El viejo médico penetró en la habitación. Tenía el sombrero echado hacia
atrás, la bufanda le colgaba de los hombros, y su pecho jadeaba como
después de una carrera desenfrenada. Se olvidó de dar los buenos días y
no hizo más que lanzar en torno suyo una mirada hosca e investigadora.
--¡En nombre del Cielo, doctor!--le gritó el señor Hellinger
precipitándose a su encuentro.--¡Nos embistes como un toro!
La señora Hellinger, al contrario, asumió su aspecto áspero y refunfuñó
algo como: «modales de fumadero.»
Cuando el doctor vio la tranquila mesa del desayuno y a sus amigos que,
con la cara de todos los días, lo miraban con estupor, se dejó caer en
una silla con un suspiro de alivio. ¡Así, pues, la terrible cosa no se
había realizado! Pero, un instante después, la ansiedad volvió a
apoderarse de él.
--¿Dónde está Olga?--tartamudeó alzando los ojos hacia la puerta, como
si fuera a verla entrar en ese instante.
--¿Olga?--dijo la señora Hellinger encogiéndose de hombros.--¡Qué sé yo!
Sin duda va a venir de un momento a otro; ¿es por algo urgente?
--¡Alabado sea Dios!--exclamó el doctor juntando las manos.--¡De modo
que ya ha bajado!
--No, eso no--dijo la señora Hellinger.--La señora Duquesa se ha dignado
dormir hoy un poco más.
--¡Dios del Cielo!--exclamó de nuevo él.--¡Y nadie ha ido a verla!
¿Nadie sabe nada de ella?
--Doctor ¿qué te pasa?--gritó el viejo Hellinger que comenzaba a
inquietarse.
Sin duda, el doctor se acordó en ese momento de la súplica que terminaba
la carta de despedida de Olga; comprendió que, de ese modo, su deseo de
respetar la voluntad de la joven iba necesariamente a quedar sin efecto,
e hizo un último y lastimoso esfuerzo para guardar el secreto.
--¿Qué me pasa?--balbució con una sonrisa dolorosa.--¡Pues nada! ¿Qué
había de tener? ¡Mil millones!...
Y, en seguida, abandonando todo fingimiento gritó:
--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Has permitido la espantosa desgracia! ¡La has
dejado de tu mano!
Y poco le faltó para dejar correr sus lágrimas; pero, reuniendo toda la
energía que quedaba en su cuerpo gastado, se enderezó recto como una I:
--Venid al cuarto de Olga--dijo,--y no os asustéis, cualquiera que sea
el estado en que la encontréis.
El viejo Hellinger palideció y su mujer se puso a gritar y sollozar: se
aferraba al brazo del doctor y quería saber lo que había sucedido, pero
éste no decía una palabra más.
Así subieron los tres la escalera que conducía al cuarto de Olga,
mientras que en el vestíbulo los sirvientes se reunían y los
contemplaban curiosamente con los ojos muy abiertos.
Delante de la puerta de la habitación de Olga, la señora Hellinger tuvo
un ataque de desesperación.
--Toque usted, doctor--dijo con un sollozo.--Yo no puedo.
El anciano tocó.
Nadie contestó.
Tocó una vez más y puso el oído en el agujero de la cerradura.
Siempre el mismo silencio.
Entonces la señora Hellinger se puso a gritar:
--Olga, querida hija mía, abre; somos nosotros, tu tío, tu tía, y tu
viejo tío el doctor. Puedes abrir sin temor, querida mía.
El doctor dio vuelta al botón; la puerta estaba cerrada. Quiso mirar por
el agujero de la cerradura; estaba tapado.
--¡Manda buscar al cerrajero, Adalberto!--dijo.
--¡No!--gritó la señora Hellinger, mandando de repente al diablo toda su
pena.--Yo no lo sufriré; no ha de suceder así: la vergüenza sería
demasiado grande; yo no podría sobrevivirle. ¡Qué vergüenza! ¡qué
vergüenza!
El doctor le lanzó una mirada en que se leían el asco y el desprecio.
Pero ella no le hizo caso.
--Tú eres fuerte, Hellinger--dijo.--Apóyate contra la puerta, quizá
consigas romper la cerradura.
