IV

¿Por qué había muerto Olga?

Tal era la cuestión que, en lo sucesivo, preocupó exclusivamente a toda

la ciudad. En la calle, en las mesas de los cafés, en los bancos de las

cervecerías, no se hablaba de otra cosa. Todos se lanzaban en las más

extravagantes conjeturas, aventuraban las hipótesis más osadas, pero no

por eso estaba nadie más adelantado.

Unos hablaban de amor desgraciado, otros de amor demasiado feliz, y

otros pretendían absolutamente haber dicho siempre, desde mucho antes,

que Olga concluiría mal, seguramente.

Ya en vida, su actitud altiva, sombría y taciturna, había sido un enigma

para aquellos buenos burgueses, y su muerte se les presentaba como un

enigma aún más difícil. Era imperdonable.

Entretanto, descubrieron que el doctor había sido el primero en recibir

la noticia del suicidio, y el único a quien ella hubiera confiado su

proyecto.

La gente se apiñaba en torno suyo, le sitiaba su casa, pero él se

obstinaba en guardar silencio. Con una aspereza, de que él sólo era

capaz, mostraba la puerta a los preguntones importunos. El mismo día

había echado al fuego la carta de Olga, pues temía que la justicia

viniera a pedírsela. Por otra parte, la causa de la muerte era tan

evidente, que se había podido renunciar a hacer la autopsia. Como era de

prever, la muerta no había logrado hacer desaparecer completamente las

huellas de su suicidio: en el vaso encontrado en su mesa de noche,

quedaban adheridas al vidrio, gotas de un líquido cuyo sabor indicaba

claramente, aun a los profanos, que se trataba de una solución de

morfina. El descubrimiento fue completo cuando encontraron en el jardín,

en el suelo, entre unos matorrales de oxiacanto, los fragmentos de un

frasco, en cuyo cuello una parte del veneno disuelto había dejado un

reguero blanco, de cambiantes reflejos. Manifiestamente, había sido

arrojado por la ventana, y tenía aún el rótulo que indicaba, con la

fecha de la receta, la manera de tomar la poción.

En estas condiciones, habría sido pura locura de parte del viejo médico,

aun cuando a ello se hubiera atrevido, querer ocultar la intención del

suicidio, pues toda suposición de un simple abuso de narcótico quedaba

descartada.

No por eso dejaba de abrumarse con reproches por no haber podido cumplir

el último deseo de la muerta, y se juraba a sí mismo guardar más

fielmente que nunca el secreto sobre los motivos de esa resolución

desesperada.

¡Si siquiera hubiera podido saberlo él mismo! Pero los días pasaban y

todavía no había podido entrar en posesión del legado que le había hecho

Olga.

La señora Hellinger desconfiaba de él, le decía en su cara que siempre

había maquinado intrigas con la muerta, y a sus espaldas agregaba que,

si no hubiera prescripto soluciones de morfina de una violencia

inconsiderada, la pobre Olga habría vivido en paz mucho tiempo todavía.

Poco faltaba para que echara sobre el viejo amigo de la casa la

responsabilidad de la muerte de su sobrina.

En todo caso, no permitía que se quedara solo, ni siquiera por un

segundo, en el cuarto de la muerta. Tenía la puerta cuidadosamente

cerrada: no toleraría--decía ella para explicar su conducta,--que los

objetos dejados por Olga, considerados por ella como reliquias sagradas,

fueran profanados por manos y miradas extrañas.

Y así crecía de hora en hora el peligro de que ese cuaderno en que Olga

había escrito su confesión, cayese en manos de su tía.

¡Que se le antojara escudriñar entre los volúmenes que guarnecían el

estante, y sucedía la desgracia!

A esa zozobra, que llevaba todos los días al anciano a casa de los

Hellinger, se agregaba la inquietud creciente que le inspiraba Roberto

quien, desde ese día de espanto, había caído en un abatimiento profundo

y desesperante.

