III

El mismo día, a eso de las doce, a través de los terrenos pantanosos que

se extienden en varias millas al norte de Gromowo, un ligero carruaje de

un caballo se dirigía hacia la pequeña ciudad.

Tan tupidas y pesadas que parecía que se las pudiera tocar con las

manos, las nubes se extendían sobre la llanura. De trecho en trecho se

alzaba en el aire cargado de vapor un nudoso tronco de sauce,

completamente saturado de humedad, cubierto de gotitas brillantes,

colgadas en largas filas de las desnudas ramas.

Las ruedas se hundían profundamente, en el barro del camino, que corría

entre las marchitas hierbas del lodazal, y el agua saltaba a cada

instante hasta la caja del coche. El que lo conducía poco se preocupaba

del paisaje que lo rodeaba: sumido en sus pensamientos, permanecía

sumido en su rincón, y sólo se enderezaba a ratos, cuando las riendas

amenazaban escaparse de sus manos indolentes. Entonces se diseñaba la

estructura poderosa de sus miembros, su pecho levantado se ensanchaba

como si fuera a hacer estallar la gruesa capa gris que lo encerraba

dentro de sus pliegues.

Su estatura recordaba la del viejo Hellinger, quizá en mayor proporción,

y el rostro también presentaba una semejanza que no podía engañar; pero

las facciones, que en el padre habían conservado, hasta bajo los

cabellos blancos, una amable dulzura, se habían acentuado en él en

pliegues duros y graves que indicaban, al mismo tiempo que la altivez,

un humor sombrío y siempre inquieto. Una barba rizada y desaliñada

envolvía las mejillas bronceadas con sus vellos rudos y enredados, y

adquiría en las extremidades de la boca un matiz más claro y caía sobre

el pecho en dos puntas de un rubio apagado.

Era Roberto Hellinger, el propietario de la granja de Gromowo, el

prometido de Olga.

De la felicidad que le había llegado la víspera, su frente no dejaba

adivinar gran cosa. Sus ojos grises, medio velados, miraban fijamente a

lo lejos, y una arruga de inquietud le juntaba sin cesar las cejas. Era

que sabía que tendría todavía mucho que hacer antes de poder llevarse a

su novia a su casa; largas horas de luchas penosas lo esperaban, y la

victoria misma no le llevaría más que inquietudes y tormentos. Volvía a

ver con el pensamiento los tiempos difíciles que había atravesado, y que

apenas alumbraron algunos rayos de sol.

Hacía seis años ya que su padre le dejó solemnemente, en su condición de

hijo mayor, la granja, la antigua propiedad familiar, para retirarse a

la pequeña ciudad y llevar en ella una vida apacible y cómoda. Desde ese

día comenzó su vida de miseria, pues desde entonces llevaba un yugo tan

pesado, que sus mismos hombros de gigante amenazaban romperse bajo la

carga: todo lo que conseguía ganar con sus manos encallecidas, todo lo

que ahorraba en sus gastos personales, desaparecía absorbido por las

reclamaciones de los suyos. Y no podía quejarse; todo sucedía conforme

al derecho más estricto, pues la herencia fue exactamente distribuida

hasta el último centavo entre él y sus seis hermanos y hermanas--sin

hablar de la reserva que habían estipulado para ellos los padres.

Cada teja de su techo y cada terrón de sus campos estaba empeñado; sobre

cada espiga que maduraba estaban fijos los ojos desconfiados de su

madre, que vigilaba severamente para que los réditos no se atrasaran un

minuto.

¿Acaso no estaba en su derecho? ¿Podía él exigir que lo quisiera con

mayor cariño que a sus otros hijos? Sus hermanos tenían que seguir una

carrera, sus hermanas se habían casado, gracias a la dote; todos y todas

fijaban en él miradas ansiosas y ávidas como en el autor y el sostén de

su dicha.

¡Los réditos! Tal era la palabra aterradora que en lo sucesivo resonaba

a toda hora, amenazante, en sus oídos, y por la noche le hacía

despertarse sobresaltado y llenaba sus sueños de visiones espantosas.

¡Los réditos! ¡Cuántas veces, por causa de ellos, se había golpeado la

frente con los puños cerrados! ¡Cuántas veces había corrido,

obsesionado, atontado, a través de los campos fangosos, para escaparse

de esa tropa de demonios chispeantes; cuántas veces, en un acceso de

loco furor, rompió con el puño algún utensilio, arado o vara de coche,

como si cualquier arma le hubiera parecido buena para combatirlos! Pero

ellos no le dejaban reposo; lejos de eso, le seguían con más tenacidad y

más de cerca, le chupaban más y más ávidamente, hasta la médula, todo el

vigor de su juventud.

