La pareja de los viejos Hellinger, sentados a la mesa para el desayuno,
presentaba la imagen de la tranquilidad y de la serenidad más perfectas.
Del tubo del aparato de cobre para hacer café, cuyo vientre, bruñido y
lustroso, reflejaba el fulgor rojo del fuego, se elevaba un ligero vapor
azulado que volvía a bajar hacia la mesa, en nubecillas, empañaba el
azucarero de plata y coronaba con un rocío las tazas de café.
El señor Hellinger llevaba toda la barba, bien cuidada y blanca como la
nieve; sus facciones regulares y todavía jóvenes, sus mejillas
sonrosadas, respiraban la bondad y el gozo de vivir. Cómodamente
extendido en su sillón azul floreado, con la bata recogida sobre las
rodillas, parecía esperar con una resignación apacible lo que el
destino, bajo la forma de su mujer, le reservaba para ese día.
Esta acababa de echar un poco de café en el filtro, y se limpiaba
minuciosamente los dedos con su delantal de tela blanca adamascada,
adornado, a la rusa, con anchas tiras de bordadura roja. Su cofia alba,
cuyas cintas estaban sólidamente atadas bajo su carnosa barba, se
inclinaba un poco sobre la oreja izquierda, y su rudo y áspero rostro de
viejo dragón, de facciones ligeramente hinchadas como se ve en las
mujeres de edad que beben de buen grado un trago de coñac en la copa de
sus maridos, brillaba lleno de energía y de decisión en su marco de
encajes. Se veía en su aspecto que estaba acostumbrada a dominar, a
doblegarlo todo, y aun la sonrisa de perpetua amargura que vagaba por su
ancha boca, demostraba hasta qué punto acostumbraba a perseguir, sin
dejarse detener, la realización de sus planes.
Y, para no permanecer inactiva hasta que el café hubiera pasado, tomó el
tejido de gruesa lana que en su condición de «Presidenta de la
Asociación de las mujeres» y de «Directora de la comisión de los
pobres,» no se permitía jamás abandonar, y con una rapidez inaudita hizo
deslizar las agujas brillantes en sus manos huesosas y habituadas al
trabajo.
--Adalberto, ¿no tienes noticias de Roberto?--preguntó con voz ruda y
metálica, que debía penetrar hasta en los menores rincones de la casa.
La pregunta pareció desagradar al anciano, quien movió la cabeza como si
hubiera querido rechazarla lejos; ella turbaba su quietud matinal.
--Un hijo muy afectuoso, hay que confesarlo--continuó ella, y su amarga
sonrisa se acentuó aún más.--Hace ocho días que no se ha dejado ver ni
ha dado señales de vida. ¡Si habitara en la luna, no vendría con más
rareza!
El señor Hellinger refunfuñó algo en su barba y se preparó a tomar su
larga pipa.
--Parece que todavía hay algo que no va bien,--continuó ella.--En estos
últimos tiempos, sobre todo, se ha vuelto tan raro: suele dar vueltas en
mi derredor sin decirme una palabra amable. Me imagino que debe tener
encima algún pago que no puede hacer.
--¡Pobre muchacho!--dijo el anciano, e hizo chasquear su lengua, sin
duda para desechar ese pensamiento desagradable.
--¡Sí, pobre muchacho!--repuso ella en tono burlón.--¿Todavía lo
compadeces, quizá? ¿Eres capaz de haberle dado otra vez algo a
hurtadillas?
Él, en señal de protesta, levantó sus manos blancas y bien cuidadas,
pero no tuvo sin embargo el valor de mirarla de frente.
--Adalberto--dijo ella en tono amenazador,--no quiero que eso vuelva a
suceder. Lo que le das a él nos lo quitas a nosotros y nuestros demás
hijos. ¡Si todavía fuera digno de ello! Pero «quien no quiere escuchar
debe padecer.» Si por arrogancia y por obstinación corre a su pérdida...
--Permite, Enriqueta...--insinuó el señor Hellinger tímidamente.
--Yo nada permito, querido Adalberto--replicó ella.--¡Quien no quiere
escuchar, digo, debe padecer! Si, en su negra ingratitud, no quiere
seguir los consejos de su madre, tan llena de ternura que se inquieta
sólo por él, que pasa las noches cavilando y atormentándose...
Y se frotó los ojos con su delantal, como si hubieran estado llenos de
lágrimas.
--¡Pero Enriqueta!--volvió a decir él.
--¡Adalberto, no me contradigas! Ya sabes que te paso todas tus locuras;
te permito quedarte en _El Águila Negra_ todo el tiempo que quieres; te
dejo beber de ese mal vino tinto que cuesta tan caro, todo lo que puedes
soportar; te preparo la cena cuando vuelves tarde a casa; y, a
propósito, bien podrías evitar el volcar tres sillas como lo hiciste
ayer. En resumen, me parece que tienes muy poca consideración por tu
vieja y fiel esposa; pero ¿qué era lo que quería decir? Sí, en cuanto a
mis planes, me harás el servicio de no mezclarte en ellos, por que no
los comprendes. ¿Tienes siquiera una idea de todo lo que he hecho ya por
ese bribón de Roberto? Correr y viajar de un lado a otro, hacer visitas,
escribir cartas, y sabe Dios cuántas otras cosas. Lo presenté a cinco o
seis jóvenes extremadamente ricas, se las traje en una bandeja, de modo
que no tenía más que extender la mano. ¿Pero qué hizo? Supongo que
todavía te acuerdas del ataque que tuve cuando, hace cuatro años, nos
trajo a Marta, ¡a esa pobre y enfermiza criatura! Todos mis achaques
vienen de allí.