Parecía haber perdido por completo el uso de la palabra, no soportaba a

nadie a su lado y evitaba aún a su viejo amigo; huraño y mudo, vagaba

días enteros por los campos; permanecía noches enteras sentado junto a

la cuna de su hijo, mirándolo fijamente con sus ojos enrojecidos y

quemados por el llanto.

Esto es por lo menos lo que contaban los criados, quienes, en tres

ocasiones, lo habían encontrado por la mañana en esa actitud.

V

En torno del ataúd de Olga los cirios habían concluido de arder. Los

invitados, que hacía largo rato se mantenían en religioso silencio

alrededor del catafalco, comenzaban a agitarse y a preocuparse de la

cena.

La señora Hellinger, que recibía los pésames y ensalzaba con gran

refuerzo de lágrimas y de pañuelo las virtudes de la difunta, se reveló

de improviso, en medio de su dolor, ama de casa previsora y de primer

orden. Los invitados respiraron con alivio cuando las puertas del

comedor se abrieron y, de una mesa resplandeciente, asados, compotas y

ensaladas de arenques, les enviaron sus sabrosos perfumes.

El viejo Hellinger, después de haber alabado al Señor, bebió con algunos

amigos privilegiados el vino superior que reservara para la solemnidad

de la noche. Pero no estaban de acuerdo sobre si una inocente partida de

Boston lastimaría el dolor general, y resolvieron enviar una diputación

a la dueña de casa para pedirle su autorización.

Había tanta vida y movimiento en casa de los Hellinger, que parecía que

se celebrara allí una boda.

El doctor, que no llegó sino muy tarde a la alegre reunión, buscó por

todas partes a Roberto con mirada ansiosa, sin descubrirlo.

Entonces dirigiose en particular a uno de los invitados, le preguntó si

lo había visto. Sí; había venido, había lanzado en su derredor miradas

extrañas y feroces, luego se había esquivado en silencio cuando se le

tendía la mano. Minutos más tarde, se notó su desaparición.

El doctor fue al vestíbulo y buscó, entre los abrigos de los convidados,

el de Roberto: todavía estaba allí.

Con la familiaridad de un viejo pariente, se puso en busca suya en las

habitaciones de atrás, vacías y silenciosas, pues los criados estaban

ocupados en servir.

Encontró al joven en un pequeño y obscuro cuarto, donde estaban

amontonados los muebles que había sido necesario sacar de las otras

habitaciones, sentado en un cofre de madera volcado, meditando, con la

cabeza entre las manos.

--Roberto, amigo mío, ¿qué haces ahí?--le gritó.

--Ustedes siempre tan alegres por allá, ¿verdad?

El doctor le puso las manos sobre los hombros:

--Me inquietas, amigo mío. Hace tres días que no nos diriges la

palabra... si continúas así, vas a perder la razón.

--¿Qué quieres?--replicó Roberto con un suspiro que se escapó de su

pecho como un grito.--Estoy tranquilo, completamente tranquilo.

Volvió a dejar caer entre las manos su enmarañada cabeza y pareció

sumergirse de nuevo en su meditación.

El anciano se sentó a su lado y se puso a prodigarle buenas palabras.

Nada olvidó de lo que se acostumbra a decir en casos semejantes,

agregándole, de su parte, más de una enérgica palabra de consuelo.

Roberto permanecía inmóvil; apenas con un signo manifestaba que

escachaba. Sin embargo, como el anciano no acababa, le interrumpió

diciéndole:

--Deja eso, tío; esos son consuelos buenos para los chiquillos. A la

única pregunta, de la cual depende para mí la muerte o la vida, no

puedes, tú tampoco, darme una respuesta.

--¿Qué pregunta?

--Tío querido, ve, estoy tranquilo en este momento, extraordinariamente

tranquilo, no tengo indicio de fiebre ni de locura, ¡y me creerás si te

digo que no sé cómo podré sobrevivir a esta noche!

--¡En nombre del Cielo! ¿Qué quieres hacer?

El joven sacudió los hombros.

--Lo ignoro--dijo;--lo que el momento me sugiera. Lo único que me apena,

es ese pobre pequeñuelo que tendrá que crecer sin padre; quizá lo lleve

conmigo, no sé. No sé más que una cosa y es que no puedo continuar

viviendo así.