El señor Hellinger era un coloso. Apoyó uno de sus robustos hombros en
la tabla cuyas junturas, al primer esfuerzo, comenzaron a crujir.
--Despacio--le dijo su mujer.--Los sirvientes están en el vestíbulo.
--¡Idos a hacer algo en la cocina, montón de perezosos!--gritó en la
escalera su voz regañona.
Abajo se oyeron golpes de puertas. Un segundo empujón, y una de las
tablas se partió por en medio; por la rendija, un rayo de luz se filtró
en la semiobscuridad del corredor.
--Déjeme mirar por allí--dijo el doctor, el cual, esperando lo peor,
había recuperado su serenidad y su sangre fría.
Hellinger arrancó algunas astillas de madera, de manera que, por la
abertura, se pudiera ver todo el cuarto.
Frente a la puerta, a pocos pasos de la ventana, estaba la cama. La
sobrecama arrojada a los pies formaba un montón blanco detrás del cual
brillaba la línea rubia de las trenzas de Olga; también se alcanzaba a
ver una parte de la frente, que resaltaba tan blanca como la sábana. Los
pies estaban descubiertos; parecían haberse estirado en convulsiones
contra la madera de la cama y después haber vuelto a caer sin fuerza.
A la cabecera, la ropa estaba cuidadosamente doblada en una silla; las
enaguas y las medias puestas las unas sobre las otras muy en orden, y
sobre la pequeña alfombra del lado de la cama las zapatillas dispuestas
de manera de poder deslizar en ellas los pies al levantarse.
Sobre el mármol de la mesa de noche, medio apoyado contra la lámpara,
reposaba un libro, todavía abierto, como si se le hubiera dejado allí
en el momento de apagar la luz. Sobre todo aquello parecía cernerse esa
paz serena e indefinible que revela el alma pura de una niña. La que
allí moraba se había dormido la víspera con una plegaria para
despertarse en la mañana con una sonrisa.
Cuando el doctor hubo hecho su examen en silencio, se apartó de la
abertura.
--Pasa tu brazo por allí, Adalberto--dijo,--y procura alcanzar la
cerradura. Ella la ha cerrado por dentro.
Pero la señora Hellinger, apretándose contra la puerta, suplicó a
grandes gritos a «su querido tesoro» que se despertara y abriera ella
misma. Al fin, se consiguió apartarla y abrir la puerta.
Los tres se acercaron a la cama.
El rostro blanco como un mármol parecía mirarlos con sus ojos vidriosos,
medio cerrados, en los labios una sonrisa extática.
La encantadora cabeza, de líneas firmes y nobles, se inclinaba un poco
sobre el hombro izquierdo, y su abundante cabellera suelta se
desparramaba en brillantes rizos sobre el fresco pecho que la camisa de
noche, desgarrada, dejaba en descubierto. El botón de nácar, al cual se
adhería un jirón de tela y que se había quedado en el ojal, era lo único
que indicaba que, antes de dormirse, la joven había debido ser presa de
una violenta agitación.
--Duermes, tesoro mío, dime que duermes,--dijo la señora Hellinger
sollozando.--Dime que no has hecho semejante afrenta a tu tía, a tu
querida tía que te ha criado y cuidado como a su propia hija.
Y, al mismo tiempo que hablaba, se apoderó de la mano lívida que colgaba
y trató de levantarla.
Su marido, más sensible, se había ocultado el rostro entre las manos y
lloraba.
El doctor no se dejó llevar por la emoción. Había sacado de su bolsillo
su estuche, y, rechazando a la señora Hellinger con un ademán apenas
cortés, se inclinó sobre el pecho que, con un movimiento brusco, había
descubierto por completo.
Cuando se enderezó su rostro estaba mortalmente pálido.
--¡Una última tentativa!--dijo.
E hizo una rápida incisión horizontal en el brazo, en el sitio en que
una arteria se dibujaba en línea azulada en la blancura nívea de la
carne. Los bordes de la herida se apartaron sin llenarse de sangre; sólo
al cabo de unos segundos, dos o tres gotas negras rezumaron lentamente.
Entonces el anciano arrojó lejos de sí el luciente bisturí, y con las
manos juntas, luchando con las lágrimas, se puso a rezar un _Pater
Noster_.