este género puedan producir

sobre ella un efecto durable, y el hecho es que no necesité mucho tiempo

para olvidar aquella noche. Pero lo que no olvidaba, era la idea de que

nadie había en la tierra que estuviera dispuesto a compartir sus penas

conmigo y que estaba reducida a mí misma y a mis libros, hasta el día en

que se me encontrara bastante madura para participar de la existencia de

los vivos.

Y más y más, me sumergía en los tesoros de los poetas, ninguno de los

cuales me rechazaba de su más íntimo santuario. Aprendía con Tasso a

sentirme miserable y sublime; sabía lo que Manfredo iba a buscar a las

heladas cimas de los Alpes; me lamentaba con Tecla de la felicidad

terrestre de la cual yo había gozado, de la vida y del amor, que habían

concluido para mí. Pero, por sobre todo, Ifigenia era mi heroína y mi

ideal.

Con ella llenaba mi joven alma solitaria de toda la poesía que hay en no

ser comprendida; pasar por el mundo como ella, como sacerdotisa

bienhechora y en un renunciamiento sublime, me parecía la vocación

claramente designada para mi existencia. Si para realizarla hubiera

podido llevar, yo también, los blancos velos de la virgen griega, cuyos

pliegues noblemente dispuestos habrían convenido tan bien a mi cuerpo de

niña desarrollada antes de tiempo, mi felicidad habría sido completa.

A juzgar por las apariencias, yo era en aquellos años una criatura

intratable e imperiosa, que sin el menor empacho contestaba con

impertinencia y que gustaba levantarse de la mesa en plena comida cuando

algo me desagradaba.

A pesar de todo eso, o quizá a causa de eso mismo, todos me mimaban, y

mi voluntad, si esta palabra tiene un valor aplicable a un niño, tenía

fuerza de ley en toda la casa.

A los quince años era tan grande y tan fuerte como ahora, y no faltaba

de vez en cuando algún joven campesino galante que me dijera que yo era

muy bonita, mucho más bonita que todas las otras, y que Marta en

particular.

Eso me chocaba, pues todavía la vanidad no tenía cabida en mí.

En esa época soñé una noche que Marta había muerto. Cuando me desperté,

mi almohada estaba inundada de lágrimas; en todo el día no hice más que

ir y venir en torno de mi hermana como una criminal: me parecía que

tenía sobre la conciencia una falta grave cometida contra ella.

Después de la comida Marta se había recostado por un rato en el canapé,

otra vez con su dolor de cabeza. Cuando entré en la habitación en ese

momento, y vi sobre el brazo del sofá su rostro, pálido como la cera,

con los ojos cerrados, quedé como si me hubiera herido un rayo.

Creí ver en realidad su cadáver ante mis ojos.

Caí de rodillas delante del canapé y le cubrí de besos la boca y la

frente. Su rostro se transfiguró, abrió los ojos y me contempló como si

viera una visión; pero luego que volvió en sí, sus facciones

readquirieron su expresión de gravedad y de tristeza.

--¡Vaya, vaya! ¿Qué tienes, hijita?--dijo.--Estas no son cosas que haces

todos los días.

Me rechazó suavemente, y también esta vez permanecí parada, abandonada a

mí misma, con el corazón desbordante. Sin embargo, cuando ya me iba, me

llamó y murmuró:

--Te quiero mucho, hermanita.

La noche de ese mismo día noté en cierto momento que parecía sonreírse

interiormente. Papá también lo notó, porque aquello no era usual, y,

tomándole la cabeza con las manos, le dijo:

--¿Qué te ha ocurrido, Martita? ¡Estás hoy fresca como una flor!

Marta se ruborizó hasta la raíz de los cabellos, pero yo le tomé la mano

a hurtadillas por debajo de la mesa, diciéndome:

--¡Ya sabemos lo que nos hace tan felices!

Al día siguiente por la mañana, cuando tomábamos nuestro café, papá

entró con una carta abierta en la mano.

--Una ave forastera viene a albergarse en nuestro nido--dijo

riéndose.--¡Adivinen cómo se llama!

Y dicho esto, miró a Marta de reojo con expresión un tanto cómica. Me

pareció que ella se ponía más pálida que de costumbre y la taza que

tenía en la mano tembló perceptiblemente.

--¿Esa ave ha venido ya alguna vez?--preguntó lentamente y en voz baja,

sin alzar los ojos.

--¡Vaya si ha venido!--dijo papá sin dejar de reírse.

--Entonces, es... Roberto Hellinger--dijo.

Y exhaló un profundo suspiro como si le hubiera costado mucho decir

aquello.