El anciano, temblando de ansiedad, lo llenó de reproches. Eso era una

cobardía sólo digna de un miserable, de un espíritu debilitado.

--Tendrías razón, tío, si fuera su muerte la que me hiciera dudar de mí

y de mi dicha. Pero ¡Dios del Cielo!--lanzó una carcajada penetrante y

amarga,--hace tiempo que renuncié a toda pretensión a la felicidad. Por

lo que me atañe, sobrellevaré tranquilamente el dolor de su pérdida;

conozco eso, sí; ya he puesto a una en la tumba, y continuaré

amontonando y economizando dinero, como ya lo he hecho durante tanto

tiempo, y eso en medio de los más profundos pesares; porque los

intereses, ¿sabes? no se preocupan de lo que tiene uno dentro de la

cabeza, ni de si la tristeza y la desesperación le adormecen a uno la

mano; hay que pagarlos. Pero no es eso, tío, lo que me trastorna el

alma, pues la tengo bien trastornada, puedes creérmelo; ante mis ojos

brotan chispas sin interrupción; los calofríos me estremecen todo el

cuerpo y la sangre me bulle en las venas, como fuego. Y al mismo tiempo

estoy muy tranquilo; veo con claridad y precisión las cosas. Sólo hay

una que no puedo descubrir; que se alza noche y día ante mis ojos como

un espectro, como una sombra espantosa, y cuando quiero asirla se me

escapa, y esa cosa es: «¿Por qué ha muerto Olga?»

El anciano se estremeció. Recordaba la carta y la promesa que la muerta

había exigido de él.

Roberto continuó:

--Una voz me grita sin cesar en los oídos: «¡Tuya es la culpa!» ¿Cómo?

No lo sé, pues por muy profundamente que escudriñe en mi alma, no

encuentro que le haya hecho ningún mal, y sin embargo no puedo hacer

callar la voz. Yo me digo: «Es una idea fija.» «Te forjas tormentos,

eres un loco, un criminal, un criminal para contigo mismo y para tu

hijo.» ¡Pero de nada me sirve todo eso, tío querido! No puedo hacerla

callar. Y, en fin, ¿acaso no tiene razón? ¿Acaso, sin mí, Olga no

estaría todavía viva? Si lo que pasó la noche anterior no hubiera...

Se detuvo estremeciéndose y se ocultó el rostro entre las manos. Un

sollozo sin lágrimas sacudió todo su robusto cuerpo.

En seguida dijo:

--Tío, quisiera--no puedo pensar en ello, me hace perder la razón,--me

parece... que es necesario que con mis manos destruya todo lo que me

rodea, que lo haga pedazos todo.

--Sin embargo, es necesario que reunas tus ideas, amigo mío--dijo el

doctor,--y que me cuentes todo, punto por punto; sólo de ese modo

podremos aclarar este enigma.

El silencio reinó en la habitación obscura. El anciano temblaba de pies

a cabeza; veía la silueta de aquel cuerpo vigoroso destacarse negra

sobre el fondo claro de la ventana; veía los movimientos del pecho que

subía y bajaba alternativamente, que silbaba y gemía como un volcán;

sentía el hálito ardiente de la respiración de Roberto en su rostro.

--Reúne tus ideas, amigo mío--repuso suavemente.

El joven luchaba por tomar una determinación. Al fin, volviendo a

encontrar su energía, se enderezó y dijo:

--«Pues bien, tío, vas a saberlo todo... Desde el día en que Olga

rechazó mi pedido tan altiva y fríamente, no me había vuelto a encontrar

con ella. Sin duda continuaba yendo como antes a la granja, para

ocuparse del niño y de la casa, ya entonces sabía que lo hacía por amor

a Marta y no por mí, pero había como un acuerdo tácito entre nosotros

para evitarnos. Ella elegía las horas en que sabía que yo estaba afuera,

en los campos o en los establos, y yo no volvía a casa antes de haberla

visto desaparecer detrás del portón.

