Era como un sueño aquella apoteosis encima de la odorante mies, entre
setos floridos y halagadores cantares.
Ángeles quería no llegar nunca a su casa, seguir así un camino largo
y dulce hasta el cielo calmoso y pálido que la servía de dosel.
Suspiró enardecida por aquel delirio, y Julián volvióse a mirarla con
tal expresión codiciosa y ardiente que la joven enrojeció bajo sus
azahares. Sus manos temblaron como alas de paloma, estremecidas en la
falda crujiente del vestido, y su imaginación tendió el vuelo hacia
otra quimera que no finaba en el cielo melancólico, sino en una torre
maciza y señorial, en la selva de Alcázar.
Iban todos callados. Orillaban un zarzal en flor, y César, con galanía
de poeta, arrancó al pasar una mata olorosa, que colocó a los pies
de la niña. El tronco punzador había herido con leve arañazo al
_Estudiante_, y un hilo rojo quedó tendido entre los dedos de aquella
mano fina que parecía de mujer.
--¿Te has lastimado?--le preguntó Ángeles solícita.
Y él, con audacia increíble en su tímida persona, respondió mirándola a
los ojos:
--Me he lastimado mucho... ¿no ves?
Sonriendo le mostraba la mano blanca y tersa con el tenue surco de
coral.
--Un hombre no se lastima nunca--tronó el vozarrón de Salcedo--; y el
jándalo, arrogante, presentó un puño de madreselvas conquistadas entre
espinas que habían punzado su plebeya manaza. Ya se arriesgaba Julián
para ofrecer otro don a la novia; ya Lecio sacudía los matorrales
con demente regocijo, cobrando ramilletes preciosos, y en un momento
quedaron las andas cubiertas de flores.
Trépido el zarzal bajo las acometidas de los mozos, desde la linde
del camino sacudía sobre la virgen desposada, gotas brillantes de la
reciente lluvia, y voladores pétalos de los febles capullos. Un bando
de miruellos, sorprendido por semejante alboroto, rompió el secreto
de su escondite en la maleza y voló encima del grupo, desgranando una
escala melodiosa de trinos, a porfía con la tonada de los _picayos_ que
tremolaba en el aire sus dejos largos y tristes de música norteña.
Para aquella hora de aventura y de magia tuvo la belleza de Ángeles
una fantástica aparición ideal y gloriosa. En su carne, hecha flor
blanca y pura, el espíritu inocente se asomaba a los apacibles luceros
de los ojos y a la divina sonrisa de los labios: y fué toda gracia y
luz, brisa y perfume, alma del paisaje, visión de los cielos... Salió
del éxtasis prodigioso al tocar los umbrales de su casa. Posaron en el
zaguán las andas con blandura, y cuando bajó al suelo la niña, sintió
que su planta débil se hundía en la incógnita ruta de una vida nueva y
cerrada. Tendió la mano con gratitud hacia sus amigos, diciéndoles:
--Quedaros.
Pero Julián se apresuró a responder con la amarga voz de aquel último
tiempo:
--Muchas gracias.
Y salió, seguido de los otros, antes de que llegase la comitiva. Iba
ciego, con los puños crispados y el paso veloz.
Desde la puerta, con insólita audacia, _el Estudiante_ vuelto hacia la
novia, besó la palma de su mano herida y sopló el beso, enviándosele.
Ella, sin enojo, sonrió al doncel y le devolvió en el aire un capullo
del azahar prendido en su pecho.
Ya llegaban Don Felipe y Adolfo con los invitados. Detrás venía el
pueblo que rodeó la casa, y en la bolera resonó estruendoso otro
bizarro grito:
--¡Viva la novia!... ¡vivan los rondadores!
Bajo la emoción de aquel instante en los ojos sombríos de Ángeles
Ortega cayó una cortina de llanto que ya nunca se alzó para dejarla ver
una ilusión ni una esperanza...