EL ALTAR, LA FUENTE Y LA LUNA.--LA SOMBRA DE UNA MUJER.--LA SEÑAL DE LA
CRUZ.
No ha pasado todavía un mes y ya el sueño del intruso en aquella cuna
tiene los caracteres de una cosa normal. Ya en el pueblo no se habla
del último _jayón_, el niño hallado en la reciente noche a la puerta
hospitalaria de Andrés. Aunque recayeron sobre Irene las sospechas de
aquel abandono, alguien dijo que la moza estaba sirviendo en Santander,
libre de calumnias, y que al nene «le habían corrido» hasta Rianzar,
desde un pueblo cercano. Ello fué que los chismes y los rumores
quedaron rezagados en el fondo de las conciencias, sometidos bajo la
reservada actitud del matrimonio bienhechor. Tampoco era nuevo el caso
de recoger a una criatura desvalida en aquellos hogares montañeses, y
reconocido Andrés como el más acomodado labrantín de los contornos,
se explicaba mejor el hallazgo en los umbrales de su casa, donde, por
añadidura, había una mujer fuerte y animosa que aguardó con ansiedad
el fruto de sus amores durante cinco años, peregrina de los altares
milagrosos y de las fuentes que proporcionan el don de la fecundidad...
Sin duda, la madre del _jayón_ había encontrado alguna vez a Marcela
delante de la Virgen de la Esperanza, en súplica ferviente, con un
cirio en la mano y una pena en los ojos; acaso la sorprendió una noche
cabe la fontanuca del argomal, bebiendo ansiosa, bajo el plenilunio, el
agua llena de la apetecida virtud...
La moza devana conjeturas y suposiciones queriendo convencerse de que
el amparo al nene desconocido es para ella un providencial tributo de
agradecimiento a Dios, un interés que paga a la inmensa ventura de ser
madre. Se muestra a ratos optimista y sonríe al intruso con bondad,
casi con gratitud; ha llegado a posarle los labios en la frente y
por supuesto, le cuida como al suyo, cumplidora leal de un deber que
tácitamente aceptó y que ya no discute, porque, cuando mira al niño
como ahora, estremecida y turbada, piensa: «Aunque sea hijo de Andrés,
me conviene guardarle para que la afición que le tome no vaya lejos de
mí; para que _la otra_ no «le tire» y me viva obligado.»
_La otra_ es una mujer de quien siempre Marcela tuvo celos, aunque no
se lo confesara a sí misma y no hubiese motivo para tanto.
Ni hermosa ni liviana, Irene es hembra poco temible como rival, y, sin
embargo, sus ojos grandes, verdes y húmedos, tienen una rara hondura
de aguas misteriosas que produce inquietud y sugestión.
Cuando Marcela ha visto a su hombre distraído y perezoso, con la mirada
ausente y el suspiro en la boca, ha deseado más que nunca la llegada de
un hijo, y ha pensado con inexplicable augurio en las hondas pupilas
de Irene, llenas de encanto y de secreto... Ella fué la primera novia
de Andrés, y desde que él la dejó para casarse con una forastera,
allí al lado vive retraída y solitaria; marchitándose sin amor, con
los profundos ojos abiertos sobre cada reciente hogar... Si Andrés
la nombra, le parece a Marcela que revive en los labios del mozo una
ternura ungida de remordimientos; si la habla, imagina que todo él se
hunde, enamorado, en el abismo de los ojos verdes; pero ni la habla ni
la nombra a menudo, y hasta se podría suponer que la huye.
No obstante, la celosa recuerda una vez más en esta mañanita de Abril,
algunas pérfidas insinuaciones de los vecinos, supone que Irene está
en su casa escondida, y contempla al _jayón_ impuesto en el hogar por
Andrés.
--¡Es suyo, es suyo, es «de ellos»!--murmura, con el rostro impasible y
el alma zozobrante.
Permanece desnuda y absorta junto a la escanilla hasta que siente
frío y la hiere en la cara un rayo de sol. Ya es hora de vestirse
y trabajar. Antes de hacerlo, tiende, serena, la mano hacia los
pequeñuelos dormidos, y les signa en el aire con una cruz.