Pasó un año.
Se sabía en el Encinar que Ángeles era muy infeliz, que lloraba sin
consuelo el abandono y el maltrato de un marido brutal.
Ortega había regresado a Cuba a raíz del casamiento, y la infortunada
joven residía en un pueblo cercano, enferma y sin más cariño que el de
Isabel.
Ya Lecio se cansaba de esperar y enviaba a la moza recados apremiantes,
pero ella respondía que la señora no podía vivir mucho, y que le era
imposible dejarla en aquel estado de soledad y dolor.
Entretanto, la ronda de Alcázar seguía constituida en alianza firme,
con treguas de reposo, porque Julián había vuelto a Madrid algunas
temporadas arrancado por su familia de la existencia esquiva y dura con
que llegó a naturalizarse, y que amenazaba absorberle en eclipse total.
No estaba el señorito más alegre ni era más feliz que el año anterior;
pero en sus penas había ya dulzores y blanduras tomadas para remedio de
sus males, en la vida regalada y muelle que supo recobrar. Cuando iba
al pueblecillo norteño, cazaba en el monte, erraba en la selva y largos
días holgaba pensativo y suspirante; pero no urdía torpes aventuras por
las callejas ni se vestía en traza de gañán ni llevaba en el rostro
aquella huraña expresión alarmante y fiera.
Lo noche que salía con sus compañeros, la ronda cantaba y ornamentaba
de flores las ventanas de las niñas; la ronda bebía cerveza y
disparaba tiros al aire, sin buscar camorra a los novios forasteros.
Esta medida, pacífica y generosa, no encontraba oposición en los
amigos, porque _el Estudiante_ vivía enfrascado en la transcendental
composición de un libro de versos, dedicados _A una ingrata_; iba
dejando en él jirones de su romántica pasión y sólo de tarde en tarde
fulgían en los ojos zarcos algunos destellos de tempestad. Tenía
Salcedo «en tratos» una novia hacendada, fresca y rolliza que le traía
desvelado y rendido. Y Lecio andaba mustio y pesaroso con la ausencia
de Isabel y la espera de la boda.