Triunfaba la primavera con otro Mayo espléndido, cuando en la aldea
se supo que Ángeles había conseguido de su esposo la merced de ir a
morirse al Encinar. Un acabamiento rápido la inclinaba hacia la tierra,
y deseaba caer sobre las flores del bendito huerto donde dormía,
esperándola, aquella pobre criatura sacrificada como ella, aquella
madre triste que en la suprema despedida acarició una frente juvenil
con palabras de fatalidad.
Y hubo en el vecindario un general movimiento de simpatía y compasión
hacia la enferma infeliz, que a los bruscos vaivenes de un carruaje,
llegó por difícil camino hasta la puerta de su casa.
La casualidad o el intento llevaron a Julián de Alcázar en aquellos
mismos días a su torre, y sabiendo que Ángeles padecía, sola y
expirante, con generoso impulso de piedad, fué a visitarla. ¡Ya no era
la diosa del Encinar!: un solo año inclemente bastó para marchitar la
exquisita frescura de su belleza. Enlanguidecida, mustia, sólo parecían
vivir en su semblante los ojos, con tristeza desgarradora, y las
mejillas, señaladas con rosetas febriles.
¡Qué lástima le dió a Julián!
Su pasión, que ardía alimentada por el oculto embeleso de una seductora
imagen, quedóse, espiritualizada al punto, en excelsa ternura, tan
santa y pía, que la doliente hubiera podido refugiarse en los brazos de
aquel hombre y dormir o morir en ellos como en los de una madre.
Al ver a su amigo, un sentimiento de coquetería se sobrepuso al dolor,
un instante, en el corazón de la mujer. Quiso ella sonreir, y sólo
consiguió tender en sus labios de lirio una mueca desesperada. Apenas
habló; balbuciente y cobarde, oprimida por un espanto sin horizontes,
parecía que el hilo tenue de sus frases iba a romperse en un raudal de
lágrimas acerbas.
Alcázar sentía caer en su corazón aquel mudo llanto y subírsele a
los ojos en marejada asoladora. Y todo el sensualismo de su amor se
derretía en piedad, a la sombría luz de una mirada donde el miedo a la
muerte era el único reflejo de la vida.
Al despedirse, Ángeles cruzó las manos en ademán de súplica, y él,
conteniendo su emoción con palabras de esperanza, le prometió volver.
También César Garrido fué a visitar a la enferma, seguro de llevarle
un consuelo y ansioso de verterle sobre la infinita desolación
de aquella mujer. Sentía férvidos impulsos de arrodillarse a sus
plantas, de besar sus manos, de cantarla, de mecerla y decirle sus
románticos pensamientos en un delirante discurso, antes que la muerte
la apresara... La quería siempre y más que nunca porque era el suyo un
amor de ilusión y de ensueño, raro y divino, que le estremecía toda
el alma con un soplo de inmortalidad. Supieron distraerla sus frases
opacas y ardientes, y logró hacerla sonreir, ya cayendo la eterna
sombra en las azoradas pupilas.
--Hazme coronas y versos como cuando éramos chiquillos--suspiró con
antojo la infeliz.
Él la ofreció cantares y flores, y salió de la novelesca entrevista con
cara de muerto y alucinaciones de loco.