Ceñuda, abandonada a los brazos ambiciosos de la hiedra, coronada de
helecho y jaramago, la torre de Alcázar señoreaba la selva en bizarra
composición con el agreste país. Al pasar la brisa entre los árboles
centenarios y sobre el edificio adusto, se tornaba quejosa y llorante,
remedando en ocasiones acentos de amenaza y desolación.
En aquel indómito ambiente de montaña iba adquiriendo el alma de Julián
apariencias de hurañía y bravura. El íntimo contacto con la rústica
soledad endurecía su existencia, y aquella misma tarde su corazón,
mortificado, vagaba por veredas y cumbres, anheloso de calmar el
acelerado latido sobre el regazo saludable de la tierra virgen, en las
gloriosas libertades de la serranía.
Tumbado en el musgo fonje de la selva, bajo la enramada floreciente,
esperaba Julián a sus compañeros.
El primero en llegar fué _el Estudiante_, un muchacho de aspecto
infantil, rubio y flaco, raquítico brote de la dura mocedad aldeana.
Hijo de un soldado ascendido a oficial y de una señora pobre, un poco
hidalga, un poco altiva, César Garrido era una rara mezcla de señor
y plebeyo, y le llamaban _el Estudiante_, porque, a duras penas, con
abnegados esfuerzos de su madre, viuda, estaba haciendo desde el rincón
del Encinar la carrera de Leyes. Vestido con pobreza vergonzante, bajo
su apariencia delicada y tímida había gérmenes de heroísmo romántico y
arranques belicosos de guerrero.
Sentía Julián de Alcázar un afecto creciente hacia aquel muchachito que
se ruborizaba como una doncella, que hacía versos anónimos, y entonaba
en las rondas, con voz insinuante, las bellas coplas de su musa
campesina.
También _el Estudiante_ se había aficionado mucho al trato ameno del
señorito de la torre. Y tal vez los dos mozos supieron aquel día cómo
la mutua inclinación de sus voluntades se apoyaba en la comunidad de un
dolor oculto y desesperado.
Detrás de César subía hacia la torre Fidel Salcedo, con la escopeta al
hombro, caído sobre la frente el sombrero cordobés. Recién llegado de
Andalucía, después de algunos años de ausencia, era Fidel un jándalo
de alto copete sin dejar de ser un rústico norteño. Alegre y bravucón,
dadivoso y galante, rentista y labrantín, y buen mozo por añadidura,
le miraban bien en la comarca las niñas casaderas más recomendables.
Y pensando él, seriamente, en buscar una esposa que coronara su dicha,
estremecíase ante la tentación de una sola imagen: ¡Ángeles Ortega!...
Pero había meditado, receloso, en la obscuridad de su origen y en la
rudeza de su educación, y suspiraba muchas veces en secreto aquella
frase expresiva que por la mañana se le escapó de los labios: «--¡Si yo
fuese Julián de Alcázar!...»
V
Los cazadores hoy no tienen prisa: tirados con pereza en el mantillo
suave del bosque, esperan a Lecio, que llega poco después, a paso
veloz, terciando con arrogancia la escopeta.
--Te habrás entretenido con la novia--le dicen.
Y con aire de ufanía responde:
--Una miaja de palique a la salida del Rosario..., y luego aquí en
cuatro brincos.
--¿Y qué te cuenta Isabel «del asunto»?--insinúa Alcázar.
--Pues lo de siempre: que Don Felipe está muy contento con la boda; que
también lo está la señorita... y que también lo está el novio... En
fin: ¡que «estamos todos» muy contentos!
--¡Ya se verá lo que dura esa alegría!--augura, bronca, la voz de
Fidel, con acento andaluz.
_El Estudiante_ le está preguntando a una margarita silvestre:
--_¿Mucho?..._ _¿Poco?..._ _¿Nada?..._
Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira el mozo, con desdén, el
tallo escueto, y se queda mirando cómo una pareja de mariposas blancas
glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un día de
sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo,
un solo día vale por una vida entera.
Las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros y los muchachos
se han puesto de pie.
Dando cara a la torre, erguida en el fondo de la selva, lanza Julián al
aire un silbido, y casi en seguida se abre una puerta en el muro espeso
de la fachada y dos perros saltan jubilosos hacia los cazadores: son
_setters_ de raza pura, negro el uno, rojo el otro.
Se interna el grupo dentro del bosque, en animada charla, asegurando
que el novio de Ángeles Ortega no volverá más al Encinar.
--La de esta noche será la última visita--profetiza Fidel, muy jaque.
Hosca y amarga recomienda la voz de Julián:
--Ni piedras ni tiros: ¡a palo seco!...
Lecio repite la frase subrayada con un juramento que rueda por el
monte con bárbaro son; y _el Estudiante_ apaga en sus cándidos ojos un
relámpago sombrío para mirar a las mariposas blancas que otra vez le
salen al paso: mecidas entre los cañones hostiles de las escopetas,
ponen en el aire una nota de poesía y candor... También Alcázar las
mira, conmovido, y le parecen dos capullos flotantes de simbólico
azahar, mientras que a César le parecían dos lágrimas, puras, de mujer.
Bajo el parpadeo de aquellas alas milagrosas, Fidel y Lecio profieren
con alarde brutal:
--Si «el tío» nos hace frente, le _acaldamos_.
--Y si huye es para no volver por aquí en jamás de los jamases...
Era César Garrido un cazador platónico que no llevaba nunca escopeta.
Él conocía muy bien el sitio donde cantaban las codornices, donde los
corzos y los rebecos tenían sus guaridas, y había ido muchas veces a
la caza del oso y del jabalí bajo la precaución de un revólver que
guardaba en el bolsillo. Le enardecía el latir de los perros y el
fogonazo de las armas, pero no se sabía que jamás hubiese disparado
un solo tiro, y empalidecía, trémulo, cuando un ave herida agonizaba
con el vuelo roto y las plumas sangrientas. Esta pasiva actuación en
las cacerías le valió algunas burlas, algunas alusiones mortificantes
acerca de su «sensibilidad»; bromas que escuchaba con sonrisa
impasible, en silencio quizá desdeñoso; pero desde que guapeaba en
el bando del señorito de la torre, nadie volvió a poner en duda su
valentía.
Aquella tarde sólo una vez hicieron muestra los perros, en el
descampado del bosque, y la codorniz levantada se defendió peonando
entre las árgomas floridas, hasta que, al fin, voló para caer
alicortada por un certero disparo de Julián. La portó el _setter_
negro, muy alegre, y Lecio la colgó, por las patas, del gatillo de su
escopeta.
Fidel, belicoso, un poco aburrido, se entretuvo en tirar a los
gorriones sin encañonarlos ni por casualidad; bajó el retumbo de
las detonaciones hasta el poblado, con rumor de pelea y exterminio,
mientras las horas transcurrían lentas para los cazadores en la paz
augusta de la montaña.
Y al ponerse el sol en un horizonte bermejo, detrás de la arbolada
serranía, Alcázar y los suyos descendieron al Encinar, desazonados y
ansiosos, en traza de ronda.
Pero Adolfo Serrano llegó con suerte al pueblo aquella tarde.
Aparecióse en el camino llevando el caballo de la brida, arrogante
al lado de su novia, y detrás de la airosa pareja Don Felipe, muy
complaciente, entretenía su paseo con la lectura de un periódico.
Los de la ronda les vieron pasar con inútil furor: Ángeles Ortega era
una égida poderosa para el galán conquistador de los ojos azules.