--¡Mil truenos! ¡Adivinas bien, chicuela!--dijo papá amenazándola con el

dedo.

Ella nada contestó, y con su paso lento y cansado se dirigió hacia la

puerta; en toda la tarde nadie la volvió a ver.

Por mi parte, la visita del primo me dejaba bastante indiferente. Su

imagen de otros tiempos, tal cual se me presentaba confusamente, no era

como para llenar de ensueños ardientes una romántica cabeza de quince

años.

Pero la actitud de Marta me había llamado la atención.

Al día siguiente, desde muy temprano, la oí ir y venir a pasos

precipitados, en el piso superior, por los cuartos de huéspedes.

Fui a buscarla, pues tenía curiosidad de ver lo que la ocupaba en esas

habitaciones habitualmente cerradas.

Había abierto todas las ventanas, sacado las sobrecamas y las cortinas,

y en chanclas, corría en medio del desorden, de un cuarto al otro. Se

cogía el rostro con ambas manos y se reía sola con una risa tan extraña,

que no se sabía si era llanto.

Cuando le pregunté: «¿Qué haces ahí, Marta?» se estremeció, me miró muy

confusa y sólo entonces pareció darse cuenta del lugar en que se

encontraba.

--Ya lo ves: preparo las camas--balbució al cabo de un instante.

--¿Para quién?--pregunté.

--¿Acaso no sabes que esperamos una visita?

--¿Y eso es lo que te regocija tan terriblemente?--repliqué,

encogiéndome ligeramente de hombros.

--¿Y por qué no había de regocijarme? Es nuestro primo.

--¿Y nada más?--dije yo amenazándola con el dedo, como lo había visto

hacer la víspera a papá.

Entonces, de improviso, ella se puso muy grave y me dirigió con sus

grandes ojos tristes una mirada tan llena de reproche, que sentí que la

sangre me afluía, ardiente, al rostro. Volví la cara a un lado, y como

ya no podía seguir representando el papel de mujer superior, me dirigí a

la puerta.

A partir de ese instante, el primo Roberto me dio mucho qué pensar. Me

parecía evidente que él y Marta se amaban, y sobrecogida por la

vibración misteriosa con que la idea del gran desconocido llena a los

seminiños de mi edad, comencé a representarme la manera cómo había

podido nacer ese amor.

Corría a través de los bosquecillos silvestres del parque y me decía:

--Aquí es donde se han paseado secretamente.

Me deslizaba en la sombra de los follajes y me decía:

--Aquí es donde se han dado cita.

Me dejaba caer en los bancos de césped húmedo y me decía:

--Aquí es donde han cambiado dulces palabras.

El jardín entero, la casa, el patio y todo lo que conocía desde que

había venido al mundo, se iluminaba de repente con una nueva luz que se

difundía por todas partes con un reflejo purpúreo. Una vida maravillosa

parecía haber surgido allí. Me había sumergido de tal modo en esas

imaginaciones, que concluía por creer que era yo quien había vivido ese

amor. Cuando volví a ver a Marta, no osaba alzar los ojos a ella, como

si yo hubiera llevado el secreto oculto en mi seno y ella fuera quien no

debiera adivinarlo.

Pero, cuando, a la mañana siguiente, me di exacta cuenta de que Marta

había realmente vivido todo lo que yo no hacía más que soñar, eso me

turbó por completo, y desde un rincón obscuro, la examiné sin

interrupción, con mirada temerosa y escrutadora, como a un ser que

perteneciera a otro mundo.

Me fijé en que cada cinco minutos salía al terrado, desde donde se podía

ver la puerta de entrada, pero entonces me guardé muy bien de dirigirle

preguntas indiscretas. Me imaginaba ser ya una confidente, una cómplice.

Era un día claro de septiembre, de una hermosura maravillosa. Sobre el

llano y en el bosque flotaban como velos rosados; hilos plateados

temblaban silenciosos en el aire; el río llevaba un manto de vapor, una

paz religiosa se cernía sobre todo el paisaje. Me fui al bosque, pues

jamás podía encontrar suficiente soledad para soñar a mis anchas. En las

ramas de los álamos se oía ya el roce de las hojas amarillentas, y los

helechos dejaban caer sus tallos como criaturas heridas que apenas

pueden tenerse en pie.

--Me entristecí: «La Naturaleza entera va a morir--dije;--¡Ah! ¡Si se

pudiera morir con ella!»

Entonces me acordé de todas las burlas que había leído u oído sobre las

impresiones sentimentales del otoño.

