Mayo florece cuando se fija el día de la boda.
Tiene Don Felipe mucha prisa por terminar este negocio, y Ángeles se
presta a consumarle con una docilidad enfermiza y blanda, en que hay
mucho de alucinación y de impotencia. Ningún amparo la escuda; está
sola entre su padre, desamorado y egoísta, y el pretendiente ambicioso
de la rica dote, tal vez un poco encaprichado por la gentileza de la
novia.
Ya nunca Julián de Alcázar visita a los de Ortega, ni tampoco _el
Estudiante_, compañero antaño de los juegos de la niña, va con su
tímida presencia a testimoniarle la ferviente adhesión de otras veces.
Se lamenta la joven de este retraimiento. «¿Por qué no
vendrán?»--suspira--. Y se angustia ante la nube de soledad que se va
esparciendo, densa y creciente, en torno suyo. Sólo Isabel, la criadita
cariñosa y servicial, la relaciona con los acontecimientos de la aldea.
Ya prepara la novia su inmaculado vestido, en vísperas del gran día,
cuando Isabel, que revolotea junto a las galas con seducción de
encantamiento, le dice en tono confidencial:
--¿Qué pensarán «todos esos» cuando la vean tan preciosa, y que se la
lleva un extraño?
--¿Quiénes?... ¿Los mozos?... Ninguno de ellos se había de casar
conmigo.
--Los labradores no... pero hay otros.
--No me ha pretendido nadie.
--Pues dicen por ahí que todos la quieren.
--Será porque aquella noche salieron contra Adolfo... Yo no creí que
conmigo rezaría la brutal costumbre de las rondas...
--Era la del señorito Julián.
--Por eso mismo me extrañó tanto... Julián siempre fué muy amigo
nuestro...
Ángeles se quedó pensativa; su mirada, sombría como una floresta,
parecía tornar de muy lejos al través de los años infantiles. Daba un
suspiro cuando Isabel continuó:
--Dice Lecio que el señor de la torre se muere por usted.
--Pues Lecio está equivocado--murmura Ángeles, no muy sorprendida, algo
confusa.
--Y dice--añade la moza--que también _el Estudiante_ la quiere a usted
mucho...
--¿César?... Yo le quiero también... ¡Me hacía tantas coronas de flores
cuando éramos chiquillos!... Y me hacía cantares...
Otra vez se quedó ensimismada. La incitante memoria de cariños lejanos
fué, sin duda, a refugiarse, triste, en la sombra de sus ojos, porque
dos lágrimas pugnaban en ellos cuando añadió, lamentable:
--¡Tampoco César viene ya a esta casa!... ¡Parece que todos huyen de
mí!...
--Porque la quisieran cortejar a usted y están sentidos.
--Yo no he notado que me pretendan para novia.
--Pues Don Julián siempre la buscaba muy rendido, y _el Estudiante_,
¿no oye cómo le canta coplas?
--Usanzas de rondadores...
--No, señorita, que las canta _con segunda_... Y el ricachón de Salcedo
igual está prendado de usted.
--¡Ave María!--exclamó Ángeles, risueña de pronto--. Ahora que me caso
con un forastero va a resultar que tenía aquí los pretendientes a
escoger. ¿Esa es otra noticia de Lecio?
--Del mismo... Y no sabe la señorita lo más gracioso...; que él
también, el muy zoquete, está, como los otros, penando por usted.
--¿Lecio?... ¿tu novio?...--Se puso Ángeles muy seria para decir:--¿Te
chanceas, Isabel?
Pero Isabel no se chanceaba: se le había empañecido la voz, tenía las
mejillas rojas y el aire turbado. Después de un silencio difícil,
añadió, tratando de serenarse:
--Me lo contó él mismo la noche que dieron el alto a Don Adolfo.
--Esas son bromas suyas.
--Bromas no eran: para contármelo se puso descolorido y hasta le dió un
mareo...
Ángeles se aturde con las noticias de tan sorprendente amor, y muy
curiosa, pregunta:
--Pero, ¿no sois novios?... ¿no os vais a casar?
--Eso no quita... Él dice que a usted la quiere «de otra manera»...
Serán modos finos de querer que aprende con los señores... ¡como todos
son unos en la misma ronda!...
Mirando la señorita con afecto a la compungida moza, le dice:
--¿Y tú has creído esas tonterías, Isabel?
Baja ella los ojos y explica difícilmente:
--Todo lo he creído... conozco que es de veras... pero lo mismo
cortejamos: él no lo puede remediar... Como la señorita tiene ese
ángel, todos la quieren aunque sea a escondidas... Usted no se
ofenderá... ¡Si Lecio supiera que yo se lo he dicho!... ¡No se lo
cuente a nadie, por la Virgen!