»El martes tuve imperiosamente que salir para ir a los campos. Media

legua más allá de la ciudad, a causa del mal estado del camino, el eje

se rompe. Como no había llevado cochero y no alcanzaba a ver alma

viviente, monto en el caballo con arneses y todo, y vuelvo a casa en

busca de ayuda. En el patio, el mayordomo me dice que hacía rato que la

señorita se había marchado. Comenzaba ya a caer la noche.

--»Muy bien, no hay ningún peligro, pienso, y entro en la casa.

»En el momento en que abro la puerta de la sala, distingo en el

crepúsculo una sombra que se desliza precipitadamente hacia afuera.

--»¿Quién puede ser?--me digo.

»Y la sigo.

»En el cuarto del niño, ¿a quién encuentro? A ella, muy ocupada en

correr el cerrojo de la puerta del corredor, que, como sabes, está

siempre cerrada para evitar la corriente de aire. Espantado, quiero

retirarme; imposible; me siento completamente paralizado. Al verme, ella

se detiene, y, como sobrecogida de vergüenza, se oculta el rostro entre

las manos.

»Entonces, tío, me siento atraído, voy a precipitarme hacia ella; pero

me contengo a tiempo al pensar en quién es ella y quién soy yo.

»Veo que sus manos tiemblan.

--»No tienes por qué enojarte, Olga--le digo balbuciendo,--no he querido

causarte un desagrado. Si estoy aquí es por casualidad; en lo sucesivo

tomaré mis medidas para que no vuelvas a encontrarme.

»Entonces deja caer sus manos y me dirige una mirada tal, que me siento

estremecer. Marta nunca me miró así--pienso.--Quiero hablar, pero no

encuentro las palabras, tan turbado y sobrecogido estoy. Su elevada

estatura se alza delante de la puerta, como si allí quisiera buscar un

amparo contra mí. Yo oía su respiración oprimida. Por fin reúno todo mi

valor.

--»Olga--digo,--ha sido presunción de mi parte el atreverme a tenderte

la mano: sé muy bien que no soy digno de ti, te suplico desde el fondo

del corazón, olvídalo, yo nunca te lo recordaré.

»Y en ese instante, tío--¿cómo pintarte lo que pasó?--déjame un

instante... ¡el recuerdo!... Pero ¿para qué? seré fuerte, querido tío,

voy a dominarme.

»En ese instante, ella se precipita hacia mí, me rodea con sus brazos y

me cubre el rostro de besos; después, de improviso, cae con un suspiro,

y allí se queda desplomada a mis pies, como herida por un rayo. Y yo,

como en un sueño, la miro fijamente.

--»No es posible--me grita una voz,--es una locura; ¡tú apenas te

atrevías a alzar los ojos hacia ella como hacia una divinidad, y ella es

quien ahora se arroja al cuello de un hombre que no la merece!

»Tenía miedo de tocarla; sin embargo, fue necesario que la levantara, y

cuando la tuve en mis brazos, se puso a sollozar amargamente, como si

hubiera querido llorar hasta morir.

--»Olga, ¿por qué lloras?--le digo.--Todo queda arreglado ahora.

«Pero he ahí que yo también, gran tonto, me pongo a llorar como un niño.

--»Perdóname, Roberto--dice su voz en mi oído.--Mucho te he hecho

sufrir, pero nunca más lo haré, nunca más.

--»¿Y ahora me amarás?--pregunto, pues todavía no puedo creerlo.

--»¡Oh, Roberto! ¡Roberto! ¡Te amo! ¡Oh, sí! ¡Te amo más que a todo en

el mundo!--y oculta su rostro en mi hombro.

»Sí, tío, pero escucha lo que sigue. Al ver aquella cabeza con sus

rubios rizos descansar, llena de abandono, sobre mi hombro, una pregunta

se me presenta: ¿es ésta la misma Olga que, hace ocho días, se volvía

tan pálida y tan altiva, mientras que, humilde y tímido, tú implorabas

su consentimiento?