--Qué odiosas son esas bromas--me dije.--Pero de mí nadie se burlará;

sabré esconderme y sabré ocultar lo que siento. A nadie interesa lo que

pasa dentro de mí; y bien se me puede considerar como una muchacha fría

y sin corazón, con tal de que sepa yo que este corazón palpita lleno de

ardor y de amor por la humanidad.

--Sí, aquel fue un día henchido de encanto, día admirable; y daría con

gusto todo lo que me queda de vida, si pudiera volver a él.

Y la noche... la veo todavía como si fuera hoy. Las ventanas estaban

abiertas, los tallos flexibles de la viña virgen se mecían con el

viento, y, desde muy lejos, un trote de caballos, un chasquido de lanzas

y de sables llegaban hasta mis oídos. Nada podía ver, pues la obscuridad

lo cubría todo, pero yo sabía que era una tropa de cosacos que recorría

la frontera.

Entonces cerré los ojos y soñé: un grupo de jinetes avanza; a su cabeza

viene el hijo del Rey, rubio y magnífico, sobre su blanco palafrén. Yo

soy la Princesa y estoy sentada en la torrecilla de la antigua mansión;

el renombre de mi hermosura se ha extendido de tal modo en la comarca,

que el hijo del Rey se ha decidido a venir, escoltado por lo más selecto

de sus cortesanos, para verme y pedir mi mano al viejo caballero, mi

padre.

Y en eso me acuerdo de Marta, y me pregunto si a ella, en su calidad de

primogénita, no le corresponde la primacía. Pero, para consolarme, me

digo que, como ella ama a su Roberto, no necesita de ningún Príncipe.

Y me figuro entonces lo que daré a todos los míos cuando haya subido al

trono: a Marta, un espléndido aderezo; a papá, un cofre de hierro lleno

de oro; a mamá, una gran caja de piñas azucaradas.

El chasquido de lanzas desaparece a lo lejos, y con él mi sueño.

* * *

Roberto llegó al día siguiente.

En el momento en que el carruaje que lo conducía, rodó bajo el portón,

Marta estaba al lado del fogón. Corrí a buscarla y le susurré en el

oído:

--Marta, creo que ahí está.

Pero ella me demostró en seguida que yo no era su confidente: me miró un

instante fijamente y me preguntó, como si su espíritu estuviera lejos:

--¿De quién quieres hablar?

--¿De quién? Pues del primo, naturalmente.

--¿Y por qué me dices eso tan misteriosamente?

Y como al oír eso me encogí de hombros, ella tomó la espumadera que

había dejado caer y volvió a su tarea.

--¿Y esa es toda la alegría que sientes?--continué, encogiendo el labio

con expresión despreciativa.

Pero ella me apartó con la mano izquierda, con una brusquedad

inacostumbrada.

--¡Vete, chiquilla, te lo ruego!

Y he ahí cómo yo recibí al primo Roberto en su lugar.

En el instante en que salí al terrado, él bajaba del carruaje.

«No es mucho mejor que papá,» fue mi primer pensamiento. Era alto, de

estatura gigantesca, el pecho y las espaldas anchas, el rostro moreno,

con dos ojillos azules, y encuadrado por una barba rubia, erizada, una

de aquellas barbas que llevaban los antiguos lasquenetes.

--«No falta más que la yugular,»--pensé para mis adentros.

De un salto salvó varios escalones y riéndose vino a mí:

--¡Hola! ¡Buenos días, Marta!--gritó.

Luego, de improviso, se estremeció, me miró de los pies a la cabeza y se

quedó como petrificado en medio de la escalera.

--¡Yo no me llamo Marta, sino Olga!--dije un poco humillada.

--¡Ya me lo decía yo!...--exclamó sacudiéndose, y, adelantándose hacia

mí, me alargó una mano roja y tosca de trabajador, toda encallecida y

agrietada.

--«¡Qué palurdo!»--me dije mentalmente.

Cuando ya estuvimos dentro de la casa, me examinó nuevamente.

--Todavía eras una pequeñuela, cuando salí de aquí, y me parece

verdaderamente extraordinario que te asemejes tanto a Marta.

--«¿Yo, parecerme a Marta?--pensé--¿Cuándo me habré parecido a Marta?»

--Pero no--continuó,--ella no era tan alta, sus cabellos eran más

claros, no tenía esa expresión tan altiva, y... no miraba con ojos tan

severos.

--¡Ah, Dios del Cielo!--me dije.--¿Acaso nunca has visto los ojos de

Marta?

En ese instante se abrió muy suavemente la puerta de la cocina, y por la

abertura, no más ancha que la mano, ella se escurrió en la habitación.

No se había quitado el delantal; su rostro estaba tan blanco como él, y

los labios le temblaban.

