III

VOCES DE LA TIERRA.--HISTORIA DE UN AMOR.--EL MAL DEL PAÍS.--LA PÁLIDA

VENTURA.--NUEVA ESPERANZA.

La luz vernal se duerme en el paisaje con amorosa dulzura. Por el

bravío espinazo del monte baja a la aldea un hálito caliente, saturado

de perfumes libres; flota en la brisa el rumor de las alas y el calor

de los nidos; están frondosos los bosques, reverdecidas las praderas y

los huertos en flor.

A lo largo del angosto valle recibe la tierra en su moreno vientre la

rubia semilla del maíz, y corre el Saja espumoso, crecido con la nieve

de los puertos, cantando el vasallaje de las fuentes que se le entregan

enamoradas, al nacer: toda la Naturaleza en celo palpita, escucha y

aguarda, trémula de pasión.

Marcela también padece la divina ansiedad de las horas primaverales

y vive en un atisbo celoso, ignorando lo que aguarda, escuchando

impaciente los rumores del campo, los pulsos de la tierra, las ráfagas

del viento. Mientras su marido trabaja en la mies, ella cose en el

abierto portal, vigilando la cuna, suspirando con frecuencia. Su

pensamiento, que desfallece sometido a la embriaguez del día, busca al

amado y quiere penetrarle, saber lo que piensa y discurre, averiguar

por qué lleva la frente siempre tajada con una honda arruga.

Andrés ha sido el primer amor de Marcela; el único. Bravía como el

monte, ardiente como el sol, quiso al mozo con vehemencia ruda y fiel,

desde que le miró a los ojos tristes y pensativos, le vió sonreir con

melancolía silenciosa y le escuchó la voz ferviente, impregnada en

oculta pesadumbre.

No había razón para que fuese aquel hombre taciturno. Tenía a los

veintiocho años algo de hacienda propia, excelente salud, buena figura

y avisada inteligencia. Las mozas se perecían por él, los vecinos le

concedían en todo una envidiable superioridad y gozaba justo renombre

de valiente y honrado.

Pero era un descontento de la vida, un espíritu ansioso, tocado del

mal del país, herido por la bruma de Septentrión. A pesar de su escasa

cultura, sentía desmesuradas aficiones por libros y periódicos, y

hasta se dijo que, a hurtadillas, escribía romances. Toda la poesía

triste y honda del campo montañés se le había metido en el corazón, y

le envolvía los deseos en una niebla de llanto sin lágrimas: así las

altas inquietudes sentimentales descendían sobre aquel ánima silvestre

como un tormento obscuro, nunca roto por el divino hallazgo de lo

sobrenatural.

Cuando Andrés conoció a Marcela en una romería comarcana, quedóse

deslumbrado como si por primera vez le bañase, rútilo y potente, el sol.

Era otoño. Comenzaban a morirse las ramas en el bosque y a tenderse las

nubes sombrías por el cielo. Ya remansaba el crepúsculo en el campo

de la fiesta y aun sobre la seroja descolorida bailaba incansable la

mocedad.

Del bullicioso grupo se apartó una muchacha que cruzó la romería

para ir a sentarse en el tronco seco de un nogal, acaso con la única

intención de que la viese Andrés.

Al pasar junto al joven le soslayó una mirada y una sonrisa, diciendo

muy gentilmente:

--Buenas tardes.

--Santas y buenas--repuso el galán, aturdido por la hermosa aparición

que, en la blancura del traje y de la cara, parecía recoger del

espacio toda la luz. Y siguió atónito los pasos de la moza, se sentó al

lado suyo, olvidó a Irene con quien se iba a casar...

Tenía Marcela aventajada la estatura, gallardo el busto, clara la tez.

Llevaba luto en los cabellos y los ojos; en los labios carmín; en la

risa y el alma, juventud. Su hechizo irradiaba una fuerza tan llena

de vida y de gozo, que Andrés, amando a la joven, tuvo por cierta la

felicidad y vislumbró la serena alegría de los espíritus apacibles, de

los corazones abiertos y puros.

Sin dificultades llegó la boda, y desde la aldea montaraz, colgada como

un nido en el bravo alcor, fuese la esposa con su dicha al valle, allí

donde, muy cerca, la olvidada Irene escondía su humillación como un

delito.

Andrés parecía curado de sus antiguos males y un aura de ilusión le

alzaba la frente, le convertía en comunicativo y risueño. Sólo al

hallar a su primera novia, o cuando le hablaban de ella, volvían las

melancólicas nubes a circundarle, como si la pobre abandonada fuese

todavía un lazo que le atase a las meditaciones tristes.

Pasaron los meses y comenzó a palidecer la luz de la ventura nueva.

El matrimonio se impacientaba esperando un hijo, y aquella privación

constituía para la esposa un grave quebranto porque la relacionaba con

el duelo de los ojos de Andrés, la bruma ausente que de nuevo envolvía

al amado poco a poco. Entonces peregrinó Marcela, devota y creyente,

a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fué a beber, supersticiosa

y simple, en la fontanuca del argomal bajo la plena luna. Al cabo

el deseo tuvo realidad: el agua saludable y la religiosa oración

florecieron juntas en una misma cándida fe, y Marcela, enajenada

de gozo, sintió que un amor nuevo y sublime emergía, igual que una

fragancia, de su carne joven, como si en su corazón se abrieran las

hojas de un capullo. Pero no se aclaraban las nubes en la frente

de Andrés y la esposa, con la aguda perspicacia de los enamorados,

advertía los esfuerzos de su marido para compartir las ilusiones de

ella y recibir al hijo como una bendición. Entre alternativas de

zozobra y ventura, la imagen tímida de Irene rondó a Marcela como una

sombra pálida y tenaz; oyó alusiones mortificantes respecto al único

amor de la muchacha, la vió desaparecer del pueblo, oculta o ausente,

y sintió cerca de sí, más lejana que nunca, la sombría presencia de

Andrés. Al fin el hijo la colmó de goces, tan inefables y sutiles, que

olvidó todas las incertidumbres hasta la noche del misterioso hallazgo,

hasta que tuvo que albergar al _jayón_ en la cuna de Serafín...

Tanto se asemejan los dos nenes, que sólo la madre distingue al suyo

del pobre desconocido, a quien han puesto por nombre Jesús. Por su

parte Andrés procura no compararlos, apenas los acaricia tímidamente,

y repite a menudo, con terca obstinación, que en esta edad todos los

niños son iguales.

Como ya apremia el trabajo de la sembradura y aun no están majados en

algunas tierras los _cavones_, el mozo se detiene poco en su casa.

Vive campo afuera casi todo el día, se acuesta rendido y madruga

mucho, pero en el breve trato con su mujer muéstrase cariñoso con una

cordialidad llena de matices raros, de tímidos aspectos en que Marcela

cree descubrir los resquemores de la culpa y los aromas de la gratitud.

Le parece a ella que su marido la mira de otro modo, la reconoce más

virtudes y la estima con mayor reverencia. Y aunque esta novedad

significaría la tácita confesión de cuanto la esposa teme, pudiera

ser, al mismo tiempo, señal de la gran ventura, renacer de la pasión

juvenil que a los dos les hizo tan felices. Generosa y enamorada, ella

se apresura a perdonar y sufrir, para merecer, y no arriesga una sola

palabra imprudente, ni un gesto, ni un reproche que nublen aquella

perseguida ilusión.

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 39 / 72 题