XVI

Dulce y sosegada nace la noche cuando llega al Encinar aquel potro

jerezano de ingrato recuerdo, y la ronda esperándole, ceñuda como el

tribunal que juzga a un delincuente, recibe a Adolfo Serrano, que

disimula sus temores lleno de arrogancia desdeñosa.

Fué el mismo Alcázar el que dijo:--¡Alto!--con acento augural que subió

a los balcones vecinos y resonó, grave, en el cuarto de la muerta.

--¿Qué quiere usted?--grita el forastero, temblorosa la voz y blanca la

cara.

Se le acerca Julián hasta echarle el aliento encima, y le responde, en

traza bruta de mozo rondador:

--Que te marches ahora mismo porque ya no hay quien te defienda y

tenemos mucha gana de matarte.

Indeciso, asustado, hace el intruso volver grupas a su potro, y

profiere, como otra vez en aquel mismo lugar:

--¡Cobardes... cobardes...!

Varios palos caen feroces en las ancas lustrosas, y ondulantes como

látigos, alcanzan al jinete.

Hace ademán Adolfo de sacar su revólver, y al punto cuatro manos,

dueñas de armas semejantes, le apuntan, inclementes, bajo una tenaz

lluvia de improperios:

--¡Ladrón!

--¡Asesino!

--¡Sinvergüenza!

--¡Matador de mujeres!...

Serrano huye. Vuelan los palos a su espalda y algunas piedras le

persiguen en la desatinada carrera.

Ya va a perderse en un recodo del sendero, cuando el silbo de una bala

y el estampido de un disparo le aturden con más vivo terror.

Inclinado en la silla con un movimiento brusco, ruge y maldice,

abrazándose al cuello del animal, que se desboca en galope de espanto.

Detrás de ellos queda en la ruta blanca un rastro de sangre caliente,

y en la bolera, una mano fina, que parece de mujer, empuña un revólver

humeante.

La mirada azul de César Garrido tiene un bárbaro reflejo de venganza...

* * * * *

Bella noche fué aquella de San Juan, noche silenciosa en el poblado

donde otras veces en iguales horas se derramaba la alegría de la

mocedad.

Las novias se quedaron sin ramo y sin serenata; la plaza, sin baile y

sin hoguera; los rondadores, sin palique. Y en la pureza virginal de la

brisa no tremolaron las picantes coplas, ni el _ijujú_ montañés resonó,

intrépido y agudo, en los agrios jirones de la sierra.

Ángeles dormía acunada por el duelo del Encinar, mimada en su florido

lecho por la tristeza robusta de incultos corazones, en los cuales la

compasión fructificaba con todos los densos aromas de la vida desnuda y

fuerte, del dolor íntegro y primicial, lleno de impulsos y de instintos

humanos.

El disparo certero de _el Estudiante_ atrajo a los mozos con sed de

ruido y de camorra, cuando vieron pasar, en disparatada fuga, el

caballo de Adolfo. Estaban ya los caminos confusos por la sombra de

la noche, y delante de la visión fugitiva todos hicieron acerbos

comentarios y se rieron con saña.

Entraron, después, bajo los nogales, muy despacio, mudos y recogidos

como en la iglesia, y uno a uno se fueron subiendo a la pared de la

bolera para mirar al interior del cuarto mortuorio. En el lecho se

destacaba, impreciso, cubierto de galas, el rígido perfil del cuerpo

helado; la mística cera de los cirios lloraba sobre la alfombra sus

lágrimas ardientes, y de las coronas, suspendidas en torno, caían con

lentitud algunos pétalos de flor.

Agrupáronse los mozos estremecidos junto a la casa, hablando quedo; sus

cigarros brillaban a porfía con las luciérnagas de la linde; temblaba

la sombra con suavidad de idilio, y en el fondo de la bolera la ronda

de Alcázar, enmudecida, atraía el interés general.

Estaba muy pálido Fidel, y mirando al _Estudiante_ con profunda

admiración, pensaba, receloso, en las posibles consecuencias de

aquella hazaña. En vísperas de boda, bien hallado con su dinero y su

tranquilidad, le angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto en una

acusación de muerte, él, que jamás logró encañonar a un solo pajarillo

con su escopeta escandalosa...

Había sentido Julián aquella tarde el espasmo bestial de la venganza,

con escalofrío deleitoso, dócil su naturaleza a las sensaciones de la

ruda hostilidad que tantas veces le dominó. Lejos el impulso cruel,

no le aterraba su responsabilidad en la aventura, que arrostraría con

el poderoso dominio de la torre de Alcázar y asumiría con nobleza

protectora. Y dejó de pensar en el fugitivo jinete para consagrarse al

recuerdo de la muerta, lleno de lástima y amor. Le harían un entierro

precioso al día siguiente, al caer la tarde, pidiéndole otra vez al

señor cura las andas de la Virgen, donde la niña desposada anduvo

antaño aquel mismo camino en brazos de la ronda...

Lo mismo que antaño arrancarían para ella, al pasar, las flores

silvestres de los setos, en la blanda ruta de la mies... Cada fúnebre

posa tañería con un dolor nuevo, nunca igual sentido ni llorado, que

dejaría en el Encinar una caricia de las lágrimas siempre viva y

suspirante como la mansa corriente de un arroyo... Julián imagina,

traspasado de emoción, el gemido de la cancela al derramarse en el

atrio parroquial detrás del cuerpo de Ángeles, ya en la vereda del

cementerio: imagina el sordo rumor de la tierra, cálida y polvorosa,

cayendo implacable sobre el florido ataúd... Un enternecimiento sutil

posee al joven; una compasiva pena que le duele como por una hermana

chiquitina o por una novia lejana, a la cual en la adolescencia hubiese

dulcemente adorado...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 34 / 72 题