--Bienvenido seas, Roberto--le dijo tímidamente por detrás, pues él se

había vuelto hacia mí.

Al primer sonido de esa voz, Roberto se dio media vuelta bruscamente, y

entonces se quedaron un rato frente a frente sin hacer un movimiento,

sin articular una sílaba.

Yo temblaba; hacía dos días que acechaba ese momento, y he ahí que el

resultado burlaba lastimosamente mi espera.

Al fin se acercaron lentamente el uno al otro y se besaron. Pero ese

mismo beso no me gustó; a mí no me habría besado de otra manera.

--Sí, pero ni siquiera lo ha hecho--agregué para mis adentros.

Después permanecieron nuevamente inmóviles y silenciosos. Mi corazón

latía con tanta violencia, que tuve que apretarme el pecho con las dos

manos.

Al fin, Marta le dijo:

--¿No quieres sentarte, Roberto?

Él hizo un ademán de asentimiento y se dejó caer en un rincón del sofá

que crujió bajo su peso. Continuaba mirándola incesantemente; al cabo de

un largo rato, dijo:

--¡Mucho has cambiado, Marta!

Al oír esto me pareció que me daban una bofetada.

Una sonrisa de una tristeza indecible rozó los labios de Marta:

--Sí--dijo.--¡Mucho debo haber cambiado!

Nuevo silencio. Se habría dicho que Roberto necesitaba mucho tiempo para

encontrar palabras capaces de expresar su pensamiento.

--¿Cómo es que jamás he sabido que estabas enferma?--concluyó por decir.

--No lo sé--replicó ella con una dulzura en que se descubría un poco de

amargura.

--¿No podías escribírmelo?

--Pero, ¿acaso nos escribimos?

Roberto empujó con irritación el pie de la mesa.

--Pero cuando uno no está bien... entonces... entonces...

No supo decir más.

Yo apreté los puños: ¡habría sabido concluir tan bien la frase por él!

--Tú sabes--dijo Marta,--que el enfermo es siempre el último en saber

que no está bien.

--Yo creía que él debía saberlo mejor que nadie.

--¿Y si uno juzga que no vale la pena hacerle caso?

Esta vez Marta habló sin amargura, en el tono tranquilo y moderado que

le era habitual, y, sin embargo, cada palabra me partía el corazón.

--¡Oh, Marta!--gritaba una voz dentro de mí.--¿Por qué me has rechazado?

En eso ella soltó una risa breve y preguntó a Roberto cómo estaban en su

casa, y lo que hacían mi tío y mi tía.

--Pero primero, quisiera saber lo que hacen mi tío y mi tía--dijo

mirando en su derredor hasta en los rincones.

Yo estaba tan contenta de ver disiparse el embarazo que los oprimía, que

al verlos buscar por el cuarto tan cómicamente, prorrumpí en una risa

estrepitosa.

Ambos se volvieron hacia mí, sorprendidos, como si sólo entonces notaran

mi presencia.

--¿Y qué dices de nuestra Olguita?--preguntó Marta, tomándome por la

mano con ademán maternal.--¿Te gusta?

--Ahora un poco más--dijo examinándome.--Antes me pareció demasiado

enseñorada.

--Sin embargo, no podía saltarte al cuello en seguida--repliqué.

--¿Y por qué no?--repuso con una sonrisa.--¿Crees que no habría habido

bastante lugar para ti?

--No--dije, para que supiera de una vez cómo había que tratarme.--Ese no

es mi lugar.

Entonces me miró muy azorado, y dijo meneando la cabeza:

--¡Cáspita! La chiquilla es mordaz.

Yo iba a replicar, pero papá entró.

En la mesa no los perdí de vista, pero nada sospechoso hubo que

observar; apenas si cambiaron algunas miradas.

--Más tarde, cuando nuestros padres duerman--me dije,--tratarán de

escaparse.--Pero me equivoqué. Se quedaron tranquilamente en la sala y

ni una sola vez trataron de alejarme. Él fumaba, sentado en un rincón

del canapé; ella estaba sentada cinco pasos más allá, junto a la

ventana, con su bordado.

--Quizá son demasiado tímidos--me dije,--y esperan que la ocasión se

presente sola.--Hice dos o tres observaciones, para ver si cambiaban de

lugar, y salí de la habitación. Luego, con el corazón palpitante, esperé

media hora, encerrada en mi cuarto y contando los minutos antes de

atreverme a volver.

--Ahora--me dije,--él se le acercará, le tomará la mano y la mirará por

largo rato en los ojos. ¿Me amas siempre?--le preguntará,--y ella,

ruborizándose, con una mirada húmeda, se dejará caer sobre su pecho.