»Y le digo entonces:

--»Olga, ¿cómo has podido torturarme así? ¿Acaso he cambiado en tan poco

tiempo?

»La veo ponerse más blanca que el yeso que cubre la pared y su voz

murmura en mi oído:

--»¡Nada me preguntes, en nombre del Cielo, nada me preguntes!

»Y una angustia nace en mí; quizás la perderé mañana como la he

conquistado hoy.

--»Olga--le digo,--si eres tan inconstante en tus resoluciones, quién me

responderá de que...

»Me interrumpo, pues la expresión de su rostro me impone silencio. Ella

se desprende de mis brazos y se deja caer en una silla.

--»Puesto que quieres saber--me dice, fijando los ojos en el suelo, como

sumida en una meditación sombría,--me ha faltado el valor, he dudado de

tu amor y creído que me harías sentir que no te llevaba más que mi

pobreza.

»Pero su mentira, como una llamarada, le enrojece la frente.

--»¡Olga!--exclamo.--¿Has podido pensar eso de mí? ¿No te acuerdas?...

»Y lo que le recordé fue cierta noche, en casa de su padre, cuando fui a

pedir la mano de Marta y en que estuve a punto de retirarme tristemente

con una negativa, pues Marta quería sacrificarse y sacrificar su dicha,

para que yo pudiera elegir a otra. Y entonces, ella, Olga, en medio de

la noche, había ido a buscarme y me había abierto los ojos, a mí, pobre

insensato y ciego, diciéndome palabras, palabras llenas de desprecio por

el dinero y que habían sonado en mis oídos como el canto de triunfo del

amor. Se las repetí textualmente, pues cada una de ellas se había

grabado en mi alma, inolvidable: «Así, pues, en otros tiempos te sentías

llena de valor, de grandeza de alma cuando hablabas por Marta, y ahora

que se trata de ti...»

»Y al gritarle esto la miraba de frente, tío. Ella se esforzaba en

sonreír, y sonreía constantemente; pero esa sonrisa se heló en sus

labios y de repente la vi desplomarse como una mole, sin sentido.

»Mucho trabajo me costó hacerla volver en sí, pues no quería llamar a

nadie en mi ayuda. Un buen cuarto de hora permaneció tendida en el

suelo, más o menos como está ahora, luego abrió los ojos y me examinó

por largo rato en silencio con una expresión tan dolorosa, tan cansada y

desesperada, que la angustia y la inquietud me invadieron. Después juntó

las manos y me dijo en voz baja y suplicante:

--»Dame tiempo, Roberto; he presumido demasiado de mis fuerzas; es

necesario que me acostumbre a esta idea.

»Pero me sentía tan embargado por mi reciente dicha, por una alegría tan

loca, que creía poder obligarla por fuerza a ser ella también dichosa.

--»¡Si nos amamos, Olga--le grito,--y si nuestra querida muerta aprueba

este amor, yo quisiera ver si alguien podría censurarlo! Alégrate, pues,

querida niña, recupera tu valor.

»Pero ella no tenía alegría ni valor. Y sólo ahora, ahora que está

muerta, comprendo claramente hasta qué punto se sentía miserable y

quebrantada, allí tendida sobre los cojines, ella que ordinariamente se

mostraba para sí y para los demás tan altiva y estricta. Era como si

algún prodigioso dolor hubiera roto en ella el resorte íntimo de la

vida. Hoy veo todo eso claramente; entonces nada veía, nada quería ver.

Y continuaba animándola con todas las palabras consoladoras que podía

encontrar. Ella me escuchaba sin decir palabra--a veces me aprobaba con

un movimiento de la cabeza--y una sonrisa que expresaba tristeza y

cansancio indecibles, vagaba por sus labios. Todo eso lo atribuía yo a

la emoción violenta del momento y a los pesares de los últimos años;

debían presentarse en su alma con una intensidad tanto más grande,

cuanto que sentía apuntar para ella una nueva felicidad que iba a

borrarlos para siempre.

--»Y nuestra primera visita, Olga--le digo,--será al cementerio. Cuando

hayamos orado sobre la tumba de Marta, la resistencia de mi madre o la

malevolencia del mundo entero, no tendrán ya por qué inquietarnos.

