El mismo día, a eso de las doce, a través de los terrenos pantanosos que
se extienden en varias millas al norte de Gromowo, un ligero carruaje de
un caballo se dirigía hacia la pequeña ciudad.
Tan tupidas y pesadas que parecía que se las pudiera tocar con las
manos, las nubes se extendían sobre la llanura. De trecho en trecho se
alzaba en el aire cargado de vapor un nudoso tronco de sauce,
completamente saturado de humedad, cubierto de gotitas brillantes,
colgadas en largas filas de las desnudas ramas.
Las ruedas se hundían profundamente, en el barro del camino, que corría
entre las marchitas hierbas del lodazal, y el agua saltaba a cada
instante hasta la caja del coche. El que lo conducía poco se preocupaba
del paisaje que lo rodeaba: sumido en sus pensamientos, permanecía
sumido en su rincón, y sólo se enderezaba a ratos, cuando las riendas
amenazaban escaparse de sus manos indolentes. Entonces se diseñaba la
estructura poderosa de sus miembros, su pecho levantado se ensanchaba
como si fuera a hacer estallar la gruesa capa gris que lo encerraba
dentro de sus pliegues.
Su estatura recordaba la del viejo Hellinger, quizá en mayor proporción,
y el rostro también presentaba una semejanza que no podía engañar; pero
las facciones, que en el padre habían conservado, hasta bajo los
cabellos blancos, una amable dulzura, se habían acentuado en él en
pliegues duros y graves que indicaban, al mismo tiempo que la altivez,
un humor sombrío y siempre inquieto. Una barba rizada y desaliñada
envolvía las mejillas bronceadas con sus vellos rudos y enredados, y
adquiría en las extremidades de la boca un matiz más claro y caía sobre
el pecho en dos puntas de un rubio apagado.
Era Roberto Hellinger, el propietario de la granja de Gromowo, el
prometido de Olga.
De la felicidad que le había llegado la víspera, su frente no dejaba
adivinar gran cosa. Sus ojos grises, medio velados, miraban fijamente a
lo lejos, y una arruga de inquietud le juntaba sin cesar las cejas. Era
que sabía que tendría todavía mucho que hacer antes de poder llevarse a
su novia a su casa; largas horas de luchas penosas lo esperaban, y la
victoria misma no le llevaría más que inquietudes y tormentos. Volvía a
ver con el pensamiento los tiempos difíciles que había atravesado, y que
apenas alumbraron algunos rayos de sol.
Hacía seis años ya que su padre le dejó solemnemente, en su condición de
hijo mayor, la granja, la antigua propiedad familiar, para retirarse a
la pequeña ciudad y llevar en ella una vida apacible y cómoda. Desde ese
día comenzó su vida de miseria, pues desde entonces llevaba un yugo tan
pesado, que sus mismos hombros de gigante amenazaban romperse bajo la
carga: todo lo que conseguía ganar con sus manos encallecidas, todo lo
que ahorraba en sus gastos personales, desaparecía absorbido por las
reclamaciones de los suyos. Y no podía quejarse; todo sucedía conforme
al derecho más estricto, pues la herencia fue exactamente distribuida
hasta el último centavo entre él y sus seis hermanos y hermanas--sin
hablar de la reserva que habían estipulado para ellos los padres.
Cada teja de su techo y cada terrón de sus campos estaba empeñado; sobre
cada espiga que maduraba estaban fijos los ojos desconfiados de su
madre, que vigilaba severamente para que los réditos no se atrasaran un
minuto.
¿Acaso no estaba en su derecho? ¿Podía él exigir que lo quisiera con
mayor cariño que a sus otros hijos? Sus hermanos tenían que seguir una
carrera, sus hermanas se habían casado, gracias a la dote; todos y todas
fijaban en él miradas ansiosas y ávidas como en el autor y el sostén de
su dicha.
¡Los réditos! Tal era la palabra aterradora que en lo sucesivo resonaba
a toda hora, amenazante, en sus oídos, y por la noche le hacía
despertarse sobresaltado y llenaba sus sueños de visiones espantosas.