--¡Pero, Enriqueta!
--Mi querido Adalberto, te ruego que no me vuelvas a cantar tu antífona:
«Marta era mi carne y mi sangre;» ya lo sabemos. Pero, si quería
mostrárseme como una sobrina afectuosa y agradecida, ¿por qué no le
trajo la dote necesaria? ¡Porque nada tenía, naturalmente, nada! Mi
hermano murió indigente como una rata de iglesia. ¿Es esto decente en un
miembro de mi familia? Pero, en fin, que hiciera de sus bienes lo que se
le antojara, poco me importa; sólo que no tenía necesidad de echarnos a
su hija en los brazos.
--Pero... ya está muerta--observó el señor Hellinger.
--Sí, ya está muerta--replicó su esposa juntando las manos.--Yo no diré:
alabado sea Dios, porque eso sería pecado; pero ya que el buen Dios lo
ha decidido así, quiero por lo menos aprovechar y tratar de reparar la
locura de Roberto. Mientras estabas en _El Águila Negra_, bebiendo tu
vino tinto, me puse nuevamente en campaña, trabajé, tomé nuevas
informaciones; ya no tiene más que elegir. Tiene a Gertrudis Lenzmann,
con una dote de ocho mil pesos al contado, y otro tanto a la muerte de
su padre; tiene a la chica Versen, todavía muy joven, es cierto, pues
acaba de ser confirmada, pero esa tendrá aún más. Y todavía me quedan
otras tres o cuatro. ¿Pero qué crees que contesta a mis proposiciones?
«Madre, dice, si vuelves a acometerme con eso, conseguirás no volver a
verme.» ¿Hase visto jamás? No faltaría más que una cosa: que, después de
Marta, tomara todavía a su hermana, y entonces a su vieja y bondadosa
madre no le quedaría más que morir. A propósito, ¿dónde se ha metido
hoy la señorita? Son cerca de las nueve, y no se ha presentado todavía.
Puede ser que en la casa de mi señor hermano, que tenía costumbres
polacas, cultivaran el hábito de quedarse en la cama hasta las
doce--¡pero en una casa bien manejada como la mía, no habría que pensar
en eso, Adalberto! Yo sabré poner orden.
--No comprendo, mi querida Enriqueta, por qué me diriges los reproches
que son para tu sobrina.
--¡Si consintieras en no volver a tomarla bajo tu protección, Adalberto!
Pero, naturalmente, ya yo no tengo derecho de decir nada: se me
desobedece y traiciona en mi propia casa. Por otra parte, dentro de poco
voy a poner fin a todo esto. Hace un año entero que la tengo a mi lado,
y ya comienza a ser perfectamente inútil.
--¿Pero acaso no trabaja de la mañana a la noche en cuidar la casa de
Roberto? ¿Se pasa un solo día sin que vaya a la granja? ¡No seas tan
injusta con ella, Enriqueta!
Ella le lanzó una mirada de compasión:
--Si no fueras tan niño, como lo has sido siempre, Adalberto, se podría
conversar contigo. Eso mismo es lo que comienza a parecerme peligroso
¿ves? ¿Crees, entonces, que ella no tiene sus motivos para ir a
pavonearse todos los días en la granja y darse tonos de ama delante de
él y de los sirvientes? ¡Oh! ¡Es muy lista, mi sobrina Olga! ¡Ya habrá
hecho todo lo que depende de ella para acostumbrarlo a la idea de que a
ella--sólo a ella--le toca de derecho el lugar de la muerta! Si no es
eso ¿qué tendría que ir a hacer todos los días a la granja?
--Creo que el hijo de Marta justifica suficientemente su conducta.
--¡Naturalmente! ¡Naturalmente! ¡Cuántas cosas te hacen creer con
cuentos de nodriza! Ella sabe bien por qué lo hace y por qué ama a ese
pobre niño hasta comérselo a caricias: ¡conoce el camino que lleva al
corazón del padre!
--Pero tal vez no lo quiere--insinuó el viejo Hellinger.
Ella soltó la risa.
--¡Mi querido Adalberto! Cuando un hombre posee una propiedad a las
puertas de la ciudad, una muchacha pobre lo quiere siempre, y, si yo no
pongo fin a todos estos manejos mostrándole la puerta, podría muy bien
suceder que un día Roberto la tomara por la mano y nos dijera: «Ahora,
papá y mamá, tengan ustedes la bondad de darnos su bendición.» Pero,
antes que ver una cosa semejante, Adalberto...
En el mismo instante, un gran ruido de pasos resonó en el vestíbulo; y
casi en seguida golpearon con fuerza a la puerta.
--¡Toma!--dijo la señora Hellinger.--He ahí uno que hace tanto estruendo
como un alguacil. ¡Todavía no estamos en ese estado, sin embargo!