Dulce y sosegada nace la noche cuando llega al Encinar aquel potro
jerezano de ingrato recuerdo, y la ronda esperándole, ceñuda como el
tribunal que juzga a un delincuente, recibe a Adolfo Serrano, que
disimula sus temores lleno de arrogancia desdeñosa.
Fué el mismo Alcázar el que dijo:--¡Alto!--con acento augural que subió
a los balcones vecinos y resonó, grave, en el cuarto de la muerta.
--¿Qué quiere usted?--grita el forastero, temblorosa la voz y blanca la
cara.
Se le acerca Julián hasta echarle el aliento encima, y le responde, en
traza bruta de mozo rondador:
--Que te marches ahora mismo porque ya no hay quien te defienda y
tenemos mucha gana de matarte.
Indeciso, asustado, hace el intruso volver grupas a su potro, y
profiere, como otra vez en aquel mismo lugar:
--¡Cobardes... cobardes...!
Varios palos caen feroces en las ancas lustrosas, y ondulantes como
látigos, alcanzan al jinete.
Hace ademán Adolfo de sacar su revólver, y al punto cuatro manos,
dueñas de armas semejantes, le apuntan, inclementes, bajo una tenaz
lluvia de improperios:
--¡Ladrón!
--¡Asesino!
--¡Sinvergüenza!
--¡Matador de mujeres!...
Serrano huye. Vuelan los palos a su espalda y algunas piedras le
persiguen en la desatinada carrera.
Ya va a perderse en un recodo del sendero, cuando el silbo de una bala
y el estampido de un disparo le aturden con más vivo terror.
Inclinado en la silla con un movimiento brusco, ruge y maldice,
abrazándose al cuello del animal, que se desboca en galope de espanto.
Detrás de ellos queda en la ruta blanca un rastro de sangre caliente,
y en la bolera, una mano fina, que parece de mujer, empuña un revólver
humeante.
La mirada azul de César Garrido tiene un bárbaro reflejo de venganza...
* * * * *
Bella noche fué aquella de San Juan, noche silenciosa en el poblado
donde otras veces en iguales horas se derramaba la alegría de la
mocedad.
Las novias se quedaron sin ramo y sin serenata; la plaza, sin baile y
sin hoguera; los rondadores, sin palique. Y en la pureza virginal de la
brisa no tremolaron las picantes coplas, ni el _ijujú_ montañés resonó,
intrépido y agudo, en los agrios jirones de la sierra.
Ángeles dormía acunada por el duelo del Encinar, mimada en su florido
lecho por la tristeza robusta de incultos corazones, en los cuales la
compasión fructificaba con todos los densos aromas de la vida desnuda y
fuerte, del dolor íntegro y primicial, lleno de impulsos y de instintos
humanos.
El disparo certero de _el Estudiante_ atrajo a los mozos con sed de
ruido y de camorra, cuando vieron pasar, en disparatada fuga, el
caballo de Adolfo. Estaban ya los caminos confusos por la sombra de
la noche, y delante de la visión fugitiva todos hicieron acerbos
comentarios y se rieron con saña.
Entraron, después, bajo los nogales, muy despacio, mudos y recogidos
como en la iglesia, y uno a uno se fueron subiendo a la pared de la
bolera para mirar al interior del cuarto mortuorio. En el lecho se
destacaba, impreciso, cubierto de galas, el rígido perfil del cuerpo
helado; la mística cera de los cirios lloraba sobre la alfombra sus
lágrimas ardientes, y de las coronas, suspendidas en torno, caían con
lentitud algunos pétalos de flor.
Agrupáronse los mozos estremecidos junto a la casa, hablando quedo; sus
cigarros brillaban a porfía con las luciérnagas de la linde; temblaba
la sombra con suavidad de idilio, y en el fondo de la bolera la ronda
de Alcázar, enmudecida, atraía el interés general.
Estaba muy pálido Fidel, y mirando al _Estudiante_ con profunda
admiración, pensaba, receloso, en las posibles consecuencias de
aquella hazaña. En vísperas de boda, bien hallado con su dinero y su
tranquilidad, le angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto en una
acusación de muerte, él, que jamás logró encañonar a un solo pajarillo
con su escopeta escandalosa...
Había sentido Julián aquella tarde el espasmo bestial de la venganza,
con escalofrío deleitoso, dócil su naturaleza a las sensaciones de la
ruda hostilidad que tantas veces le dominó. Lejos el impulso cruel,
no le aterraba su responsabilidad en la aventura, que arrostraría con
el poderoso dominio de la torre de Alcázar y asumiría con nobleza
protectora. Y dejó de pensar en el fugitivo jinete para consagrarse al
recuerdo de la muerta, lleno de lástima y amor. Le harían un entierro
precioso al día siguiente, al caer la tarde, pidiéndole otra vez al
señor cura las andas de la Virgen, donde la niña desposada anduvo
antaño aquel mismo camino en brazos de la ronda...
Lo mismo que antaño arrancarían para ella, al pasar, las flores
silvestres de los setos, en la blanda ruta de la mies... Cada fúnebre
posa tañería con un dolor nuevo, nunca igual sentido ni llorado, que
dejaría en el Encinar una caricia de las lágrimas siempre viva y
suspirante como la mansa corriente de un arroyo... Julián imagina,
traspasado de emoción, el gemido de la cancela al derramarse en el
atrio parroquial detrás del cuerpo de Ángeles, ya en la vereda del
cementerio: imagina el sordo rumor de la tierra, cálida y polvorosa,
cayendo implacable sobre el florido ataúd... Un enternecimiento sutil
posee al joven; una compasiva pena que le duele como por una hermana
chiquitina o por una novia lejana, a la cual en la adolescencia hubiese
dulcemente adorado...