¡Los réditos! ¡Cuántas veces, por causa de ellos, se había golpeado la
frente con los puños cerrados! ¡Cuántas veces había corrido,
obsesionado, atontado, a través de los campos fangosos, para escaparse
de esa tropa de demonios chispeantes; cuántas veces, en un acceso de
loco furor, rompió con el puño algún utensilio, arado o vara de coche,
como si cualquier arma le hubiera parecido buena para combatirlos! Pero
ellos no le dejaban reposo; lejos de eso, le seguían con más tenacidad y
más de cerca, le chupaban más y más ávidamente, hasta la médula, todo el
vigor de su juventud.
¿Y de qué le servía dominarlos, si alguna vez lo conseguía? A esa hidra
le brotaban sin cesar nuevas cabezas. De trimestre en trimestre se
alzaba, más temible, hinchándose más desmesuradamente ante sus ojos
llenos de angustia, y dispuesta a precipitarse sobre él, a aplastarlo
con el peso de su mole gigantesca.
Así se había arrastrado su vida de plazo en plazo, como la de un
condenado, desde el día solemne que fue alegremente celebrado y rociado
con vino y con champaña en _El Águila Negra_.
¡Si siquiera su madre se hubiera mostrado indulgente! Pero no le
perdonaba uno solo de los espárragos que se habían reservado en la
primavera, ni tampoco el carruaje para sus paseos, en la época de la
cosecha, cuando los caballos tienen tanto que hacer en los campos.
«Quien no quiere escuchar debe padecer,» era su máxima predilecta, y él
nada escuchaba ¡oh! absolutamente nada. Con una palabrita, con un simple
«sí,» habría podido poner término a todos sus tormentos, habría podido
vivir hasta el fin de sus días en la abundancia y en la alegría; y que
no quisiera pronunciarlo, por una obstinación estúpida e inconcebible,
que todas sus diligencias para casarlo quedaran infructuosas, era lo que
su madre no podía perdonarle.
Dos años transcurrieron así. Entonces sintió que, si continuaba esa
existencia, iba forzosamente, tarde o temprano, a sucumbir del todo. La
vacilación, el temor, lo enervaban más y más: resolvió, pues, buscar un
fin, y exigir del destino la parte de felicidad razonable que le habían
prometido la mirada leal de dos ojos azules y el silencio de dos labios
pálidos.
Y llegó el día en que llevó como esposa bajo su techo a la amada de su
juventud, que hacía poco se había quedado huérfana y sin hogar.
Era un sombrío y triste día de noviembre; las nubes grises corrían en el
cielo como siniestros pájaros. Temblorosa y muy pálida con su vestido
negro, la delicada y enfermiza criatura se suspendía de su brazo y se
estremecía bajo las miradas con que la examinaban los extraños, en las
cuales se mezclaban la compasión y el desdén.
Su suegra la había acogido con reproches e imprecaciones, y transcurrió
casi un año antes que entre ellas se establecieran relaciones algo
tolerables.
Marta se había mostrado valerosa y activa, y había, no obstante su mala
salud, trabajado de la mañana a la noche para poner en orden todo lo que
un amo, largo tiempo soltero, había dejado ir a la deriva.
Y cuando, después de tres años de vida común, llena de paz y de
consuelo, el Cielo prometió bendecir su unión, ella no cesó, aunque su
estado exigía los mayores cuidados, de ir y venir, arreglándolo y
dirigiéndolo todo, en la cocina, en la bodega y en la casa. Casi parecía
que hubiera querido ganar así para su marido la dote que no había podido
llevarle.
En tales circunstancias--dos días después del nacimiento del niño,--Olga
había llegado de improviso a Gromowo. Roberto no la había visto desde el
día de su casamiento; y casi se asustó de su aspecto al verla dirigirse
hacia él tan altiva, dura e impenetrable, tan maravillosamente se había
desarrollado su hermosura.
¡Y esa mujer era la que ahora iba a ser suya! ¡Qué mundo de
sufrimientos, sin embargo; cuántos días de sorda desesperación, y
cuántas noches de horripilantes fantasmas habían transcurrido entre
aquel día y el presente!
Roberto se estremecía; no quería pensar más en ello; ahora todo parecía
arreglado. La imagen transfigurada de Marta le sonreía apaciblemente
desde arriba y lo bendecía, y, como una flor brotada de su tumba, la
dicha parecía abrirse de nuevo para él.
Las torres de la pequeña ciudad se acercaban progresivamente; se
destacaban cada vez más detrás de los bosques de alisos. Un cuarto de
hora después, el carruaje rodaba en la calle mal pavimentada.