¿Y de qué le servía dominarlos, si alguna vez lo conseguía? A esa hidra

le brotaban sin cesar nuevas cabezas. De trimestre en trimestre se

alzaba, más temible, hinchándose más desmesuradamente ante sus ojos

llenos de angustia, y dispuesta a precipitarse sobre él, a aplastarlo

con el peso de su mole gigantesca.

Así se había arrastrado su vida de plazo en plazo, como la de un

condenado, desde el día solemne que fue alegremente celebrado y rociado

con vino y con champaña en _El Águila Negra_.

¡Si siquiera su madre se hubiera mostrado indulgente! Pero no le

perdonaba uno solo de los espárragos que se habían reservado en la

primavera, ni tampoco el carruaje para sus paseos, en la época de la

cosecha, cuando los caballos tienen tanto que hacer en los campos.

«Quien no quiere escuchar debe padecer,» era su máxima predilecta, y él

nada escuchaba ¡oh! absolutamente nada. Con una palabrita, con un simple

«sí,» habría podido poner término a todos sus tormentos, habría podido

vivir hasta el fin de sus días en la abundancia y en la alegría; y que

no quisiera pronunciarlo, por una obstinación estúpida e inconcebible,

que todas sus diligencias para casarlo quedaran infructuosas, era lo que

su madre no podía perdonarle.

Dos años transcurrieron así. Entonces sintió que, si continuaba esa

existencia, iba forzosamente, tarde o temprano, a sucumbir del todo. La

vacilación, el temor, lo enervaban más y más: resolvió, pues, buscar un

fin, y exigir del destino la parte de felicidad razonable que le habían

prometido la mirada leal de dos ojos azules y el silencio de dos labios

pálidos.

Y llegó el día en que llevó como esposa bajo su techo a la amada de su

juventud, que hacía poco se había quedado huérfana y sin hogar.

Era un sombrío y triste día de noviembre; las nubes grises corrían en el

cielo como siniestros pájaros. Temblorosa y muy pálida con su vestido

negro, la delicada y enfermiza criatura se suspendía de su brazo y se

estremecía bajo las miradas con que la examinaban los extraños, en las

cuales se mezclaban la compasión y el desdén.

Su suegra la había acogido con reproches e imprecaciones, y transcurrió

casi un año antes que entre ellas se establecieran relaciones algo

tolerables.

Marta se había mostrado valerosa y activa, y había, no obstante su mala

salud, trabajado de la mañana a la noche para poner en orden todo lo que

un amo, largo tiempo soltero, había dejado ir a la deriva.

Y cuando, después de tres años de vida común, llena de paz y de

consuelo, el Cielo prometió bendecir su unión, ella no cesó, aunque su

estado exigía los mayores cuidados, de ir y venir, arreglándolo y

dirigiéndolo todo, en la cocina, en la bodega y en la casa. Casi parecía

que hubiera querido ganar así para su marido la dote que no había podido

llevarle.

En tales circunstancias--dos días después del nacimiento del niño,--Olga

había llegado de improviso a Gromowo. Roberto no la había visto desde el

día de su casamiento; y casi se asustó de su aspecto al verla dirigirse

hacia él tan altiva, dura e impenetrable, tan maravillosamente se había

desarrollado su hermosura.

¡Y esa mujer era la que ahora iba a ser suya! ¡Qué mundo de

sufrimientos, sin embargo; cuántos días de sorda desesperación, y

cuántas noches de horripilantes fantasmas habían transcurrido entre

aquel día y el presente!

Roberto se estremecía; no quería pensar más en ello; ahora todo parecía

arreglado. La imagen transfigurada de Marta le sonreía apaciblemente

desde arriba y lo bendecía, y, como una flor brotada de su tumba, la

dicha parecía abrirse de nuevo para él.

Las torres de la pequeña ciudad se acercaban progresivamente; se

destacaban cada vez más detrás de los bosques de alisos. Un cuarto de

hora después, el carruaje rodaba en la calle mal pavimentada.

