Crece la noche; la tardía luna, brillando apenas en el cielo, baja a la
nogalera, y como si apartase con invisibles manos las trémulas hojas,
se asoma al cuarto de Ángeles y la besa en la frente.
El hueco de la triste ventana abre en el muro señorial un cuadro de
fatídica luz, luz de catafalco, lívida y temblona; algunas mujeres
rezan, dormitando en un rincón.
Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, rizando los árboles, cuando
Lecio, que atisba la reja de su novia, ve un instante a la muchacha
detrás de los vidrios. Empuja la puerta y despacio, llama:
--¿Sabel?
Quiere responder ella, rompe en sollozos, y el vozarrón de Lecio se
suaviza todo lo posible para suplicar:
--¡Sabel!... ¡Sabeluca!... No llores, mujer, que aquí estoy yo...
El acento condolido de la muchacha se une a las palabras afanosas del
mozo, dejando en el aire un jirón de vida sana y fuerte, esperanzada y
fecunda, allí, a lo largo del camino, donde brotan, húmedas todavía,
las sangrientas flores del odio.
Y como ya palidece la luz funeral del cuarto de Ángeles, delante de
la aurora, por debajo de aquella ventana que parpadea con tímido
resplandor, como un astro moribundo, desfila por última vez, brava y
humilde, la ronda de los galanes...