ROSA DE ZARZA.--EL «JAYÓN».--EL DARDO DE UNA SOSPECHA.--AMANECER...

Entreabrió Marcela un poco la ventana, y, sin vestirse, apoyándose

en el lecho recién abandonado, se puso a mirar con obstinación a los

dos nenes que dormían arropados en una escanilla, la humilde cuna

montañesa. Eran en todo semejantes: robustos, encarnados, con las

cabecitas muy juntas, parecían nacidos a la vez, como esos capullos de

las rosas fuertes que se abren en dos botones rojos y ufanos, bajo un

mismo rayo de sol.

Fuerte rosa de bizarra hermosura, la madrugadora mujer que contempla

a los niños no trasciende a cultivo selecto de jardín: es joven y

arrogante, pálida y tranquila, con el encanto agreste y puro de una

rosa de zarza. Su belleza, medio desnuda, se estremece al influjo de

una sorda inquietud, y, sin embargo, el rostro, impasible y hermético,

no delata la obscura turbación.

Con los profundos ojos clavados en la cuna, Marcela revive, una vez

más, sus incertidumbres, a partir de la reciente noche en que, dormida

con el nene en los brazos, la despertó la voz de su marido.

--¿No oyes?

--No... ¿Qué sucede?

--Escucha...

--Es un niño que llora a la puerta.

--¿Un niño que llora?... ¡Si parece un recental que plañe!

--Pues es un nene pequeñín como el nuestro.

--¿Un jayón, entonces?

--Sin duda.

--Y ¿qué hacemos?

--Abrir y recogerle hasta la mañana.

Andrés se levantó, muy presuroso, y la moza vió al instante, cómo la

obscuridad del campo dormido se asomaba al portón abierto frente a la

alcoba matrimonial.

Luego el llanto de la abandonada criatura resonó, más apremiante y

sensible, dentro del dormitorio.

Incorporada y absorta, Marcela recibió aquel hallazgo lamentable, y le

acercó a la luz.

--¡Un niño!--murmuró, cuando entre la ropa, escasa y pobre, aparecieron

las carnecitas nuevas y rosadas. Y fijándose más en el semblante,

sereno de pronto, encendido y bobalicón, añadió confusa:

--¡Si es igual que nuestro Serafín!... ¡Parecen gemelos!

--Todos los rapaces de esta edad se parecen--repuso Andrés, con una

voz tan desusada y trémula, que la esposa levantó hacia él los ojos

llenos de sueño y maravilla, y se quedó mirándole de hito en hito.

Pero el mozo bajó los suyos grandes y tristes, volvió la cara, como

buscando alguna cosa, y torpemente fué diciendo:

--Me acostaré en ese otro cuarto para que te arregles mejor con «estos

huéspedes»; aquí te voy a estorbar...

Quería sonreir y mostraba una prisa tan inquieta por marcharse, que la

mujer le detuvo pasmada.

--No entiendo lo que dices; se conoce que estoy medio dormida...

Manifestóse Andrés más impaciente al repetir:

--Que te dejaré mi sitio libre para tu comodidad.

--¿Y qué hago con el crío?

--Tú quisiste que le abriese la puerta...

--¡Claro! No íbamos a dejarle morir sin un socorro.

--Pues ahora «eso» es cosa tuya.

--¿Cosa mía?... Yo le cobijaré esta noche, y al amanecer tú darás parte

en el Ayuntamiento para que le lleven a la Inclusa.

--¿Después de haberle metido en casa?

--¡Ah!; y este amparo, en trance de muerte, ¿nos obliga a criarle?

--Tú verás...

--¿Cómo que yo veré? ¿Te has vuelto loco?

Con el piadoso instinto de las madres, Marcela había colocado,

distraidamente, al niño forastero junto al suyo, y el pobre chiquitín

se adormecía al dulce calor de la caridad, mientras la moza, ya bien

espabilada, sentía el dardo de una sospecha en el corazón y musitaba

con acerbo propósito:

--¡Que le críe la bribona que le echó al mundo!

--¿Bribona?--interrogó el marido, huraño, volviéndose desde la

puerta--. ¿Qué sabes tú?