--Descuida, mujer; esas cosas que habla tu novio, de él y de los demás,
son imaginaciones suyas... pero no diré nada... ¿a quién?... Yo no
tengo a quien contar secretos.
Y se atristó por tercera vez el semblante precioso de la señorita.
Viéndola cavilosa y muda se retira Isabel con prudencia mientras la
novia vuelve a quedarse junto al vestido blanco, vaporoso y sutil, como
nube del pálido cielo montañés. Mirándole con indefinible sentimiento
de inquietud, cierra los ojos para meditar en las confidencias de
Isabel y va aposentando en su espíritu la creencia de que, en efecto,
Julián de Alcázar la ha querido un poco. Recuerda la asiduidad lejana
de sus visitas, la encendida expresión de sus palabras, la pausa
elocuente de sus silencios y su alejamiento inexplicable apenas Adolfo
apareció en la aldea.
No se detiene la soñadora a pensar en Salcedo, el jaquetón ricacho,
pero guarda un pensamiento melancólico y acariciador para César
Garrido, el romántico trovista que canta _con segunda_ al pie de una
ventana, años hace, en el sagrado misterio de la noche...
El cariño recóndito de César es para Ángeles un adorable perfume de
la infancia, el amable secreto de un «escucho» que hace sonreir, tal
vez la vibración sentimental que en el alma produce una copla errante,
diciendo amores a la luz de la luna, una copla que suspira cuando la
ronda pasa... ¡Pero Julián!... ¿Por qué no se ha fijado en que él la
quería?... Es bueno y valiente, es el amo del pueblo, el señor de la
altiva torre y de la brava selva, tiene franca la mirada, noble el
corazón...
Y se estremece la joven aturdida de que la fealdad arisca de Julián le
parezca ahora mucho más grata que la gentil apostura de su prometido.
Para sacudir esta idea alarmante se acuerda de Lecio, mareado y
descolorido en los deliquios de una fina locura de amor. Y abre los
ojos, sonriente, sobre la nube alba de su traje de novia.
X
Diríase que un viento huracanado conmueve a los mozos del Encinar a
medida que se acerca el día del casamiento. La sorda irritación que se
acentúa entre ellos toma forma y proporciones singulares en la ronda
de Alcázar, que ha asumido, con extraño tesón, la responsabilidad
de consentir aquel despojo de que Adolfo Serrano «les hace a todos
víctimas».
Anda Julián enredado en una aventura de calleja con cierta mozona
malviviente, siendo ésta la primera vez que el señorito de la torre
hace pública ostentación de semejantes galanteos. Lleva en la cara
el pobre hombre una expresión de tedio y amargura que va troncándose
en tormentosa nube de fiereza; como si en él creciese, cada día, el
salvaje placer de sumirse en aquella torva brumazón de barbarie, para
así desmandar sus pasiones y olvidar, con tesón despreciativo, sus
nativas costumbres de caballero.
Fidel se las echa de guapo como nunca, vocifera en las noches de ronda
hasta enronquecerse, y alarma a los vecinos con incesante tiroteo en
persecución de aves felices, que jamás hiere. Hasta en los nogales de
la bolera, ya vestidos de ropaje ufano, trata de hacer puntería sobre
los canoros malvises: clama la escopeta amenazante envolviendo la
nogalera en humos y fulgores, pero los malvises se vengan siempre del
susto recibido, causándole al implacable cazador una terrible envidia
al volar, ilesos, a la huerta frondosa de Ángeles, en busca de asilo
hospitalario.
Más disimulado y prudente, desahoga _el Estudiante_ su mal humor
haciendo versos, unos versos mansos y tristes que no parecen haber
nacido bajo la tempestad de unas pupilas claras, enfurecidas con
relámpagos audaces.
Entretanto Lecio manifiesta a su novia el más voraz deseo de casorio.
Zumba su querella con pesadez de mosca en torno a la ventana florida de
Isabel, y pregunta, ansioso, en cada palique:
--Pero, di, Sabel, ¿cuándo nos casamos?
--Cuando mi madre coja la cosecha--repite siempre la joven.
--¡Falta mucho tiempo!...
Ella un día, maliciosa, le dice:
--¿Por qué ahora, estás tan impaciente?
--¿Por qué... Por qué?... ¿No ves, criatura, que ya todo el mundo se
casa?
--¿Todo el mundo?--repite la muchacha con sorna--. ¡Pues yo no veo que
se case nadie más que la señorita!...
Corrido y enojado el hombre, murmura:
--Bueno... ¿nos casamos o no?
Y promete, apacible, la voz de Isabel:
--Cuando mi madre coja la cosecha...