Cerré los ojos y suspiré. Las sienes me palpitaban, me sentía cada vez

más embriagada por las imágenes que me representaba y me figuraba su

continuación; lo veía caer de rodillas delante de ella, y, con miradas

ardientes, balbucir juramentos apasionados de amor y de fidelidad.

Me sabía de memoria lo que él le decía en ese momento, y no menos bien

lo que ella le contestaba: habría podido soplarle las palabras.

Cuando pasó la media hora, me consulté para saber si les otorgaría

todavía algunos instantes: yo era entonces su providencia, y, en esta

calidad, les acordé graciosamente mi protección, con una sonrisa.

--¡Ojalá puedan vaciar hasta el fondo la copa del deleite!--pensé, y

resolví ir todavía a dar una vuelta por el jardín. Pero la curiosidad me

dominaba a tal extremo, que a la mitad del camino volví sobre mis pasos.

Me acerqué sin ruido hasta la puerta, pero apenas hallé el valor

necesario para dar vuelta al botón: la idea de lo que iba a presenciar

me oprimía el pecho hasta ahogarme.

¿Y qué fue lo que vi?

Roberto estaba todavía sentado, como yo lo había dejado, en una esquina

del canapé; había fumado su cigarro, del que no le quedaba ya más que la

punta entre los dedos, y el bordado de Marta contenía una flor que antes

no existía.

--¿Por qué te encoges de hombros con ademán tan despreciativo?--me

preguntó Marta.

Y Roberto agregó:

--Parece que no tengo la aprobación de la señorita.

--Así, pues, siempre mis buenas intenciones son objeto de insultos--me

dije, y salí golpeando violentamente la puerta detrás de mí.

Toda esa noche, loca de mí, me la pasé despierta hasta el amanecer,

representándome la manera cómo yo, Olga Bremer, habría procedido en el

lugar de uno y otro. Unas veces era Roberto y otras Marta; sentía,

hablaba, obraba por ellos, y en el silencio de mi dormitorio resonaba el

murmullo apasionado de un amor ardiente, desdeñoso del mundo entero.

Como para mi gusto, las cosas se presentaban demasiado simples, inventé

un montón de dificultades: negativa de los padres, cita nocturna en la

frontera y sorpresa por los cosacos, encarcelamiento, maldición

paternal, fuga, y, por fin, muerte común en las aguas, pues un verdadero

amor no me parecía dignamente sellado y concluido sino por la muerte.

Cuando me levanté, al día siguiente por la mañana, tenía zumbidos en la

cabeza, y ante mis ojos bailaban manchas de luz verdes y amarillas.

Al ver mi semblante, Marta juntó las manos por encima de su cabeza, y

Roberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del sofá, envuelto

nuevamente en nubes de humo, exclamó:

--¿Has pasado la noche llorando o bailando?

--Bailando--repliqué,--en el Brocken con otras brujas.

--No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,--dijo

moviendo la cabeza.

--A preguntas necias...--repliqué.

--¡Vaya! no volveré a abrir la boca--dijo riéndose;--de lo contrario se

me serviría desde por la mañana un plato de necedades como en mi vida he

comido.

Marta me dirigió una mirada de reproche. Yo huí al fondo del parque, al

lugar más sombreado, y oculté mi encendida cara entre el fresco follaje.

Poco me faltaba para llorar.

--He ahí, pues, mi destino--me decía:--desconocida por todo el mundo,

aislada y desdeñada con mi corazón ardiente de amor, marchitándome en mi

rincón sin que nadie me solicite, mientras que en torno mío todo se

entrelaza y satisface su pasión en ardientes besos.

Sí, en sueño, había substituido tan bien a Marta en su amor, que había

llegado a tomarme por la heroína: el desencanto no podía hacerse

esperar.

¡Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, más tarde, seguir

los vuelos de mi imaginación! pero mientras más tiempo Roberto

permanecía entre nosotros, más observaba las relaciones de Marta con él,

y más me convencía de que el interés que yo les prodigaba, se perdía

totalmente.

Ella, encarnación de la ama de casa, fría y tímida, sometida a todas las

fatalidades de la existencia cuotidiana; él, encarnación del

propietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasión. Discurría en esta

forma, mientras mi corazón estuvo lleno del sentimiento amargo de que yo

pasaba inadvertida y era inútil. Entonces ocurrió un incidente que no

sólo suavizó mi humor, sino que hasta modificó sensiblemente mi juicio

sobre nuestro primo.

El deseo · 第 10 / 29 题