Todas las tardes, a primera hora, Don Felipe y su hija esperaban a
Serrano en agradable paseo campesino para volver a su casa con el
cortejante. Charlaban los novios hasta el anochecer, y emprendía el
galán la retirada antes de que la luz cayese, previsor contra alguna
acometida de los mozos bravíos.
Pero eran inútiles estos cuidados, porque la ronda que capitaneaba el
señorito de la torre había conseguido de todas las demás la promesa
de que nadie hostigara al forastero en la conquista de aquella mujer,
dulce y hermosa, orgullo del valle, en quien se miraba como en un
espejo la mocedad varonil y por quien en secreto suspiraban muchos
rudos corazones.
Tenía un encanto indefinible la hermosura sentimental de Ángeles
Ortega, un raro don de amor y simpatía que blandamente dominaba en
las almas todas, y que en el pecho de los galanes aldeanos se había
convertido en extraño culto, mezcla de hechizo pasional y de mística
devoción.
Siendo Ángeles la única señorita de la aldea, se distinguía entre
las jóvenes de sus años por la donosura del porte, la delicadeza del
traje y el interesante aislamiento de su vida, si ya por sus gracias
personales no hubiera sobresalido por encima de las demás. Todo en
torno suyo era nuevo, deslumbrador y atrayente para los mozos que de
chiquitina la pasearon en la áspera carreta, le alcanzaron nidos y
rosas, y la tutearon con familiaridad. Ahora la saludaban con afable
respeto, mezclado de turbación, y aunque delante de su hermosura
humillasen la mirada, el destello ideal de aquellos ojos sombríos
dejaba resplandecencias ardientes en las rústicas imaginaciones.
Con inconsciente sed de belleza guardaban anhelos codiciosos hacia la
perla del Encinar muchos hombres que tenían novia y pensaban casarse, o
que amaban con material impulso a otras mujeres de su misma condición.
Así en aquel fogoso plantel de montañeses nació una tácita rebeldía
contra la posibilidad de que a la más hermosa flor de la aldea se la
llevase un forastero, con sus manos lavadas. Y todos se unieron para
considerarla como una de tantas jóvenes a quien los extraños no podían
cortejar sin previa camorra y larga porfía contundente con los donceles
del valle, al uso del país.
Esta despótica ley se hubiera cumplido en Adolfo Serrano sin el
prodigio de la dulce voz que bajó de la ventana luminosa para detener a
la ronda de Julián.
Por gracia de tal portento los vergajos, amenazadores contra el novio
intruso, cayeron rendidos con mansedumbre, como belicosas flámulas
arriadas por la derrota. Y ya no se alzaron más al paso triunfante de
aquel amor.