»Ella dejó caer las manos que cubrían su rostro, y, mirándome con ojos

dilatados por el espanto, me dijo con voz apenas perceptible:

--»¿Al cementerio... conmigo?

--»Sí, contigo--repliqué,--y en seguida, si lo quieres.

»Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, y, con voz singularmente

alterada, replicó:

--»Tén paciencia hasta mañana, mañana haré lo que quieras.

--»Sí, mi niña muy amada--le digo entonces,--y de aquí a mañana desecha

tus ideas negras y piensa en que ella no nos guarda rencor. Nosotros no

la olvidaremos, ciertamente. ¿Y el común dolor que nos causa su pérdida,

no debe unirnos más estrechamente para toda la vida? Su imagen no nos

abandonará, ¿y no crees que ella bendeciría nuestra unión desde el fondo

de su corazón, si de lo alto del Cielo pudiera vernos? ¿No nos ha legado

al niño para que juntos velemos por él y que nunca lo confiemos a gente

extraña?

»Entonces se dejó caer de rodillas delante de la cuna en que la débil

criatura dormía con el sueño de los bienaventurados y apoyó la frente

sobre su cabecita.

»Así permaneció por largo rato sin que yo intentara perturbarla.

»Cuando se levantó, su rostro había vuelto a tomar esa serenidad

impasible que siempre le habíamos conocido hasta entonces. Me tendió la

mano diciéndome:

--»Vete, amigo mío, déjame sola.

»Y me alejé, pues quería complacerla en todo; ni siquiera la tomé en mis

brazos.

»Un cuarto de hora después, la vi cruzar el patio. Yo la acechaba desde

mi ventana, pero ella no volvió la cabeza.

»Al día siguiente por la mañana... tú sabes, querido tío, cómo la

encontré; y en aquel instante se descargó sobre mí un rayo. Podré

encanecer y envejecer, ese momento me ha quitado para siempre toda

alegría; helará para siempre toda sonrisa en mis labios. Pero por lo

menos podría vivir todavía; podría arrastrar todavía esta miserable

existencia para que el niño no se viera privado de la mezquina parte de

felicidad a que tiene derecho; pero para eso sería necesario que yo

supiera una cosa, que me viera libre de un espantoso tormento; de lo

contrario, es imposible. Con la mejor voluntad del mundo, es imposible;

si no fuera así, me consumiría vivo. Es necesario que alguien venga,

aunque sea de ultratumba, a decirme por qué ha muerto Olga.»

* * *

Nuevamente el silencio reinó en la habitación obscura; no se oía más que

la respiración de los dos hombres y la fuga precipitada de una rata que

había acompañado el relato de Roberto con el ruido monótono de sus

dientes.

El anciano sostenía una violenta lucha consigo mismo. ¿Debía acaso

revelar el secreto de la vida de Olga como había ya vendido el de su

muerte? ¿Pero no se trataba de una buena acción en este caso? ¿No se

trataba de libertar a aquel a quien ella había amado sobre todo de las

torturas en que se agitaba, ya fueran producidas por una loca idea o por

una secreta conciencia de su responsabilidad? Un milagro, un favor

divino, según parecía, permitían a la boca cerrada para siempre abrirse

una vez más para devolver el reposo al muy amado.

El doctor exhaló un profundo suspiro: había tomado su resolución.

--¿Y si ella lo hubiera pensado, Roberto--dijo,--si hubiera pensado en

contestarte desde el fondo de su tumba?

Roberto lanzó un grito y lo asió por la muñeca.

--¿Qué quieres decir con eso, tío?

--Si no te hubieras soterrado en tu dolor como un topo en su cueva, si

no hubieras huido ante todo rostro humano, sabrías desde hace tiempo lo

que hasta los gorriones se cuentan en los techos: que en la mañana de su

muerte, yo recibí una carta de ella...

--Tú, tío, de ella...

--¡Oh, amigo mío! Me estás rompiendo los huesos. Escúchame primero

tranquilamente.