Apenas Roberto hubo pasado la puerta de la ciudad, notó que a su paso la
gente lo trataba de manera enteramente singular. Los unos lo evitaban,
los otros levantaban su gorra con ademán torpe, y tan pronto como
podían, decentemente, se alejaban de él. Por el contrario, en todas las
casas por delante de las cuales pasaba, las ventanas se cubrían de
rostros que lo observaban gravemente y que, al ser saludados por él,
desaparecían tímidamente detrás de las cortinas.
Movió la cabeza pensativamente; sin embargo, como su espíritu estaba
ocupado con la lucha a la cual se preparaba, no hizo gran caso de
aquello y ya no miró ni a derecha ni a izquierda.
En la esquina de la plaza del mercado--en el sitio donde estaba antes la
casilla de impuestos--se hallaba la vieja ama de llaves del doctor:
tenía las manos ocultas bajo su delantal azul y una cara de entierro.
Cuando el coche se acercó, ella le hizo seña de que se detuviera.
--¡Vamos, señora Liebetreu!--dijo él alegremente.--¡Al fin me encuentro
con alguien que no huye al verme!
La anciana alzó los ojos al cielo para no verse obligada a mirarlo.
--¡Ah, mi joven señor!--dijo, se le llamaba siempre el joven señor, para
distinguirlo de su padre, aunque hacía tiempo que había cumplido los
treinta.--El señor doctor ruega a usted que entre en su casa: querría
hablar primero con usted, pues tiene algo que decirle.
--¿Es muy urgente lo que tiene que decirme?
La vieja se asustó; creyó que a ella iba a incumbirle el cuidado de
darle la penosa noticia.
--¡Ah! ¡Qué sé yo!--exclamó.--No me ha dicho más que eso.
--Bueno, salude usted afectuosamente a mi tío, y dígale que tengo que
hablar primero con mis padres--él sabe de qué se trata--y que
inmediatamente después iré a verlo.
La anciana murmuró algo, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
El carruaje continuó su camino hacia la casa del viejo Hellinger,
situada bajo la sombra de viejos y soberbios tilos, como bajo un dosel.
Los vidrios de las ventanas le dirigían miradas amistosas; las lustrosas
tejas del techo brillaban; se sentía, como siempre, que ese techo
abrigaba el reposo de una vejez rodeada de amplias comodidades. Ató su
caballo en la verja del jardín y subió con paso pesado y ruidoso la
pequeña escalinata, a lo largo de la cual, en grandes tiestos, los
ásteres medio muertos bajaban lamentablemente la cabeza.
La campanilla hizo oír su ruidoso repique en toda la casa, pero nadie se
presentó a recibirlo. Arrojó su capa empapada por la lluvia sobre uno de
los grandes cofres de roble en que estaban sepultados los tesoros de la
ropa maternal. Después entró en la sala, estaba desierta.
--Los viejos son muy capaces de estar durmiendo la
siesta--murmuró;--creo que hoy será prudente dejarlos dormir.
Se dejó caer en el rincón de un sofá y miró a la puerta, pues esperaba,
en sus adentros, que Olga hubiera visto su coche a la entrada, y bajara
para tenderle la mano.
No tardó en impacientarse. ¿Y si Olga había ido a la granja? Pero no;
ella sabía que él debía venir para hablar con sus padres.
Por fin se decidió: «Voy a ir a llamar a su puerta,» y se levantó.
Contuvo una sonrisa al estirar sus robustos miembros. Cuando, desde la
víspera por la tarde, había aspirado sin tregua a encontrase con ella,
se sentía invadido, en el momento de volver a verla, por una especie de
aprensión singular. Esa timidez, esa confusión que en otros tiempos se
apoderaban siempre de él en su presencia, volvían a dominarlo. ¿Era
posible que hubiera tenido la víspera a esa mujer en sus brazos? ¿Y si
se había arrepentido, si fuera a devolverle su palabra?
Pero en ese instante, toda su audacia se despertó. Abrió los brazos en
toda su extensión, y, sonriendo a ese reflejo de felicidad con que lo
inundaba el recuerdo de las recientes horas, exclamó:
--¡Que haga la prueba! ¡Con estas mis manos la alzo y me la llevo a
casa! ¡Puesto que Marta ha dicho «sí,» yo querría ver que alguien se
opusiera!
Y de puntillas, para no despertar a sus padres, subió la escalera que no
por eso dejaba de gemir bajo su peso.