Iba a salir cuando le retuvo otra vez el acento alarmado de la joven:

--¡Andrés, Andrés; ven acá: no huyas! Tú estabas despierto esperando

al jayón; tú tienes preparadas las respuestas a lo que yo te digo

sorprendida; tú quieres que guardemos con nosotros a este niño, y

disculpas a su madre, que bien puede ser...

--¿Quién ibas a decir?

--_Esa_... ¡Irene!

Pálido como un difunto, violento de pronto, avanzó el marido hacia la

cama, y Marcela, después de mirarle fijamente en los ojos amenazadores,

toda estremecida se echó a llorar.

Cuando él pudo separar las manos de la joven y descubrirle el rostro,

ya se mostraba sumiso y afable aunque le temblaba mucho la voz.

--No llores, mujer. No sabes lo que dices ni lo que piensas--murmuró,

acariciándole el sedoso cabello sobre la frente.

Ella, confiándose con mayor abandono a la repentina zozobra, repuso:

--Sí lo sé: pienso y digo la verdad. Este niño es de Irene... Hace

tiempo que no sale de casa y todo el mundo asegura que su madre la

esconde...: no puede ser de otra en el pueblo.

--Y aunque así fuese; una moza honrada no es extraño que quiera ocultar

un desliz.

--¿Un desliz?... Eso nada me importaría.

--Pues, ¿qué te importa?

Hubo un silencio largo y difícil. Andrés, sentado en el borde de la

cama, parecía haber recobrado la serenidad, y al cabo Marcela expresó

con gran timidez:

--Tú la querías antes de casarnos... ¡Quizá la quieras aún!... No se le

han conocido «desde entonces» amoríos ni rondador...

--Y todo eso, ¿qué?

--El niño se parece a ti.

--¡Marcela!

--Es igual que el nuestro... ¡Mírale!

Intentó descubrir al intruso, pero el marido extendió la mano sobre él

con un movimiento de alarma.

--¡Déjale; se va a despertar!--pronunció con angustia, otra vez perdido

el aplomo. Y luego de callar un instante bajo la mirada inquisitiva y

llorosa de su mujer, hizo un esfuerzo para decir:

--Oye, Marcela... No te negaré que quise a Irene; pero te quise a ti

más y la dejé por ti... Nada tengo que ver con su vida ni con su honra,

y nada sabía esta noche del jayón. Cuando le sentí a la puerta pensé

que balitaba un corderín, ¡ya ves!... Tú dijiste: «Es un niño que

llora», ¿te acuerdas?

--Sí hombre, como que eso acaba de pasar, ¿no he de acordarme?--replicó

la muchacha con despecho ante aquellas razones pueriles.

Pero él, evitando otras de más fuste, con mucha lagotería, siguió

hablando.

--Bastante hemos aguardado al primer hijo, si ahora tenemos dos,

recogiendo a este infeliz, bien los podemos criar.

--¿Y por qué? ¡dime!--exclamó la moza casi airada, secos ya los ojos y

resplandecientes en la media obscuridad del aposento.

Andrés contestó, siempre evasivo:

--Porque tenemos harta cosecha y lucios ganados; porque tú eres

caritativa como una santa...

Quería Marcela interrumpirle, y él, puesto ya de pie con definitiva

resolución, agotadas las últimas palabras que se le ocurrían, le dió un

abrazo y le susurró al oído:

--¡Porque así te querré más y seremos más felices!

Ya salía de la alcoba dejando a su mujer pálida y muda cuando se volvió

a ella para añadir:

--¡Y no me hables nunca de Irene!...

Después de unas horas de insomnio y estupor, vió Marcela clarear las

primeras luces del amanecer y oyó, como de costumbre, salir a su marido

con el ganado por la cambera arriba, camino del ansar.

En la torre de la parroquia sonaron unas campanadas tranquilas, y al

blando tañer respondieron en los corrales la fanfarria de los gallos y

el repique de las abarcas; en los nidos, el revuelo de las plumas; en

el aire, los rumores de la fronda; la vida tornaba, áspera y fuerte,

a posarse en la aldea, como si en la escanilla de Serafín no durmiese

con él un niño extraño, y Marcela no velase aquel misterio transida de

inquietud...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 37 / 72 题