Apenas Roberto hubo pasado la puerta de la ciudad, notó que a su paso la

gente lo trataba de manera enteramente singular. Los unos lo evitaban,

los otros levantaban su gorra con ademán torpe, y tan pronto como

podían, decentemente, se alejaban de él. Por el contrario, en todas las

casas por delante de las cuales pasaba, las ventanas se cubrían de

rostros que lo observaban gravemente y que, al ser saludados por él,

desaparecían tímidamente detrás de las cortinas.

Movió la cabeza pensativamente; sin embargo, como su espíritu estaba

ocupado con la lucha a la cual se preparaba, no hizo gran caso de

aquello y ya no miró ni a derecha ni a izquierda.

En la esquina de la plaza del mercado--en el sitio donde estaba antes la

casilla de impuestos--se hallaba la vieja ama de llaves del doctor:

tenía las manos ocultas bajo su delantal azul y una cara de entierro.

Cuando el coche se acercó, ella le hizo seña de que se detuviera.

--¡Vamos, señora Liebetreu!--dijo él alegremente.--¡Al fin me encuentro

con alguien que no huye al verme!

La anciana alzó los ojos al cielo para no verse obligada a mirarlo.

--¡Ah, mi joven señor!--dijo, se le llamaba siempre el joven señor, para

distinguirlo de su padre, aunque hacía tiempo que había cumplido los

treinta.--El señor doctor ruega a usted que entre en su casa: querría

hablar primero con usted, pues tiene algo que decirle.

--¿Es muy urgente lo que tiene que decirme?

La vieja se asustó; creyó que a ella iba a incumbirle el cuidado de

darle la penosa noticia.

--¡Ah! ¡Qué sé yo!--exclamó.--No me ha dicho más que eso.

--Bueno, salude usted afectuosamente a mi tío, y dígale que tengo que

hablar primero con mis padres--él sabe de qué se trata--y que

inmediatamente después iré a verlo.

La anciana murmuró algo, pero las palabras se ahogaron en su garganta.

El carruaje continuó su camino hacia la casa del viejo Hellinger,

situada bajo la sombra de viejos y soberbios tilos, como bajo un dosel.

Los vidrios de las ventanas le dirigían miradas amistosas; las lustrosas

tejas del techo brillaban; se sentía, como siempre, que ese techo

abrigaba el reposo de una vejez rodeada de amplias comodidades. Ató su

caballo en la verja del jardín y subió con paso pesado y ruidoso la

pequeña escalinata, a lo largo de la cual, en grandes tiestos, los

ásteres medio muertos bajaban lamentablemente la cabeza.

La campanilla hizo oír su ruidoso repique en toda la casa, pero nadie se

presentó a recibirlo. Arrojó su capa empapada por la lluvia sobre uno de

los grandes cofres de roble en que estaban sepultados los tesoros de la

ropa maternal. Después entró en la sala, estaba desierta.

--Los viejos son muy capaces de estar durmiendo la

siesta--murmuró;--creo que hoy será prudente dejarlos dormir.

Se dejó caer en el rincón de un sofá y miró a la puerta, pues esperaba,

en sus adentros, que Olga hubiera visto su coche a la entrada, y bajara

para tenderle la mano.

No tardó en impacientarse. ¿Y si Olga había ido a la granja? Pero no;

ella sabía que él debía venir para hablar con sus padres.

Por fin se decidió: «Voy a ir a llamar a su puerta,» y se levantó.

Contuvo una sonrisa al estirar sus robustos miembros. Cuando, desde la

víspera por la tarde, había aspirado sin tregua a encontrase con ella,

se sentía invadido, en el momento de volver a verla, por una especie de

aprensión singular. Esa timidez, esa confusión que en otros tiempos se

apoderaban siempre de él en su presencia, volvían a dominarlo. ¿Era

posible que hubiera tenido la víspera a esa mujer en sus brazos? ¿Y si

se había arrepentido, si fuera a devolverle su palabra?

Pero en ese instante, toda su audacia se despertó. Abrió los brazos en

toda su extensión, y, sonriendo a ese reflejo de felicidad con que lo

inundaba el recuerdo de las recientes horas, exclamó:

--¡Que haga la prueba! ¡Con estas mis manos la alzo y me la llevo a

casa! ¡Puesto que Marta ha dicho «sí,» yo querría ver que alguien se

opusiera!

Y de puntillas, para no despertar a sus padres, subió la escalera que no

por eso dejaba de gemir bajo su peso.