Y le contó lo que contenía la carta.

Roberto había dado un salto y se mesaba los cabellos. Sus ojos, fijos en

el anciano, resplandecían en la obscuridad.

--Ese cuaderno, dámelo; ¿dónde está?

El doctor le explicó el peligro que corría el secreto de Olga y la

inquietud que esto le causaba a él mismo.

--¡Espérate, voy a ir a buscarlo!--exclamó Roberto dirigiéndose hacia la

puerta.

El anciano lo detuvo.

--Tu madre tiene la llave; cuida de que nada sospeche.

La puerta está rota a medias; acabaré de romperla...

--Te oirán de abajo...

--¡Están demasiado divertidos!--replicó Roberto con risa aguda.--Ven,

vamos juntos.

Y por una puerta de atrás, a lo largo del corredor obscuro y de la

escalera que crujía, los dos se deslizaron como dos ladrones que se

hubieran introducido en la casa aprovechándose de la ceremonia.

Consiguieron abrir la puerta más fácilmente de lo que esperaban; la

cerradura, ya floja, cedió como si se abriera sola.

Ambos se detuvieron en el umbral, sobrecogidos de emoción, cuando el

cuarto obscuro, iluminado solamente por el fulgor dudoso de las

estrellas, se abrió ante sus ojos. Toda huella de la muerta había

desaparecido; sólo la cama vacía, cuyos montantes se dibujaban negros

sobre la pared gris, hacía ver que la que lo ocupaba había elegido otro

lecho. Un ligero perfume emanado de su ropa, un olor fino de jabón,

flotaba aún en la habitación. Las mismas toallas de las cuales se había

servido, todavía colgadas de la pared, formaban, al lado de la estufa de

loza, una mancha blanca de fantástica apariencia.

Roberto, incapaz de tenerse en pie, se dejó caer en una silla y, a

grandes bocanadas, ávidamente, como si sollozara, aspiró el perfume que

llenaba el aire. Se habría dicho que así quería absorber los últimos

efluvios de su amada.

Un fulgor breve, brillante, vaciló de improviso a través del cuarto,

bailando por las paredes, vagando en reflejos amarillentos sobre el

escritorio, e hizo brotar de la obscuridad, como un espectro agazapado,

la mesa de tocador cubierta de blanco.

El doctor había encendido un fósforo y buscaba la pequeña lámpara de

pantalla verde que iluminó las noches sin sueño de Olga. Todavía estaba

en la mesa, en el mismo lugar en que Olga la apagó para sumirse en la

noche eterna. El recipiente de vidrio estaba todavía lleno de petróleo;

su dueño se había dado prisa para entregarse al descanso.

Con precaución, levantó el tubo para encender la mecha; la llama,

atenuada por la pantalla, iluminó con un resplandor apacible y suave el

espacio silencioso.

Entonces se acercó al estante sobre el cual se alineaban los volúmenes

de lomos lucientes y dorados. Su mano buscó a tientas durante un momento

por la pared y sacó algo azul en forma de rollo.

--¡Aquí está, Roberto!--exclamó triunfante.--Vámonos.

El joven meneó silenciosamente la cabeza.

El anciano insistió de nuevo y entonces Roberto dijo:

--Aquí es donde vamos a leerlo, tío; aquí, donde ella lo ha escrito.

--¿Y si alguien nos sorprendiera?--observó el doctor, atemorizado.

Roberto se encogió de hombros y con el dedo señaló el piso. En el

silencio, un ruido confuso de voces subía hasta ellos, con risas

moderadas, ahogadas, como lo requieren las conveniencias en una casa en

que hay un muerto.

El doctor cedió de buen grado; entonces acercaron suavemente sus sillas

al círculo luminoso de la lámpara, y ya no se oyó más que el silbido del

viento de invierno que agitaba las peladas copas de los tilos y la voz

monótona y velada del lector acompañada por el coro de invitados al

velorio, que por momentos se elevaba hasta un sordo estruendo para

extinguirse en seguida en un murmullo.

El deseo · 第 9 / 29 题