Chasqueados los rondadores, acordaron averiguar la hora en que Serrano
salía del pueblo, y Lecio aseguró que él volvería con la noticia en un
periquete.
Dió una vuelta en torno a la casa de su novia y silbó un aire convenido.
En una ventanita baja apareció al momento el garrido busto de Isabel.
--Temprano andáis de ronda--dijo placentera la joven.
--Más ha madrugado el doncel de la tu señorita, que ya está en el
nidal.
--Sí; ahora vino: ella fué a encontrarle con el señor dando un paseo.
--Y, ¿hasta qué hora cortejan?
--Hasta las nueve o poco más.
--¡Parece mentira que la señorita Ángeles dé cara a un forastero!
--¡Si en el pueblo no hay quien la pretenda!
--¿Qué no hay?... ¡Pues no digo nada!... Ahí está, el primero, el
señorito de la torre, muerto por sus pedazos.
--¿Don Julián?... Nunca le vi cortejarla.
--Porque ella no habrá querido; pero yo sé que se perece por la niña.
--¿Te lo ha dicho él?
--Esas cosas no se dicen cuando están a las claras... Don Julián es
mozo noble, campechano, valiente si los hay, rico y nacido en buena
cuna... ¡Hubiera hecho guapa boda con la señorita!...
--Pero no es aparente «de personal» como Don Adolfo Serrano...
--¿Defiendes a ese tío?--preguntó el muchacho receloso.
--¿Yo defenderle?... A mí lo mismo me da un galán que otro para la
señorita... ¡con tal que ella sea feliz!
--Pues a mí no me da lo mismo--sentenció Lecio iracundo--, que los
hombres del Encinar no estamos hechos a que nos lleven las novias así
como así...
--Pero ésta ¿con quién estaba comprometida?... ¡Chico, no parece
sino...!
--Es la novia de todos ¿sabes?... Ella podía escoger entre lo mejor del
valle... Sin ir más lejos, aparte Don Julián, ahí está Fidel Salcedo
con buena estampa y muchos «miles».
--Fidel no es un señor... talmente--dijo con desdeño la muchacha.
--Eso te lo parece a ti... Y, mira, ahí está, también, César Garrido,
sabidor como un ciudadano, hombre de estudios y de buenos principios...
--¿De manera que todos la quieren?--preguntó asombrada Isabel.
Y el novio con calor repuso.
--Pues claro, mujer, que todos _la queremos_.
Entre alarmada y risueña, exclamó la moza:
--¿Tú también?
--¿Yo?--pronunció el muchacho confuso. Se echó la boina a un lado de un
manotazo torpe, y se rascó la cabeza con saña. Como no respondiese al
fin, Isabel insistió:
--Sí; ¿tú la quieres también?... ¡Contesta Lecio!...--y se puso muy
seria.
Cediendo a una invencible tentación:
--Sí, la quiero... ¿qué he de hacer?--dijo el galán.
Ella, indignada, le increpó:
--¿Y me lo vienes a contar, bruto?
Pero él quiso satisfacerla.
--Oye, Sabel, y entiende las cosas como son: no te amontones
muchacha... Yo la quiero como se quiere a la luna y al lucero del alba
y a la Virgen del Carmen, ¿estás?... A ti te quiero de otro modo...
Incrédula y encelada, trató la novia de averiguar.
--¿Te casarías con ella?
--¡Mujer!--clamó Lecio--¡ni siquiera lo mientes!
Al mozón se le entró, de pronto, un gran susto en el pecho, y agarróse
mareado a la verja de la ventana.
Alarmada le preguntó Isabel:
--¿Qué te pasa, muchacho?
--Nada, hija--respondió vacilante--, que todo se me anda alrededor...
que te veo doble...
--¡Lecio!... Pero, ¿qué dices?... ¿Estás en tus cabales?...
--No lo sé, rapaza... Vaya, hasta luego: me están esperando.
Y alejóse dando tumbos como un beodo, repitiendo:
--¡Que si me casaría con ella!... ¡Me valga Dios!...