XIII

Pasó un año.

Se sabía en el Encinar que Ángeles era muy infeliz, que lloraba sin

consuelo el abandono y el maltrato de un marido brutal.

Ortega había regresado a Cuba a raíz del casamiento, y la infortunada

joven residía en un pueblo cercano, enferma y sin más cariño que el de

Isabel.

Ya Lecio se cansaba de esperar y enviaba a la moza recados apremiantes,

pero ella respondía que la señora no podía vivir mucho, y que le era

imposible dejarla en aquel estado de soledad y dolor.

Entretanto, la ronda de Alcázar seguía constituida en alianza firme,

con treguas de reposo, porque Julián había vuelto a Madrid algunas

temporadas arrancado por su familia de la existencia esquiva y dura con

que llegó a naturalizarse, y que amenazaba absorberle en eclipse total.

No estaba el señorito más alegre ni era más feliz que el año anterior;

pero en sus penas había ya dulzores y blanduras tomadas para remedio de

sus males, en la vida regalada y muelle que supo recobrar. Cuando iba

al pueblecillo norteño, cazaba en el monte, erraba en la selva y largos

días holgaba pensativo y suspirante; pero no urdía torpes aventuras por

las callejas ni se vestía en traza de gañán ni llevaba en el rostro

aquella huraña expresión alarmante y fiera.

Lo noche que salía con sus compañeros, la ronda cantaba y ornamentaba

de flores las ventanas de las niñas; la ronda bebía cerveza y

disparaba tiros al aire, sin buscar camorra a los novios forasteros.

Esta medida, pacífica y generosa, no encontraba oposición en los

amigos, porque _el Estudiante_ vivía enfrascado en la transcendental

composición de un libro de versos, dedicados _A una ingrata_; iba

dejando en él jirones de su romántica pasión y sólo de tarde en tarde

fulgían en los ojos zarcos algunos destellos de tempestad. Tenía

Salcedo «en tratos» una novia hacendada, fresca y rolliza que le traía

desvelado y rendido. Y Lecio andaba mustio y pesaroso con la ausencia

de Isabel y la espera de la boda.

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 31 / 72 题