IV

Ceñuda, abandonada a los brazos ambiciosos de la hiedra, coronada de

helecho y jaramago, la torre de Alcázar señoreaba la selva en bizarra

composición con el agreste país. Al pasar la brisa entre los árboles

centenarios y sobre el edificio adusto, se tornaba quejosa y llorante,

remedando en ocasiones acentos de amenaza y desolación.

En aquel indómito ambiente de montaña iba adquiriendo el alma de Julián

apariencias de hurañía y bravura. El íntimo contacto con la rústica

soledad endurecía su existencia, y aquella misma tarde su corazón,

mortificado, vagaba por veredas y cumbres, anheloso de calmar el

acelerado latido sobre el regazo saludable de la tierra virgen, en las

gloriosas libertades de la serranía.

Tumbado en el musgo fonje de la selva, bajo la enramada floreciente,

esperaba Julián a sus compañeros.

El primero en llegar fué _el Estudiante_, un muchacho de aspecto

infantil, rubio y flaco, raquítico brote de la dura mocedad aldeana.

Hijo de un soldado ascendido a oficial y de una señora pobre, un poco

hidalga, un poco altiva, César Garrido era una rara mezcla de señor

y plebeyo, y le llamaban _el Estudiante_, porque, a duras penas, con

abnegados esfuerzos de su madre, viuda, estaba haciendo desde el rincón

del Encinar la carrera de Leyes. Vestido con pobreza vergonzante, bajo

su apariencia delicada y tímida había gérmenes de heroísmo romántico y

arranques belicosos de guerrero.

Sentía Julián de Alcázar un afecto creciente hacia aquel muchachito que

se ruborizaba como una doncella, que hacía versos anónimos, y entonaba

en las rondas, con voz insinuante, las bellas coplas de su musa

campesina.

También _el Estudiante_ se había aficionado mucho al trato ameno del

señorito de la torre. Y tal vez los dos mozos supieron aquel día cómo

la mutua inclinación de sus voluntades se apoyaba en la comunidad de un

dolor oculto y desesperado.

Detrás de César subía hacia la torre Fidel Salcedo, con la escopeta al

hombro, caído sobre la frente el sombrero cordobés. Recién llegado de

Andalucía, después de algunos años de ausencia, era Fidel un jándalo

de alto copete sin dejar de ser un rústico norteño. Alegre y bravucón,

dadivoso y galante, rentista y labrantín, y buen mozo por añadidura,

le miraban bien en la comarca las niñas casaderas más recomendables.

Y pensando él, seriamente, en buscar una esposa que coronara su dicha,

estremecíase ante la tentación de una sola imagen: ¡Ángeles Ortega!...

Pero había meditado, receloso, en la obscuridad de su origen y en la

rudeza de su educación, y suspiraba muchas veces en secreto aquella

frase expresiva que por la mañana se le escapó de los labios: «--¡Si yo

fuese Julián de Alcázar!...»

V

Los cazadores hoy no tienen prisa: tirados con pereza en el mantillo

suave del bosque, esperan a Lecio, que llega poco después, a paso

veloz, terciando con arrogancia la escopeta.

--Te habrás entretenido con la novia--le dicen.

Y con aire de ufanía responde:

--Una miaja de palique a la salida del Rosario..., y luego aquí en

cuatro brincos.

--¿Y qué te cuenta Isabel «del asunto»?--insinúa Alcázar.

--Pues lo de siempre: que Don Felipe está muy contento con la boda; que

también lo está la señorita... y que también lo está el novio... En

fin: ¡que «estamos todos» muy contentos!

--¡Ya se verá lo que dura esa alegría!--augura, bronca, la voz de

Fidel, con acento andaluz.

_El Estudiante_ le está preguntando a una margarita silvestre:

--_¿Mucho?..._ _¿Poco?..._ _¿Nada?..._

Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira el mozo, con desdén, el

tallo escueto, y se queda mirando cómo una pareja de mariposas blancas

glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un día de

sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo,

un solo día vale por una vida entera.

Las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros y los muchachos

se han puesto de pie.

Dando cara a la torre, erguida en el fondo de la selva, lanza Julián al

aire un silbido, y casi en seguida se abre una puerta en el muro espeso

de la fachada y dos perros saltan jubilosos hacia los cazadores: son

_setters_ de raza pura, negro el uno, rojo el otro.

Se interna el grupo dentro del bosque, en animada charla, asegurando

que el novio de Ángeles Ortega no volverá más al Encinar.

--La de esta noche será la última visita--profetiza Fidel, muy jaque.

Hosca y amarga recomienda la voz de Julián:

--Ni piedras ni tiros: ¡a palo seco!...

Lecio repite la frase subrayada con un juramento que rueda por el

monte con bárbaro son; y _el Estudiante_ apaga en sus cándidos ojos un

relámpago sombrío para mirar a las mariposas blancas que otra vez le

salen al paso: mecidas entre los cañones hostiles de las escopetas,

ponen en el aire una nota de poesía y candor... También Alcázar las

mira, conmovido, y le parecen dos capullos flotantes de simbólico

azahar, mientras que a César le parecían dos lágrimas, puras, de mujer.

Bajo el parpadeo de aquellas alas milagrosas, Fidel y Lecio profieren

con alarde brutal:

--Si «el tío» nos hace frente, le _acaldamos_.

--Y si huye es para no volver por aquí en jamás de los jamases...

Era César Garrido un cazador platónico que no llevaba nunca escopeta.

Él conocía muy bien el sitio donde cantaban las codornices, donde los

corzos y los rebecos tenían sus guaridas, y había ido muchas veces a

la caza del oso y del jabalí bajo la precaución de un revólver que

guardaba en el bolsillo. Le enardecía el latir de los perros y el

fogonazo de las armas, pero no se sabía que jamás hubiese disparado

un solo tiro, y empalidecía, trémulo, cuando un ave herida agonizaba

con el vuelo roto y las plumas sangrientas. Esta pasiva actuación en

las cacerías le valió algunas burlas, algunas alusiones mortificantes

acerca de su «sensibilidad»; bromas que escuchaba con sonrisa

impasible, en silencio quizá desdeñoso; pero desde que guapeaba en

el bando del señorito de la torre, nadie volvió a poner en duda su

valentía.

Aquella tarde sólo una vez hicieron muestra los perros, en el

descampado del bosque, y la codorniz levantada se defendió peonando

entre las árgomas floridas, hasta que, al fin, voló para caer

alicortada por un certero disparo de Julián. La portó el _setter_

negro, muy alegre, y Lecio la colgó, por las patas, del gatillo de su

escopeta.

Fidel, belicoso, un poco aburrido, se entretuvo en tirar a los

gorriones sin encañonarlos ni por casualidad; bajó el retumbo de

las detonaciones hasta el poblado, con rumor de pelea y exterminio,

mientras las horas transcurrían lentas para los cazadores en la paz

augusta de la montaña.

Y al ponerse el sol en un horizonte bermejo, detrás de la arbolada

serranía, Alcázar y los suyos descendieron al Encinar, desazonados y

ansiosos, en traza de ronda.

Pero Adolfo Serrano llegó con suerte al pueblo aquella tarde.

Aparecióse en el camino llevando el caballo de la brida, arrogante

al lado de su novia, y detrás de la airosa pareja Don Felipe, muy

complaciente, entretenía su paseo con la lectura de un periódico.

Los de la ronda les vieron pasar con inútil furor: Ángeles Ortega era

una égida poderosa para el galán conquistador de los ojos azules.

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 24 / 72 题