XVII

Crece la noche; la tardía luna, brillando apenas en el cielo, baja a la

nogalera, y como si apartase con invisibles manos las trémulas hojas,

se asoma al cuarto de Ángeles y la besa en la frente.

El hueco de la triste ventana abre en el muro señorial un cuadro de

fatídica luz, luz de catafalco, lívida y temblona; algunas mujeres

rezan, dormitando en un rincón.

Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, rizando los árboles, cuando

Lecio, que atisba la reja de su novia, ve un instante a la muchacha

detrás de los vidrios. Empuja la puerta y despacio, llama:

--¿Sabel?

Quiere responder ella, rompe en sollozos, y el vozarrón de Lecio se

suaviza todo lo posible para suplicar:

--¡Sabel!... ¡Sabeluca!... No llores, mujer, que aquí estoy yo...

El acento condolido de la muchacha se une a las palabras afanosas del

mozo, dejando en el aire un jirón de vida sana y fuerte, esperanzada y

fecunda, allí, a lo largo del camino, donde brotan, húmedas todavía,

las sangrientas flores del odio.

Y como ya palidece la luz funeral del cuarto de Ángeles, delante de

la aurora, por debajo de aquella ventana que parpadea con tímido

resplandor, como un astro moribundo, desfila por última vez, brava y

humilde, la ronda de los galanes...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 35 / 72 题