Delante de la puerta del cuarto de Olga, se detuvo estupefacto: veía la
raya de luz que penetraba en el corredor por la rotura de la madera.
Tocó la puerta sin obtener respuesta: no obstante, entró.
* * *
Un segundo después, la casa se conmovía hasta sus cimientos, como si el
techo se desplomara.
Los dos ancianos que se habían retirado a su dormitorio para recuperar
las fuerzas después de las horas dolorosas de la mañana, se levantaron
espantados.
Llamaron a los sirvientes; pero éstos habían volado a hacer que la
ciudad no quedara por más tiempo privada de las últimas noticias del
triste acontecimiento.
--Sube tú--dijo a su marido la mujer, tan resuelta de ordinario.
Y, estremeciéndose, extendió la mano hacia el frasco de gotas de
Hoffman, que estaba siempre a su alcance. Era la primera vez en su vida
que tenía miedo.
Cuando el viejo Hellinger penetró en la habitación de arriba, el
espectáculo con que se encontró le heló la sangre en las venas.
El cuerpo de su hijo yacía en el suelo, cuan largo era. Debía, en su
caída, haberse agarrado de los montantes de la parihuela sobre la cual
habían puesto a la muerta y arrastrado todo consigo, pues, sobre él,
entre tablas rotas, el cadáver estaba extendido, en su larga camisa, con
su rostro helado sobre el de Roberto, y los desnudos brazos sobre la
frente de éste.
En ese momento, Roberto recuperó el sentido y se enderezó. La cabeza de
la muerta se deslizó y golpeó el suelo...
--¡Roberto, hijo mío!--gritó el anciano precipitándose hacia él.
Este, con los ojos muy abiertos, paseaba en su derredor una mirada
vidriosa; parecía no haber vuelto en sí todavía. De repente descubrió
uno de los brazos de Olga que, en el momento en que el cuerpo resbalaba
hacia un lado, se había atravesado sobre su pecho. Su mirada recorrió
aquel brazo hasta el hombro, hasta el cuello, hasta el blanco rostro que
sonreía fijamente.
Sostenido por los dos brazos de su padre, se levantó. Vacilaba sobre sus
piernas, como un toro que ha recibido un hachazo.
--¡Por Dios, hijo mío, vuelve en ti!--exclamó el anciano tomándolo por
los hombros.--La desgracia se ha consumado. Somos hombres, tenemos que
resignarnos.
Roberto le lanzó una mirada tímida, desesperada, como un niño. Luego se
inclinó hacia el cadáver, lo levantó y lo puso en la cama rechazando
con el pie la parihuela destrozada. En seguida se sentó junto a ella, a
la cabecera, y maquinalmente enrollaba en su dedo índice un mechón de la
suelta cabellera.
El viejo comenzó a temer por la razón de su hijo.
--Roberto--dijo acercándose a él.--Tranquilízate, sal de aquí, con
quedarte no le devolverás la vida.
El joven prorrumpió en una risa tan estridente y tan siniestra, que su
padre se estremeció hasta la médula de los huesos.
Su estupor acababa de disiparse de improviso; saltó con los ojos
brillantes, e hinchadas las venas de las sienes.
--¿Dónde está mi madre?--gritó avanzando hacia el anciano.
Este trató de calmarlo.
--¡Por piedad, tén un poco de paciencia! Todo te lo contaremos.
La señora Hellinger, quien, desde hacía ya un momento, escuchaba en la
escalera, introdujo en ese momento la cabeza por la puerta. Pasando por
delante de su padre, Roberto se precipitó hacia ella con violencia, como
si fuera a empuñarla por el cuello. Pero tenía todavía suficiente razón
para comprender lo monstruoso de su conducta. Dejó caer sus brazos,
inertes; se sentía sofocado, como si la cólera, que trataba de contener,
fuera a ahogarlo.
--Madre--dijo,--es necesario que me rindas cuentas; quiero una
respuesta... ¿Por qué ha muerto Olga?
La anciana se le acercó con expresión de tierna compasión, e hizo un
movimiento como para arrojarse a su cuello llorando; pero, con un ademán
rudo, él la apartó.
--Dejemos eso, madre--dijo.--¡Devuélvemela!...
--Pero, Roberto--gimió ella,--¿es así cómo un hijo trata a su madre?
¡Adalberto, dile tú cuáles son las consideraciones que un hijo debe a su
madre!
