II

EL ALTAR, LA FUENTE Y LA LUNA.--LA SOMBRA DE UNA MUJER.--LA SEÑAL DE LA

CRUZ.

No ha pasado todavía un mes y ya el sueño del intruso en aquella cuna

tiene los caracteres de una cosa normal. Ya en el pueblo no se habla

del último _jayón_, el niño hallado en la reciente noche a la puerta

hospitalaria de Andrés. Aunque recayeron sobre Irene las sospechas de

aquel abandono, alguien dijo que la moza estaba sirviendo en Santander,

libre de calumnias, y que al nene «le habían corrido» hasta Rianzar,

desde un pueblo cercano. Ello fué que los chismes y los rumores

quedaron rezagados en el fondo de las conciencias, sometidos bajo la

reservada actitud del matrimonio bienhechor. Tampoco era nuevo el caso

de recoger a una criatura desvalida en aquellos hogares montañeses, y

reconocido Andrés como el más acomodado labrantín de los contornos,

se explicaba mejor el hallazgo en los umbrales de su casa, donde, por

añadidura, había una mujer fuerte y animosa que aguardó con ansiedad

el fruto de sus amores durante cinco años, peregrina de los altares

milagrosos y de las fuentes que proporcionan el don de la fecundidad...

Sin duda, la madre del _jayón_ había encontrado alguna vez a Marcela

delante de la Virgen de la Esperanza, en súplica ferviente, con un

cirio en la mano y una pena en los ojos; acaso la sorprendió una noche

cabe la fontanuca del argomal, bebiendo ansiosa, bajo el plenilunio, el

agua llena de la apetecida virtud...

La moza devana conjeturas y suposiciones queriendo convencerse de que

el amparo al nene desconocido es para ella un providencial tributo de

agradecimiento a Dios, un interés que paga a la inmensa ventura de ser

madre. Se muestra a ratos optimista y sonríe al intruso con bondad,

casi con gratitud; ha llegado a posarle los labios en la frente y

por supuesto, le cuida como al suyo, cumplidora leal de un deber que

tácitamente aceptó y que ya no discute, porque, cuando mira al niño

como ahora, estremecida y turbada, piensa: «Aunque sea hijo de Andrés,

me conviene guardarle para que la afición que le tome no vaya lejos de

mí; para que _la otra_ no «le tire» y me viva obligado.»

_La otra_ es una mujer de quien siempre Marcela tuvo celos, aunque no

se lo confesara a sí misma y no hubiese motivo para tanto.

Ni hermosa ni liviana, Irene es hembra poco temible como rival, y, sin

embargo, sus ojos grandes, verdes y húmedos, tienen una rara hondura

de aguas misteriosas que produce inquietud y sugestión.

Cuando Marcela ha visto a su hombre distraído y perezoso, con la mirada

ausente y el suspiro en la boca, ha deseado más que nunca la llegada de

un hijo, y ha pensado con inexplicable augurio en las hondas pupilas

de Irene, llenas de encanto y de secreto... Ella fué la primera novia

de Andrés, y desde que él la dejó para casarse con una forastera,

allí al lado vive retraída y solitaria; marchitándose sin amor, con

los profundos ojos abiertos sobre cada reciente hogar... Si Andrés

la nombra, le parece a Marcela que revive en los labios del mozo una

ternura ungida de remordimientos; si la habla, imagina que todo él se

hunde, enamorado, en el abismo de los ojos verdes; pero ni la habla ni

la nombra a menudo, y hasta se podría suponer que la huye.

No obstante, la celosa recuerda una vez más en esta mañanita de Abril,

algunas pérfidas insinuaciones de los vecinos, supone que Irene está

en su casa escondida, y contempla al _jayón_ impuesto en el hogar por

Andrés.

--¡Es suyo, es suyo, es «de ellos»!--murmura, con el rostro impasible y

el alma zozobrante.

Permanece desnuda y absorta junto a la escanilla hasta que siente

frío y la hiere en la cara un rayo de sol. Ya es hora de vestirse

y trabajar. Antes de hacerlo, tiende, serena, la mano hacia los

pequeñuelos dormidos, y les signa en el aire con una cruz.

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 38 / 72 题