VII

Al llegar donde sus compañeros le aguardaban, Lecio dijo cauteloso,

algo alterada la voz:

--Que a eso de las nueve «volará el pájaro...»

Impaciente rezongó Alcázar:

--¡Hasta las nueve!... ¡No tenemos mala espera!

Fidel comentariaba con protesta rencorosa:

--¡Buen atracón se da el muy zángano!

Y los cuatro se agazaparon en la penumbra de la bolera, ya caída la

noche y nublado el cielo, charlando con sigilo, en conversación

desganada y floja.

Apenas vibraron en la torre parroquial las nueve campanadas prevenidas,

la propia Isabel sacó de la cuadra el caballo del forastero y le dejó

a la puerta de la casa con la brida sujeta en una argolla del muro,

esperando al señorito junto al cabalgador.

Los de la ronda se apercibieron fatales a la temeraria aventura,

requiriendo con brío los palos, y entonces Lecio, que demostraba una

voraz impaciencia, detuvo a Julián por un brazo, a cierta distancia de

los otros, para decirle ronco y feroz:

--Usted no querrá a la señorita tanto como para perderse por ella...

pero si le hace a usted falta un hombre para matar a ese ladrón...

¡aquí está Lecio!--y se dió en el pecho un terrible puñetazo.

--¿Para matarle?--interrogó Julián como un autómata.

Y ya se abría con chirrido lastimero la puerta de la casa.

En el umbral se presentó Isabel, alzando un farolito de cristales rojos

que puso en la calle rústica una sangrienta luz, muy decorativa y

fantástica.

La infatigable orquesta de los sapos dejaba en el aire una estela

melancólica de funeral campanilleo, y de la vecina pradera llegaba la

canción aguda de los grillos apagándose en un quejido triste como si la

noche se desfalleciese con un fino estertor de agonía.

Quedó Serrano un instante envuelto en la roja luz, acechando la

obscuridad de la calle con visible indecisión. Montó luego, y ya iba a

recoger las bridas de manos de la muchacha, cuando ésta gritó, fuera de

sí:

--¡Espere... no salga, Don Adolfo!

Su voz tembló con angustia sobre los palos de la ronda, erguidos como

lanzas a dos pasos del jinete:

--¿Quién va?--preguntó colérico Serrano.

--Y, ¿quién eres tú?---rugió Lecio saltando fuera de la sombra con el

palo en el aire.

Amedrentado y furioso hizo el caballero retroceder al potro hasta

dentro del portal, vociferando:

--¡Cobardes... son cuatro contra mí!

Con súbita inspiración, firme y serena, dijo la voz de César Garrido:

--Pelearemos uno a uno.

Apoderándose gozoso de aquella decisión, extraña a las bárbaras leyes

de la ronda, Alcázar se apresuró a insistir:

--Sí; uno a uno.

Y detuvo el brazo de Lecio, pronto a la brutal acometida, mientras

Fidel, mudo y pávido, enhestaba el garrote como una bayoneta, en la

actitud de un soldado que hace el ejercicio.

Había bajado Don Felipe a reñir con los mozos y desahogaba su

indignación en frases vehementes:

--¡Esto es un escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!...

Pero tercos, amenazadores, César y Julián repetían:

--¡Uno a uno!...

Entonces se abrió la ventana de Ángeles.

Sobre los teatrales resplandores del farol cayó un haz de luz clara y

alegre que desconcertó un momento la indómita guapeza de los muchachos.

Detrás de la luz lanzóse a la calle el raudal de una dulcísima voz, un

poco inmutada, que decía:

--¡Julián!... ¡César!... Dejad el paso libre... ¿no queréis?

Sí quisieron.

Fué cosa de un segundo: sin discusión, sin resistencia, retrocedieron

fuera de la serena claridad, caída de lo alto, y se quedaron mudos,

inmóviles, sometidos a la maravilla de la suplicante palabra que bajó

a buscarlo envuelta en resplandores.

Partió el caballero hundiéndole al potro las espuelas con rabia,

murmurando otra vez:

--¡Cobardes!... ¡Cuatro contra uno!...

Don Felipe, entrando en la casa detrás de la asustada Isabel, cerró con

un portazo violento, mientras que Ángeles siguió asomada al marco de la

apacible luz, y su voz cristalina, volvió a decir, con acento de tímida

plegaria:

--Siempre «le» dejaréis paso, ¿verdad?

Nada respondieron los mozos, acogidos al amparo encubridor de la

obscuridad, y las suaves palabras de la niña vibraron en la penumbra

de la bolera mecidas por un poco de viento que cantaba en los nogales

enverdecidos, bajo un cielo nublado.

Quedó la ventana largo tiempo encendida como un faro piadoso, única

estrella de la entoldada noche primaveral, y ya muy tarde, cuando hasta

los más desvelados rondadores dormían en el pueblo, una voz, sentida

y afinada como la de César Garrido, primoroseaba una copla que a la

estrella benigna le decía:

Ventanita, si te rondo

no es por tus merecimientos;

es por una hermosa niña

que está de puertas adentro...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 26 / 72 题