Roberto se apoderó de las manos de su padre.
--No te mezcles en esto, padre--dijo...--La cuenta que hoy tengo que
arreglar con mi madre, sólo a nosotros dos concierne. Madre, te lo
pregunto una vez más: ¿por qué ha muerto Olga?
Se había apoyado contra la pared y miraba a su madre fijamente con los
ojos inyectados de sangre.
Mientras tanto, la señora Hellinger se había echado a llorar.
--¿Acaso lo sé?--dijo sollozando.--¿Acaso puede saberlo alguien? La
hemos encontrado en su cama, nada más. La infeliz criatura ha traído la
vergüenza a nuestra casa, en señal de agradecimiento...
--No la ultrajes, madre--dijo él con un gruñido feroz.--¡Muy bien sabes
que era mi novia!
Ella lanzó un grito de sorpresa, y su marido hizo un ademán de
extrañeza.
--¿Cómo, madre! ¿No lo sabías?--gritó Roberto golpeándose la frente con
ambos puños.--¿Ella nada te dijo? ¿No fue a buscarte anoche para
contarte lo que había pasado entre nosotros durante el día?
--¡Nada me dijo!--gimió ella.--Apenas si me dirigió una sílaba, y se
encerró en su cuarto...
--Madre--dijo él acercándose hasta tocarla,--cuando te hube confesado
todo, ¿no te dirigiste a su conciencia? ¿No le predicaste que, si me
amaba verdaderamente, debía renunciar a mí, porque hacía mi desgracia, y
sabe Dios cuántas otras cosas? Madre ¿no has hecho eso?
--¡Mi propio hijo no me cree! ¡Mi propio hijo me acusa de
falsedad!--gimió la vieja.--¡He ahí el agradecimiento que obtengo hoy de
mis hijos!
Él le tomó la mano.
--Madre--dijo,--mucho me has hecho sufrir en todos estos últimos años.
Los peores dolores, los más amargos que he tenido que padecer, te los
debo a ti.
--¡Dios de misericordia!--exclamó ella con voz aguda.--¡He ahí el
agradecimiento! ¡He ahí el agradecimiento!
--Pero todo el mal que nos has hecho, a Marta y a mí, te lo perdonaré,
madre,--continuó Roberto,--sí ¡y aun más! Te pediré perdón de rodillas
por haber alimentado a veces malos pensamientos contra ti, pero es
necesario que me otorgues una cosa: es preciso que me jures aquí, sobre
este cadáver, que nada sabías, que en todo me has dicho la verdad.
Y la acercó al cadáver que parecía contemplarlo con su sonrisa de
beatitud, como una novia que sonríe a su novio.
--¿Acaso es necesario semejante juramento entre nosotros?--dijo ella en
tono dolorido dirigiéndole, con sus hinchados ojos, una mirada amarga y
furiosa.
Pero le dejó hacer. Roberto puso la mano derecha de su madre sobre la
frente de la muerta; ella la acarició diciendo entre sus sollozos:
--¡Lo juro, mi querida! ¡Bien lo sabes tú, tú, que yo ignoraba todo y
que jamás te he exigido nada malo!
Entonces exhaló un suspiro de alivio, como si descubriera de improviso
lo ventajoso que era para ella y para su familia ese lúgubre
acontecimiento. En la tierna caricia con que rozó el rostro de la muerta
había un agradecimiento sincero.
En el mismo instante el viejo médico entró precipitadamente en la
habitación. Había querido ir al encuentro de Roberto para prepararlo a
la espantosa noticia, y veía con terror que llegaba demasiado tarde.
El viejo Hellinger se adelantó vivamente a recibirlo y le cuchicheó en
el oído:
--¡Lléveselo usted, está como un loco! Aquí nada podremos obtener de él.
Roberto se había quedado inmóvil, abrazado a las columnas de la cama; su
pecho jadeaba; su rostro parecía petrificado por un dolor sombrío, sin
lágrimas.
El doctor frotó su ruda barba gris contra el hombro del joven y gruñó
con ese tono de consuelo áspero que, mejor que cualquier otro, llega al
corazón de los hombres enérgicos:
--Ven, hijo mío. No hagas locuras; ¡no turbes su reposo!
Roberto se estremeció e inclinó dos o tres veces la cabeza.
Y, de repente, como vencido por el dolor, cayó de rodillas delante de la
cama gritando:
--¿Por qué has muerto?