Delante de la puerta del cuarto de Olga, se detuvo estupefacto: veía la

raya de luz que penetraba en el corredor por la rotura de la madera.

Tocó la puerta sin obtener respuesta: no obstante, entró.

* * *

Un segundo después, la casa se conmovía hasta sus cimientos, como si el

techo se desplomara.

Los dos ancianos que se habían retirado a su dormitorio para recuperar

las fuerzas después de las horas dolorosas de la mañana, se levantaron

espantados.

Llamaron a los sirvientes; pero éstos habían volado a hacer que la

ciudad no quedara por más tiempo privada de las últimas noticias del

triste acontecimiento.

--Sube tú--dijo a su marido la mujer, tan resuelta de ordinario.

Y, estremeciéndose, extendió la mano hacia el frasco de gotas de

Hoffman, que estaba siempre a su alcance. Era la primera vez en su vida

que tenía miedo.

Cuando el viejo Hellinger penetró en la habitación de arriba, el

espectáculo con que se encontró le heló la sangre en las venas.

El cuerpo de su hijo yacía en el suelo, cuan largo era. Debía, en su

caída, haberse agarrado de los montantes de la parihuela sobre la cual

habían puesto a la muerta y arrastrado todo consigo, pues, sobre él,

entre tablas rotas, el cadáver estaba extendido, en su larga camisa, con

su rostro helado sobre el de Roberto, y los desnudos brazos sobre la

frente de éste.

En ese momento, Roberto recuperó el sentido y se enderezó. La cabeza de

la muerta se deslizó y golpeó el suelo...

--¡Roberto, hijo mío!--gritó el anciano precipitándose hacia él.

Este, con los ojos muy abiertos, paseaba en su derredor una mirada

vidriosa; parecía no haber vuelto en sí todavía. De repente descubrió

uno de los brazos de Olga que, en el momento en que el cuerpo resbalaba

hacia un lado, se había atravesado sobre su pecho. Su mirada recorrió

aquel brazo hasta el hombro, hasta el cuello, hasta el blanco rostro que

sonreía fijamente.

Sostenido por los dos brazos de su padre, se levantó. Vacilaba sobre sus

piernas, como un toro que ha recibido un hachazo.

--¡Por Dios, hijo mío, vuelve en ti!--exclamó el anciano tomándolo por

los hombros.--La desgracia se ha consumado. Somos hombres, tenemos que

resignarnos.

Roberto le lanzó una mirada tímida, desesperada, como un niño. Luego se

inclinó hacia el cadáver, lo levantó y lo puso en la cama rechazando

con el pie la parihuela destrozada. En seguida se sentó junto a ella, a

la cabecera, y maquinalmente enrollaba en su dedo índice un mechón de la

suelta cabellera.

El viejo comenzó a temer por la razón de su hijo.

--Roberto--dijo acercándose a él.--Tranquilízate, sal de aquí, con

quedarte no le devolverás la vida.

El joven prorrumpió en una risa tan estridente y tan siniestra, que su

padre se estremeció hasta la médula de los huesos.

Su estupor acababa de disiparse de improviso; saltó con los ojos

brillantes, e hinchadas las venas de las sienes.

--¿Dónde está mi madre?--gritó avanzando hacia el anciano.

Este trató de calmarlo.

--¡Por piedad, tén un poco de paciencia! Todo te lo contaremos.

La señora Hellinger, quien, desde hacía ya un momento, escuchaba en la

escalera, introdujo en ese momento la cabeza por la puerta. Pasando por

delante de su padre, Roberto se precipitó hacia ella con violencia, como

si fuera a empuñarla por el cuello. Pero tenía todavía suficiente razón

para comprender lo monstruoso de su conducta. Dejó caer sus brazos,

inertes; se sentía sofocado, como si la cólera, que trataba de contener,

fuera a ahogarlo.

--Madre--dijo,--es necesario que me rindas cuentas; quiero una

respuesta... ¿Por qué ha muerto Olga?

La anciana se le acercó con expresión de tierna compasión, e hizo un

movimiento como para arrojarse a su cuello llorando; pero, con un ademán

rudo, él la apartó.

--Dejemos eso, madre--dijo.--¡Devuélvemela!...

--Pero, Roberto--gimió ella,--¿es así cómo un hijo trata a su madre?

¡Adalberto, dile tú cuáles son las consideraciones que un hijo debe a su

madre!

Roberto se apoderó de las manos de su padre.

