Nació el mes de San Juan lleno de alegría, insultante de belleza, y fué
creciendo, y llegó entre flores la víspera del santo.
Lloraba amargamente Isabel cerca del sillón de triste memoria donde
Ángeles se consumía recogiendo una herencia fatal, de penas y de
abandono.
Le había dicho a Lecio la moza:
--No me pongas ramo... no vengas a rondarme ni mucho menos a cantar...
La señorita se está muriendo...
Muy dolorido, prometió el novio una prudente conducta en la clásica
noche, y con sigiloso respeto se alzó de puntillas en el muro de la
bolera para atisbar la estancia penumbrosa donde Ángeles fenecía.
Entrevió en la sombra una endrina cabeza desmayada sobre los
almohadones del sillón, y el conmovedor perfil de una cara de cera.
El gallardo busto de Isabel se inclinaba con anhelante cariño sobre
aquella vencida juventud, sobre aquella aniquilada hermosura. Y toda
la satisfacción del egoísmo irradió en los ojos asombrados de Lecio,
viendo a la flor viva, que era suya, lozanear triunfante encima de
la mustia flor que le había fascinado con delirios de irrealizables
ambiciones.
Bajóse con cautela de su observatorio, y se alejó a lento paso,
cuidando de no hacer ruido en torno a la casa dorada de sol, envuelta
en el alborozo insolente de la tarde.
Desde los balcones entornados se escapaba un cuchicheo leve, son de
rezo o letanía de lamentaciones, y desde la ondulante nogalera volaban
los malvises en parejas gozosas, hacia la llanura libre de los cielos...
Libre al azul infinito, voló el alma de Ángeles cuando la tarde caía en
una intensa declinación de cárdenos fulgores.
Todo el pueblo había escuchado con silencio profundo el raudo volar de
aquel espíritu, gentil como el cuerpo que le encarceló: parecía que al
tender las alas hubiese dejado una blanca y vívida estela en el sereno
celaje. Y estela fué aquella ilusión que en la memoria popular quedó
grabada como perenne surco de ternura y recuerdo.
El vecindario, compungido, se unía en el dolor de la temprana muerte, y
censuraba, con rencorosa indignación, al infame esposo de la señorita,
avisado por la mañana del estado agónico de la enferma.
Entretanto la fidelidad conmovedora de Isabel se prodigaba en delicadas
atenciones alrededor de la difunta.
Después de peinarle los abundantes cabellos sobre las sienes de mármol,
le puso el traje níveo de la boda y encendió en torno suyo lámparas y
cirios.
La belleza mayestática de la muerte había borrado en la cara de
Ángeles la mueca amarga del dolor, trocándola en una plácida expresión
descansada y serena: dormía la vida su inquebrantable sueño en los
entreabiertos ojos parados a la sombra de las pestañas rizosas, y en
el profundo livor de las ojeras las últimas lágrimas habían dejado una
divina señal de mansedumbre...
Toda la tarde, bajo el calor solar cuajado en la campiña, unas manos
pálidas y bellas, que parecían de mujer, estuvieron cortando flores
en los huertos aldeanos y tejiendo coronas con demente frenesí, para
colocarlas sobre el cuerpo ya duro y frío de Ángeles Ortega. Con aquel
postrer don había dejado César encima del cadáver un sollozo, áspero
como un rugido, y un borrascoso relámpago de su mirada azul.
Cuando _el Estudiante_ salió de la trágica visita, le estaba esperando
Julián, y juntos conferenciaron en grave reserva. Tenía el señorito
el aire solemne y turbios los ojos que largo tiempo contemplaran a la
yacente criatura, entre blandones y rosas.
Un poco más tarde corría por el pueblo la noticia de que la ronda de
Alcázar se apostaba en la bolera con amenazadora catadura.