--No te mezcles en esto, padre--dijo...--La cuenta que hoy tengo que

arreglar con mi madre, sólo a nosotros dos concierne. Madre, te lo

pregunto una vez más: ¿por qué ha muerto Olga?

Se había apoyado contra la pared y miraba a su madre fijamente con los

ojos inyectados de sangre.

Mientras tanto, la señora Hellinger se había echado a llorar.

--¿Acaso lo sé?--dijo sollozando.--¿Acaso puede saberlo alguien? La

hemos encontrado en su cama, nada más. La infeliz criatura ha traído la

vergüenza a nuestra casa, en señal de agradecimiento...

--No la ultrajes, madre--dijo él con un gruñido feroz.--¡Muy bien sabes

que era mi novia!

Ella lanzó un grito de sorpresa, y su marido hizo un ademán de

extrañeza.

--¿Cómo, madre! ¿No lo sabías?--gritó Roberto golpeándose la frente con

ambos puños.--¿Ella nada te dijo? ¿No fue a buscarte anoche para

contarte lo que había pasado entre nosotros durante el día?

--¡Nada me dijo!--gimió ella.--Apenas si me dirigió una sílaba, y se

encerró en su cuarto...

--Madre--dijo él acercándose hasta tocarla,--cuando te hube confesado

todo, ¿no te dirigiste a su conciencia? ¿No le predicaste que, si me

amaba verdaderamente, debía renunciar a mí, porque hacía mi desgracia, y

sabe Dios cuántas otras cosas? Madre ¿no has hecho eso?

--¡Mi propio hijo no me cree! ¡Mi propio hijo me acusa de

falsedad!--gimió la vieja.--¡He ahí el agradecimiento que obtengo hoy de

mis hijos!

Él le tomó la mano.

--Madre--dijo,--mucho me has hecho sufrir en todos estos últimos años.

Los peores dolores, los más amargos que he tenido que padecer, te los

debo a ti.

--¡Dios de misericordia!--exclamó ella con voz aguda.--¡He ahí el

agradecimiento! ¡He ahí el agradecimiento!

--Pero todo el mal que nos has hecho, a Marta y a mí, te lo perdonaré,

madre,--continuó Roberto,--sí ¡y aun más! Te pediré perdón de rodillas

por haber alimentado a veces malos pensamientos contra ti, pero es

necesario que me otorgues una cosa: es preciso que me jures aquí, sobre

este cadáver, que nada sabías, que en todo me has dicho la verdad.

Y la acercó al cadáver que parecía contemplarlo con su sonrisa de

beatitud, como una novia que sonríe a su novio.

--¿Acaso es necesario semejante juramento entre nosotros?--dijo ella en

tono dolorido dirigiéndole, con sus hinchados ojos, una mirada amarga y

furiosa.

Pero le dejó hacer. Roberto puso la mano derecha de su madre sobre la

frente de la muerta; ella la acarició diciendo entre sus sollozos:

--¡Lo juro, mi querida! ¡Bien lo sabes tú, tú, que yo ignoraba todo y

que jamás te he exigido nada malo!

Entonces exhaló un suspiro de alivio, como si descubriera de improviso

lo ventajoso que era para ella y para su familia ese lúgubre

acontecimiento. En la tierna caricia con que rozó el rostro de la muerta

había un agradecimiento sincero.

En el mismo instante el viejo médico entró precipitadamente en la

habitación. Había querido ir al encuentro de Roberto para prepararlo a

la espantosa noticia, y veía con terror que llegaba demasiado tarde.

El viejo Hellinger se adelantó vivamente a recibirlo y le cuchicheó en

el oído:

--¡Lléveselo usted, está como un loco! Aquí nada podremos obtener de él.

Roberto se había quedado inmóvil, abrazado a las columnas de la cama; su

pecho jadeaba; su rostro parecía petrificado por un dolor sombrío, sin

lágrimas.

El doctor frotó su ruda barba gris contra el hombro del joven y gruñó

con ese tono de consuelo áspero que, mejor que cualquier otro, llega al

corazón de los hombres enérgicos:

--Ven, hijo mío. No hagas locuras; ¡no turbes su reposo!

Roberto se estremeció e inclinó dos o tres veces la cabeza.

Y, de repente, como vencido por el dolor, cayó de rodillas delante de la

cama gritando:

--¿Por qué has muerto?

El deseo · 第 8 / 29 题